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A Ignacio se le iba la vista detrás de los cuerpos de las mujeres en bikini.
Aunque le encantaban los cuerpos de Fina y de Eli, la diversidad de cuerpos más juveniles era una novedad para él.
No es que nunca hubiera visto uno, pero le resultaba algo nuevo tras años sin estar en contacto con una chica joven.
Y ahora acostumbrado a los dos tipos de mujeres maduras, aquel festival de cuerpos jóvenes ampliaba su abanico de formas, colores y texturas aparentes.
Pero no solo las jóvenes de su edad se llevaban su atención.
Había mujeres maduras y alguna que otra GILF.
Eli se dio cuenta y sonrió.
—Tanto apetito y tan poco aguante comiendo —dijo Eli.
—¿Qué? —Preguntó Ignacio que no entendió a qué se refería la marquesa.
—Nada, mira allí delante hay una heladería. Entra y cómprame un helado —pidió Eli.
—¿De qué sabor? —Preguntó Ignacio.
—Mmmm, mira con la rosquilla rosa que no sabía a fresa me he quedado con ganas de probar algo dulce sabor a fresa —dijo Eli —. Una tarrina de las medianas.
Ignacio asintió y se echó a andar. A los cinco pasos se dio la vuelta y volvió hasta el banco de piedra integrado en las jardineras del paseo marítimo donde acababa de sentarse Eli.
La madura sonrió. Sabía por qué se había dado media vuelta.
—No llevo dinero —musitó Ignacio.
—Toma —dijo Eli y le entregó un billete —. Cómprate tú también lo que quieras.
Ignacio se guardó el billete en el bolsillo y se fue a la heladería. Era un pequeño edificio de una planta construido en un ensanchamiento del paseo marítimo. Había una pequeña terraza con media docena de mesas cuadradas y plateadas bajo un toldo.
Ignacio entró en el pequeño edificio y notó el frescor del aire acondicionado. Ahí dentro había cuatro mesas más que estaban ocupadas con familias por niños, dos familias pues tenían que repartirse entre las mesas ya que no eran demasiado grandes.
Ignacio se acercó al mostrador y le atendió una chica joven de pelo negro recogido en una coleta y una cara enrojecida marcada por el acné.
—Buenos días, ¿qué desea? —Preguntó la chica con dulzura.
Ignacio pidió el vaso mediano de helado de fresa para Eli y él se quedó mirando la colección de sabores y finalmente optó por un vaso mediano de limón.
La chica se inclinó para poner los helados y como su camiseta era de cuello ancho, Ignacio pudo verle el escote.
Los pechos moviéndose cada vez que la joven movía las manos para poner helado en los vasitos.
No llevaba sujetador. Cómo la chica llevaba sobre la camiseta blanca un delantal negro con la marca de la heladería, Ignacio no se había percatado hasta ese momento del buen tamaño de los pechos y de que bailaban libres bajo la ropa. Su pene reaccionó y se puso duro.
—Muchas gracias —dijo Ignacio cuando le entregó los vasos de helado —. ¿Cuánto es?
La chica le indicó el precio y Carlos le dio el billete.
—¿No tienes uno más pequeño? —Preguntó la chica —. Es qué no sé qué pasa hoy, todo el mundo viene con billetes grandes. Otros días todo el mundo usa tarjeta o al menos trae monedas y billetes pequeños. Pero hoy...
Ignacio dudó.
—¿Y si te compro algo más? —Preguntó Ignacio.
No sabía si eso sería abusar de la generosidad de Eli.
Aunque el billete seguramente era insignificante para una fortuna como Eli, era más bien el acto de abusar.
También era cierto que no le había pedido que le devolviera el cambio.
De hecho, muchas veces se le decía que se lo quedara.
También había dicho que comprara lo que quisiera.
—Hombre, pues a mis jefes les viene bien que se consuma más —dijo la chica con una sonrisa —. Y a mí tener que dar menos cambio hoy me viene super bien.
—Pues entonces... —Comenzó a decir Ignacio y recorrió la barra, no iba a comprar más helados ni a hacer el cambio por la tarrina grande de helado.
Pero podía comprar otras cosas. Miró un pequeño estante con patatas fritas de varios sabores.
La playa daba hambre —. Dame un par de bolsas de papas...
—. Aunque aquello era lo más barato, poco solucionaba.
Entonces vio las máquinas de horchata, limón granizado, café y cebada —.
Y ponme un vaso grande de horchata y otro de limón granizado para llevar.
La chica asintió y enseguida lo preparó todo. Ignacio le dio el billete de 50€. La chica aún tuvo que darle cambio, pero ya no era tanto.
—Muchas gracias —dijo la chica tras darle las monedas que sobraban.
Ignacio se guardó las monedas en el bolsillo y se percató que ahora tenía un problema de logística.
Su idea era llevar cada vasito de helado en una mano, pero ahora necesitaba otras dos manos para llevar los vasos de horchata y limón granizado.
Y luego estaban las patatas, aunque las bolsas de patatas fritas las podía llevar bajo el brazo.
—Esto... —Comenzó Ignacio.
—Ay, claro. Así no te lo puedes llevar todo. Dame los helados que le pongo tapas y te doy una bolsa —dijo enseguida la chica.
La chica quitó las cucharitas de plástico que había clavado en los helados y las tiró a la basura.
Cogió una tapa de plástico trasparente, de las que usaban para los helados que iban a llevarse a casa y los tapó.
Metió los helados en una bolsa y a continuación echó un par de cucharitas de plástico de colores en la bolsa y metió las bolsas de patatas fritas.
—Muchas gracias —dijo Ignacio.
—A ti —dijo la chica con una sonrisa —. Que vaya bien.
Ignacio cogió la bolsa con las cosas y se la colgó de la muñeca y luego cogió los vasos de horchata y limón granizado.
El joven salió de la heladería y caminó unos metros hasta el banco donde estaba Eli sentada. Estaba hablando con dos chicos. Debían ser dos hombres de entre 45 y 50 años. Ambos hombres iban sin camiseta, enseñando unos abultados pectorales y unos marcados abdominales.
Uno de los hombres marcó bíceps delante de Eli y la madura dejó escapar una risita complacida.
Ignacio se sintió celoso. Intentaban ligar con su jefa.
No pudo evitar descortés y de dos zancadas se puso en medio.
—Aquí he traído los helados, también he comprado algo para beber —dijo Ignacio, ignorando a los maduros que había a su espalda.
—¿Es tu hijo? —Preguntó uno de los hombres.
—En absoluto —dijo Eli —. Es mi sobrino —mintió.
Ignacio se sentó al lado de Eli y miró con algo de odio a aquellos hombres. Aunque no se percataron pues centraron de nuevo su atención en Eli.
—Pues como te decía, si quieres venirte, tenemos un barquito —dijo uno de los hombres.
—Puede ser interesante —dijo Eli.
—Pues si quieres podemos quedar esta noche. Aquí hay mucha luz, pero si navegamos media hora hay una zona resguardada y se ven las estrellas —dijo el otro hombre.
—Es interesante —dijo Eli.
—¿Te apuntas? —Preguntó uno de los hombres.
Eli fingió considerarlo.
—¿Por qué no? —Dijo Eli y asintió convencida —. ¿A qué hora?
A Ignacio no le hacía demasiada ilusión ir en barco, pero todo fuera por cumplir los deseos de Eli y de paso interponerse en las evidentemente lascivas intenciones de esos dos hombres.
—Se van a derretir los helados —dijo Ignacio intentando de quitar la atención de esos hombres.
Eli hizo un gesto con la mano para que callara y siguió atenta a los hombres.
—No queremos que te quedes sin tus helados —dijo uno de los hombres —. Tu sobrino sí que cuida de ti.
—Sí, cómetelo antes de que se te derrita —dijo el otro —. Además, nosotros tenemos que ir ya para ir preparando el barco.
—Estáis hechos unos auténticos marineros —dijo Eli.
Los hombres intercambiaron número de teléfono con Eli y se marcharon.
—Por fin se han ido —dijo Ignacio —. He comprado el helado de fresa que querías. Pero también he comprado unas patatas fritas por si luego quieres comer algo. Y también de beber. Horchata y limón granizado, no sabía que preferirías. Coge lo que quieras.
—Gracias, guapetón —dijo Eli y cogió la horchata.
Eli dio un sorbo y luego cogió el helado de fresa. Iba a ser una mezcla curiosa de sabores, pero no podía dejar el helado desatendido o se convertiría en un caldo de fresa con ese calor que hacía.
—Entonces... ¿Está noche vamos a ir en barco? —Preguntó Ignacio tras probar varias cucharaditas de su helado —. Con esos hombres que intentaban seducirte.
—¿Vamos? Solo me han invitado a mí. Sería descortés que me presentara con mi supuesto sobrino —dijo Eli y siguió disfrutando de su helado de fresa.
—¿Te vas a ir con unos desconocidos? ¿Sola? —Se alarmó Ignacio. Estaba celoso, pero también temía que le pasara algo a su benefactora —. Es peligroso.
—Se les veía buena gente. Con tipos peores me he ido en el pasado y aquí sigo.
Y he de decir que a los más peligrosos me los he encontrado en los negocios, no en una playa en un ambiente distendido —dijo Eli —.
Son simplemente unos caballeros que intentan seducirme.
Impresionarme con sus juguetes de hombre.
Yo como dama me haré la digna y poco a poco caeré en sus encantos. Es todo un juego.
Ignacio abrió mucho los ojos.
—¿Quieres decir que vas a...? —Dijo Ignacio y no terminó la pregunta.
Eli se inclinó y se acercó a la oreja de Ignacio.
—¿Follar? —Susurró Eli —. Es probable.
Ignacio no sabía que decir.
Eli solo follaba con él. O más bien eso es lo que daba por hecho.
Realmente no sabía si por las noches o los fines de semana aparecería algún amante.
En ese momento le vino la imagen del jardinero sudoroso saliendo de la casa justo cuando él regresaba de la compra.
Había dado por hecho que había entrado a por un vaso de agua o para comer algo como tantas otras veces y que estaba sudado por su trabajo.
Pero quizá hubiera otra explicación para que saliese en ese momento de la casa y estuviera sudoroso.
Ignacio se sintió traicionado.
Aquello no tenía sentido.
Él simplemente era el siervo de aquella madura. Un juguete para una GILF. Nunca le había prometido fidelidad. Es más, le había presentado a Fina para que mejorara sus habilidades.
¿Solo era una herramienta para esa madura?
Quizá.
No podía quejarse.
No podía negar que follar con Eli y con Fina era lo mejor que le había pasado en la vida. Además, Eli era su jefa. Una buena jefa que le había dado un trabajo relativamente cómodo y bien pagado.
Suspiró.
El trozo de helado de fresa que tenía en la cucharita se fundió y goteó sobre la ropa.
—Ya te has manchado —dijo Eli en tono burlón y despertó a Ignacio de sus pensamientos.
—Ay, no tengo ninguna servilleta para limpiarme —dijo Ignacio.
—No importa, volvamos al hotel —dijo Eli —. Nos terminamos los helados y las bebidas y volvemos. Así esta noche estaré descansada. Y así te puedo deslechar dentro de un rato. A menos que quieras ahorrar leche para salir esta noche de caza y practicar tus habilidades con alguna mujer de por aquí.
Eli le acababa de dar permiso para follar con otra.
Ignacio pensó en la chica de la heladería y luego le vinieron imágenes a la mente de chicas en la playa.
Justo en ese momento pasaron dos maduras de unos 40 años delante de ellos.
Ambas muy bronceadas. Una atlética. Tan atlética que se le marcaban los abdominales.
La otra tenía algo de vientre, aunque no mucho, pero unos pechos más que generosos.
Ignacio miró a Eli.
Faltaban muchas horas para la noche. No quería perderse el coño de Eli. Además, no tenía asegurado ligar por la noche.
—Desléchame —pidió Ignacio en voz baja.
Eli sonrió y dio un último sorbo a la horchata.
—Vamos, puedes terminarte tu limón granizado por el camino —dijo Eli al ver que ya no le quedaba helado a Ignacio.