Mis sentimientos Carol #2
—Sí. Es lo que más me ha jodido que, siendo abogada, me haya engañado con tanta facilidad.
—Carol… sientes algo por él ¿verdad?
Mierda. Mierda, mierda, mierda. ¿Cómo lo ha averiguado? Bueno, será por todo lo que le acabo de soltar de él, no hay que ser muy lista para sacar esa conclusión. Pues nada. No voy a volver a mentirle, ni a ocultarle nada más. Es hora de confesar. O por lo menos decirle lo confusa que estoy.
—No lo sé, Berta.
—¿Cómo que no lo sabes? —brama—. ¿Tú te has escuchado?
—Creo que sí.
—No, te equivocas —me interrumpe—. Te has escuchado, pero creo que no eres consciente de los sentimientos que acabas de describir.
Me quedo callada. No sé qué decir. No sé qué es lo que siento por él, y no quiero precipitarme al admitir algo que luego no fuera cierto, o que me hiciera más daño del que ya me ha hecho.
—Carolina Hidalgo —suspira—, ¿estás enamorada de Gabriel Dubois?
—No sé qué es lo que siento por él.
—¡No me jodas, Carol!
—Te lo digo en serio —intento serle lo más sincera que puedo—.
Sé que siento algo por él, porque no es normal que me haya dolido tanto lo que me ha hecho y que, aun así, siga pensando en él constantemente.
Tengo ganas de verlo, tengo ganas de “jugar” con él, de que vuelva a tocarme, volver a sentir sus labios, joder, hasta tengo ganas de tener uno de nuestros piques, pero…
—Pero ¿qué? —me vuelve a interrumpir—. ¿En serio no lo ves, Carol? Estás pillada hasta las trancas.
—Me da miedo, Berta —le digo apagando el motor del coche al llegar a su casa.
Nos quedamos en silencio. Sabe a lo que me refiero.
Ella, mejor que nadie, sabe porqué tengo apagados y anulados mis sentimientos hacia los tíos.
Les tengo asco y odio desde lo que Enrique (mi padre biológico), le hizo a mi madre.
Cuando Iria y Claudio me adoptaron, no tenía este sentimiento porque aún no sabía nada.
Era un poco reacia a la presencia de Claudio porque Enrique me abandonó y me dejó cuatro años en aquel orfanato, pero cuando fui conociendo a mi padre, ese pequeño miedo al abandono se me pasó.
Cuando ellos me contaron que Enrique asesinó a mi madre, fue cuando empecé a mostrar ese sentimiento de rechazo hacia los hombres, excepto con Claudio.
A él ya lo quería demasiado como para alejarlo de mi vida, y sabía con certeza que no me iba a hacer daño, nunca.
Pero con el resto de hombres, todo cambió, incluso con Diego me volví un poco más distante con el tiempo.
De ahí mi repulsión por los tíos, y de solo quererlos para mi propio uso y disfrute.
Solo sexo. Hasta que conocí al mayor capullo de la tierra.
—Sabes que respeto la forma de pensar que tienes, o incluso de sentir, y yo soy igual que tú, pero no es malo sentir algo por alguien.
—Ya me ha hecho daño ¿y si vuelve a hacérmelo?
—Entonces contrataré a un sicario, o mejor aún, le cortaré la polla —me dice encogiéndose de hombros—. Lo fácil sería acabar con su vida, si le cortara la polla, sufriría más. Ver y conocer tías, y no poder follárselas porque es un eunuco… un pequeño disfrute que yo obtendría por mi mejor amiga.
—Eres malvada —le digo riendo.
—Ya lo sabes —me dice arqueando una ceja, y me coge de las manos—. Oye, no pasa nada porque sientas algo por alguien. Es lo más normal, y sabíamos que algún día tendría que pasar.
—Yo estaba muy segura que nunca iba a pasar.
—Tú creías que lo estabas, pero yo sabía que iba a pasar, más tarde, o más temprano.
—¿Tú también te vas a enamorar? —le pregunto aguantando la risa.
—Por favor, estamos hablando de ti, no de mí. No quieras pasarme la patata caliente —me dice zafándose del tema—. Ahora hablando en serio, sabes que aquí me tienes para lo que necesites, incluso, no, sobre todo para confesarme tus sentimientos.
—Gracias —le digo dándole un abrazo. Nos llevamos unos segundos así, disfrutando de este momento. Luego se separa y abre la puerta del coche.
—Por cierto, intenta no ser muy dura con Diego —me dice aún sentada, antes de salir.
—¿Con Diego? ¿Qué tiene que ver él?
—Carolina, no entiendo como eres tan lista para ser abogada, pero para estas cosas que pasan delante de tus narices, eres tan cegata —espera a que le diga algo, y como ve que no lo pillo, continúa—. ¡Diego está enamorado de ti, por dios!
—¿Qué dices? —digo incrédulo, arrugando la nariz.
—Carol, mi vida, Diego está enamorado de ti desde el día en que te conoció.
—Eso es imposible. Me habría dado cuenta.
—Es muy posible, y es real. Y tú no te das cuenta de algo así, hasta que te lo dicen. Y, aunque te lo digan, tampoco te das cuenta.
—Diego no puede estar enamorado de mí —digo pensativa, mirando a un punto fijo—. ¿Y por qué me dices que no me doy cuenta ni cuando me lo dicen?
—Vuelvo a repetírtelo: Diego está enamorado de ti desde hace muchísimos años —¿Sería por eso que él se alejó de nosotras?
Siempre había pensado que fue él quien tomó la decisión de juntarse con malas personas, pero ¿y si fue culpa mía, al alejarlo de mí, después de enterarme de lo que Enrique le hizo a mi madre?
—. Y Gabriel te ha confesado que siente algo por ti, y tú no te lo crees.
Y, aunque me joda y ahora ya no lo soporte, te está diciendo la verdad.
Asia y yo ya lo sabíamos, nos habíamos dado cuenta, y te lo dijimos, pero no lo quisiste ver, y lo negabas.
Creo que me va a explotar la cabeza de un momento a otro. ¿Diego está enamorado de mí? ¿Berta lo sabía, y yo no? ¿Es verdad que Gabriel siente algo por mí, también? ¿Mi amiga le está dando la razón aunque lo quiera matar? Voy a colapsar.
—Tengo que irme —le digo con el ceño fruncido, muy confundida—. Necesito estar sola y aclararme las ideas.
—Vale, pero no corras, por favor.
—No, te lo prometo.
—Y, Carol —me dice después de salir del coche, y antes de cerrar la puerta—, si te ves muy saturada, llámame, y en siete minutos estoy en tu casa con una tarrina de helado de chocolate ¿vale?
—Gracias —le digo sonriendo.
Cierra la puerta, arranco y me voy tranquila e intentando no pensar hasta llegar a casa. Tengo muchos días para darle vueltas a todo esto.
Cuando llego a casa, tengo un ramo de dalias negras en la entrada. Cojo la notita que tiene a un lado, la abro y la leo:
Felicidades, Carolina.
Son de cosecha propia.
Algún día, si me dejas, te llevaré a ver mi campo de dalias.
Un beso,
G.D.
Por lo que se ve, ahora Berta no es la única persona que me felicita en mi cumpleaños. ¿Cómo cojones lo habrá sabido? “Yo lo sé todo, Carolina” . Lo odio tanto. ¿Y cómo sabe que las dalias son mis flores favoritas?