¿Qué haces aquí? Gabriel
¿Qué haces aquí?
Gabriel
Presente
Sé que Carol me mandó un WhatsApp anoche diciéndome que se iba con Berta a casa porque estaba muy enfadada con Dante, pero no me gustó que se fuera sin despedirse, al menos, en persona.
Antes incluso de levantarme de la cama, cojo el móvil y la llamo.
Espero unos cuantos pitidos hasta que la llamada se para.
Estará dormida aún. Me levanto y voy directo a la ducha.
Necesito no pensar mucho, y en el único lugar donde no pienso, es en la ducha, a diferencia de la mayoría de las personas.
Me pongo a hacer café, y mientras espero a que termine de hacerse, vuelvo a llamar a Carol. Un pitido, dos.
—¿Qué quieres? —es Berta la que me lo coge, para mi sorpresa.
—¿Está Carol contigo?
—No, es que nos gusta intercambiarnos los móviles de vez en cuando —me dice con tono irónico—. Pues claro que está conmigo, imbécil.
—Veo que las mañanas no son lo tuyo —suspiro—, ¿me la puedes pasar? Necesito hablar con ella.
—Lo mío no son las mañanas, ni las noches aguantando a gilipollas.
—Estás cabreada con Dante, no conmigo.
—Con los dos.
—¿Y conmigo por qué? —le pregunto extrañado. Supongo que a estas alturas, Carol ya le habrá contado todo lo que ha pasado, pero ayer la noté bien conmigo.
—Por todo, y porque la dejaste salir sola de tu puñetero local —me dice gritando pero a susurros. Carol estará dormida y no querrá despertarla.
—Fue a buscarte, y no pensé que quisiera que la acompañase.
—No pensé, no pensé… —dice imitándome—. ¿Ahora piensas las cosas antes de hacerlas con ella?
Vale, punto para Berta.
—Me pidió que le diera espacio. No quería agobiarla.
—No querías agobiarla, pero sales a buscarla para meterla en tu local en mitad de una cola enorme —dos puntos para Berta.
—¿Qué ha pasado? —esto ya no me huele nada bien.
—Nada —suspira—. Yo solo te pido que la próxima vez asegúrate que no sale por esos sitios sola, por favor.
—Berta —ya me pongo serio—. Cuéntame lo que ha pasado.
—Carol me va a matar…
—Ya me encargaré yo de que no te mate, no te preocupes por eso —la animo—, y ahora, suelta.
Me va contando todo lo que ha pasado, y me voy encendiendo por momentos. Voy a matar al puto Ibai. ¿Cómo ha tenido los santos cojones de tocar a Carol, de tocar lo que es mío?
—Gracias, Berta —tengo que colgarle e irme de inmediato a casa de Dante. Él es el único que puede tranquilizarme en estos momentos.
—Gabriel, no le digas nada a Carol —me pide antes de colgar—. Quiero ser yo la que le cuente que te lo he dicho ¿vale?
—Me parece bien, pero no tardes en decírselo porque esta noche voy a verla, y pienso sacarle hasta la última información que tenga.
Cuelgo, quito la cafetera del fuego, cojo las llaves del coche y conduzco hasta casa de mi amigo.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —me pregunta cuando abre la puerta, mientras se restriega los ojos.
—Llevo un rato llamando al timbre y aporreando la puerta —le digo quitándolo de delante mía y entrando—, ¿a qué esperabas para abrirme?
—¿A despertarme y bajar para hacerlo? Hasta ahora no tengo súper poderes para abrir la puerta de mi casa con la mente.
—Son las doce de la mañana, joder.
—Dante, ¿qué es ese escándalo? —escucho una voz femenina y veo a una rubia, con una bata, bajando por las escaleras.
—Nada, solo es mi amigo. Es mejor que te vistas y te vayas.
La jovencita le hace caso y vuelve a subir.
—¿En serio? —le pregunto con cara de asco—. Anoche te la lía Berta, y ¿te traes a una tía a tu casa?
—No tengo nada con Berta —me dice encogiéndose de hombros—. Le pedí perdón porque estuvo feo lo que le hice, punto. ¿Quieres café?
—¿Tienes sentimientos? —le pregunto arrugando la nariz.
—No, y hasta antes de conocer a Carolina, tú tampoco los tenías —me dice señalándome con el dedo—. ¿Vas a querer café, o no?
—Doble.
—Me voy —dice la rubia entrando en la cocina ya vestida—. ¿Me llamarás?
—Ya sabes donde está la salida —le dice mi amigo sin si quiera mirarla.
—Imbécil —susurra la rubia, y sale de la cocina.
“La verdad es que a veces lo es”, me han entrado ganas de decirle a la pobre, pero mejor me callo.
—¿Podrías tener un poco más de tacto con ellas? —le digo cuando escucho la puerta cerrarse—. Son personas.
—¿Te tengo que volver a recordar que tú eras igual que yo, o peor?
—joder. Tiene razón. Qué mierda ser así.
No me gusta, pero es lo que hay. Fui así, ya no lo puedo cambiar, ni voy a ir pidiéndoles perdón a todas las tías con las que me he acostado.
No me acuerdo ni de la mayoría…—. Bueno, ¿me vas a decir para qué has venido?
Y no me digas que es por un golpe de remordimiento y para intentar que entre en vereda, porque siento decir que yo nunca voy a sucumbir a la mierda del amor como tú.
—Ya te recordaré esto cuando caigas —sonrío porque sé que en algún momento se va a llegar a enamorar, y creo que más pronto que tarde—, pero no, no he venido por eso.
Empiezo a contarle todo lo que me ha dicho Berta cuando he hablado con ella por teléfono, y parece que hasta lo he despertado antes que la propia cafeína por cómo me mira.
—Vale, antes que nada, tienes que calmarte.
—¿Que me calme? —bramo.
—A ver, gilipollas —me dice dándome una torta en la cabeza—, ¿qué es lo que le dijo Carol a Diego?
—Que lo solucionara con su primo.
—Exacto —suspira—, así que vas a esperar hasta el lunes para ver qué pasa.
—Diego… voy a matarlo por presentarnos a su primo —doy un porrazo en la encimera de la cocina—. Maldito el día que lo metimos a trabajar para nosotros.
—La verdad es que no me dio buena espina cuando lo contratamos.
—Nunca ha sido trigo limpio, el muy hijo de puta.
—Bueno, ya no podemos hacer nada. Lo hecho, hecho está.
—Sí que puedo hacer algo.
—Gabriel, no la cagues…
—El que la ha cagado ha sido él —digo terminándome el café de un buche.
—¡Piensa en Carol, gilipollas!
Mierda, mierda y mierda.
—Como cojas el camino fácil, Carolina no te lo va a perdonar en la vida, y lo sabes.
Resoplo porque lleva razón. Tengo que controlar mis impulsos si no quiero alejarla de mí, otra vez. Y más aún si no quiero perderla.
—Gracias por escucharme —le digo yéndome hacia la puerta—. Y te pediría perdón por haberte espantado a la rubia, pero sé que te ha dado igual. Te he hecho más bien un favor.
—Sí, gracias por cierto —me dice levantándome el dedo pulgar—. Esa no era Berta.
—¡Lo sabía! —bramo.
—Cállate, y vete ya.
—Vale, me voy —le digo riéndome—, pero sabes que esto no va a quedar así ¿verdad?
—Por desgracia, lo sé —sonríe él también y niega con la cabeza—. Eres un capullo.
—El que más —le digo arqueando una ceja—, y no sabes la que te espera con este tema.
No le dejo que me responda, y salgo de su casa.
No voy a buscar por ahora a Ibai, por mucho que quiera quitarle la vida con mis propias manos, pero sí que voy a llamar a Diego.
No entiendo porqué no me lo ha contado ya.
Carol le ha dado hasta el lunes antes de ir a denunciarlo, y él ya debería de haberme llamado para contármelo todo.
Si me conoce lo más mínimo, sabe que me voy a terminar enterando, y que va a ser peor si me entero por terceras personas y no por él.
—¿Estás en tu casa? —le pregunto cuando me lo coge.
—Sí, ¿pasa algo? —me pregunta Diego confuso.
—No te muevas. En diez minutos estoy ahí —no le dejo contestar y cuelgo.
Aprieto el pie del acelerador hasta el fondo para intentar llegar antes de lo que le he dicho. Ayer estuvo lloviendo y están las carreteras mojadas, pero me da igual. Mi coche se pega al suelo como un imán. No tiene los mejores neumáticos del mercado para nada.
Llamo al timbre de su puerta y, antes de que me diga hola, le casco un puñetazo en todo el ojo.
—¿A qué esperabas para contarme lo que el mierda de tu primo le ha hecho a Carolina? —le digo mientras está agachado en el suelo por el dolor que tiene ahora mismo en el ojo.
—Carolina me pidió que no te lo contara —me dice entre quejidos—, y me pidió también que me ocupara yo, y eso voy a hacer.
—Más vale que lo hagas, porque si tengo que ocuparme yo, ya sabes lo que va a pasar —vuelvo a amenazarlo—. ¿Y desde cuándo cumples las órdenes de Carolina antes que las mías?
—Porque ella es mi amiga antes de que tú fueras mi jefe.
Respiro hondo para no darle un puñetazo en el otro ojo.
Odio saber que fueron mejores amigos, pero me alivia que se le alejaran.
Lo que no me alivia es saber que está colado hasta las trancas de mi chica.
Podría matarlos a los dos, a él y a su primo, y mataría a dos pájaros de un tiro (nunca mejor dicho).
Pero Dante tiene razón, y Carolina no me lo perdonaría en la vida.
Así que toca controlar mis nervios y mis ganas de asesinar a sangre fría. Solo por esta vez.
—Quiero que lo obligues a que se vaya fuera de la ciudad, no, mejor aún —rectifico y saco mi móvil. Hago un par de gestiones en cuestión de segundos, y vuelvo a guardarme el teléfono—. Te acabo de transferir dos mil euros, y quiero que se los transfieras a él de mi parte.
—¿Para qué?
—Le vas a decir que, con ese dinero, se vaya fuera del país, a Portugal, que allí le buscaré un buen empleo para que no tenga más ganas de volver —respiro un momento, y continúo—. Los dos me conocéis, de sobra, sabéis que como no me haga caso, no voy a tener piedad esta vez.
—No te preocupes —me dice aún con la mano en el ojo—, se lo diré y me hará caso.
—Diego, ten en cuenta que estoy siendo DEMASIADO generoso con tu primo, y contigo.
—Y te lo agradezco, de verdad.
—Agradéceselo a Carolina, porque gracias a ella seguís vivos los dos —le confieso—.
Sé que ella te tiene mucho aprecio, y no voy a ser yo quien vuelva a destrozarle la vida.
Pero te advierto una cosa —le cojo del hombro con una mano, y le pongo su cara pegada a la mía—, ni se te ocurra acercarte a Carolina, a no ser que yo te lo pida ¿me has oído bien?
—No puedes pedirme eso.
—Claro que sí, y me vas a obedecer —le exijo—. Has estado mucho años alejado de ella, podrás seguir haciéndolo.