Siempre Tuyo ¿De qué tienes miedo? Carol
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¿De qué tienes miedo? Carol

¿De qué tienes miedo?

Carol

Presente

Ha llegado el día que tengo que volver a ver a Gabriel, y encima acompañada de Berta, y él, de Dante. Espero que mi amiga se comporte.

Gabriel me mandó un correo el domingo por la noche invitándome a la inauguración de su nuevo local: La Libertad .

Ya le preguntaré porqué le ha puesto ese nombre.

Tengo curiosidad. En la invitación solo ponía que teníamos que ir vestidos de color azul, y las mujeres con unos guantes de gala blancos.

Podíamos ir con un solo acompañante, y nada más interesante.

Era un correo de lo más formal, es más, diría que era un copia y pega, y que su secretaría se encargo de mandárselos a todos los invitados.

No sé nada de él desde el día de la reunión.

Es raro, pero parece que ha respetado mi decisión de mantener las distancias y de solo tener un trato profesional.

Me alegra que me haya respetado, pero tengo que confesar que lo he echado de menos.

Tengo ganas de verlo esta noche, aunque supongo que estará muy liado con todos los invitados.

Yo solo seré una más. Me saludará, y pasará al siguiente invitado.

Me pongo mi vestido nuevo, azul, de satén, liso, sin nada de adornos, con unos tirantes muy finos, el escote en la espalda y una raja en la pierna izquierda que llega más arriba de la mitad del muslo.

Sí, tengo muchos vestido iguales, aunque de diferentes colores, tonos y tejidos.

Son mis favoritos, no puedo resistirme a este estilo.

Menos mal que me lo compré azul sin saber aún que, Gabriel y Dante, exigirían este color para la inauguración.

Berta no ha corrido con la misma suerte.

El que se compró era rojo. Se lo iba a quedar y comprarse otro azul, pero al final se decantó por cambiarlo.

Como estoy en mi casa y no tengo a mi madre ni a Asia para que me hagan uno de sus fabulosos recogidos, me dejo la melena suelta.

Me pongo los guantes, y tengo que reconocer que el conjunto queda perfecto.

Es muy elegante. ¿Cómo será el nuevo local?

Gabriel no me quiso decir ni si quiera cómo se llamaba. Me encanta que sea tan misterioso.

Cojo mi abrigo largo, blanco, porque hace frío, y antes de irme, abro mi cajón de la ropa interior y busco un liguero. Me lo coloco en la pierna donde está la raja del vestido, justo en una zona donde no se ve, pero que al sentarme, se puede apreciar que lo llevo. Ahora sí, estoy lista.

Tengo que pasarme antes por Berta, que le encanta ser una comodona y que la lleven y la traigan. Se libra porque yo apenas bebo.

Las dos vamos haciendo suposiciones de cómo será el local por el camino. No está muy lejos de donde vivimos, casi a las afueras de Madrid.

—¿Estás bien? —me pregunta cuando aparco el coche. No le digo nada, solo asiento—. Si en cualquier momento quieres irte, solo tienes que decírmelo ¿vale? —vuelvo a asentirle. No sé porqué no me salen las palabras ahora mismo. Tengo un nudo en el estómago que parece que voy a vomitar. Putos nervios.

Salimos del coche y vamos hacia la entrada. Vaya cola que hay para entrar.

—Vaya, sí que es famoso “tu enamorado” —me dice dándome un codazo.

—No lo llames así —le digo fulminándola con la mirada—. Soy su abogada, punto.

—Bueno, sí que es famoso tu jefe.

—No lo estás mejorando —le digo abanicándome con la mano. Joder, qué puto calor me esta entrando. ¿Por qué estoy tan nerviosa? Nos ponemos en la cola, y los nervios no ayudan. Empiezo a morderme el labio inferior.

—Para —me exige Berta.

—¿Qué pasa?

—Que te relajes.

—¿Cómo sabes que estoy nerviosa?

—Te estás mordiendo el labio, y te lo vas a reventar como sigas así —suspira—. No es la primera vez que lo vas a ver, así que tranquilízate.

—Es la primera vez que lo voy a ver después de…

—De nada —me interrumpe—. Después de pasar eso, lo volviste a ver en la reunión, y no pasó nada ¿verdad?

—No —suspiro intentando tranquilizarme—. Tuvimos una charla cuando todo el mundo se fue, pero nada importante.

—Eso. Solo le dijiste que tendríais una relación estrictamente profesional.

—Bueno…

—¿Bueno, qué, Carolina? —brama.

—Igual se me olvidó contarte que volvió a confesarme que sentía algo por mí y que estuvimos muy cerca, pero no pasó nada eh.

—Te mato…

—También me dijo que no le gustaba la idea de que otro hombre me tocara.

—Joder… ¿por qué no me toca a alguien así a mí? —me dice apenada—. Pero no, lo sigo odiando.

—Está Dante…

—No. Ni de coña. Dante es demasiado… intenso.

—Sí, se parece a alguien que conozco —le digo pensativa.

—Dante está descartado ¿me has oído?

—Sí, alto y claro —le digo sonriendo—. Además, se pasó contigo aquella vez.

—Exacto —y aquí concluye nuestra pequeña conversación esperando en la cola para entrar, porque alguien me coge del brazo y me retira un poco.

—Joder, Diego —le digo cuando lo miro sorprendida y asustada porque no sabía quién era—. Qué susto me has dado.

—Berta y tú podéis acompañarme —me susurra en el oído, y siento un pequeño escalofrío cuando lo noto tan cerca, aunque no es igual que el que siento con Gabriel.

Nunca me había dado cuenta en la manera que me habla y me trata Diego, pero ahora creo que veo más claro lo que me dijo Berta el otro día.

—¿Para qué? —le susurro yo a él también. Supongo que para que no se entere nadie más.

—Ya lo sabes, no hace falta que te lo diga ¿no?

—No voy a ir contigo —le digo apartándome de él y cruzándome de brazos—, ya lo deberías saber, y él también.

—Carol, por favor, no montes un numerito —me dice agarrándome del brazo.

—Dile a tu jefe que voy a hacer la cola como todo el mundo. No tengo trato especial —me impongo y vuelvo a la cola con Berta, que no se ha movido del sitio, por raro que parezca—. Dile de mi parte, que si quiere algo, que venga él mismo.

—Tú lo has querido —suspira y niega con la cabeza mientras se frota el puente de la nariz. Sé que él no tiene culpa de que su jefe sea tan capullo, pero no quiero que utilice recaderos conmigo, y menos a Diego.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta Berta en cuanto se va Diego.

—El gilipollas de Gabriel lo ha mandado para decirme que nos lleve a dentro —le digo cabreada.

—¿A las dos?

—Claro. Tiene cámaras por todas partes, habrá visto que he venido contigo y sabe que no te voy a dejar sola.

—¿Eres tonta? —brama, y la gente de nuestro alrededor la mira de reojo—. Que podíamos habernos saltado esta pedazo de cola, idiota —me dice esta vez susurrando.

—Vamos a esperar la cola como el resto de invitados. Y paso de él —le digo cruzándome de brazos—. ¿Qué se piensa? ¿Que me va a tener cuando él quiera? ¿Que voy a hacer lo que diga? ¿Que voy a derretirme en sus brazos porque me de un poco más de atención de lo normal? Pues está muy equivocado.

—Carol…

—No, ni Carol, ni leches. Me tiene harta.

—Carol…

—¡Que no! Si quiere algo que venga él mismo a pedírmelo, no tiene que ir mandando a nadie.

—Y aquí estoy —mierda. Gabriel.

—Hola… —le digo intentando aguantar la risa.

—¿Podéis acompañarme, tú y Berta? —me dice con los brazos cruzados y arqueando una ceja.

Miro a mi alrededor, y todos se han quedados callados y expectantes. Los oigo susurrar, pero no escucho lo que dicen. La verdad es que Gabriel impone, ya no solo por su tamaño, si no por su mera presencia. Aparte de por lo “famoso” que es, claro.

—Por supuesto que sí —contesta Berta por mí, sacándome de mis pensamientos. Menos mal.

—Podrías haberme avisado que estaba detrás de mí —le susurro a mi amiga mientras lo seguimos.

—Lo he intentado, dos veces, pero no me has dejado —me susurra encogiéndose de hombros.

Mierda, es verdad.

—¿Cuánto rato llevabas ahí, detrás mía? —le pregunto a Gabriel, poniéndome a su lado.

—Lo suficiente —me contesta serio, sin tan siquiera mirarme.

—Y ¿cuánto has escuchado?

—Lo suficiente —y esta vez se ríe por la nariz.

—Pues NO siento si te ha molestado algo de lo que haya dicho. Es la verdad…

—Carolina —me interrumpe, se para ante la puerta de entrada, me mira y me coge por los hombros con ambas manos—, no me ha molestado nada de lo que has dicho ¿vale?

Solo puedo asentir. ¿Por qué me comporto así cuando estoy con él? ¡Joder!

—Tienes razón. No tengo que mandar a nadie cuando quiera algo de ti —suspira, y me suelta—. A partir de ahora, solo yo iré en tu busca ¿de acuerdo?

Vuelvo a asentir como una imbécil porque siguen sin salirme las palabras.

Me sonríe, me coge de la mano y pasamos por al lado de Alexéi, que es quien está hoy controlando a la gente que entra.

Miro nuestras manos unidas, y no puedo hacer nada por apartarme.

No es la primera vez que lo intenta, pero esta vez me dejo hacer, y me gusta.

El miedo vuelve a apoderarse de mí, y cuando estoy a punto de soltarme, me suelta él y me coge por la cintura.

—Bienvenida a La Libertad —me susurra en el oído cuando estamos dentro por fin.

Creía que después del Inferno , del Paraíso y de los eventos que organizan Héctor y él, no había nada más que pudiera sorprenderme, pero ¿esto?

Esto es otro nivel. Está todo pintado de tonos azules, paredes, techos y hasta el suelo tienen un tono azul muy clarito.

Hay muchas tonalidades, oscuras, claras y medias.

Creo que nunca había visto tantos tonos azules en mi vida.

Con detalles dorados, que no podían faltar.

Son su toque personal, al igual que su padre.

Les encanta el dorado. Voy mirando de un lado a otro, de arriba a bajo, con la boca abierta.

La música que se escucha es diferente al resto de locales.

Esta parece más alegre, incluso suenan canciones de moda.

No me lo creo. ¿Eso son dalias negras? Miro a Berta sonriente, y la veo igual de embobada que yo.

Me mira por un segundo, me sonríe y me asiente.

¿Qué ha significado ese gesto? Le frunzo el ceño, ella amplía la sonrisa y se me acerca.

—Creo que ya sé porqué sientes algo por Gabriel —me susurra para mi gran sorpresa—, y tu hermana y yo teníamos razón. Gabriel siente algo por ti. Algo más fuerte de lo que todas pensábamos.

La sigo mirando extrañada porque prefiero tener dudas a pensar por un segundo que tiene razón. Cada vez me invade más el miedo. Necesito espacio.

—Perdona —le digo a Gabriel apartándome de él y voy en busca de los aseos, que supongo que estarán situados como en los demás locales.

Bingo. Los encontré. Menos mal, no hay nadie.

Normal, acaban de abrir, no creo que la gente venga todavía.

Me echo agua en la nuca, y hago respiraciones profundas.

Ahora no, por favor. No quiero tener una ataque de ansiedad aquí, y menos estando él presente.

Me meto en uno de los servicios, y me encierro.

¿Por qué lo ha decorado con mi color favorito?

¿Por qué hay montones de dalias negras por todos lados?

Menos mal que el nombre no tiene nada que ver conmigo.

Espero. No quiero estar aquí. Me arrepiento de haber venido. Quiero irme a casa.

—¿Carol? —mierda. Es Berta.

—No debería haber venido.

—¿Por qué dices eso? ¿Y por qué te has ido, así?

—No puedo, Berta —le digo mientras estoy sentada en el retrete, con los codos en las rodillas y las manos tapándome la cara—. Esto es demasiado.

—¿De qué tienes miedo?

—De que me haga un daño aún peor del que ya me ha hecho.

—¿Puedes abrirme? —no le digo nada, solo se escucha el click del cerrojo de la puerta. Abre la puerta, entra, la vuelve a cerrar y se agacha frente a mí—. Mírame.

—No quiero —le digo mirándola, y negando.

—Él no te va abandonar.

—¿Cómo estás tan segura?

—Simplemente, lo sé —me dice agarrándome las manos.

—Pero si hasta hace unos días querías cortarle la polla, palabras literales.

—Cierto, una cosa no quita la otra, pero viendo lo que acabo de ver, ha hecho que cambie un poco de opinión.

—¿Y qué has visto?

—Ha venido él mismo a buscarte para entrar.

—A buscarnos —le corrijo—, y después de haberle dicho a Diego que no iba a entrar con él.

—Bueno, pero ha venido ¿no? —no le contesto, solo asiento con la cabeza—. Y solo hay que ver cómo ha decorado el sitio. ¿Azul? ¿Dalias negras? Que, por cierto, ¿cómo sabe esas cosas de ti? ¿Se lo has dicho?

—No, nunca he hablado de cosas tan personales con él, pero me dijo una vez que lo sabía todo de mí.

—Uff… suena a acoso total, pero a la vez es tan romántico…

—No te entiendo, en serio.

—Que solo me gusten los tíos para el sexo, no significa que no me guste el romanticismo. Lo que pasa que no he encontrado al adecuado, y mientras tanto, disfruto de todos —confiesa encogiéndose de hombros.

—Eres muy lista —le digo riéndome.

—¿Salimos ya?

Suspiro un momento, y asiento. Me coge de la mano, y salimos del baño.

—¿Ha dicho algo Gabriel cuando me he ido? —le pregunto antes de salir de los aseos.

—Que qué te pasaba. Le he dicho que sabía lo que era, pero que no le podía decir nada, que primero tenía que venir a hablar contigo. Y he venido a buscarte.

—Ahora tendré que explicarle por qué me he ido —suspiro.

—Ahora, tú y yo, vamos a ir a la barra a pedirnos una copa, y luego, si quieres, lo buscamos y le das explicaciones ¿te parece bien?

—Me parece bien.

—Y hablando de copas… —dice abriendo su mini bolso y sacando un par de ¿tarjetas?—. Gabriel me ha dado esto, una para cada una, para que no tengamos que pagar las copas.

—¿En serio? —le pregunto extrañada mirando la tarjeta, y me la cuelgo por la cinta azul que trae.

—Sí —se cuelga ella también la suya—. Cada vez me cae un poquito mejor tu…

La fulmino con la mirada antes de que termine la frase.

—…Tu jefe, tu jefe —dice sonriendo y levantado las manos en señal de rendición.

Creo que a mí también me cae cada vez mejor mi jefe. Nota mental: comérmelo a besos cuando me aclare las ideas. Mientras tanto, sigo manteniendo lo que le dije: que corra el aire.

La sigo hasta la barra, sin dejar de mirar hacia todas partes e intentando no mirar la zona VIP en la que me fijé antes viniendo a los aseos.

Seguro que está por ahí y no quiero encontrármelo.

Primero necesito esa copa que me ha dicho Berta.

Le pide algo al camarero, pero no escucho el qué, estoy demasiado inmersa en la decoración y en la música.

—La verdad es que está todo precioso —me dice dándome mi copa.

—Es increíble —le confieso.

—Gracias —Gabriel. Me doy la vuelta para ponerme de frente a él, y no viene solo.

—¡Tú! ¡Pedazo de mierda! —brama Berta. Comienza el espectáculo.