Siempre Tuyo Eso espero Carol
98%

Eso espero Carol

Eso espero

Carol

Presente

Tengo que hacer un gran esfuerzo para no ver a Gabriel, porque tengo muchas, muchas ganas, pero lo que le ha hecho a Diego…

quiero que me de una explicación, y si lo veo a solas, no voy a poder contenerme y terminaré besándolo.

Si estamos en público, no tengo más remedio que aguantarme, y el evento del sábado es el sitio perfecto.

Podré hablar con él de lo que ha pasado y, aunque tenga la tentación de besarle, no voy a poder hacerlo delante de tanta gente.

Todavía no estoy preparada para anunciar que tenemos…

algo. Y tampoco estoy segura de que esto vaya a funcionar.

Conmigo se porta de una manera, pero parece que a mis espaldas es de otra forma que no conozco, y si voy a empezar una relación, o algo más serio con él, quiero conocerlo de verdad, en todas sus facetas.

No quiero mentiras, ni secretos. Quiero total transparencia.

Voy a secarme el pelo, y llaman a la puerta. ¿Un viernes, a las nueve de la noche? Espero que no sea él.

—¿Diego?

—Siento presentarme sin avisar antes.

—No tienes que avisarme —le digo y lo invito a pasar.

Cierro la puerta y lo guío hasta la cocina. No sé porqué, pero llevo a todas las visitas aquí. Es donde más a gusto me siento. Será porque hay comida.

—¿Qué cojones? —bramo viendo que tiene ahora el otro ojo morado—. ¿Ahora el otro?

—Escúchame, Carol —me dice angustiado—. Yo no he estado aquí ¿vale?

—¿Y para qué has venido?

—Tenía que comprobar que estabas bien.

—Claro que estoy bien —le cojo de la barbilla para que me mire—. ¿No lo ves?

—Sí, lo veo —me sonríe, y lo suelto con disimulo. Mierda. Me he acercado demasiado y no quiero que piense lo que no es—. Carol…

—¿Quién te ha hecho ahora eso, Diego?

—Carol, no puedes seguir viéndote con Gabriel.

—¿Te lo ha vuelto a hacer él?

—Por favor —me suplica—, tienes que hacerme caso.

—Hay que ponerle fin a esto.

—Carolina, no le digas nada, o me vas a buscar una ruina —me dice asustado.

—Pero ¿quién te crees que es Gabriel?

—¡Yo lo sé! ¡La que no lo sabe eres tú!

—Lo siento, Diego, pero si te vas a poner a despotricar de mi novio en mi propia casa, te tengo que pedir que te vayas —le digo acompañándolo a la puerta.

—¿Tu novio? —me grita—. Dime que no estás con él.

—No sé lo que somos, pero sí, tenemos algo más serio.

—Eres una idiota si tienes algo con él —me escupe ya en la puerta de la entrada.

—¿Y también me insultas a mí? —pregunto con ceño fruncido.

—Carol, no quería insultarte a ti.

—Pero lo has hecho —le interrumpo—. Vete, por favor.

—Lo siento…

—Adiós, Diego.

—Adiós, Carol —me dice casi con los ojos vidriosos, y cierro la puerta antes de que me vea llorar.

Me voy corriendo a la ducha, y lloro como cuando me hizo aquello Ibai.

Me ducho y me restriego con fuerza como si pudiera quitarme este sentimiento de culpa que tengo por todo lo que le esta pasando a Diego, y por haberlo echado de casa.

¿Por qué insiste tanto Diego en que me aleje de él?

¿Por qué le tiene tanto miedo? ¿Qué esconde Gabriel?

No lo sé, pero voy a averiguarlo. No soy la segunda mejor abogada de la ciudad por nada.

El evento de esta noche es para celebrar la apertura de La Libertad , y vamos todos.

Gabriel, Dante, Héctor y Nuria y, por otro lado, mis padres, Asia y yo.

A Berta la invité, pero me dijo que no tenía ganas de ver a Dante.

Creo que le gusta más de la cuenta. Agradezco que no venga porque tengo que hablar con Gabriel de lo que está pasando y de lo que le ha hecho a Diego.

No puedo seguir con lo que sea que tengamos si no es sincero conmigo. No quiero más mentiras en mi vida.

Elijo un vestido negro porque estoy cabreada.

Largo, de brillo, con escote de barco, y una pequeña raja en la pierna que no llega más arriba de la rodilla.

Hoy quiero ir elegante y sin provocar. No tengo ganas de “jueguitos”.

Mi madre me hace un recogido completo esta vez.

Quiero que Gabriel me tome en serio y que vea que no me ando con chiquitas.

Me planto unos taconazos de quince centímetros y, con mi mini bolso a juego, estoy lista para hacer acto de presencia y conocer al verdadero Gabriel.

Mis padres salen en un coche y yo voy en el mío, como siempre. Saludo a Hugo al llegar, me dedica su habitual sonrisa encantadora, le guiño el ojo y espero a que llegue mi familia. Entramos juntos, vamos saludando a todos los que conocemos, hasta que llegamos a donde está la familia Dubois.

—Veo que esta vez habéis cambiado un poco la decoración —le dice mi madre a Héctor dándole la mano para saludarlo.

—Gabriel y Dante han decorado, esta vez, de tonos azules el nuevo local —le dice él besándole la mano.

—Una elección estupenda —le dice mi madre a Gabriel—, ¿verdad, Carolina?

—Sí, mamá —le sonrío, y miro al señor Dubois—. Buenas noches, Héctor.

—¿Te gustan estos tonos? —me pregunta Héctor, besando ahora mi mano.

—Es su color favorito —contesta por mí, Gabriel.

—Vaya, qué casualidad —dice con cierto rintintín Nuria. Vale, sabe algo. Las mujeres tenemos ese don. Lo que no sé es cómo no lo sabe aún mi madre.

—Sí que es una casualidad —dice mi madre mirándome de reojo. Retiro lo dicho. Mi madre ya lo sabe.

Nos ponemos a hablar un poco de la decoración de La Libertad , hasta que el grupo se separa en dos.

Por un lado los hombres y, por otro, nosotras.

En ningún momento he mirado a Gabriel, y sé que él no me ha quitado la vista de encima.

Me disculpo para ir a la mesa de los aperitivos, y Asia me sigue.

Mierda. Quería quedarme a solas para poder hablar con Gabriel y ahora no voy a poder con mi hermana.

—¿Por qué no os habéis dirigido la palabra Gabriel y tú? —me pregunta la muy cotilla.

—No sé, Asia —le digo quitándole importancia—, he estado hablando de otras cosa y no le he prestado atención.

—Es cierto que lo odias un poco, pero siempre os decís algo, aunque sean pullas.

—¿Interrumpo? —escucho a Gabriel detrás de mí.

—Sí.

—No —dice mi hermana casi a la vez que yo.

—Vaya… —sonríe él.

—Me voy a buscar a mamá —se excusa Asia—. Toda tuya.

—¿Toda mía? —me susurra arqueando una ceja.

—Aquí no —le digo seria.

—¿Qué te pasa? —me pregunta frunciendo el ceño—. Te he estado llamando estos días, y no me lo has cogido. Quería verte, y me has estado evitando.

—Tenía mucho trabajo. Los jueves y viernes son los días que más trabajo tengo.

—Vale, pero podrías haberme cogido el teléfono ¿no?

—Estaba muy ocupada y no podía despistarme ni un momento —le digo sin mirarlo.

—¿Me vas a decir qué es lo que te pasa? —me pregunta cogiéndome del brazo para que lo mire.

—Tenemos que hablar.

—He oído que esa frase no conlleva nada bueno —se ríe por la nariz.

—Acompáñame fuera —le digo cogiéndolo de la mano y arrastrándolo para salir por la puerta del personal.

Salimos y nos apartamos un poco de la puerta, lo justo para que ningún trabajador nos escuche, y que los paparazzis no nos vean.

—Supongo que por tu cara, no me has traído aquí para un polvo rápido.

—¿Has sido tú el que le ha hecho eso a Diego? —le pregunto sin rodeos.

—¿Que le he hecho, el qué?

—No te hagas el tonto —le digo seria—. Sé que has sido tú.

—Y si lo sabes, ¿para qué me preguntas? —me dice cruzándose de brazos. ¿Cómo puede estar tan tranquilo después de haberle hecho semejante brutalidad a Diego? Me quedo paralizada un momento, procesando que me ha confirmado que ha sido él.

—¿Por qué se lo hiciste? —reacciono por fin.

—Porque no fue él quien me dijo lo que su primo te hizo.

—Eso es una mierda de excusa —bramo—. ¿Y el otro ojo? Porque han sido en dos días diferentes.

—¿Lo has vuelto a ver? —me pregunta enfadado.

—No me cambies de tema —le digo entre dientes—, ¿por qué le pegaste en el otro ojo?

—Porque le dije que se alejara de ti, y estuvo hablando contigo el domingo.

—¡Porque fui yo a su casa, imbécil! —le grito muy enfadada.

—Ya lo sé, pero aun así se lo merecía.

—¿Cómo sabes que fui yo la que fue a verlo?

—Porque os puse vigilancia a todos desde el momento que me enteré de lo que te hizo Ibai —me confiesa con demasiada parsimonia.

—Espera, espera —abro bien los ojos por lo que me acaba de decir—, ¿nos pusiste?

—Sí, Carol, a ti también te puse vigilancia, pero desde que me enteré que Ibai a huido cuando fui a Portugal.

—Mira, no me estoy enterando de nada, pero no tienes ningún derecho a ponerme vigilancia sin mi permiso —le digo señalándole con el dedo—, así que ya puedes estar haciendo las llamadas que hagan falta, y ordenando que dejen de vigilarme.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No pienso dejarte desprotegida.

—No soy una niña indefensa.

—Pues lo que te pasó con Ibai me dice lo contrario.

—Que te jodan, Gabriel —me doy la vuelta, pero me agarra de la muñeca.

—Espera, Carol, no te vayas.

—¿Qué quieres? —bramo.

—Solo quiero asegurarme que estás bien en todo momento, y si no quieres vigilancia, déjame que sea yo quien lo haga por otro.

—Estás de coña ¿no?

—No, no lo estoy. No quiero ni pesar por un momento que pueda pasarte algo. No me perdono todavía que Ibai intentara…

—¿Por qué te culpas por eso? —pregunto extrañada.

—¿Recuerdas el problema que tuvimos en el Furia hace ocho años? —asiento, y él continúa—. Fue por culpa de Ibai. Dante y yo lo pusimos a trabajar para nosotros, pero se descontroló, y lo tuvimos que despedir.

—Y lo de la brecha de esta última vez en el Furia , ha sido también él ¿verdad?

—Sí.

—Pero si ya no trabajaba para vosotros…

—Se puso a vender droga en la puerta del Furia , y tuvimos que hablar con él para que se fuera —me explica—, y como no nos hizo caso y seguía allí, dimos el chivatazo a la policía, y se lo llevaron.

Estuvo un par de días en el calabozo, pero como no tenía cargos, lo dejaron ir.

Eso sí, con una buena multa y un expediente abierto.

—¿Por eso fue a por mí?

—Exacto —me confirma—, porque sabía que si iba a por ti, me dolería más que si me hiciera daño a mí.