El mismo Carol
El mismo
Carol
Presente
Veo a Dante aguantar la risa. ¿En serio? Lo miro con el ceño fruncido, y luego miro a Gabriel. Este me asiente, y le pone una mano en el hombro a su amigo. Dante se pone serio y se acerca a Berta.
—Ni se te ocurra ponerme una mano encima —le dice con el dedo índice levantado—. Lo sé todo, capullo.
—Berta, ¿podrías bajar la voz? —le susurro mirando alrededor, y ella me sigue la mirada. Ya se ha dado cuenta que hay más gente. Vamos mejorando—. Te recuerdo que son los dueños del puto local.
—Perdona —suspira y baja el tono de voz—, es que odio que me traten como a una imbécil.
—Te pido disculpas, Berta, por todo —le dice en un tono calmado.
—No solo deberías de pedirme disculpas a mí —le dice cruzándose de brazos, y mirándome de reojo.
—Te pido perdón también a ti, Carol.
—A mí no tienes que pedirme perdón, Dante —le sonrío—. Te entiendo.
—¿Lo entiendes? —me grita Berta.
—Sí. Dante es su amigo —le digo señalando a Gabriel—, es normal que no fuera a decirme nada. ¿O no harías tú lo mismo conmigo?
—Sí, vale, lo que tú digas —me contesta intentando quitarle importancia, sabiendo que tiene mucha lógica lo que acabo de decirle—. Pero a diferencia de ti, yo no trabajo con él y no tengo por qué aguantarlo. Puedo mandarlo a la mierda cuando quiera.
—¡Berta! —le regaño.
—No, tranquila, Carol —me interrumpe Dante—, tiene razón. Puedes mandarme a la mierda cuando quieras, y si lo haces, ya conoces la salida.
—Dante… —le regaña ahora Gabriel a él.
—No, Gabriel —lo interrumpe Berta—, tu socio tiene razón. Aquí os quedáis con vuestro local increíblemente perfecto, que tiene un nombre muy feo, por cierto. Adiós.
Se da media vuelta, y se va.
—Disculpadme —les digo a los dos, pero Gabriel me coge del brazo y me detiene.
—¿Es cierto lo que ha dicho? —me pregunta extrañado.
—¿El qué?
—Que tienes que aguantarme porque trabajamos juntos.
—No, y no le hagas caso. Ahora mismo está muy cabreada y suelta lo primero que se le viene a la cabeza, y no podía decir otra cosa para defenderse.
—¿Y por qué no le has corregido?
—En este momento no se trataba de ti y de mí, sino de Dante y Berta. No la iba a interrumpir para decirle que te aguanto por mis sentimientos, no por el trabajo.
—¿Sientes algo por mí? —me dice entrecerrando los ojos, y con su media sonrisa. Mierda. ¿Qué he dicho? Seré imbécil…
—Este no es el momento, ni el sitio para hablar de esto, y tengo que ir a por Berta.
—¿Cuándo, entonces?
—No lo sé, Gabriel —le digo zafándome de él, por fin, y me voy hacia Dante que está apoyado en la barra. Cuando ha visto a Gabriel pararme, se ha alejado para darnos un poco de intimidad, supongo.
—Oye —le digo poniéndole una mano en el hombro a Dante—, no se lo tengas en cuenta, por fa. Ya se le pasará, pero tienes que entender por lo que le hiciste pasar, y que fuiste un capullo con ella.
—Lo sé, y mis disculpas eran sinceras —me dice sonriendo—, y eso va también por ti, Carol.
—A mí no me tienes que pedírmelas, ya te lo he dicho antes. Te entiendo mejor de lo que piensas, pero lo que no entiendo es cómo te comportaste con ella.
—Ya… se me fue de las manos —me confiesa mirando hacia el vaso de Whisky que ha pedido—, pero es que me había puesto muy cachondo.
—Por favor, no sigas —le digo con cara de asco—, no quiero saber nada de eso.
Sonríe, y noto la presencia de Gabriel al lado. Automáticamente, quito mi mano del hombro de Dante. Sé que está marcando territorio como un macho alfa. No debería de hacerle caso, pero tengo que reconocer que me gusta que sea tan protector y territorial conmigo.
—Te prometo que no volverá a pasar —me dice Dante con una leve sonrisa. Creo que le gusta Berta, pero por ahora no comentaré nada. Bastante tengo ya con lo mío.
—Vale, pero ya sabes que a mí no tienes que prometérmelo.
Él no me contesta, solo asiente. Me vuelvo hacia Gabriel y le levanto una ceja, seria.
—Sabes que es tu amigo ¿verdad?
—Lo sé, y él también —me dice acercándose a mi oído—, pero ya te dije que no me gusta ver cómo otro que no sea yo, te toque.
—Le he tocado yo —le reto.
—Pues eso me gusta menos todavía —me susurra, y me da un beso en el cuello. ¡Joder! Me acabo de mojar enterita. No tengo tiempo para esto. Berta.
—Tengo que ir a buscar a Berta, lo entiendes ¿no? —le susurro, y lo beso en la mejilla.
Él solo sonríe, me asiente y le cojo de la mano un momento antes de irme, como señal de agradecimiento.
—¿Me dejas que te invite mañana a cenar? —me susurra en el oído antes de dejarme ir.
—Me parece un buen plan —le digo sonriendo, y me voy apartando de él sin dejar de mirarlo. Esto no es normal. Todo mi cuerpo, todo mi ser me grita que me quede pegada a él. Lo estoy deseando, pero tengo que buscar a Berta.
Salgo corriendo hacia la salida, y me pongo a buscar como una loca con la mirada. No la veo. Mierda. Espero que no se haya ido.
—Alexéi, ¿has visto a Berta? —le pregunto después de un rato mirando. No hace falta que le explique quién es, me conoce, y sabe de quién le hablo.
—La he visto salir hace un momento, pero no se hacia donde ha ido —me contesta con esa voz tan masculina y con acento ruso.
—Gracias —mierda. ¿A dónde cojones habrá ido?
—¿Quieres que mande a alguien a buscarla?
—No, no te preocupes. Voy a buscarla yo —le digo, y me asiente.
Me da a mí que no me va a hacer caso y va a avisar a alguien.
No espero a que eso suceda, y voy yo misma a buscarla.
Empiezo por donde dejamos el coche aparcado, pero no está.
Sigo buscando calle por calle, todo por la zona, sin alejarme mucho.
Esta noche esta muy oscura, y por los alrededores no es que haya mucha iluminación.
Quiero encontrarla y soy muy orgullosa para pedir ayuda, sobre todo a Gabriel y a Dante, pero no soy tonta.
No quiero que alguien venga y me rapte para vender mis órganos al primer postor.
Nota mental: Carolina, tienes que dejar de ver serie y pelis de asesinatos y esas cosas raras, como dice Berta.
Empiezo a gritar su nombre. Ya me estoy asustando un poco.
Estoy apunto de volverme para decirle a Alexéi que avise a alguien, pero no doy ni quince pasos cuando me corta el paso una figura masculina, a la que no puedo verle bien el rostro por culpa de las sombras de los árboles de los alrededores.
Qué bien, lo que me faltaba para completar el día…
un capullo, borracho, del que tengo que deshacerme.
—Carolina Hidalgo —me dice una voz que quiere sonarme.
—¿Quién eres, y cómo sabes mi nombre?
—¿No te acuerdas de mí? —dice la figura saliendo de la sombra.
—¿Ibai?
—El mismo —me dice levantando los brazos—. ¿Cuánto tiempo hace que no nos veíamos?
—Mucho… —le contesto un poco extrañada—. Desde que alejaste a tu primo de mí.
—Te equivocas —me dice riendo—, tú fuiste la que alejaste a Diego de ti misma, zorra.
—No te pases, Ibai —le digo dando pasos hacia atrás. Pienso salir corriendo de un momento a otro. No me gusta el tono en el que me esta hablando, y menos estar aquí a solas con él.
—¿Te quieres ir tan pronto, Carolina? —mierda, se está dando cuenta que me quiero ir—. Si acabamos de encontrarnos.
—Lo siento, estoy buscando a mi amiga y no me puedo entretener hablando contigo. En otro momento hablamos ¿vale?
Nunca me ha gustado este niño, bueno, de niño ya no tiene nada, pero para mí siempre ha sido un niño, aunque tenga cuerpo de hombre, de hombre muy musculado y con mucha fuerza. Tengo que irme de aquí, ya.
—Pero yo no tengo ganas de que te vayas todavía —me dice dando unas grandes zancadas, hasta que se pone a mi altura y me corta el paso—. Me he enterado que te gusta jugar, Carol.
—Te estás equivocando conmigo, Ibai.
—Yo creo que no —ríe por la nariz—. ¿No eres tú la que se folla al jefe de mi primo?
Mierda, ¿cómo sabe este tío eso?
—Ibai, tengo que irme —intento irme por un lado, pero vuelve a cortarme el paso—. Ibai…
—Eso es —me dice rozándome el brazo con la mano—. Quiero que grites mi nombre cuanto te folle.
—¿Qué dices? Estás loco, y borracho —le digo dándole un manotazo a la mano con la que me estaba acariciando—. Deja que me vaya antes de que te arrepientas.
—¿Tú también me amenazas? Eso sí que no lo puedo permitir —dice entre dientes, me coge del cuello con una mano y me estampa contra el coche que está a nuestro lado aparcado.
—Ibai… —intento hablar, pero cada vez me está apretando más.
Me quita la mano del cuello, me da la vuelta y me pone de espaldas a él, dejándome caer en el coche.
Tiene demasiada fuerza porque me está agarrando ambas muñecas con una mano, y con la otra busca mi entrepierna, abriéndose camino por la raja de mi vestido.
Intento zafarme de él, pero no lo consigo.
Llega a mis bragas, introduce la mano y noto como hunde un dedo dentro de mí.
Chillo, pero saca enseguida la mano de dentro, y me tapa la boca.
—No chilles aún, zorra, espera a que estemos solos y entonces puedes chillar lo que quieras —me quita la mano de la boca, y me coge del pelo—, o mejor, a que estés inconsciente.
—No, Ibai, por favor —le ruego mientras las lágrimas empiezan a rodarme por las mejillas.
Noto que me agarra los pelos con fuerza, y me da un golpe en la cabeza con el coche.
Joder, cómo ha dolido. Noto un líquido caliente caer por mi rostro, pero no me he desmayado, eso sí, me ha dejado bastante atontolinada.
Lo justo para que él aproveche para subirme el vestido, y bajarme las bragas.
Noto lo que creo que es su miembro duro rozándome el culo.
No sé en qué momento le ha dado tiempo sacárselo, pero lo ha hecho, y ahora está intentando metérmelo.
Mierda. Esto no puede estar pasándome a mí.
Estoy como borracha por el golpe, pero sigo intentando zafarme como puedo.
—Joder, estate quieta o te vuelvo a dar otro golpe para dejarte inconsciente —me amenaza. No quiero que me penetre, pero tampoco quiero que me vuelva a golpear. Le dejo hacer un poco, hasta que noto la punta rozándome el sexo.