Siempre Tuyo Me mentiste Carol #2
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Me mentiste Carol #2

—Ya… ¿y esa cara?

—Es la que tengo.

—¿Siempre tienes cara de enfadado? —dejo un momento los papeles, y lo miro—. ¿O es que no te gusta que me toque nadie?

—No, no me gusta.

Me quedo sin palabras. No me esperaba esa respuesta. Había barajado la posibilidad de que fuera de ese tipo de hombre, pero no pensaba que fuera a ser tan posesivo. Aunque un poco sí que lo parece.

—Odio que te toque alguien que no sea yo, Carolina —continúa diciendo al ver que me he quedado callada—. Lo que te dije el otro día, era cierto. Me gustas mucho, y no sabes cuánto siento lo que te he hecho. Para mí era solo un juego —me explica levantándose de su asiento y dirigiéndose hacia mí.

—Te he dicho que no quiero hablar del tema.

—Y yo necesito hablarlo y que lo entiendas. Quiero que sepas que si hubiera sabido que te iba a hacer daño, ni si quiera hubiera empezado con el dichoso juego.

—Yo no te he dicho que me hayas hecho daño en ningún momento.

—No hace falta que me lo digas —me dice poniéndose a mi lado—, lo sé. Si no te hubiera hecho daño, no estarías tan cabreada conmigo, ni necesitarías tiempo para procesar lo que ha pasado.

—Me mentiste.

—Soy consciente, y te pediré perdón las veces que sean necesarias.

—No me vale solo con tu perdón.

—¿Qué tengo que hacer, entonces?

—No lo sé, Gabriel —le digo con desesperación. Me levanto y me quedo enfrente de él, pero demasiado pegada—. Necesito pensar.

No me dice nada, solo asiente con la cabeza, y me mira los labios.

Mierda, mierda, mierda. Mi clítoris empieza a palpitar.

¡Joder! ¿Por qué cojones tengo que tener esta reacción cada vez que lo tengo tan cerca?

¿Por qué no puedo controlarme? Soy una abogada seria, fría y calculadora, podría tener esta situación bajo control perfectamente.

Pero no. Mi cabeza me traiciona y le da por no reaccionar cada vez que lo tengo pegado a mí.

—Encima está lo de Berta —le digo haciendo un sobresfuerzo y apartándome de él para volver a sentarme en mi asiento. Estoy mejor aquí, poniendo distancia.

—Te pido perdón también por eso.

—Eso no ha sido tu culpa, sino mía, por no haberle contado lo que pasaba.

—Ves, no soy el único que oculta cosas.

Joder. Tiene razón.

—Por ahora solo vamos a tener una relación estrictamente profesional ¿de acuerdo? —le digo recogiendo mis documentos y metiéndolos en la carpeta. No puedo concentrarme con él a mi lado. Ya lo revisaré todo en casa, tranquila.

—Me parece bien.

—Nada de mensajitos raros, ni intentos de besarme —le digo poniéndome de pie y quedándome frente a él, de nuevo.

—Te recuerdo que fuiste tú la que me besó en mi despacho —me dice levantado la puta ceja.

—Es cierto, así que, la solución es que corra el aire entre tú y yo —le digo dando un paso hacia atrás, y haciendo aspavientos con la mano—. Y qué decir que nuestro trato está ya anulado, porque ese trato lo hice con el “Señor X”.

—Es justo —me dice aguantando la risa—. Pero sigues debiéndome una.

Mierda, no me acordaba de lo de la piscina.

—¿Me va a costar muy caro que alejaras a Dante de Berta?

—Me lo tengo que pensar —me dice ladeando una de las comisuras de los labios—. Te lo haré saber cuando estés dispuesta a perdonarme por lo que te he hecho.

—¿Cuándo inauguráis el nuevo local? —pregunto intentando cambiar de tema.

—El viernes de la semana que viene.

—¿Tiene ya nombre?

—Claro, pero no te lo voy a decir —ríe por la nariz.

—Soy tu abogada, lo debería saber.

—Tú lo has dicho; deberías, no es una obligación, y sabes que, cómo mi abogada, tienes que asistir ¿verdad?

—No es una obligación.

—Vaya, aprendes rápido —sonríe.

—Tengo al mejor maestro —le digo arqueando una ceja.

—Te haré llegar un correo con la invitación.

—Perfecto. Pues si me disculpas… —gilipollas.

—Te acompaño.

—¡No! —le sorprende mi reacción tan brusca—. Prefiero ir sola. Gracias.

—Te doy cinco segundos de ventaja —me susurra en el oído al haber desecho la distancia que he puesto entre nosotros hace un momento.

Cierro los ojos, y absorbo su olor como por instinto.

Lo escucho que ríe por la nariz, abro los ojos de par en par, y salgo escopeteada de allí, sin mirarlo tan si quiera.

Tengo que largarme de aquí cuánto antes.

No puedo dejar que me alcance. Cinco segundos.

No da tiempo ni de que el ascensor llega a nuestra planta.

Lo llamo, estoy esperando a que llegue, y no aparece.

Han pasado más de cinco segundos. Qué raro.

Llega el ascensor, entro y cuando se están cerrando las puertas, Gabriel las paras con la mano. Mierda.

—¿Pensabas que ya te habías librado de mí? —me dice entrando.

—Sí, lo he pensado, y te lo confirmo —le digo dándole un empujón y saliendo del ascensor.

Lo miro desde afuera, le digo adiós con la mano sonriendo, y él me mira entrecerrando los ojos.

Esta victoria es mía, pero no puedo cantarla tan rápido porque creo que le acabo de dar pie a empezar un nuevo juego.

Aunque esto no es lo peor, sino que a mí me está gustando esto de que venga detrás mía, me haga caso y sea yo quien gane.

La ha cagado mucho al haberme engañado, y no puedo negar que me ha dolido. Incluso diría que para mí, Gabriel Dubois está muerto, pero no puedo. Me gusta demasiado, y soy masoquista, no lo puedo remediar.