SIERVO DE UNA GILF -1-
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SIERVO DE UNA GILF

SIERVO DE UNA GILF

Por Vir Paj

© inepub.com

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Ignacio recibió la alerta. Un nuevo correo electrónico.

Era de una de sus candidaturas. Al principio, esos mensajes los abría nervioso, ahora ya se imaginaba el contenido.

Leyó el escueto mensaje. Cerró los ojos y suspiró.

Lo habían vuelto a descartar de una oferta de empleo.

Ya había perdido la cuenta de cuantas veces le habían enviado uno de los mensajes prediseñados para descartarlo con buenas palabras.

Ignacio cogió un montón de currículums impresos en papel. Era algo anacrónico. En muchos sitios ni siquiera los aceptaban en mano por la ley de protección de datos. Pero le habían asegurado que en muchos sitios se seguía haciendo a la vieja usanza.

Y así llevaba un mes y cien currículos entregados en mano a comercios de barrio y a empresas de los polígonos cercanos. Aún no le habían dicho nada de ningún sitio. Pero tenía que seguir intentándolo. Buscar trabajo era un trabajo en sí mismo.

Ignacio había visto una ventana de oportunidad con la jubilación de la generación del baby boom.

Confiaba que al abandonar el mercado laboral una generación tan numerosa tendría al fin su oportunidad.

Aunque la migración iba a ser un duro competidor por oportunidades.

Al menos quizá llegara a una entrevista.

Pero la tecnología le había escupido en la cara.

La IA avanzaba a pasos agigantados y la robótica caminaba cada vez más rápido.

Los matrimonios entre IA y robótica cada vez eran más frecuente.

Lo cual causaba un nudo en la garganta. O conseguía ya un trabajo para al menos pasar al grupo de gente con experiencia real o el muro sería insalvable.

Ignacio se peinó y se vistió con sus mejores galas. No podía ir vestido como si fuera a una boda, pero tampoco podía ir desarreglado si quería causar una buena impresión. Ropa elegante e informal a partes iguales.

Releyó los currículos. Había hecho mil versiones. Había cambiado mil veces la forma de redactarlo. Más escueto o más extenso. Plantillas de un tipo u otro. Poniendo sus skills o sin ellas. Había probado todas las combinaciones.

Ahora usaba una plantilla que le había recomendado la IA. La IA era su gran enemigo y su gran aliado a la vez. O eso esperaba.

Ignacio salió de casa y pasó por delante de los comercios y de los bares.

Estuvo a punto de ser contratado en un bar, pero cuando preguntó “¿las horas extras a cuanto se pagan?” después de que el dueño insinuara de que iba a trabajar más de 70 horas semanales, al dueño del bar le cambió la cara y nunca le llamó para trabajar.

Había probado en otros bares, pues algunos decían que faltaba personal. Pero por una cosa u otra, a él nunca lo llamaban.

Ignacio entró en una peluquería. No sabía cortar el pelo. No más que cualquiera que cogiese unas tijeras por primera vez para esos menesteres. No creía que le costase demasiado aprender, pero claro. Los primeros cortes necesitarían un repaso de un profesional.

—Buenos días —saludó Ignacio tras entrar en la peluquería.

Dos señoras que estaban sentadas leyendo una revista alzaron la vista y lo saludaron. Ignacio se fijó en el armatoste envuelto en papel de aluminio en la cabeza y tragó saliva. Ese oficio no era solo dar cuatro tijeretazos al pelo.

—Creo que te has equivocado —dijo una joven de abultado pecho que estaba masticando un chicle mientras usaba un secador con el pelo de una clienta —.

Esto es una peluquería para mujeres. Aunque bueno, a mí no me importa cortarte el pelo.

Por eso no hay ningún problema, pero no es habitual que entren hombres.

—Oh, no. Solo venía a ver si puedo dejar el currículum por si necesitáis a alguien para barrer o algo —dijo Ignacio —. No he cortado el pelo, pero podría aprender...

La chica le dedicó una sonrisa torcida.

—Lo siento, pero el negocio no da para mucho. Hay otras peluquerías low cost que roban clientela y cada vez hay más pagos... —Se justificó la chica.

—Oh, vaya. Pues nada. Gracias por tu atención —dijo Ignacio y se dispuso a marcharse. No podía esperar otra cosa.

—Espera, chico —dijo una voz femenina. Ignacio se giró y vio que era la mujer sentada en la silla de peluquero —. ¿Por qué no pides dejar aquí el currículum?

—Porque ya me ha dicho que no pueden contratar a nadie —respondió Ignacio.

La mujer lo miró. Tenía unos ojos verdes penetrantes y un pelo teñido de un color rubio brillante. Su piel parecía estirada, por lo que podía tener 40 años como aparentaba o muchos más.

—Chico, por aquí pasan clientas que pueden tener negocios y querer contratarte —dijo la mujer —. Podías haber pedido dejar aquí los currículos por si alguna le interesa contratar a un chico del barrio.

—Oh, no lo había pensado. Muchas gracias —dijo Ignacio y miró a la chica de la peluquería —. ¿Podría...?

La chica sacudió la cabeza.

—Lo siento, pero con lo de la ley de protección de datos, una amiga ya se llevó un buen susto por algo parecido. No me puedo arriesgar a comerme una multa de ese calibre —dijo la chica.

Ignacio agachó la cabeza.

—Joven, dame a mí uno de esos currículos —dijo la mujer que le había dado el consejo —. Yo sí estoy buscando un empleado. ¿Qué edad tienes? ¿16?

La felicidad embriagó a Ignacio. Por un momento atisbo una verdadera oportunidad de encontrar un empleo. Rápidamente le fue a dar uno de los currículos impresos, pero con las prisas y los nervios le dio tres.

—Tengo 21 años —dijo Ignacio en cuanto soltó los currículos.

—¿Estás nervioso? —Preguntó la mujer —. Ignacio —leyó la madura —. Yo me llamo Elizabeth, pero puedes llamarme Eli.

—Encantado, Eli. Yo soy Ignacio y sí, estoy algo nervioso. Es mi primera vez. Quiero decir, es la primera vez que veo posible tener un trabajo —dijo Ignacio y se sonrojó.

La madura soltó una grácil risa.

—Ya veo que estás nervioso, Ignacio —dijo Eli —. ¿Está bien tu número de teléfono? —Eli señaló los números en el papel.

Ignacio se acercó y los repasó mentalmente. Estaban correctos. Al fin y al cabo, los había repasado veinte veces al escribirlo, otras veinte veces antes de imprimirlos y luego los revisaba a diario como si pudieran mutar.

—Sí, es mi número de teléfono —dijo Ignacio.

Eli volvió la vista al currículo del joven mientras la peluquera seguía secándole el pelo con el secador.

—Veo que no tienes muchos estudios, los básicos.

Aunque claro, si no ahora estarías en la universidad estudiando en lugar de buscando trabajo.

Pero me alegra que alguien tan joven, con 21 añitos, sea tan proactivo buscando trabajo.

Aunque tranquilo, necesito alguien para labores básicas.

Nada difícil de aprender. Solo busco cualidades, como la constancia —dijo Eli y volvió a mirar a Ignacio —. Ya te llamaré.

Ignacio tragó saliva y la tristeza le embriagó. Esa frase se la habían dicho muchas veces y en su interior ya equivalía a un descarte elegante y mentiroso.

—Bueno, gracias —dijo Ignacio con voz apagada.

Eli frunció el ceño.

—¿Qué te pasa? ¿No buscabas trabajo? ¿O solo finges buscar trabajo para justificarte ante tus padres? Si no quieres trabajar, no te llamo —dijo Eli, parecía indignada.

—¿Eh? Oh, no. Perdón. ¿Realmente me vas a llamar? —Preguntó Ignacio. No en tono acusador, sino de alguien derrotado —. Es que me lo han dicho decenas de veces y nunca me llaman.

—Ay, perdón, corazón —dijo Eli —. Sí, he oído que muchos suelen hacer eso. Pobrecito, ¿te han rechazado tantas veces? No lo decía para que te marcharas y no llamarte como hacen otros. Yo sí pensaba llamarte.

A Ignacio se le iluminó la cara.

—¿De verdad? —Preguntó Ignacio sin pensar.

—De verdad —dijo Eli con dulzura.

—Muchas gracias —dijo Ignacio.

—Asegúrate de tener el teléfono con batería y con cobertura, en cuanto llegue a casa te llamo —dijo Eli.

Ignacio agradeció mil veces aquella oportunidad antes de marcharse de la peluquería.