El mismo Carol #2
—¡Y una mierda! —intento gritar, aunque es más bien un susurro.
Tiro la cabeza hacia atrás con toda la fuerza que me queda, y le doy en la cara.
Lo escucho quejarse, pero no me quedo a preguntarle si esta bien.
Me subo las bragas, y salgo corriendo todo lo que mi cuerpo me permite.
Al perecer, no es lo suficiente. Me alcanza, me agarra y caemos los dos al suelo.
—No te vas a escapar de mí —me dice con una mirada lujuriosa que jamás había visto—. Tengo que probarte, Carolina. Quiero saber si lo que dicen de ti es cierto. Quiero follarte hasta reventarte. Hasta que grites mi nombre como lo haces con Gabriel.
No, no, no. Por favor, no. Creo que lo estoy pensando, pero lo digo en voz baja.
—Nadie te va a escuchar, por mucho que grit… —no termina de decir la frase cuando escucho un golpe, e Ibai cae desplomado sobre mí. Me lo quito como puedo de encima, y noto que alguien me ayuda a quitármelo.
—¿Diego? —pregunto con los ojos entrecerrados, y aún mareada por el golpe.
—Joder, Carol ¿estás bien? —me pregunta ayudándome a levantarme y rodeándome con su chaqueta.
—Es Iba, Diego —le digo apoyándome en él, y echándome a llorar—. Es tu primo.
—Lo sé, y no sabes cuánto lo siento —me confiesa abrazándome.
Yo solo asiento y lloro. Ya no puedo más. Lo he pasado muy mal, y nadie ha venido a ayudarme. Lloro como hace mucho no lloraba.
—Te llevo a casa.
—¡No! —bramo y me quito de su lado de repente—. Berta.
—Ya la he encontrado.
—¿Dónde está? —le pregunto con los ojos como platos. Ya se me está pasando un poco el mareo—. ¿Y cómo sabías que estaba buscando a Berta?
—Alexéi me avisó.
—¿Y por qué no avisó a Gabriel? —pregunto más para mí que para él. Me doy la vuelta y empiezo a andar en dirección al local, pero me tengo que agarrar a un coche porque casi me caigo. No, todavía no se me ha pasado el mareo.
—Berta está bien, ahora tienes que ponerte tú bien, Carol —me dice agarrándome por la cintura—. Venga, que te llevo a casa.
—¡He dicho que no! —bramo zafándome de él. Estoy harta de que todos decidan por mí, y él no tiene culpa de que su primo sea un gilipollas para hablarle así—. Perdóname. Tengo que ir a buscar a Berta.
—Espera, Carol —me dice agarrándome del brazo—, no quiero que mi jefe se entere de esto.
—No se lo voy a decir —lo tranquilizo, aunque no tengo porqué ocultárselo, pero es familia de Diego, y no quiero que lo pague con él.
—Si se entera, no sé de lo que sería capaz de hacerle…
Tiene razón, aunque creo que está exagerando un poco.
—Lévame a donde está Berta, y te prometo que no le diré nada —él asiente y empieza a andar. Yo lo sigo—. Gracias. Menos mal que has venido, sino…
—No sigas, por favor —me pide sin mirarme a la cara—. Ya hablaré con mi primo.
—Sabes que lo que ha hecho no es solo para hablarlo con él ¿verdad? —le digo enfadada—. Tendría que denunciarlo, Diego.
—Lo sé, pero te pido que me dejes hablar primero con él.
—Tienes hasta el lunes para hacerlo, para intentar que entre en razón y, a ser posible, que se vaya lejos de aquí —le exijo—, si el lunes no sé nada de ti, iré a comisaria, y lo denunciaré.
—Gracias —me dice cogiéndome de las manos, pero ahora mismo no quiero ni el más mínimo contacto con ningún hombre—. Toma, se te ha habrá caído mientras forcejeabas con…
—Gracias —le interrumpo antes de que diga el nombre, y le quito mi bolso de las manos, que ni me había dado cuenta de que no lo llevaba encima. No quiero volver a oír nada de su primo en lo que me queda de vida.
Llegamos a mi coche, y ahí está Berta esperando.
—¿Dónde os habíais metido? —me pregunta apoyada en mi coche, hasta que ve mi herida en la frente y sale corriendo hacia mí—. ¿Qué te ha pasado? —mira a Diego y se lanza hacia él—. ¿Qué cojones le has hecho?
—¡Berta, para! —le grito y la paro antes de que consiga llegar hasta Diego—. Él no ha sido, joder.
—¿Y quién ha sido? —le pregunta a él—. Dímelo que voy a matarlo.
—No ha sido nadie Berta —le digo al ver la cara de culpable de Diego—. He salido a buscarte, me he tropezado y me he caído.
—¿Y esa brecha, cómo te la has hecho?
—Me he dado con un puto bordillo en toda la frente.
Ella arquea una ceja, me agarra de la cara y me mira con detenimiento la herida. Cuando ve que no es nada grave, suspira y me quita el bolso de las manos.
—Conduzco yo —no le digo nada, solo asiento. Entre el mareo y lo que ha pasado, no estoy para conducir.
—Carol —me llama Diego antes de entrar en el coche—. ¿Puedo llamarte mañana?
Asiento con la cabeza, y me meto en el coche. Berta arranca, no le dice adiós a Diego, y nos vamos. Sé que no se ha tragado lo que le acabo de decir, pero no le podía contar la verdad delante de Diego porque le he dicho que no diría nada. Obviamente voy a contárselo. No puedo volver a mentirle.
—¿Puedo dormir hoy en tu casa? —le pregunto con tristeza.
—Eso no tienes ni que preguntarlo —me dice sonriendo, y me acaricia la mano—. ¿Me vas a contar ahora lo que te ha pasado de verdad?
No me da tiempo de abrir la boca, cuando empiezo a llorar otra vez. Berta para el coche a un lado, echa el freno de mano y me abraza. Nos quedamos unos segundos abrazadas hasta que se me va pasando la llorera. Sin decirme nada, vuelve a arrancar y se pone en marcha.
Llegamos a su casa y le cuento todo lo que ha pasado. Berta empieza a bramar como si estuviera poseída. Grita que lo va a matar mientras yo le explico que lo he visto muy desesperado.
—Claro, desesperado por follarte, el muy cerdo.
—Sabía lo de Gabriel, y no sé cómo lo sabe.
—No sé, pero eso no es lo importante ahora —me interrumpe—. Lo importante es ir cuánto antes a comisaria para denunciar a ese mal nacido.
—Verás… —le cuento lo que he hablado con Diego, y vuelve a poner el grito en el cielo. Se niega y me dice que tengo que denunciarlo. Le pido por favor que confíe en mí, y que no puedo hacerle eso a Diego.
—¿Y su primo si puede hacerte eso?
—No, pero Diego no tiene culpa de que ese excremento social sea así.
—No, ni tú tampoco —sentencia.
Sigo intentando convencerla de que ahora es lo mejor, y con la ayuda de una tarrina de helado de chocolate, la convenzo, a regañadientes. Me recalca que tiene hasta el lunes, sino, ella misma va a ser quien lo denuncie.
—Joder, me he ido del local y no le he dicho nada a Gabriel.
—Mándale un WhatsApp y dile que te has tenido que ir por mi culpa —suspira—. Total, tampoco creo que te echase mucho de menos.
—¿Ahora vuelve a no gustarte?
—Lo siento, es que estoy muy cabreada ahora mismo con los hombres —dice tirando la cuchara al fregadero—. Dante es un gilipollas, Ibai ni te cuento, Diego solo quiere proteger al imbécil de su primo, y Gabriel pues… no se va a librar de mi ira. Mañana ya será otro día.
—¿Nos podemos ir a dormir? Estoy cansada y me duele la cabeza.
—Toma —me dice dándome una pastilla para el dolor que ha sacado del mueble donde tiene los medicamentos.
Me la tomo, y nos vamos a la cama. Como ha dicho ella, mañana será otro día.