-7-
La semana continúo con esa mecánica. Eli aparecía con su bata en algún momento del día y la misión de Ignacio era darle un orgasmo usando los dedos y la lengua.
Lugo Eli se metía el pene de Ignacio en la boca y el semen la llenaba en pocos segundos.
Aunque el viernes en lugar de la boca, Eli le había dejado penetrarla de nuevo.
Ignacio, como no podía ser de otro modo, le había hecho un creampie en pocos segundos.
El fin de semana se hizo largo. Deseaba que Eli lo invitara. No le importaba trabajar gratis si era necesario. Solo quería estar allí y poder disfrutar de aquel placer prohibido.
Al fin llegó el lunes y como siempre, Ignacio comenzó con sus labores.
Regresó de comprar y siguió limpiando la casa.
Lo cierto es que era fácil limpiar una casa que se limpiaba a diario (salvo fines de semana salvo que hubiera un chico para los fines de semana) y no se ensuciaba, salvo la entrada y el baño cuando el jardinero entraba con las botas llenas de barro. Así la casa siempre estaba reluciente.
Ignacio estaba barnizando una silla que tenía un desperfecto. Terminó y fue a limpiarse las manos. En cualquier momento aparecería Eli con la bata y podría disfrutar de lo que llevaba todo el fin de semana esperando.
De pronto, alguien llamó al interfono.
¿El jardinero?
No, no podía ser. Cuando trabajaba entraba temprano a trabajar. Ese día el jardinero no trabajaba y de hacerlo, llevaría horas en el jardín. Quizá fuera publicidad.
No sabía qué hacer en ese momento. Quizá fuera el cartero.
Lo cierto es que no había buzón en el muro exterior, como sí había visto en algunas otras casas.
El cartero podía lanzar las cartas a través de la reja, pero quizá no quisiera que cayeran sobre la hierba y se ensuciaran.
Aunque había un camino de piedra donde podía dejarlas si no era torpe.
El sonido del interfono volvió a sonar.
Eli apareció, pero no llevaba la bata. Seguía llevando un elegante vestido ocre que le daba un toque señorial antiguo, como si acabara de viajar del pasado.
—Siervo mío, ¿no escuchas el timbre? —Preguntó Eli.
—Oh, sí. Iba a ver quién era. Supongo que un cartero. ¿Espera mi señora un mensaje por correspondencia? —Preguntó Ignacio y el timbre exterior volvió a sonar.
—Es para ti —dijo Eli en tono enigmático —. Abre.
Ignacio fue al panel por el que podía verse quien estaba en la verja, hablar con la persona y pulsar para que la corriente eléctrica abriera la cerradura de la puerta de metal. Apretó el botón y vio por la pantalla como una mujer entraba.
La mujer no tardó en cruzar el jardín y llegó a la puerta de la casa. Ignacio abrió.
Eli había bajado y estaba tras él.
Las mujeres se abrazaron.
—Fina, querida amiga mía —dijo Eli sin dejar de abrazar a la mujer.
—Estás estupenda, querida —dijo Fina al separarse del abrazo y mirar a Eli de arriba a abajo —. Por ti no pasan los años.
—Mira, te presento a mi nueva adquisición —dijo Eli y señaló a Ignacio —. Mi nuevo siervo, del que te hablé.
—Es guapo —asintió Fina —. ¿Tiene ese problemilla?
—Por desgracia sí, pero como te dije lo subsana con otras habilidades. Pero no podemos dejarle siempre así, tenemos que ayudarle con el uso prolongado de su herramienta —dijo Eli.
¿Su herramienta? Eli había dicho que esa persona venía por él. ¿Entonces iba a follarse a esa desconocida?
Ignacio estudió de arriba a abajo a Fina.
Esa mujer probablemente tenía la edad de Eli, por eso se debían conocer.
Pero a diferencia de Eli que aparentaba menos edad, Fina tenía un rostro ancho poblado de arrugas que dejaban patentes su edad.
No era la única diferencia con Eli. Fina tenía el pelo teñido de un color negro muy oscuro, la piel bronceada de un marrón quizá algo artificial.
Quizá realmente fuera el maquillaje o fuera debido a tratamientos de rayos UV.
La complexión era distinta. Fina tenía un poco menos de estatura, no demasiada, de modo que solo se apreciaba al verlas a las dos juntas.
Lo que sí se veía a leguas era la complexión.
Fina era de caderas anchas, vientre abultado y pechos que se adivinaban enormes bajo la camiseta blanca.
Los pantalones de tela vaquera se veían a punto de estallar por la presión de los grandes muslos y de unos glúteos que nada tenían que envidiar a los pechos de la mujer.
Fina miró fijamente a los ojos a Ignacio. Enseguida Ignacio agachó la cabeza.
—Qué tímido —dijo Fina —. Vamos a tener que trabajar mucho contigo. ¿Empiezo ya?
—Claro —dijo Eli.
—Chico, ven conmigo —dijo Fina.
Ignacio miró a Eli.
—Es tu profesora —dijo Eli —. Espero que te comportes como es debido y seas obediente. No quiero oír quejas de mi buena amiga.
Ignacio asintió y siguió a Fina. Al ir detrás de ella podía ver su trasero temblando a cada paso. Era hipnótico.
Subieron las escaleras y se metieron en una de las habitaciones que siempre estaba vacías. De esas había varias en el piso superior. La casa contaba con varios dormitorios perfectamente amueblados, pero allí solo había visto a Eli. Al parecer su amiga tenía un dormitorio reservado.
Fina se sentó sobre la cama y dio palmadas sobre el colchón.
—A ver siéntate a mi lado —dijo Fina —. ¿Cuál es tu problema? ¿Enseguida te entran ganas de eyacular? ¿No puedes contenerte un poco?
Ignacio se sonrojó.
—Bueno, es que Eli es tan atractiva y... Bueno, pasa lo que tiene que pasar —se excusó Ignacio.
—Ya —dijo Fina —. ¿Te gustan sus tetas?
—¿Eh? Sí, claro. Me encantan —respondió Ignacio.
Fina sonrió con malicia y se quitó la camiseta.
Dejó al descubierto un torso bronceado, pero de un tono más claro que su rostro.
Pero no era el color de la piel, ni los michelines ni las estrías lo que captaban la atención de Ignacio en ese momento.
La enorme superficie de tetas que se mantenía contenida tras un enorme sujetador blanco que parecía un dique de contención manteniendo un lago a punto de desbordarse.
O más bien, dos enormes lagos que parecían querer desbordarse y destruir el dique de paso.
—¿Estás te gustan? —Preguntó Fina.
—Son enormes —dijo Ignacio fascinado y sus manos se movieron hacia los pechos, pero se detuvo a mitad de camino.
—¿Ibas a tocarlas? —Preguntó Fina, divertida —. Pues espera.
Fina se puso en pie y se quitó el sujetador.
Los enormes pechos cayeron al ser liberados.
Las aureolas eran de un tono más oscuro y se extendían como si las hubieran estirado hasta conseguir el tamaño de un posavasos.
Los pezones eran también oscuros y alargados como si hubieran crecido hasta triplicar su tamaño.
Fina se meneó hacía los lados y sus gigantescos pechos que caían hasta la altura del ombligo bailaron.
—Nunca he visto unas así de grandes —dijo Ignacio boquiabierto.
—Sospecho que has visto pocas tetas fuera de internet —dijo Fina e Ignacio asintió —. Adelante, tócalas. Tócame las tetas, jovencito.
Ignacio agarró los pechos y los amasó. No podía abarcarlos con las manos. Intentó juntar las manos para intentar rodear uno de los pechos, pero no le cabía ni siquiera usando ambas manos.
—Son muy, muy grandes —dijo Ignacio fascinado.
—¿Se te ha puesto dura? —Preguntó Fina —. Comprobémoslo.
Fina se movió y le bajó los pantalones a Ignacio. El pene estaba duro, listo para la batalla.
—La tengo dura, pero voy a aguantar poco —advirtió Ignacio sin soltar el pecho que se había empeñado en intentar agarrar con las dos manos.
—Uy, si ni te he tocado aún —dijo Fina y agarró el pene de Ignacio —. Intenta aguantar. Concéntrate en mis tetas y reprime el instinto de soltar lo que tienes dentro.
—Lo intentaré —prometió Ignacio.
Fina comenzó a masturbarlo y los testículos hicieron un movimiento de advertencia. Ignacio intentó impedirlo, pero no iba a poder.
—Para o me saldrá todo —dijo Ignacio mientras intentaba resistirse.
—Tienes que aguantar. Si no puedes aguantar que te menee la polla unos segundos vas...
—Iba diciendo Fina, pero Ignacio no pudo contenerse más y eyaculó sobre el vientre de la madura —.
En fin. No tienes nada de aguante. Vamos a tener que trabajar mucho contigo.
Aunque no se si tendrá solución. Puedo entrenarte, pero esto...
Quizá debas ir a un profesional. Un médico. Pero bueno, podemos intentarlo.
—Lo siento —se disculpó Ignacio.
—Bueno, al menos sueltas bastante leche —dijo Fina y recogió con sus dedos parte del semen que había caído en su barriga —. Y Eli dice que eres bueno con los dedos. Muéstramelo.
Fina se tumbó y abrió sus piernas.
—¿Te masturbo con los dedos? —Preguntó Ignacio.
—Claro, ¿por qué te crees que me he tumbado y me he abierto de piernas? ¿Para qué disfrutes de las vistas? —Soltó Fina.
—Voy —dijo Ignacio y se acomodó. Se sentó sobre uno de los rollizos muslos de la madura y usó una mano para separar la grasa y alcanzar el coño de la madura. Metió un dedo, tal y como había practicado la semana anterior con Eli.
Ignacio fue entrando y saliendo despacio hasta que consideró que debía meter un segundo dedo. Fue subiendo un poco la velocidad y entonces incorporó un tercer dedo. Con tres ya elevó la velocidad, bajando y subiendo el ritmo y haciendo algunos movimientos dentro de la vagina.
—Joder, esto sí que lo sabes hacer —dijo Fina —. Igual debes especializarte en usar los dedos —comentó la madura entre gemidos —. Descargas los huevos en unos segundos y ya te pones a usar los dedos para complacer a la mujer.
—¿Lo hago bien? —Preguntó Ignacio.
—Muy bien, chaval. Así me gusta —gimió Fina —. Así, mmmmm. Que bueno. Me encantan tus dedos, jovencito.
Ignacio se vino arriba y probó algo que nunca había probado antes, meter tres dedos de la otra mano a la vez que seguía con los tres de la mano derecha.
Fina abrió los ojos sorprendida. Los dedos de cada mano se movían a distintos ritmos. La mano derecha e izquierda ibas desacompasadas, a veces se acoplaban el ritmo y otras no. Era un baile de dedos dentro de su coño. Un baile caótico que en el fondo tenía un mismo ritmo: el placer.
Fina gimió fuerte y empapó las manos de Ignacio al llegar al orgasmo.
—Es la primera vez que pruebo con seis dedos —admitió Ignacio.
—Joder, pues ha sido... Orgásmico —dijo Fina con una sonrisa —. Intentaré enseñarte a aguantar más porque es lo que me ha pedido Eli. Pero creo que deberías centrarte en mejorar el uso de tus dedos. Si en una semana tienes este nivel... Tienes un talento con las manos, muchacho.