Te encontraré Gabriel
Te encontraré
Gabriel
Presente
Siempre me ha gustado salir de la ciudad, pero esta vez me cuesta mucho tener que separarme de Carol. He pasado el mejor día de mi vida, y ha sido con ella. En cuanto llegue del viaje, pienso estar a su lado todo lo que pueda.
He puesto a uno de mis hombres de confianza a seguir a Diego, y otro a Ibai.
Sé que ambos se vieron, y que Ibai tiene un vuelo a Portugal hoy, lunes.
Perfecto. Me ha hecho caso, y creo que el ojo morado de Diego tiene algo que ver.
Voy a pasar estos tres días vigilando yo mismo a Ibai en Portugal.
Mi vuelo sale en dos horas, me da tiempo de pasarme por casa de Dante para dejarle dicho que no se acerque demasiado a Carol si no quiere vivir sin sus dos piernas.
Tienen una reunión el miércoles para hablar de La Libertad , y yo no voy a poder llegar a tiempo.
Nada más aterrizar en el aeropuerto de Lisboa, me llega un mensaje de una llamada perdida del hombre que tengo vigilando a Diego. Pillo un taxi y, cuando llego al hotel, le devuelvo la llamada.
—¿Para qué me has llamado?
—Me dijo que lo llamara por si había algún movimiento, y lo ha habido —me dice con angustia.
—¿Qué ha pasado?
—Ayer vino a verlo la señorita Hidalgo. —Creo que voy a romper el teléfono de la presión que estoy ejerciendo en él.
—¿Entró? —No sé si quiero saber la respuesta.
—No, se quedó afuera —bien.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Diez minutos.
—¿Viste algo raro?
—Creo que ella le pregunto por su ojo morado, y luego le cerró la puerta en las narices —pobre Carol, estará pasándolo mal, pero es lo mejor, para todos.
—Bien. Gracias. Continúa ahí hasta que yo regrese del viaje.
—Perfecto.
Le cuelgo y me entran ganas de matar ahora mismo a Ibai, volver de inmediato para matar a Diego, y luego ir con Carol para consolarla.
Pero si hago eso, la perdería para siempre.
Y no puedo permitírmelo. Espero que Diego no le haya dicho que se lo hice yo, sino le voy a tener que poner el otro ojo a conjunto.
Estoy a punto de llamarlo para preguntarle, pero prefiero darle una sorpresa e ir yo mismo a su casa para que me lo cuente todo.
Saqueo el mini bar, estoy muerto de hambre y no tengo ganas de aguantar a gente en un restaurante. Estos tres días voy a sobrevivir a base de comida basura que me traigan a domicilio. No me apetece estar con otra persona que no sea Carol, y en ningún otro sitio.
Descanso un poco antes de ir a visitar el barrio donde Ibai tiene una cita con el casero de un edificio.
Es un barrio de clase baja-media, no se puede permitir mucho más con el dinero que le di, por lo menos hasta que no encuentre trabajo, de lo que también me he encargado.
Hablé con un restaurante para que le hagan una entrevista y que empiece a trabajar de camarero, o cocinero, o de friega platos, dependiendo de lo que se le de mejor.
No veo a Ibai trabajando de ninguna de esas cosas, pero es un trabajo decente, no está tan mal pagado como de repartidor, por ejemplo, y es un sitio donde no tiene tentación de trapichear.
Ya conocemos a Ibai por su amplio historial delictivo y su tentativa con las drogas.
Estoy en un coche alquilado, aparcado un poco más alejado de donde ha quedado con el casero, para que no sospeche.
Llega tarde, pero al fin llega. Hablan un par de minutos y el hombre lo invita a subir.
Al rato veo salir al hombre, y no veo que Ibai le siga.
Buena señal. Se ha quedado con el piso. Tercera misión cumplida.
La primera fue que aceptara el dinero y que se fuera a Portugal.
La segunda, que llegara a Portugal. Esta es la tercera.
Solo falta la cuarta y última misión, que lo cojan en el que podría ser su nuevo empleo.
Arranco y vuelvo al hotel. Estoy tentado de mandarle un WhatsApp a Carol, pero no quiero ser pesado, ni agobiarla. Prefiero esperar a que ella me mande algo.
Llega la noche, me tiro en la cama, cierro los ojos un momento y cuando los abro, ya es de día.
Joder ¿qué hora es? Me quedé dormido anoche y ni si quiera cené nada.
Las ocho de la mañana, hora perfecta para salir a correr.
Me pongo el chándal, que es lo único que he traído, aparte de otro pantalón vaquero y otra camisa, y me pongo los cascos para ir escuchando música.
Me doy una ducha cuando vuelvo, desayuno y es la hora de la entrevista de trabajo.
Aparco otra vez algo retirado, y espero hasta que aparezca Ibai.
Ya han pasado quince minutos y no ha aparecido.
Veinte. Veinticinco. Treinta minutos. Esto es muy raro.
Arranco el coche y me voy a donde tiene el piso.
Aparco y espero un poco. Nada. Ni rastro de Ibai. Hasta aquí llega mi paciencia.
—Deme la llave del piso —le digo al hombre que esta sentado en el bar de enfrente desayunando. El hombre se mete la mano en el bolsillo y me da la llave sin rechistar. Ya había hablado antes con él para que le alquilara el piso a Ibai, y le pagué la fianza.
Subo las escaleras, pego la oreja en la puerta antes de abrir, y no se escucha nada.
Meto la llave en la cerradura, despacio, y abro.
Entro, cierro, miro a un lado y a otro, y no veo ni escucho nada.
¿Dónde cojones te has metido, Ibai? Me acerco a la pequeña mesa que hay en el centro del salón, y veo una nota con algo escrito en ella.
¿Pensabas que era gilipollas? A ver si si tienes cojones ahora de encontrarme. Saludos, Ibai
—Hijo de puta… —digo entre dientes y cabreado.
Arrugo el papel con la mano y me lo meto en el bolsillo del pantalón.
Llamo al hombre que vigila a Diego y le pregunto si ha estado por ahí el hijo de puta de Ibai, pero me dice que no, que por allí no ha vuelto a pasar nadie desde que fue la señorita Hidalgo el domingo, y que las veces que ha salido Diego ha sido para hacer la compra y poco más.
Lo ha estado siguiendo y no le ha perdido la pista en ningún momento.
Llamo luego al hombre que se supone que debería estar vigilando a Ibai aquí en Portugal, pero no me lo coge.
Mierda. Esto no me gusta. Vuelvo al coche y llamo a Dante de regreso al hotel. Tengo que volver a Madrid de inmediato.
—¿Qué tal tu viaje de negocios? —me pregunta Dante cuando descuelga.
—Ibai ha desaparecido.
—¿Cómo?
—Eso quiero saber —gruño y le doy un golpe al volante—. Avisa a Alexéi y a todo el que sepamos que es de confianza. Que muevan cielo y tierra para encontrarlo.
—No creo que haya sido tan imbécil de volver a Madrid —suspira—. Te conoce, y sabe que si vuelve, no va a acabar bien parado, y más después de lo que le hizo a Carolina.
—¡Joder! —bramo.
—Tranquilízate.
—No puedo tranquilizarme con el hijo de puta ese suelto.
—Lo encontraremos.
—Eso espero —suspiro—. Por ahora, voy a ponerle vigilancia a Carol. No me fio ni un pelo de él.
—¿Crees que es buena idea?
—Claro que lo es.
—Lo digo porque no creo que a Carolina le haga mucha gracia que le pongas vigilancia.
—Me da igual lo que ella quiera. La va a tener, y punto.
—Sí, veo mucha libertad —me hace hincapié en esta palabra— por tu parte.
Él sabe el motivo del nombre del nuevo local, y estuvo de acuerdo. Por eso me acaba de soltar la pullita.
—Voy a coger un vuelo y voy para Madrid.
—Vale, pero asegúrate bien antes de volver de que no siga por ahí.
—Te veo en unas horas —le cuelgo.
Vuelvo a llamar al hombre que lo vigilaba aquí, y sigue sin cogérmelo.
Llego al hotel, cojo mi portátil y activo el GPS de su móvil.
Les doy teléfonos, a todo el que mando a vigilar, con GPS para poder controlarlos.
Al cabo de unos segundos, me da la localización exacta.
Me la paso al móvil y voy a buscarlo. Cuando llego al sitio, un descampado, solo encuentro el móvil que le di tirado en el suelo, y roto.
¡Joder! Lo doy por desaparecido. No puedo perder tiempo en buscarlo.
Tengo que encontrar antes a Ibai y asegurarme que Carol está bien.
Cojo el móvil destrozado del suelo, lo guardo en el maletero del coche y me vuelvo al hotel.
Le mando un WhatsApp a Dante y le digo lo del hombre que vigilaba a Ibai, y que esté pendiente de Carol.
Llamo a Alexéi y le doy el encargo a él de tener a Carolina vigilada.
Mi principal hombre de vigilancia acepta sin pegas.
Siempre está conforme con todo lo que le ordeno.
Ahora busco un vuelo que salga hoy mismo para Madrid, y después de buscar un rato y en diferentes páginas, no hay nada.
El primer vuelo que sale es mañana, a las ocho de la mañana. De puta madre. Todo va de mal en peor.
Cuando llego, enchufo el móvil del vigilante al portátil, y veo que ha hablado con un número que no tiene guardado, y que no es el mío, quince minutos antes de que se apagara. Tecleo el número y, para mi sorpresa, da tono.
—¿Sigues buscándome? —escucho la voz de Ibai cuando descuelga.
—Eres hombre muerto.
—No puedo ser hombre muerto si no puedes encontrarme —se ríe.
—¿Dónde estás, hijo de puta?
—Nunca lo sabrás, y este es mi castigo para ti —lo escucho reírse—. Vas a vivir con la incertidumbre de si voy a volver a por Carolina a terminar lo que empecé.
—Te encontraré, y lo sabes.
—Suerte, Gabriel —me cuelga.
Voy a matarlo, lenta y dolorosamente. No voy a tener piedad. Me da igual Carolina, Diego y su puta madre. Conmigo no se juega.
Lo primero que hago cuando me bajo del avión es ir a por mi coche y dirigirme a casa de Diego. Le ordené que no podía moverse de allí hasta nueva orden, así que debería estar ahí.
—Creo que a tu cara le falta algo —le digo cuando me abre la puerta, y le suelto un puñetazo en el otro ojo.
—¡Joder! —grita llevándose la mano al sitio donde le he golpeado—. Si es por lo de Carolina, fue ella la que vino, y la eché.
—Es por eso, y por tu primo.
—¿Qué pasa ahora con Ibai? —me pregunta extrañado.
—Me hizo caso. Llegó a Portugal y alquiló el piso.
—¿Y por qué me tienes que pegar, entonces?
—Por que después de eso, ha desparecido.
Mis palabras parece que le duelen más que el puñetazo que le acabo de dar. Pone los ojos como platos y enmudece.
—¿No sabrás a dónde cojones se ha ido, verdad?
—Es la primera noticia que tengo, te lo juro —dice acojonado, y le creo—.
Solo lo vi para darle el dinero que me diste, y para decirle que tenía que irse de aquí.
No lo he vuelto a ver más, ni he vuelto a saber nada.
Tienes que creerme. Sabes que me dolió tanto como a ti lo que le hizo a Carol, y no quiero verlo ni en pintura.
Tengo que creerlo, por mucho que me joda saber que siente por Carol lo mismo que yo.
—Si sabes algo de él, ya sabes lo que tienes que hacer ¿no?
—Lo sé —suspira—. Te avisaré el primero.
—Eso espero —le doy la espalda para irme, pero me detengo un momento—. Y que sea la última vez que hablas con Carolina sin mi permiso.
—No puedo impedirle que vuelva a venir a verme.
—Búscate la vida para deshacerte de ella y alejarla de ti —lo amenazo—, ya te lo dije el otro día. Me da igual cómo lo hagas. Como si te tienes que mudar.
Ahora sí que me voy antes de que vuelva a decirme nada más. No tengo ganas de escuchar ninguna tontería más por hoy, solo quiero ver a Carol. La llamo y no me lo coge. Voy a ir a la oficina, pero tengo que pasarme antes por casa para asearme y cambiarme de ropa.
Llego al edificio de mi padre, escucho como me saluda Sheila desde recepción, pero me hago el loco. Voy a paso ligero hasta el ascensor, subo a mi planta y voy a la sala de reuniones. Mierda. He llegado tarde.
—Hace quince minutos que se ha ido —me dice mi secretaria que está limpiando la mesa. Todos están al tanto de quién es Carol para mí. Fue a mi secretaria a quien le encargué que le mandara el ramo de dalias negras por su cumpleaños.
—Gracias —cierro la puerta y quiero ir a su bufete a buscarla, pero no puedo ir. Iria no sabe nada, y si me ven llegar allí, podrían suponer algo, y sé por Carol que los abogados son unos chismosos. Me aguanto un poco y espero a que me devuelva la llamada.
Llega la hora de comer, miro el móvil por décima vez, y nada. Ni llamadas perdidas, ni ningún WhatsApp.
—¿Ha ido Carol a la reunión? —le pregunto a Dante cuando aparezco por su casa.
—Sí ¿por?
—La he llamado y no me lo coge.
El imbécil se queda callado, y se echa a reír.
—¿Qué te hace tanta gracia? —le pregunto cruzándome de brazos.
—Nada, simplemente que no imaginaba que fueras a ser el típico novio posesivo y paranoico —me dice encogiéndose de hombros.
—Es que es raro que no haya sabido nada de ella en estos tres días.
—Gabriel, has estado meses, y años, sin saber nada de ella —se echa las manos a la cabeza—, tres días no son nada.
—Pero cuando me he llevado tanto tiempo sin saber nada de ella, no teníamos nada.
—¿Y ahora sí?
—Que te jodan —le digo haciéndole una peineta, y me voy.
—¡Suerte en tu segunda búsqueda! —me grita mientras me meto en el coche.
A veces lo odio.
Llego a casa, y no puedo más. Decido mandarle un WhatsApp.
Hola, preciosa. Ya estoy de vuelta. ¿Cuándo nos vemos? Un beso.
Espero en el sofá sentado, con el móvil en la mano, como un idiota, hasta que suena la notificación del WhatsApp.
Hola. Lo siento, estos días los tengo a tope. Nos vemos en el evento del sábado.
¿Ya está? ¿Nada más? No me gusta. El sábado pasamos una noche increíble, y la mañana del domingo fue aún mejor (quitando el sexo de la noche), ¿y ahora esto? No soy un experto en relaciones, pero no me da buena espina. Aun así, tengo que respetarla y esperar entonces a verla el sábado en el evento.