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Ignacio no podía estar más contento. Su trabajo era sencillo.
Eli no le metía prisas de modo que no tenía que ir a comprar contrarreloj ni tenía que limpiar como si el mundo se fuera a acabar.
Iba al comercio más cercano caminando tranquilamente, compraba sin prisas y volvía cargado con una o dos bolsas y colocaba la compra en su sitio.
Limpiaba con aún más parsimonia y Eli lo felicitaba por dejar limpia una casa que no se ensuciaba.
Además, Eli pagaba cada semana. Llevaba trabajadas dos semanas enteras y ya había cobrado dos veces.
En total en dos semanas había cobrado ya lo mismo que hubiera cobrado en un mes entero trabajando en cualquier otro empleo.
No podía estar más feliz.
Ignacio terminó de limpiar la barandilla y comenzó a barrer el pasillo del primer piso.
Escuchó el agua de la ducha caer. Eli solía ducharse a esas horas, aunque esta vez escuchaba el agua caer con más fuerza.
Ignacio se aproximó y descubrió el motivo de oír con más fuerza la ducha.
Eli siempre cerraba la puerta para ducharse, pero ahora la puerta del baño estaba completamente abierta.
No pudo evitar la tentación. Tenía curiosidad por ver un cuerpo femenino. Su experiencia sexual era más bien escasa. Había follado 4 veces contadas y desde la última vez hacía ya más de 3 años.
Ignacio asomó la cabeza y vio la silueta de Eli. Tenía un cuerpo delgado y rosado, aunque no podía verlo del todo pues los cristales de la mampara eran algo granulados y además estaban cubiertos de gotas.
De pronto la mampara se abrió y unas manos salieron a por una toalla. Ignacio se apartó enseguida de la puerta.
El agua de la ducha seguía cayendo así que, con el corazón latiendo con fuerza, se atrevió a volver a asomarse.
La toalla había vuelto a su sitio y la silueta de la madura seguía en la ducha.
Ignacio sintió un bulto en el pantalón.
¿Debería masturbarse?
El cuerpo le pedía que lo hiciera. Temía que lo descubriera, pero allí solo estaban ellos dos. Si Eli salía de la ducha, él tendría tiempo a retirarse y guardarse el pene en el pantalón y seguir barriendo como si nada.
Ignacio sacó parte de su pene y comenzó a masturbarse suavemente.
Aquello era demasiado excitante.
La mampara volvió a abrirse de golpe, Ignacio se movió rápidamente y dejó de masturbarse, aunque su pene le gritaba que no parase.
Ignacio se guardó el erecto pene bajo los pantalones y lo colocó de forma que la erección fuera menos evidente.
El sonido de la mampara cerrándose de nuevo y el del agua que seguía cayendo le invitó a asomarse de nuevo.
Ignacio acercó su cabeza al marco de la puerta para mirar de nuevo y cas le da un infarto.
Eli estaba en la puerta, completamente desnuda.
—Te he pillado —dijo Eli con seriedad.
El corazón de Ignacio bombeaba sangre con todas sus fuerzas para que pudiera salir corriendo de allí.
—Perdón... No pretendía... —Titubeo Ignacio.
—Te he visto reflejado en el espejo —espetó Eli —. Incluso no te bastaba con mirar, has empezado a masturbarte mientras me espiabas —espetó Eli.
—Yo... Yo... —Lo habían descubierto. No podía negarlo. Un error que iba a costarle el trabajo de su vida.
—Podría ser tu abuela —dijo Eli y sonrió con malicia —. Así que esos son tus gustos... ¿Por eso no tienes novia?
—¿Eh? —Soltó Ignacio confuso. Su mente intentaba encontrar una excusa. Algo que justificara sus actos.
—Todavía la tienes dura —dijo Eli y acarició la entrepierna de Ignacio, el cual se sobresaltó.
—Jefa... Eli. Yo. Esto... —Dijo Ignacio que intentaba salir de esa encrucijada.
—Tranquilo —dijo Eli —. Me pareces un chico guapo. Y cómo te dije, espero que guardes los secretos de esta casa. Y yo también los guardaré. No le diré a nadie que te masturbabas mirando a una sesentona duchándose.
—¿Sesentona? —Preguntó confuso Ignacio.
—A mí —respondió divertida Eli —. Ah, ya claro. Nunca te he dicho cuántos años tengo y la gente suele pensar que tengo bastantes menos. Tengo 64 años ya. Pero no me dirás que no estoy bien conservada.
Eli se señaló el cuerpo con las manos. Ignacio por instinto miró el cuerpo de la mujer.
Se notaba algo de piel colgante y carne flácida.
Pero tenía buen cuerpo. Una figura con caderas ligeramente marcada, una piel de un blanco ligeramente grisáceo y rosado poblada por una treintena de pecas marrones y algunas rojas bien repartidas.
Sus pechos eran medianos y de pezones y aureolas rosadas.
Estaban algo caídos hacía los lados, pero ni siquiera se acercaban al ombligo.
Ignacio no acostumbraba a buscar imágenes de sesentonas desnudas, si antes le hubieran preguntado por los pechos de una sesentona se los hubiera imaginado como calcetines que colgaban por debajo del ombligo.
Pero los de Eli eran deseables. Muy deseables.
Le encantaban. Ansiaba tocarlos. Lamerlos. Succionar aquellos pezones.
—Tienes un cuerpo increíble —respondió Ignacio.
—Gracias, Ignacio —respondió Eli con dulzura —. Y veo que te causa deseo. El bulto de tu entrepierna parece haber crecido. Veamos con que herramienta cuenta mi siervo.
Eli se arrodilló y bajó los pantalones de Ignacio. El pene juvenil del chico, duro y venoso apuntó desafiante a la frente de Eli.
—Una buena herramienta —dijo Eli y lo agarró con ambas manos —. Una buena longitud y un buen grosor. Duro y caliente.
Eli comenzó a masturbar el pene de Ignacio.
—No puedo aguantar mucho —dijo Ignacio enseguida.
—¿Ya vas a soltar todo el jugo? —Preguntó Eli divertida y tiró hacía abajo el pene, aunque el pene se mantenía enhiesto y no permitía que Eli lo bajase demasiado —. Ufff, que duro.
Eli desistió de llevar el pene hacía sus tetas y en su lugar se lo llevó a los labios. Besó el glande y sin previo aviso, sus labios se llenaron de semen.
El semen goteó y cayó al suelo.
—Perdón —se disculpó Ignacio.
—No pasa nada, cielo. Luego lo limpias. Pero... ¡Qué cantidad! Y es muy denso —dijo Eli admirada —. Seguro que llevas tiempo sin descargar los testículos.
—Bueno, hacía una semana que no me masturbaba —admitió Ignacio.
—¿Y follar? —Preguntó Eli, interesada.
—Oh, de eso hace algo más de tiempo —dijo Ignacio algo avergonzado.
—Claro, no tienes novia. Pero alguna amiguita... —Dijo Eli —. ¿Cuánto llevas sin follar? ¿Un mes?
—No sé muy bien... —Dijo Ignacio, no quería admitir lo que llevaba sin sexo.
—¿Cuánto entonces? ¿Dos meses? ¿Tres? —Preguntó Eli con curiosidad.
—Unos años —admitió Ignacio.
—Uhmm —dijo Eli —. ¿Cuántas veces has follado?
—Ignacio se sinceró y le contó que había follado poco y de eso hacía años —.
Uhmmm. Interesante. Eres casi virgen. Es más, llevando tanto tiempo sin follar después de prácticamente no haber follado nada...
Eres virgen —dijo Eli divertida y con un destello de malicia en los ojos —.
Que morbo. Así que tu primera paja ha sido con una sesentona. Como tu marquesa quiero tu virginidad.
—¿Quieres follar? —Preguntó Ignacio excitado. Deseó con todas sus fuerzas que aquella MILF, o más bien, aquella GILF, dijera que sí.
—Sí. Aunque con tu falta de experiencia no sabrás como complacerme como es debido...
Soy una buena señora. Una marquesa como yo debe enseñar a sus súbditos a hacer las cosas bien.
Además, es una situación morbosa y divertida.
Hombres que sepan follar hay muchos, pero estrenarlos y enseñarlos puede ser divertido.
Hoy disfruto de enseñar a mi inexperto siervo y en el futuro espero que mi siervo sepa cómo usar adecuadamente su herramienta.
Todas sus herramientas. Hay que usar la lengua y los dedos también.
—Encantado de servirlo, marquesa. Todo mi cuerpo está a su entera disposición —dijo Ignacio con una reverencia —. La acompaño a sus aposentos.
Eli se echó a reír.
—Podría follarte ahora mismo. Tengo muchas ganas... Pero mejor no. Hay que disfrutar del proceso y quiero que tu primera vez con un coño maduro tengas los huevos bien cargados para llenarme —dijo Eli —. Pero puedo masturbarte de nuevo.
Eli no espero respuesta y comenzó a masturbar el erecto pene de Ignacio.
La excitación y las hábiles manos de Eli provocaron que Ignacio eyaculara en menos de dos minutos. El semen impactó en el rostro de la GILF:
—Disparas rápido —dijo Eli —. Necesitas mucho entrenamiento, pero poco a poco. Mañana no follaremos, luego el fin de semana lo tienes libre, así que el lunes te desvirgaré. Nada de masturbarse. Quiero que recargues bien los huevos.
—Podría venir el sábado —se ofreció Ignacio.
—Gracias cielo, pero doy a mis súbditos su merecido descanso —dijo Eli.
—No hay problema. Puedo hacer horas extra o venir gratis. O puedo venir a que me desvirgues y ya está. Eso no cuenta como horas de trabajo —dijo Ignacio a toda prisa, no podía esperar tantos días.
—Que voluntariosidad —bromeó Eli —. Pero no. Quiero sentir todo tu semen llenándome la primera vez que te permita meter tu cosa en mi coño. Ahorra semen. Nada de masturbarse.
Ignacio agachó la cabeza.
—Lo intentaré —respondió Ignacio.
—Lo harás —Matizó Eli —. Ahora necesito ducharme de nuevo, eso sí a puerta cerrada para ahorrarte la tentación de mirar y acabar vaciando aún más tus testículos.
Eli le dio un beso con dulzura en la mejilla y se encerró en el baño.
Ignacio no se había manchado, pero realmente necesitaba una buena ducha fría.