Siempre Tuyo Lo voy a matar Carol
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Lo voy a matar Carol

Lo voy a matar

Carol

Presente

Me despierto con una imagen totalmente diferente a la de cualquier otro día, y he de reconocer que me encanta.

Gabriel está dormido en mi cama, bocarriba y con un brazo por encima de la cabeza.

Está tapado con la sábana, y se le ve medio torso.

Me quedé dormida en el sofá, encima de él, mientras veíamos una peli.

Lo siguiente que recuerdo es que me llevaba en brazos a mi cama.

Me acostó con sumo cuidado para intentar no despertarme, pero soy de sueño fácil.

Lo agarré de la manga de la camisa y le pedí por favor que no se fuera, a lo que me contestó que no se iba a ninguna parte, solo iba a desnudarse.

No pude contenerme, y mandé a la mierda el sueño.

Lo tiré en mi cama, lo devoré enterito y volvimos a hacerlo.

Y entonces sí, en cuanto terminamos, me quedé frita, hasta ahora que son…

¡joder! Qué tarde es, y yo tengo que ir a casa de mis padres a comer, que es domingo.

Mierda. No quiero despertarlo. Se ve tan mono y tan sexi…

no quiero que se vaya nunca de aquí. Quiero tenerlo a mi lado, siempre. Quiero que sea mío, y yo suya.

—Creo que me he enamorado de ti —susurro muy flojito para que no se entere de mi confesión.

—Sabía que tarde o temprano acabarías loca por mí —mierda, estaba despierto. ¡Tierra, trágame!

—Mierda… no tendrías que haberlo escuchado —le digo tapándome la cara con la sábana—. ¿No estabas dormido?

—Me despierto siempre muy temprano, hoy no iba a ser diferente —ríe por lo bajo—. No te tapes, mi amor. Nunca te avergüences de decirme lo que sientes, jamás. ¿Me oyes?

No le contesto, solo asiento la cabeza que la tengo todavía debajo de la sábana.

—¿Puedes salir de ahí para que pueda verte? —le hago caso, y salgo con una sonrisa—. Estás preciosa recién levantada.

—¿Despeinada? ¿Con ojeras? ¿Con los ojos pegados?

—Sí, eres preciosa, Carol, de cualquiera de las maneras posibles —me dice acariciándome la mejilla con el dorso de la mano.

—Gabriel Dubois, definitivamente eres muy cursi cuando estás…

—Cuando estoy ¿cómo? —me pregunta levantando una ceja y con su media sonrisa ladeada—. Dilo.

—Sé que te gusto, pero no sé cuánto sientes por mí —digo sin tapujos. Con él me siento libre, que puedo hablar de lo que sea.

—Estoy enamorado de ti, Carolina Hidalgo —me confiesa y me besa.

Esto es perfecto. No me lo puedo creer. ¿Esto me está pasando a mí? Creo que la mujer de hielo se está derritiendo poco a poco.

—Siento interrumpir este momento —le digo apartándome de él y cogiéndole la cara entre mis manos—, pero hoy es domingo, y siempre voy a comer a casa de mis padres.

—No te preocupes, ya me suponía que tendrías cosas que hacer —me dice, y me da un beso en la frente—, demasiado que me he quedado a dormir.

—¿Por qué dices eso? ¿No querías quedarte? —le pregunto asustada.

—Claro que quería, pero es la primera vez que me quedo a dormir con una mujer —confiesa mientras va cogiendo su ropa.

—¿En serio?

—Sí. ¿Para ti también es la primera vez?

—No, pero las veces que he dormido con un tío, no ha sido para tener sexo —le digo buscando mi camiseta por el suelo.

—¿Y con quién ha sido? —pregunta curioso poniéndose los pantalones.

—Con Diego.

Silencio. Lo miro, pero él no me mira. Está evitando mi mirada. ¿Está celoso de Diego?

—Diego era mi mejor amigo después de entrar en el instituto nuevo, cuando Iria y Claudio me adoptaron —le voy explicando a la vez que me peino un poco—.

Primero conocí a Berta, y al poco tiempo lo conocimos a él, y nos hicimos inseparables, hasta que empezamos la universidad, y se fue alejando de nosotras.

—¿Y sabes por qué se alejó? —pregunta acercándose a mí por la espalda.

—Yo pensaba que era porque se empezó a juntar con gente chunga, vamos, los amigos de su primo, sin ir más lejos.

—¿Pensabas? —arquea una ceja, y me agarra de la cintura por detrás.

—Sí, ahora tengo mis dudas.

—¿Qué dudas?

—Nada, tonterías mías —no quiero decirle que creo que se alejó de mí porque sentía algo. Como se lo diga, es capaz de matarlo a él y a su primo a la vez—. Oye, me gustaría tener cierta información a cerca de tu nuevo local.

—¿Qué quieres saber?

—Primero: todos tus otros locales están pintados con tonos muy oscuros, o rojos, pero ¿por qué este tiene tonos azules? —le pregunto dándome la vuelta para mirarlo de frente.

—Fácil… es tu color favorito —me responde encogiéndose de hombros.

—¿Le has puesto ese color, por mí?

—Sí —flipo. A ver qué me contesta a las otras dos preguntas.

—Vale —carraspeo un momento—, segundo: ¿por qué dalias negras? Y no me digas que también es porque son mis flores preferidas.

—Lo has adivinado tú solita —sonríe—. Eres una campeona.

—No te burles de mí, idiota —le amenazo entrecerrando los ojos, y parece que eso le hace gracia porque se parte de risa y me agarra para separarme del suelo y dar vueltas conmigo.

—Eres increíble ¿te lo he dicho ya? —me dice parando de dar vueltas, y me da un beso. Me encanta que me bese y que sea tan cariñoso conmigo. Con lo serio que es con el resto del mundo, y a mí me trata así, tan bien. Lo adoro.

—Creo que sí, ya me he perdido en la lista de piropos que me has dicho —sonrío—. ¿Las dalias eran naturales?

—Sí, de mi campo de dalias, el que te dije en la nota que te di en tu cumpleaños.

Pero en cuanto se pongan feas, las vamos a sustituir por unas falsas.

No puedo estar cambiando flores todos los fines de semana.

Tengo mucho personal trabajando para mí, aun así no lo voy a desperdiciar para hacer esa tarea.

Soy un jefe muy exigente, pero tampoco soy tan cabrón como para que hagan ese trabajo tan coñazo.

—Conmigo no eres tan exigente como dices.

—Contigo solo soy exigente en la cama —me dice con picardía, y yo sonrío como una tonta.

—Tercera, y última duda: ¿por qué ese nombre? —sonríe y me mira a los ojos antes de contestarme.

—Porque, desde que supe que sentía algo por ti, entendí lo que es la libertad —me dice poniéndome un mechón detrás de la oreja—.

La libertad de sentir. Contigo puedo dejar libres mis sentimientos.

Muchos son los que dicen que tener pareja es amarrarte, no puedes salir de fiesta, no puedes hacer lo que quiera, pero contigo me siento libre, sin ataduras.

Eso sí, no te pienses que esa libertad es aplicable a una relación libre para poder acostarnos con otras personas porque desde ya te digo que eso nunca va a ser posible.

En esto quiero exclusividad, por ambas partes.

—Estoy de acuerdo contigo —le confieso rodeándole el cuello con los brazos—, y como te toque otra, la abro en canal.

—Me encanta que seas tan posesiva conmigo —sonríe de lado, y vuelve a besarme apasionadamente.

—Para, Gabriel, que tengo que irme.

—Te follaría ahora mismo, otra vez —me dice con voz ronca.

—Yo también, y no dejaría irte en todo el día, pero si hoy no voy, va a ser muy raro, empezarán con preguntas y no queremos que nadie sepa lo nuestro aún ¿verdad?

—Yo no tengo ningún problema en gritarlo a los cuatro vientos, pero respeto tu decisión de esperar para anunciarlo —me da un beso en la frente—. Entonces ¿tenemos algo?

—No corra antes de andar, señor Dubois —le digo dándole un beso en la nariz—, pero sí, podría decirse que algo tenemos.

Me vuelve a levantar en peso, y yo me engancho a él con las piernas, como un koala.

—Ahora sí que me voy —me sonríe, me besa y me suelta—. Sabes que voy a tener que estar unos días fuera ¿no?

—Sí, algo me dijo mi padre el otro día —le digo cruzándome de brazos—. Que ya me lo podrías haber dicho tú.

—Me pediste espacio…

—Cierto —suspiro—. Por ahí te vas a librar.

—Solo serán tres días. No me eches de menos ¿vale? —sonríe de medio lado.

—Lo intentaré, señor insoportable.

Me espero en la puerta de casa, y le digo adiós con una sonrisa de imbécil hasta que desaparece en su coche.

Después de darme una ducha, me visto y creo que debo llamar a Diego. No me porté muy bien con él el viernes, y necesito pedirle disculpas. Da tono pero no me lo coge. Qué raro.

La comida con mi familia es muy normal, incluso con la pesada de Asia insistiendo en que estoy muy contenta.

Le pongo la excusa de que estoy feliz de no tener que aguantar a Gabriel en unos días porque se tiene que ir fuera de la ciudad a solucionar no sé qué rollo.

Espero que no sea nada relacionado con Ibai, porque tengo la sensación que está relacionado con ese tema.

Me extraña que no haya tomado cartas en el asunto con lo protector que es conmigo.

Me llevo toda la tarde con Wilson en mi regazo, y hasta me quedo dormida durante una media hora con él en el sofá. Cuando dan las seis de la tarde, me despido de todos y, de camino a mi casa, opto por volver a intentar llamar a Diego.

—Dime —por fin me lo coge.

—Oye, ¿estás bien?

—Sí, claro, ¿por qué lo dices? —lo noto un poco cortante.

—Porque te he llamado este mediodía un par de veces y no me lo has cogido.

—Estaba haciendo cosas.

—Tampoco me has devuelto las llamadas.

—He estado liado todo el día —suspira—. ¿Para qué me llamas, Carolina?

¿Carolina? A este le pasa algo.

—Solo quería pedirte disculpas por cómo me porté el viernes contigo, y no debería de haberme comportado así, encima que me ayudaste…

—Vale, disculpas aceptadas —me interrumpe—, ¿algo más?

—¿Qué cojones te pasa, Diego?

—No me pasa nada, Carol —me dice de mala gana—, te he dicho que tengo un día muy ocupado.

—Que te jodan —le digo cabreada y le cuelgo.

Esto no se va a quedar así. Doy media vuelta con el coche, y pongo rumba a su casa. Sé donde vive, Gabriel no es el único que lo sabe casi todo.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta Diego cuando me abre la puerta, con la cara desencajada, mirando de un lado a otro y ¿con uno ojo morado?

—¿Qué te ha pasado ahí? —le pregunto poniéndole la mano en la cara para verle mejor la zona amoratada.

—Nada que te incumba —me suelta, y me aparta la mano de un manotazo.

—¿Te he hecho algo?

—No, no me has hecho nada, y no deberías estar aquí, Carol.

Lo noto asustado. ¿De qué estará asustado, o de quién? ¿Será del mismo que le ha hecho eso en el ojo?

—¿Quién te ha hecho eso? —le pregunto señalándole el ojo con un movimiento de cabeza.

—Carolina, vete, por favor.

—No me voy de aquí hasta que me digas quién te ha pegado —le digo cruzándome de brazos—. ¿Ha sido Ibai?

—No. No lo he vuelto a ver desde…

—¿Quién ha sido, entonces? —lo interrumpo antes de que termine la frase.

Quiero olvidar por completo lo que pasó hace dos días.

Otra estaría fatal, llorando, asustada, sin salir de casa o habría ido enseguida a comisaria a denunciarlo, pero yo no soy como el resto.

¿Me asusté? Sí. ¿Estoy dolorida? Claro. ¿Me jodió que fuera el primo de mi mejor amigo?

Obvio. Pero nadie es capaz de hundirme. Enrique se llevó el primer premio para eso, y ese sentimiento terminó enterrado bajo tierra, junto con su cadáver.

—Vete, no te lo pienso decir más —me dice, pero sé que no es lo quiere en realidad porque ni si quiera me mira cuando me lo dice.

—Diego, mírame y dime que quieres que me vaya ahora mismo, y me iré.

Para mi asombro, levanta la cabeza y me mira a los ojos con el ceño fruncido. Nunca le había visto esa cara.

—Quiero que te vayas ahora mismo, y que no vuelvas nunca más.

—Diego, por favor, dime quién te ha hecho eso, y me iré, te lo prometo —le suplico casi con las lágrimas saltadas.

No me dice nada y vuelve a apartarme la vista para mirar a un lado, al suelo.

Eso significa que no me lo dice porque conozco a quien se lo ha hecho.

Tengo muy presente la psicología en los gestos de las personas.

Me ayuda mucho en mi trabajo para saber si me mienten, por ejemplo.

Ibai me ha dicho que no es, y le creo. ¿A quién conocemos en común que pueda hacerle algo así?

No… no puede ser. Por favor, que no sea él…

—Gabriel —le digo seria, y no me dice nada.

Se queda callado. ¡Joder! Ha sido él. No, es imposible.

Gabriel no ha podido hacerle algo así. ¿Por qué se lo haría?

No tiene motivos. Bueno, seguro que sabe que Diego siente algo por mí, o que lo sentía, pero no es razón para pegarle.

¿Por lo que me hizo Ibai? Tiene algo más de sentido porque es su primo, pero él fue quien vino a ayudarme.

Sigue sin tener sentido nada de esto. ¿Por qué lo has hecho, Gabriel?

—Contéstame, Diego —le exijo—. ¿Ha sido Gabriel el que te ha hecho eso?

Sigue callado y sin mirarme. Estoy en lo cierto. Ha sido Gabriel.

—Lo voy a matar —bramo.

—No, Carol, por favor —me habla por fin y me coge del brazo—. No le digas nada, y menos aún que me has visto.

—Pero ¿por qué le tienes tanto miedo? —pregunto desesperada—. ¿Por qué todo el mundo le teme? No se puede salir con la suya cada vez que quiera, Diego. Tengo que pararle los pies.

—No tienes ni puta idea de a quién quieres enfrentarte.

—Sé perfectamente quién es Gabriel, y créeme, me va a oír y me va hacer caso —más le vale.

—No, Carolina, no sabes quién es en realidad Gabriel Dubois —suspira—. Ahora, por favor, vete.

—No me alejes de tu vida, Diego. Otra vez no…

—Te alejé por un motivo, y tengo que volver a hacerlo —me dice triste.

—No tienes porqué hacerlo —le pido agarrándole de las manos.

—Sí, tengo que hacerlo —suspira y aparta sus manos de las mías—, por ti, y por mí.

—Por mí no tienes que hacerlo, pero si es por ti, lo entiendo, y lo respetaré.

—Gracias —da un paso hacia atrás y empieza a cerrar la puerta—. Adiós, Carol.

—Adiós, Diego.