Siempre Tuyo ¿Qué haces aquí? Gabriel #2
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¿Qué haces aquí? Gabriel #2

—Pero trabajo para ti, y si vosotros estáis… —se para antes de decir nada más.

—Juntos —termino la frase por él—, puedes decirlo ¿O te da miedo que ella me haya elegido a mí en vez de a ti?

—No —me niega con los ojos desencajados—, yo no…

—Diego ¿te crees que no conozco a mis empleados? ¿Pensabas, en serio, que no iba a saber que llevabas tantos años enamorado de Carolina?

Enmudece, y creo que se va a mear encima de un momento a otro.

—No te preocupes, mientras mantengas tus manos y tu polla alejados de ella, todo irá bien ¿entendido? —él solo me asiente—. Y ya sabes, solo te acercarás a ella cuando yo te lo diga.

Cuando me asiente una vez más, le doy un par de palmadas en el hombro, le recomiendo que se ponga hielo en ese ojo y me voy.

Ahora toca hablar con Carol, pero hasta por la noche no hemos quedado. No quiero agobiarla y volverla a espantar.

Después de haber comido algo en casa y estar haciendo llamadas para saber todos los movimientos que han dado Diego e Ibai, me vuelvo a duchar y me visto.

Me pongo uno de los trajes de chaqueta que sé que le gustan a Carol, de color azul marino, sin corbata y con el botón de arriba de la camisa desabrochado.

No quedamos en ningún sitio en concreto, ni nos hemos comunicado en todo el día para ver a dónde íbamos a cenar, así que decido plantarme en su casa.

—¿Qué haces aquí? —me abre la puerta una Carolina despeinada, y con el pijama puesto. Me encanta lo que ven mis ojos. Hasta así la veo sexi, y empieza a palpitarme la polla dentro de los pantalones. Tengo un problema con esta mujer.

—Quedamos para cenar hoy —le digo arqueando una ceja.

—Joder, perdóname —me dice poniéndose la mano en la frente—, se me había olvidado por completo.

—No te preocupes. Si me dejas pasar, te espero a que te vistas.

—Es que no me apetece salir —me dice con un tono triste, y se rompe algo dentro de mí al saber que ha sido por lo que le ha pasado y yo no haber estado ahí para socorrerla.

Tuvo que salvarla el imbécil de Diego, y encima no puedo despedirlo para no perderla.

Definitivamente, la vida de enamorado es una mierda.

Anteponer las necesidades de otra persona a las tuyas, es lo que siempre me ha dicho mi padre que es el amor.

Yo era muy feliz atendiendo solo a mis necesidades, pero ¿cómo se puede desenamorar una persona?

Aunque supiera cómo hacerlo, no lo haría.

Me encanta cómo me hace sentir Carolina.

—No hay problema, pedimos algo y comemos aquí —le digo entrando y cerrando la puerta—, aunque es una pena no lucir este traje.

—Eres insoportable —suspira y rueda los ojos—, y has entrado en mi casa sin yo invitarte que, por cierto, ¿cómo sabías dónde vivo?

—Carolina…

—Sí, vale —me interrumpe—, tú lo sabes todo, blah, blah, blah.

—¿Estás imitándome? —le pregunto arqueando una ceja y levantando una de las comisuras de mis labios. Sé que le encanta este gesto porque, cada vez que lo hago, se muerde el labio inferior, como acaba de hacer ahora mismo.

—Un poquito solo —me dice juguetona.

—¿Cuál es tu comida favorita? —cambio de tema porque no quiero cagarla de nuevo. Quiero ir poco a poco esta vez.

—¿Tú no lo sabías todo?

—Algunas cosas pueden que se me escapen, sabiondilla —sonríe coqueta, poniéndose las manos en la boca. No sé cuánto voy a poder seguir resistiéndome sin tirarme encima de ella y comérmela a besos.

—Mi comida favorita son los canelones que hace mi madre.

—Pero no creo que ahora mismo, Iria, nos quiera hacer una bandeja de canelones ¿verdad?

—Y puede matarme si le digo que estás aquí —me dice mientras camina hasta la cocina.

—Muy bonita tu cocina —le digo pasando la mano por la isla que tiene en medio.

—Gracias. Todo esto es obra de Berta.

—¿De Berta? —le pregunto extrañado porque le he sido sincero cuando le he dicho que algunas cosas se me escapan (aunque son muy pocas, y las menos importantes).

—Es decoradora de interiores —me dice sentándose en un taburete—. Yo le dije la idea que tenía en mente, y ella la hizo realidad.

—Ya sé a quién llamaré cuando quiera re decorar.

—Te la recomiendo, cien por cien —sonríe—, no solo porque sea mi mejor amiga, sino porque es la mejor. Ha hecho muchos proyectos, y decorado casas de gente con mucha pasta.

—Interesante, pero todavía no hemos decidido qué vamos a comer, y empiezo a tener hambre.

—Cierto. Hmmm… ¿sushi?

—Me parece perfecto.

—Es mi segunda comida favorita —me confirma, y llama por teléfono para pedir la comida.

—Oye, ¿se solucionó el problema en el Furia ? —me pregunta cuando cuelga.

—Sí, ya está todo solucionado. ¿Tenemos que hablar ahora de trabajo?

—Te dije que nuestra relación iba a ser estrictamente profesional ¿recuerdas?

—Sí, lo recuerdo.

—Entonces ¿de qué otra cosa vamos a hablar sino es de eso? —pregunta abriendo el frigorífico.

—¿Todavía no me has perdonado? —quiero aclarar este tema cuanto antes—. ¿Y no acabas de pedir comida?

—No sé aún, y sí.

—¿Para qué abres el frigorífico, entonces? ¿Y cuándo vas a saber si me has perdonado?

—No sé, manías, supongo —se empieza a reír.

—¿Por qué evitas el tema, Carol?

—No sé de qué hablas.

—Sabes de lo que hablo, perfectamente —le digo poniéndome detrás de ella.

—También recuerdo que te dije que corriera el aire —escucho que suspira. La estoy poniendo nerviosa—. No te preocupes, estoy aquí para que hagas memoria, porque parece que empiezas con la demencia.

—Oye, que no soy tan viejo.

—Ah ¿no? —me dice con tono juguetón, se da la vuelta y nos quedamos mirándonos, uno frente al otro—. Necesito que corra el aire, Gabriel.

—¿Por qué?

—Porque no me controlo cuando te tengo cerca.

—Pues no te controles —le susurro, y le coloco un mechón que se le ha soltado de la coleta, detrás de la oreja.

—Así no se puede, joder —dice entre dientes, me rodea el cuello con los brazos, y me besa.