Siempre seré tuyo Carol
Siempre seré tuyo
Carol
Presente
No sé quién se ha sorprendido más por el beso, si él, o yo misma.
No miento cuando digo que no puedo controlarme cuando lo tengo cerca, y más cuando viene así vestido.
Qué guapo está, y qué bien huele, joder.
No tiene ni idea de lo que echaba de menos sentir sus labios, su lengua, su tacto.
Mientras jugamos con el beso, me coge por la cintura con una mano, y la otra me la pone en la nuca, enredando poco a poco los dedos en mi pelo.
—Cómo sigamos, no voy a poder parar, Carolina —me dice apartándose un momento de mí.
—Qué poco autocontrol tienes.
—Dijo la que se acaba de tirar a mi cuello —me dice arqueando una ceja y con su sonrisa ladeada.
—Es que vienes así vestido, oliendo tan bien y poniéndote tan cerca de mí que… uff… —se ríe por la nariz—. Pero conmigo no tienes excusa para decir que no te puedes controlar, guapo.
—Gracias por los piropos, y a mí me da igual como vayas vestida o peinada. Me gustas de cualquier manera.
—Eso es imposible —le digo carcajeándome.
—Lo es, y no te haces una idea de cuánto me pones —arquea una ceja, y cuando se acerca a mí para besarme, suena el timbre—. Vaya, qué ligeros son por aquí para traer la comida.
—Salvada por la campana —le digo riéndome, y le doy un besito en la nariz. Me despego de él, lo dejo sonriendo como un tonto en la cocina y voy a abrirle al repartidor.
—¡Hola! —lo saludo sonriente porque lo conozco de todas las veces que ha venido.
—Ya hacía un tiempo que no venía por aquí —me dice entregándome la bolsa con la comida.
—He estado muy liada en el trabajo y con cosas familiares, y apenas he pasado por casa —me excuso.
—Cóbrate de aquí —aparece Gabriel a mi lado, y le entrega la tarjeta al repartidor—, y ponte cinco euros de propina para ti.
—Muchas gracias —le dice sonriendo, miro a Gabriel, y a él no se le mueve ni un solo músculo de la cara. ¿Celoso del repartidor? No me lo puedo creer.
—Ya nos vemos otro día —se despide cuando le devuelve la tarjeta, y solo me da tiempo a decirle adiós cuando Gabriel ya ha cerrado la puerta en sus narices.
—Pero ¿a ti qué cojones te pasa?
—¿Siempre tienes tanta confianza con todos los repartidores, o este es exclusivo?
—Eres un capullo ¿lo sabías? —le digo mientras voy a la cocina.
—Lo seré, pero no me gusta que jueguen con lo que es mío.
—Vas por mal camino si piensas que soy tuya —le advierto mientras abro las bolsas y voy sacando la comida.
—Aún no lo eres.
—Y como sigas con esa actitud, no lo seré nunca —ahora le amenazo con un par de palillos en la mano.
—Eso quiere decir que te estás pensando si vas a ser mía o no —me dice agarrándome de la mano y atrayéndome hacia él.
—Eso quiere decir que primero tengo que perdonarte.
—¿Y cuándo va a ser eso? —me pregunta en un susurro, y me rodea con sus brazos.
—Cuando me demuestres que puedo confiar en ti.
—Te lo voy a demostrar hasta el fin de nuestros días —joder, me acabo de derretir.
—Pues empieza intentando no espantar a todo el que se me acerca ¿podrás hacerlo?
—Eso es mucho pedir.
—Eso es justo lo que tienes que hacer para ganarte mi perdón y mi confianza —le digo intentando zafarme de él. Tiene mucha fuerza, aunque sé que está haciendo la justa para no hacerme daño, y que no me escape.
—Vale, pero no hagas que me ponga celoso —me arquea una ceja.
—¿Te has puesto celoso del repartidor? —le pregunto juguetona.
—No seas mala, Carolina —y suena a advertencia juguetona, y da la casualidad que me siento así, y que echaba de menos jugar con él.
—Entonces, si llegara a perdonarte y, hablando hipotéticamente, empezaremos algo ¿no podría tontear con ninguno otro hombre?
—Si eso llegara a pasar, ese hombre con el que tontearas, sería hombre muerto, y tú…
—¿Yo, qué? —le interrumpo echándole los brazos por detrás del cuello.
—Tú serías castigada —sonríe con malicia y lujuria.
Esta lujuria sí me gusta, no como la que mostró en sus ojos el capullo de…
no quiero ni pensarlo. Tengo que intentar olvidarlo, pero no puedo y vuelve a mi mente todo lo que pasó, paso por paso.
Es como si notara hasta sus manos encima.
¡Mierda! Como si me hubiese dado un calambre, me aparto de sopetón de Gabriel, y le doy la espalda.
Me agarro a la encimera de la isla, y empiezo a hacer respiraciones profundas.
Gabriel se pone delante mía y me coge la cara con ambas manos.
—Tranquila —me dice con un tono de voz totalmente diferente a todo lo que he escuchado de él hasta ahora—. Inspira… espira…
Me lo repite tres veces, y voy respirando a la vez que él me lo dice, hasta que consigo relajarme un poco.
—Gracias.
—Estoy aquí para lo que necesites, y no te voy a dejar sola si no quieres —me dice acariciándome la mejilla con el dedo pulgar—, solo tienes que pedírmelo.
—¿Cómo sabes lo que me estaba pasando?
—Aunque no te lo vayas a creer, cuando conocí a Dante, también le pasaba. Fui al médico con él, y le diagnosticaron ansiedad —me confiesa—. Lo que le daban eran ataques de ansiedad, como a ti.
—A mí me pasa desde…
—No hace falta que me cuentes nada si no quieres. Yo ya sé algo de tu historia.
—Todo el mundo sabe algo de mí, pero no saben la realidad —le confieso, y de repente tengo la necesidad de contarle que Enrique asesinó a mi madre. Lo guío hasta el sofá del salón, ponemos la comida en la mesita, nos sentamos y se lo cuento todo mientras cenamos.
—Menos mal que está muerto, sino me encargaría yo de matarlo.
—Gracias, supongo —le digo sonriendo—. Y tengo una noticia que darte.
—¿Buena, o mala?
—Creo que buena —sigo sonriendo—. Ya casi estás perdonado.
—Eso es muy buena noticia —dice dejando la servilleta encima de la mesa, y me abraza—, y ¿qué más tengo que hacer para que pueda ser perdonado del todo?
Me quedo callada, lo miro, y me entra un risilla nerviosa, y la verdad es que lo estoy.
No tuve una adolescencia normal, como la mayoría de las personas, y cuando me empezaba a gustar algún chico del orfanato, aparecían mis “queridas” compañeras para quitarme las ganas, o para quitarme al chico directamente.
Así que diría que me siento como una quinceañera, aunque, en realidad, no sé cómo se sienten ellas cuando un chico las corteja.
Supongo que será algo parecido a lo que yo siento ahora con Gabriel.
Él interpreta mi silencio como le da la gana, y me besa. Es un beso suave, lleno de ternura pero con deseo. Es una mezcla que solo él sabe ofrecerme. Por mucho que lo esté disfrutando, me vuelven a la cabeza las imágenes del gilipollas de Ibai, y me aparto otra vez como si me diera un calambre.
—Es la segunda vez que me lo haces —suspira—. ¿Qué te pasa, Carolina?
—Es que no puedo contártelo.
—¿Es por lo de Ibai?
¡¿Qué?! ¿Cómo cojones lo sabe? ¿Cómo conoce a Ibai? Joder, joder, joder. ¿Qué hago? ¿Qué digo? ¡Mierda!
—Lo sé todo, Carol —me dice agarrándome la mano—. No tienes de qué preocuparte.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunto con los ojos como platos—. Y no le harás nada a Ibai ¿verdad?
—Esta mañana te llamé un par de veces. A la segunda me lo cogió Berta y me lo contó —se para un momento, y continúa—, y no le voy a hacer nada, aunque ganas no me faltan.
—Gracias —suspiro de tranquilidad—, y voy a matar a Berta.
—No la mates —sonríe—, te quiere, y se preocupa mucho por ti. Demasiado diría yo —me confiesa y rueda los ojos.
—¿Te lo ha contado todo? —le pregunto intentando no mirarlo.
—Sí, y no tienes que avergonzarte de nada. Tú no has tenido la culpa. Aquí solo hay un culpable, aunque diría que hay dos, y no me refiero a ti.
—¿A quién te refieres, entonces?
—Yo tengo parte de culpa, Carol. No te debería haber dejado que salieras sola a buscar a Berta.
—Tú no sabías que iba a pasar eso, y por suerte, Diego, llegó a tiempo. Ibai no llegó a hacerme nada —le tranquilizo—. Y tampoco puedes estar pendiente de mí todo el tiempo, Gabriel. No puedes ser mi protector siempre.
—Es que no conoces mi necesidad imperiosa de protegerte —me dice poniéndome la cara entre sus manos, y apoya su frente en la mía—. No puedo ni pensar en si te pasara algo…
—Eh —le pongo mi mano en la barbilla, y le aúpo la cara para que me mire—, no me va pasar nada, y si me pasara, no sería tu culpa. Ya te he dicho que no puedes estar pendiente de mí siempre.
—Pero quiero estarlo —me confiesa mirándome a los ojos—.
Déjame protegerte, Carolina —me susurra mirándome ahora a los labios.
No puedo contenerme más y vuelvo a besarlo.
Me siento encima de él, a horcajadas, y lo escucho gemir.
Joder. Cómo me pone… Me aparto un momento, lo justo para quitarme la camiseta, y él hace lo mismo con su camisa.
Seguimos besándonos, con más pasión, saltando chispas con cada juego de nuestras lenguas.
—¿Quieres que vayamos a mi cama? —le pregunto entre jadeos, y acalorada.
—Quiero hacerte mía aquí mismo —yo solo asiento, y me quito el pantalón del pijama en menos de dos segundos—. Eres perfecta.
Cada vez me noto las bragas más mojadas. No puedo más. Necesito sentirlo dentro de mí.
—Quítate los pantalones, ya —le exijo, y me levanta en brazos cogiéndome por el culo.
—¿Quieres que te folle, Carolina? —solo puedo asentir—. Dímelo.
—Quiero sentirte dentro de mí —le digo en apenas un hilo de voz—. Fóllame, Gabriel.
—Joder —me dice dejándome con cuidado en el sofá para poder quitarse los pantalones y los calzoncillos.
Dios. Y me dice que soy perfecta… él sí que lo es.
Se pone de rodillas, me abre las piernas y hunde su cara en mi entrepierna.
Ni preliminares, ni hostias. Jo-der. Noto su lengua caliente recorriendo mi sexo de arriba, abajo, y de abajo, arriba, y no puedo evitar gemir.
—Así, grita de placer, mi amor —nada más decirme eso, veo como se moja los dedos, los mete en mi sexo y yo grito más aún, si cabe. No puedo más. Voy a explotar de un momento a otro. Acelero el ritmo de mis gemidos, y él acelera sus movimientos con la lengua y los dedos.
—Eso es, córrete para mí —dicho y hecho. No puedo más y me corro en su boca. Lo miro, le sonrío y me devuelve la sonrisa arqueando una ceja.
—Vas a ser mi perdición, Carolina —me confiesa, se acerca para besarme, y empieza a buscar mi sexo con su miembro para dar paso a la primera embestida, que es un poco más suave, pero acelera el ritmo y aumenta la potencia enseguida cuando ve que entra con facilidad por lo mojada que estoy.
—Ahora es mi turno —gruñe en mi oído, y creo que voy a volver a correrme con solo escucharlo.
Continúa un poco más con las embestidas fuertes hasta que se aparta y me pone a cuatro patas en el mismo sofá. Me la mete, y vuelve a arremeter contra mí, agarrándome de la cintura.
—Voy a correrme, Carol —me dice entre gemidos, y escucho como ruge de placer llegando al clímax.
He tenido mucho sexo durante mi vida adulta, y creo que no lo he disfrutado tanto hasta ahora.
—¿Estoy perdonado del todo? —me pregunta mientras estoy acostada encima suya en el sofá. No le digo nada, solo asiento sonriente. Él me devuelve la sonrisa, me abraza con fuerza, y empieza a darme un montón de besos por toda la cara.
—¡Basta! —intento decir cómo puedo entre carcajadas.
—No sé cómo he podido estar tanto tiempo sin darme cuenta de lo que sentía por ti —me dice cuando para de atacarme con besos.
—¿Y qué sientes? —le pregunto, y me hago de repente la sorprendida, llevándome las manos a la boca—. Gabriel Dubois, ¿estás enamorado de mí?
Se ríe a carcajadas.
—Me has pillado, ratita presumida —me susurra.
—Hacía tiempo que no me llamabas así.
—Desde que supe que sentía algo más por ti.
—¿Te puedo pedir un favor? —me da miedo lo que voy a pedirle, y creo que casi salgo huyendo cuando me ha confesado que está enamorado, pero no puedo negar que yo estoy sintiendo lo mismo por él, y hoy lo necesito, a él.
—Claro.
—¿Sería mucho pedir que te quedaras esta noche conmigo? —le pregunto, y enseguida intento excusarme por miedo a que me rechace—. Si quieres eh, y si no tienes otros planes. Es que no quiero quedarme sola…
—No hace falta que me pongas ninguna excusa —me dice dándome un beso en la frente—, solo tienes que pedirme lo que quieras, y yo te lo concederé.
—¿Lo que quiera? —le pregunto con picardía.
—Lo que quieras, Carol —me confiesa—, soy tuyo, hasta que tú me dejes serlo.
—¿Y si quiero que lo seas siempre?
—Entonces siempre seré tuyo —sonrío y le doy un beso en la nariz. Él me abraza con ganas, y me devuelve el beso en la cabeza.
—Me gusta que me llames Carol.
—Pues te llamaré Carol cuando no te llame: mi amor.
—No sabía que podías ser tan cursi —le digo aguanto la risa.
—Ni yo tampoco —nada más decir eso, los dos nos echamos a reír.