Siempre Tuyo No razono Gabriel
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No razono Gabriel

No razono

Gabriel

Presente

Sé que no tiene nombre lo que le he hecho a Carolina, y ojalá pudiera ir hacia atrás en el tiempo para intentar hacer mejor las cosas, pero el daño ya esta hecho.

Por mucho que ella no quiera reconocerlo, le he hecho daño, y no me lo voy a perdonar nunca.

Le he sido sincero al decirle que voy a esperar lo que haga falta hasta que me perdone, pero ahora mismo tengo que sacar estos pensamientos de mi cabeza por un rato.

Voy en dirección al Furia, con Dante, para hablar con Alexéi y un par de chicos más que trabajan en la vigilancia del local, los cuáles mandamos mi socio y yo a investigar.

—Estás muy callado —Dante interrumpe mis pensamientos, sentado en el asiento del copiloto.

—No quiero hablar ahora de nada relacionado con Carolina —suspiro—. Tengo que tener la mente fría para lo que nos podamos encontrar.

—Me parece lo más lógico, pero que no te quepa duda que, después de encargarnos de este asunto, vamos a tener una larga charla sobre Carolina, amigo.

—No te preocupes, contaba con ello —le confirmo mis sospechas, negando con la cabeza y poniendo los ojos en blanco.

Llegamos a nuestro despacho en el Furia , y ya está esperándonos Alexéi con una carpeta en una mano, y un Pen Drive en la otra.

—¿Qué tienes para nosotros? —le pregunta Dante cogiéndole el documento, mientras yo le cojo el Pen Drive .

Él se pone a leer y revisar la investigación, y yo meto el aparato en el portátil, abro la carpeta y miro las cámaras de vigilancia que han conseguido para nosotros.

—Hijo de puta… —digo entre dientes después de mirar durante un par de minutos las grabaciones.

Dante deja los documentos a un lado, y se pone a mirar la pantalla del ordenador junto a mí.

—No me lo puedo creer…

—Pues yo sí me lo creo. Es más, mi nariz de sabueso me decía que era él, otra vez.

—Pero no lo entiendo —dice echándose en el respaldo de la silla—. Hace ya ocho años desde que pasó aquello ¿por qué vuelve ahora a dar por culo?

—No tengo ni idea, pero parece que no le quedó claro la advertencia que le di.

—Creo que vas a tener que volver a darle una nueva advertencia.

—No. Esta vez voy a amenazarlo —digo tajante, y cierro el portátil, enfadado.

Le pido a Alexéi que lo busque, como sea, y que lo lleven al sótano del Paraíso para tener una buena charla con él.

Me voy de allí con Dante, que coge el documento para leérselo, seguro, en el coche, de camino al otro local.

—Esto dice lo mismo que hemos visto en las imágenes de las cámaras de vigilancia —me dice mientras va pasando papeles de un lado a otro.

—No le des más vuelta, Dante. Es lo que es. Punto —le digo apretando el volante con fuerza por lo enfadado que estoy—. Deja de mirar más papeles porque no vas a ver otra cosa que la que es.

—Tenía la esperanza de que hubiera algo más que pudiera excusarlo, pero…

—Pero nada. Has visto lo mismo que yo, y las imágenes no mienten.

—Aun así, sigo sin entenderlo.

—No te preocupes. Ahora no los explicara con todo lujo de detalles —le digo riendo por la nariz.

—Gabriel, no hagas algo de lo que luego te puedas arrepentir —me advierte Dante cerrando la carpeta con toda la información, por fin.

—Sé lo que tengo que hacer.

Llegamos al Paraíso , aparco el coche en la parte trasera y vamos directo al sótano.

—No tardaré mucho. Entrar y salir —mi amigo solo asiente.

Al ser medianoche, no les habrá sido muy complicado pillar al mierdecilla y traerlo, porque ya está sentado en la silla de los “interrogatorios”, y bien atado.

—Creía haberte dejado bien claro que te quería muy lejos de mis locales, Ibai —le digo nada más entrar en el sótano.

Dante siempre prefiere quedarse fuera. Sabe qué es lo que hago aquí abajo, y él no es partidario de mis métodos, aunque los respete.

—Y yo creía que me ibas a recibir mucho mejor AEdespués de tantos años.

—Estás empezando con mal pie —le digo riendo por la nariz, mientras me pongo los guantes.

Esos mismos guantes con los que suelo torturar a los que me tocan mucho los cojones, o con los mismos que cojo la pistola y les meto una bala entre ceja y ceja cuando tengo prisa, o cuando no tengo ganas de escuchar tonterías.

—Ya no trabajo para ti. No tengo que darte explicaciones de lo que hago.

—Cierto, pero hay muchas otras zonas a las que irte para vender droga, y cerca de mis locales, no es el sitio idóneo.

—Pero no hay tan buena clientela, tienes que reconocerlo.

—También es cierto. Pero creo que me conoces un poco, y sabes que la paciencia no es una de mis virtudes —le digo poniéndome frente a él.

—Vaya, esa frase me suena que la dice también alguien más… —me dice pensativo—. ¿Quién era?

—Ibai, la otra vez fue una advertencia, esto va a ser una amenaza.

—¡Ah, sí! La mejor amiga de mi primo. ¿Cómo se llamaba? Espera que piense… ¿Carolina? —dice alegre, pasando de lo que acabo de decir, y hace un sonido de satisfacción—. ¿Sigue estando tan tremenda como la recuerdo?

Le doy una patada en el pecho nada más decir eso, y lo tumbo en el suelo, silla incluida.

—¡Joder! ¡Estás loco!

Me agacho y lo agarro por el cuello.

—Ni te imaginas lo loco que puedo llegar a estar —le digo entrecerrando los ojos—. Vuelve a hablar de Carolina, y no voy a apiadarme de ti.

—¿Por qué no te deshaces de mí como haces con el resto, Gabriel?

—Ya sabes porqué.

—Pues por eso mismo me aprovecho de tus clientes.

—Ibai, te estoy dando una nueva oportunidad porque eres el primo de Diego, y él es uno de mis mejores hombres de confianza.

—¿Por qué no dices la verdad? —me interrumpe—. ¿Por qué no dices que no quieres joder a mi primo, porque a la vez, joderías a Carolina?

—No sigas, Ibai —le amenazo apretándole un poco más la garganta.

—Sabes, al igual que yo, que Diego siempre ha estado enamorado de tu preciosa Carolina.

No le digo nada, solo voy apretando un poco más mi mano, notando como se va quedando sin oxígeno hasta que empieza a cerrar los ojos.

—¡Gabriel! —me interrumpe Dante entrando en el sótano—. Para antes de que te arrepientas.

¡Joder! Tiene razón. Lo suelto con asco. Lo hubiera matado con mis propias manos, pero no puedo hacerlo.

—¿Estás loco? ¿En qué cojones estás pensando?

—Me ha hablado de Carolina, y me he cegado.

—Pues espabila, porque si no hubiese entrado a tiempo, es a ella a quien hubieras perdido.

—¿Cómo es que has entrado? —le pregunto intentando quitarme del pensamiento lo que acaba de decirme, porque lleva razón en todo lo que ha dicho. Pero cuando se trata de Carolina, no razono.

—Porque estabas tardando demasiado en salir, y esto, en teoría, iba a ser “entrar y salir”.

—Lo sé, lo sé —le digo dando paseos de un lado a otro esperando a que ese imbécil se despierte. No lo he matado, pero lo he dejado inconsciente por un ratito. Y bien merecido que se lo tiene. Se merece algo más, aunque tengo que contenerme. No puedo espantar aún más a Carol de mi lado.

Ya empieza a toser. Bien.

—Escúchame, atentamente —le dice Dante agachándose y poniéndose a su lado—. Que sea la última vez que nos tocas los cojones y te pones a vender droga cerca de nuestros locales, porque es la última vez que te salvo la vida. La próxima vez, no voy a pararle los pies —le dice refiriéndose a mí.

—No habrá próxima vez ¿verdad, Ibai? —le pregunto amenazante.

—No… —dice en apenas un hilo de voz.

—Pues ya te puedes estar largando de aquí, y que nunca más volvamos a verte el pelo, ni a saber nada más de ti ¿entendido? —le amenaza Dante.

Él solo asiente, se levanta como puede, y sale de allí escoltado por Alexéi.

—Muy bien. Tu primera amenaza —le digo a mi amigo dándole unas palmaditas en la espalda.

—No era una amenaza, era una advertencia —me responde serio—. E intenta controlarte la próxima vez, por favor. Me canso de estar detrás de ti como si fueras un niño pequeño.

—Yo no te pido que lo hagas.

—No, pero si dejara que hicieses lo que te venga en gana, igual ya estabas en la cárcel.

—No creo que te fueses a ir de la lengua.

—No, yo no. Pero hay muchos ojos por todas partes, y lo sabes.

—Por eso mismo hago estas cosas aquí abajo, donde nadie puede verme.

—Haz lo que quieras, como siempre, pero intenta no cagarla.

Antes de que pueda responderle nada más, se va. Me quedo un rato más en el sótano, pensando. No puedo quitarle razón, pero no me controlo cuando se trata de Carol. Es superior a mí. Siento la necesidad de protegerla, a toda costa.

De vuelta a casa, con Dante a mi lado, no puedo parar de darle vueltas a lo que Ibai me ha dicho de Diego.

Ya sabía que Diego estaba enamorado de Carolina, pero nunca nadie me lo había confirmado como ha hecho hoy su primo.

También sé que Carol no está, ni nunca ha estado enamorada de él.

Solo lo tiene como su mejor amigo de la adolescencia, y nada más.

Estoy bien informado. Y es cierto que es uno de mis mejores hombres, y no puedo perderlo, pero a partir de ahora tengo que tenerlo bien vigilado. Solo por si acaso.

—¿Me vas a contar ya lo que has hablado esta mañana con Carol? —Dante interrumpe mis pensamientos.

—Le he pedido perdón, otra vez, por lo que le he hecho.

—Es que deberías habérselo dicho en la fiesta de máscaras.

—¿Cómo tú se lo deberías haber dicho a Berta?

—Berta me va a matar el día que se entere —me dice sonriendo—. Espero que falte mucho para eso.

—Dudo que tarde en enterarse —le doy una palmada en el hombro—. Carolina es muy lista, y no tardara en atar cabos.

—¿No te podrías haber conformado con una de las menos listas con las que has follado durante tantos años?

—Ninguna es como ella…

—¡Vaya cursilada! —me grita y se empieza a carcajear. Yo lo imito porque sí que ha sonado muy cursi, pero es la verdad. No ha habido en mi vida nadie como ella. Con esa inteligencia, esa alegría, esa sinceridad, ese cariño (aunque ella lo niegue y quiera hacerse la dura), esa belleza…

No quiero a otra persona en mi vida que no sea Carolina Hidalgo.