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La casa de Eli estaba en un barrio bueno, una zona de casas familiares con jardín.
La calle era tranquila, en ese momento solo había una pareja paseando y a lo lejos se veía a alguien con un perro.
Nadie más. Las aceras eran amplias y parecía que las limpiaban constantemente.
Aunque bajo los árboles de flores moradas parecía que la limpieza nunca era suficiente porque caían constantemente flores.
El vallado perimetral de las casas no era uniforme. Algunos tenían simple verjas de metal. Otros recintos tenían perímetros hechos con muros de piedra blanca o ladrillo rojo.
Siguió caminando absorto en las fachadas que se veían a unos metros de los muros exteriores.
Había diversidad al igual que con los muros perimetrales.
De hecho, había incluso más diversidad. Una tenía la fachada de una casa londinense del siglo XV, otra parecía una casa tradicional alemana, otra parecía un torreón e incluso tenía dos gárgolas en la entrada y otra casi parecía una pirámide.
Aunque lo cierto es que eran excepciones ya que la mayoría tenían la arquitectura de chalés madrileños de principios de siglo o eran los modernos bloques de hormigos con grandes ventanales.
Ignacio pulsó el botón del interfono que había incrustado en el murete y sonó un chasquido eléctrico que abrió la puerta de metal.
El jardín parecía más amplio una vez cruzado el portal.
El césped estaba bien cuidado. Había una pequeña fuente de agua hecha de esferas blancas que se hacían más pequeñas según se alejaban del suelo, el agua brotaba de un pico dorado y el agua se deslizaba suavemente por las esferas hasta caer a un pequeño estanque.
En el lado opuesto a la fuente había una estatua de una mujer desnuda. Los pechos eran perfectamente blancos, salvo por un pezón al que al parecer algún pájaro había acertado con sus excrementos.
Cerca de la puerta de la casa había una pérgola con una mesa y varias sillas.
Ignacio alcanzó la fachada de estilo inglés y llamó a la puerta usando la aldaba en lugar de usar el timbre.
La puerta se abrió y apareció Eli. Llevaba sus dorados cabellos rizados y un maquillaje sutil. Vestía un vestido sedoso verde con florituras que la hacían parecer una señora feudal.
—Ignacio, bienvenido a mi casa. Adelante —dijo Eli e invitó a entrar al joven con un gesto.
Ignacio entró y se maravilló al ver armaduras relucientes apostadas como guardeses. A parte de media docena de brillantes armaduras completas, en las paredes de ese amplio recibidor había tapices y al fondo un blasón.
—Parece la entrada de un castillo —dijo Ignacio sin pensar.
Eli sonrió.
—Esa era mi intención. Aunque el resto de la casa es más moderna —comentó la madura —.
Pero cuando descubrí que descendía de la nobleza decidí que montaría algún día una habitación así.
Y claro, no iba a tener esto escondido en un sótano, ¿qué mejor que aquí?
Así cualquier invitado podrá admirar esta pequeña colección.
—¿Eres una reina? —Preguntó Ignacio admirado.
Eli rio con gracilidad.
—En absoluto. Marquesa más bien —respondió Eli.
—Ya veo. Eso explica esta casa —comentó Ignacio.
—Para nada —dijo Eli —. Esta casa es fruto del esfuerzo.
Mi marquesado ni siquiera era de aquí. Y tampoco quedaba nada.
Las propiedades se perdieron hace muchas generaciones.
De hecho, mi infancia fue bastante austera.
Mis padres eran pobres, pero mi padre trabajó mucho y montó una pequeña empresa.
Yo le ayudaba siempre en lo que podía y continúe trabajando y trabajando hasta que la empresa creció.
Y bueno, de ahí viene mi fortuna. Lo de ser de la nobleza lo descubrí hace apenas veinte años por otras cuestiones.
Pero más allá del título de marquesa, que no tiene valor en sí ya, todo lo que tengo es fruto de mi esfuerzo y de mis padres.
—Qué historia más interesante —dijo Ignacio, no sabía muy bien cómo responder.
—Sí, quizá pueda contarte más otro día. Pero ahora deja que te enseñe la casa —dijo Eli.
—¿Cuál sería mi trabajo? —Preguntó Ignacio.
Eli se detuvo y lo miró con seriedad, aunque un brillo de diversión relució en sus ojos.
—Bueno, una marquesa necesita sus siervos —dijo Eli —.
No te preocupes, no voy a azotarte con un látigo ni cosas raras —Eli pareció ir a decir algo más al respecto, pero se mordió la lengua —.
Tendrás un trabajo común de empleado del hogar.
Hacer alguna compra, limpiar un poco la casa.
Sacar brillo a las armaduras. Ya sabes, lo que se esperaría de un mayordomo.
Ignacio asintió. Eso podía hacerlo. Si era rica, quizá incluso cobrara un buen sueldo.
Eli se echó a andar de nuevo y le hizo un tour por la casa.
—Por el jardín no tienes que preocuparte —dijo al final Eli —. Eso es territorio de mi jardinero. Él viene dos o tres veces por semana. Pero tu vendrás los cinco días porque querías un trabajo a jornada completa, ¿no?
—Sí, sí —dijo enseguida Ignacio y asintió enérgicamente —. Es justo lo que siempre he soñado. Muchísimas gracias por la oportunidad.
Eli sonrió y asintió con solemnidad.
—Mientras hagas tus labores con diligencia y, lo más importante, seas leal a la casa...
Tienes trabajo asegurado —dijo Eli —. De hecho, esto último, es lo más importante.
Por supuesto quiero que limpies todo a la perfección y cumplas con los encargos.
Pero hay margen de error en este aspecto.
Si te doy una lista de la compra y te equivocas en algún producto o si limpiando te dejas alguna mancha, pues te lo diré para que intentes que no vuelva a suceder.
Pero incluso si repitieras el error, tendría paciencia contigo.
Otra cosa es que seas un completo desastre, pero si haces las cosas bien no es algo terrible que tengas pequeños fallos.
Pero la traición... Eso es imperdonable.
Espero que seas leal y discreto. Si un día ves que alguien famoso llega a esta casa, ni se te ocurra contárselo a nadie.
Ni a tus padres, ni a tus amigos ni a tu novia. A nadie.
—No tengo novia —dijo Ignacio sin saber muy bien porqué.
Eli sonrió con dulzura.
—Bueno, una persona menos a la que contarle cosas.
Y supongo que a tu edad no se cuentan secretos a los padres.
Así que, el mayor peligro es que presumas delante de tus amigos.
Pero ni una palabra a nadie de nada de esta casa.
Como si se te borrara la memoria cada vez que cruzas la puerta, ¿entendido? —Preguntó Eli.
—Entendido —afirmó Ignacio con seguridad.
—Muy bien, pues ya has empezado tu trabajo. Puedes tomarte el resto del día libre. Mañana te quiero aquí a las 8 de la mañana. Aunque primero tendrás que firmar tu contrato —dijo Eli y fue a por una carpeta roja.
Eli sacó unos documentos que Ignacio no dudó en firmar sin leer una sola letra.
Eli sonrió satisfecha y se despidió del joven.