SIERVO DE UNA GILF -2-
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Ignacio miró el reloj. Seguía siendo la misma hora. El tiempo parecía estar detenido. Tenía que mirar cinco veces la hora para que pasara un minuto.

Cada hora parecía un día entero.

El móvil comenzó a vibrar. El corazón se le desbocó. Un número desconocido.

—¿Sí? ¿Eli? —Preguntó con voz temblorosa Ignacio.

—Buenas tardes, le atiende Oswaldo. Le llamo para ver si está contento con su plato de ducha. Estamos cambiando los platos de ducha de su zona y ... —Comenzó a decir una voz masculina.

Ignacio se irritó.

—¿Me llamas para cambiar el plato de ducha? ¿No te envía Eli? —Dijo Ignacio irritado.

—Mi nombre es Oswaldo, y puedo ofrecerle un generoso descuento... —Dijo el hombre de la llamada.

—No me jodáis —dijo Iganacio y colgó enseguida.

Las llamadas de los comerciales le habían fastidiado alguna siesta, pero esta vez era peor.

Mucho peor. Si un comercial ocupaba la línea telefónica podría perder la llamada de Eli y que la mujer considerara que realmente no estaba interesado como había sospechado en su momento.

No podía perder aquella oportunidad única.

Un minuto después el móvil volvió a sonar. Un número desconocido.

—Buenas tardes, mi nombre es Oswaldo. Al parecer hubo un percance en la llamada y...

Ignacio resopló y colgó, rápidamente bloqueó ese número de teléfono.

El móvil permaneció en silencio.

Los minutos se fueron sucediendo sin ninguna llamada.

Pasó otra hora.

Nadie llamaba.

Otra hora más.

El pánico comenzó a llenar el corazón de Ignacio.

¿Y si Eli se lo había replanteado y no le llamaba?

¿Y si era la directora de un call center y lo del comercial era una prueba?

Había demostrado no tener paciencia. No había sido educado. Si era una entrevista secreta. Había suspendido. No habría parecido apto para trabajar en un call center.

Estuvo a punto de llorar.

Entonces el móvil vibró y comenzó a sonar.

Un número desconocido.

Descolgó con las manos temblorosas.

—¿Eli? —Preguntó Ignacio.

—¿Ignacio? —Preguntó una voz femenina —. Discúlpame, no he podido llamarte antes. ¿Mañana podrías venir a una dirección?

—Sí, claro. ¿Dónde tengo que ir? —Preguntó Ignacio y buscó desesperadamente un bolígrafo. Comenzó a apuntar sobre uno de sus currículos la dirección que le había dado Eli —. ¿A las 11 de la mañana? Vale, perfecto. Allí estaré.

Eli se despidió y la llamada terminó.

Ignacio alzó el currículo donde acababa de escribir la dirección que le había dado Eli y lo alzó con cuidado como si fuera una reliquia ancestral.