Mis sentimientos Carol
Mis sentimientos
Carol
Presente
Por fin me ha cogido el teléfono Berta. Me he puesto lo primero que he pillado (un chándal) y he salido corriendo a coger mi coche para ir a su casa.
No puedo ir muy rápido porque está lloviendo, y sigo sin haber cambiado los neumáticos, aun así no tardo en llegar.
Su casa está a unos siete minutos en coche desde la mía.
Muchas son las veces que he ido a correr por la mañana, y he llegado hasta su casa para desayunar juntas.
—Tengo dónuts —me dice al abrirme la puerta.
—¿Todavía con el pijama?
—No me apetece salir hoy —me dice encogiéndose de hombros.
—La verdad es que está el día para mantita y peli.
Entro, y voy directa a la cocina. No he desayunado aún, y esos dónuts me van a venir de perlas, tanto para saciar el hambre, como la ansiedad.
Me siento en un taburete de la isla, y ella se sienta en el de enfrente.
Cogemos un dónuts cada una, y llega la hora de contarle toda la verdad a mi amiga.
Estoy echa un manojo de nervios, pero este momento tenía que llegar, tarde o temprano.
Mientras le estoy contando lo que ha pasado, ella no dice ni mu.
Solo pone caras raras. Que Berta no diga nada es para preocuparse.
Solo pueden significar dos cosas: que no le interesa o le de igual lo que le están contando, o que está esperando a que termine para explotar. No sé cuál de las dos opciones es peor.
—Qué hijo de puta hay que ser… —dice por fin cuando termino, con los ojos entrecerrados y negando con la cabeza.
—Lo sé, se ha portado como un capullo —suspiro.
—Y tú has sido una idiota por no habérmelo contado —se frota la cara con las manos haciendo una pausa dramática—. Aun así, eres mi amiga la idiota, y puedo llegar a entender porqué no me lo contaste, aunque no lo comparto.
—Perdóname, Berta.
—Claro que te perdono, pero que no haya una próxima.
—No la habrá, te lo prometo —le digo cogiéndole las manos después de habernos terminado los dónuts.
—Sabes que puedes contar conmigo para todo. Da igual, lo que sea.
—Lo sé… he sido una imbécil.
—Un poco, pero una imbécil que al final resultó que tenía razón cuando decía que era un gilipollas. Ahora entiendo porqué lo odias.
Si supiera que la imbécil está colada hasta las trancas del gilipollas, creo que coge el cuchillo cebollero que tiene en la encimera de mi izquierda, y me lo clava sin piedad.
A ver cómo cojones le cuento yo ahora que las que tenían razón eran ella y mi hermana.
Que sí, que me muero por sus huesos. No se lo puedo ocultar.
No pienso volver a mentirle. Sin embargo, voy a esperar hasta que digiera esto.
Paso a paso. Todo a su debido tiempo. Ahora toca informarle de otra cosa que tampoco se va a tomar bien.
—Oye, el viernes de la semana que viene ¿tienes planes? —le pregunto arrugando la nariz.
—¿Qué pasa? —arquea una ceja. Qué asco me da. Odio que me conozca tan bien.
—Ayer tuvimos una reunión.
—Joder, qué mierda, y encima tienes que aguantarlo con esto de ser su abogada, sino podrías mandarlo a la mierda como se merece —me interrumpe.
—¿Me dejas hablar?
—Sí, perdona. Es que ahora la que no lo traga soy yo.
Creo que me va a costar más de lo que pensaba confesarle lo que siento por Gabriel.
Lo que siento… ¿qué siento? Tengo que aclararme primero antes de decir nada a la ligera.
¿Y cómo me aclaro? Nunca he sentido nada más que no fuera atracción por un tío.
¿Cómo voy a saber si estoy enamorada de Gabriel, o si solo es una fuerte atracción?
¿Enamorada? Ni de coña. Aunque si solo fuera una atracción, no me hubiera sentado tan mal lo que me ha hecho.
¡Joder! Vaya mierda. Si yo estaba de puta madre sin sentir nada por nadie, ¿por qué ahora tengo que cambiar?
¿Por qué con él? ¿Qué cojones tiene Gabriel para que mi mentalidad haya podido cambiar tanto?
¿Mi mentalidad? No. Mis sentimientos. Buah. Qué asco me doy…
—Bien. La reunión fue por un lío que hay en el Furia , pero ese no es el caso —suspiro—. Van a abrir otro local swinger .
—¿Otro? —arruga la nariz—. ¿No tienen suficiente?
—Por lo visto no. No sé cómo se llama pero, al ser su abogada, voy a tener que ir a la inauguración.
—¡Ni de coña! —brama bajándose del taburete.
—A ver, que solo es hacer acto de presencia, y nos vamos.
—¿Perdona? ¿He escuchado bien? —dice poniéndose la mano en la oreja—. ¿NOS vamos?
—Tienes que acompañarme, por favor —le pido cogiéndole las manos—. No puedes dejarme ir sola. Te lo ruego. Luego haremos lo que tú desees.
—¿Y tener que ver al cabrón que le ha hecho una putada a mi amiga? Lo siento, pero no.
—Por favor, por favor, por favor… —le digo poniéndole ojitos y haciéndole pucheros.
—Joder, eres una liante de narices —dice rodando los ojos.
—¿Eso es un sí?
—Vale, pero con dos condiciones.
—Las que tú quieras —le digo con una sonrisa de oreja a oreja.
—La primera, tenemos que ir de comprar.
—Tenemos millones de vestidos, pero vale, me parece perfecto. ¿Y la segunda?
—Me lo tengo que pensar.
Miedo me da. Pero no puedo negarme. Le debo una bien gorda.
En realidad, le debo dos. Una por haberle ocultado todo lo de Gabriel, y otra por hacerle que me acompañe a esto, aunque sé que está deseando ir, por mucho que se queje.
No puede resistirse a una buena fiesta, y menos en un sitio nuevo y de lujo.
—Joder… —dice de repente, llevándose las manos a la boca—. Joder, joder, joder…
—¿Qué pasa ahora?
—Si Gabriel era el moreno de aquella noche, el rubio…
Mierda.
—Dante —susurro al darme cuenta enseguida.
—¡Qué capullos! —brama con las manos en la cabeza y dando paseos de un lado a otro de la cocina—. Qué bien callado se lo tenían.
—Ahora encajan las piezas —digo sentándome de nuevo en el taburete.
—Lo voy a matar.
—Berta, no —tengo que tranquilizarla—. Tienes que comportarte, por favor. Está en juego mi carrera.
—Mierda —se queja chasqueando la lengua—. Por eso se van a librar de que la líe allí mismo.
Uff… salvada por los pelos.
—Oye, ¿y Diego? —es increíble la facilidad que tiene de pasar de un tema a otro como si nada.
—¿Que le pasa a Diego?
—Él trabaja para Gabriel ¿no?
—Sí.
—Entonces ¿nunca te dijo nada de que te estabas tirando al dueño?
—No, lo único que siempre ha intentado es apartarme de él y del local. No le hacía gracia que estuviera viéndolo.
—Normal. Sabía quién era.
—La verdad es que me resulta muy raro que no me lo dijera.
—Igual Gabriel le obligó a que no te dijese nada.
—Puede ser…
Pues ya le vale a Diego. Nota mental: tener una conversación con él en cuanto se calmen las aguas.
—Bueno, ¿vamos a por esos vestidos?
—Me parece muy buena idea —le digo feliz.
—Y luego nos vamos a comer a un italiano.
—Eso es lo que quisieras tú —le digo con picardía.
—No estaría nada mal —cierra los ojos un par de segundos—. Me encantan los italianos, ya lo sabes, pero hoy lo que necesito de ellos son, única y exclusivamente, sus pizzas.
Nos reímos, y se va a buscar ropa para ponerse.
—¿Chándal? —le pregunto extrañada. Berta es de las que piensa que, antes muerta que sencilla. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que se ha puesto un chándal, y me sobran dedos.
—No pienso dejarte en ridículo, amiga —me dice señalándome de arriba abajo con el dedo—. Si tú vas con esas pintas, no tengo más remedio que apiadarme de ti. Si nos miran con cara de asco, que sea a las dos.
—Eres increíble.
—Lo sé —afirma guiándome un ojo y cogiendo el bolso que tiene colgado en el perchero de la entrada—. ¿Nos vamos ya? Quiero conseguir el vestido más jodidamente sexi del mercado, y tú igual, bonita. No te vas a librar de poner pollas duras en ese nuevo local.
Me río porque no tiene remedio, y sigo debiéndole una. Dos. Así que no puedo rechistar, ni un poquito. Yo solo voy a conducir, y ella me va a guiar. Hoy soy toda suya.
—Por cierto —se pone enfrente mía antes de salir, y me da un abrazo—, felicidades.
—Pensaba que ya se te había olvidado —le digo devolviéndole el abrazo, y rodando mis ojos, aunque ella no pueda verme.
—No te librarás de eso tan fácilmente —dice riendo—. Me da igual que a ti no te guste tu cumpleaños, pero yo voy a seguir celebrando que mi mejor amiga nació, sino no te hubiera conocido nunca.
Todos saben que no me gusta celebrarlo, y me respetan. Nadie me felicita, solo ella, y por más que intente impedírselo, no he podido. Me di por vencida hace muchos años.
—Oye —dice mientras conduzco hacia su casa.
Ya nos hemos comido dos pizzas en su restaurante italiano favorito, y nos hemos comprado los vestidos, que son los mejores que he visto en mi vida, y mira que tenemos vestidos, las dos.
Asia va a flipar cuando los vea, y me va a matar por no habérmela llevado de compras.
Pero cuando le enseñe los zapatos que le he comprado, se le quitarán las ganas de asesinarme.
—¿Qué pasa? —está muy pensativa, algo serio me va a decir.
—Yo me libro porque a Dante solo lo conocí cuando me llevaste a aquella fiesta en su casa —qué bien la conozco—, ¿pero tú? Tienes delito, eh.
—Lo sé, y el caso es que quería sonarme su voz cada vez que estaba con él, y la manera que tenía de hablarme —le confieso.
—¿Pero tanto cambiaba el tono de voz para que no te dieras cuenta?
—Tenía un tono muy suave, pero a la vez muy ronco.
Me hablaba de una forma muy sensual, que Gabriel me ha hablado alguna vez así, aunque muy pocas.
Siempre me habla como de broma —continúo con mi monólogo—.
Hace que me irrite en cuestión de segundos, y también son muchas las veces que me ha llegado a poner los bellos de punta con solo una frase, un susurro en el oído, al notarle el aliento en mi cuello o con un pequeño roce.
Pero con el “Señor X” era diferente. Era como más distante, y solo era sexo.
Sexo puro y duro. Con Gabriel parece que hay más confianza. Más cosas que nos unen que no sea sexo.
—Sabes que son la misma persona ¿verdad?