Me mentiste Carol
Me mentiste
Carol
Presente
Llevo intentando ponerme en contacto con Berta desde el sábado, y nada. No me contesta a los WhatsApp, no me coge las llamadas y tampoco me las devuelve. Puta cabezota.
Estoy fuera del edificio de Héctor y de Gabriel.
Hoy tenemos reunión, y quería haber hablado con ella antes de tener que volver a verlo, pero no lo consigo.
He llegado con tiempo por lo mismo, y para tranquilizarme un poco antes de entrar y concienciarme de que sigue siendo mi jefe después de lo que ha pasado.
Sigo sin creerme que fuera él y que me mintiera.
No lo conozco tanto, pero pensaba que era sincero, un hombre que siempre va con la verdad por delante, aunque sepa que esa verdad pueda doler.
Entonces ¿por qué me ha hecho esto? Más tarde, o más temprano, tendré que hablar con él del tema.
Una parte de mí le encantaría obviarlo por el resto de mi vida, y la otra quiere saber porqué lo hizo.
Aunque la excusa que me dio no fue del todo mala, aunque con el tiempo podría haber conseguido algo más de mí.
Bueno, ahora vienes por trabajo, Carolina, céntrate e intenta que tu lado frío y distante te domine.
Cierro los ojos, hago una respiración profunda, los vuelvo a abrir y, justo delante mía, está aparcando Gabriel su Lamborghini. ¿Tiene que ser a la primera persona que vea en el día? Joder.
—Buenos días —me dice cuando salgo de mi coche y se pone a andar a mi lado.
—Buenos días, Gabriel —suspiro, me paro y lo miro—. Ya es suficiente que tenga que ser tu abogada y te tenga que aguantar en cada reunión, como para tener que entrar juntos también.
—Disculpa si mi presencia te molesta —me dice serio y con tono irónico.
—Sí, y mucho. Y ahora, si no te importa…
—Creo que se me ha olvidado algo en el coche. Ahora nos vemos arriba.
—Gracias.
Bien. Ha respetado lo que le he pedido.
Subo el ascensor junto con un par de hombres más.
¿Aquí también escogen a los empleados por su físico?
Por dios. No hay nadie feo en este puto edificio.
Vale que en los locales que tiene Gabriel los escojan así, y más sabiendo quién es el dueño y su socio…
pero ¿Héctor también es como el hijo? O mejor dicho ¿Gabriel ha salido entonces a su padre? Vaya familia de depravados.
Llego a la planta donde celebramos siempre las reuniones, que es la planta de Gabriel.
Aprovechan que solo tiene a tres personas trabajando para él porque no les gusta que haya mucha más gente rondando por los alrededores.
Suelen ser reuniones muy privadas como para que alguien, que no sea del circulo, se entere de algo importante y lo filtre a la prensa, por ejemplo.
Entro en la sala de reuniones y, para mi sorpresa, soy la primera en llegar.
Mierda. Claro, Carolina, es lo normal. He llegado más temprano con la esperanza de hablar con Berta por teléfono, pero me ha sobrado ese tiempo.
Así que aquí estoy, y lo peor es que, de un momento a otro, va a llegar Gabriel.
Mierda doble. ¿Cómo es que ha llegado tan pronto, si él suele llegar el último?
Tendrá algo importante que hacer antes o algo.
Qué más me da. Paso de él. Y hablando del rey de Roma…
—Vaya ¿somos los primeros? —dice entrando en la sala y dirigiéndose a su asiento.
—Qué raro en ti… —le digo entre dientes.
—Hoy me apetecía llegar de los primeros —como ve que no le contesto, y que ni si quiera lo miro, continúa hablando—. Carol…
—Si me vas a decir algo de trabajo, adelante —le interrumpo enseguida, mirándolo, al notar el tono de voz que ha puesto cuando ha dicho mi nombre—, pero si es por otra cosa que no tenga nada que ver, por favor, ahórrate el esfuerzo.
—¿Podemos hablar de lo que ha pasado?
—No. Ahora mismo sigo muy enfadada. Más que enfadada, decepcionada —le digo bajando la vista hacia la carpeta que he puesto en la mesa, e intentando buscar papeles al azar.
—Carol, por favor…
—Gabriel, no sigas, y esto sí que te lo pido yo por favor —le digo dejando de hacer lo que estoy haciendo para poner toda mi atención en él, y es lo peor que he podido hacer. Me está mirando con cara de perrito arrepentido. Joder.
—¿Cuándo podremos hablar, entonces?
—No lo sé. Necesito tiempo.
—Todo el que necesites. Pero te pido que no me dejes en el olvido.
—No estás en posición de pedir nada.
Se abre la puerta, y es Dante quien entra. ¿En serio? Sola, con estos dos. Qué alegría. El día no puede mejorar más. Mejor acallo esos pensamientos, que luego el día se tuerce más.
—Buenos días —dice Dante acariciándome el hombro.
—Buenos días, Dante —le respondo dedicándole una pequeña sonrisa, giro mi vista hacia Gabriel y lo veo con cara de pocos amigos. ¿Qué le pasa ahora?
—¿Cómo es que estás ya aquí, socio? —le pregunta a Gabriel.
—No he dormido una mierda esta noche.
—Llevas unos días que estás durmiendo mal ¿no? —le pregunta Dante. No los estoy mirando, pero noto su mirada clavada en mí, y la de Gabriel, clavada en su amigo.
—Sí —suspira—. Estoy optando por hacer ejercicio cuando me levanto a las cinco de la madrugada. Hoy no iba a ser diferente, y he aprovechado para llegar temprano.
—Ajá… ¿hay algo que te pueda preocupar para que no pegues ojo? —le pregunta Dante sentándose a su lado.
—Muchas cosas —dice Gabriel, y lo escucho que se ríe por la nariz, pero de una manera irónica.
Los dos se callan, y escucho voces masculinas al fondo. Héctor es el primero que abre la puerta, y le cede el paso a su abogado y a mi padre.
—Bueno días, preciosa —me dice mi padre dándome un beso en la cabeza, y sentándose a mi lado.
Nos da igual dónde estemos y con quiénes.
Siempre tenemos una mínima muestra de afecto.
No importa que vayamos a empezar una reunión de trabajo y estemos frente a nuestros socios o jefes.
Él siempre me dará un beso, y yo jamás se lo negaré, ni le haré ascos.
—Buenos días, papá —le contesto con una sonrisa más amplia que la que le he dedicado hace un momento a Dante. Miro de reojo a Gabriel, como por inercia, y esta mirándome, fijamente, y con el ceño fruncido. ¿Qué cojones le pasa hoy conmigo? No puedo aguantarle mucho la mirada, y la aparto enseguida.
—¿Empezamos? —pregunta Héctor.
Todos le decimos que sí, y se empieza a escuchar sonidos de papeles.
Todos abrimos nuestras carpetas y organizamos los documentos, menos Gabriel, que solo tiene las llaves de su coche encima de la mesa, y su móvil.
Héctor mira hacia la parte de la mesa de su hijo, luego lo mira a él, serio, y niega con la cabeza.
“No tienes remedio”. Seguro que es lo que ha pensado.
—Gabriel —lo llama con un tono que hasta me ha dado miedo a mí—. ¿Te ha dicho ya Dante lo de las cuentas del Furia ?
—Ayer vi las cuentas, sí.
¿El Furia ? Sabía que habían tenido problemas hace unos años con este local, pero yo no trabajaba para él por aquel entonces.
—¿Qué pasa con el Furia ? —pregunto sin más rodeos.
—¿Lo cuentas tú, o lo cuento yo? —le pregunta Héctor a su hijo.
—El Furia parece que nos da problemas de vez en cuando —empieza a decirme Gabriel.
—Sí, algo sabía —le interrumpo.
—Muy bien, veo que has hecho los deberes —me dice Héctor. Le dedico una sonrisa que interrumpo enseguida cuando Gabriel continúa hablando.
—Hace ocho años, en 2016, tuve que echar a uno de nuestros trabajadores porque nos dio problemas, y las ganancias fueron en decadencia.
—Pero ahora no tiene nada que ver con ese trabajador ¿o me equivoco? —le pregunto.
—Nuestras fuentes —dice Gabriel señalándose a sí mismo y a Dante con el dedo pulgar—, están investigando cuál es el problema.
—¿Entonces para qué estamos teniendo esta reunión, si se supone que podéis solucionarlo vosotros?
—¿Podemos hablar el resto? —pregunta Dante.
—Sí, claro —digo intentando no sonrojarme—. Perdón.
—Nos hemos reunido para ver qué fallo hay en las cuentas, y para intentar dar posibles soluciones —comenta Héctor.
—Por lo menos hasta que no encuentren la brecha —concluye Dante.
—Con “brecha” supongo que os referiréis al problema ¿no? —soy abogada, necesito tenerlo todo bien claro.
—Exacto —me contesta Dante.
Nos ponemos a revisar documentos, Dante y Héctor empiezan a hacer cuentas, vamos dando ideas, pero ninguna es del agrado de Gabriel.
—¿Cabe la posibilidad de que alguna de las ideas que estamos, o que vayamos a seguir dando, te gusten?
—pregunto cansada de su actitud, y todos se quedan callados y me miran—.
Perdonadme. Como abogada intento siempre asesorar, pero esto parece que no lleva a ningún lado y a ninguna solución posible.
Todos miran a Gabriel esperando una respuesta, porque lo que he dicho ha sido por él, que no para de poner pegas a todas las posibles soluciones que estamos ofreciendo.
—Hasta que nuestras fuentes no nos informen, no podemos hacer otra cosa.
—Entonces, esta reunión, ha finalizado, por ahora —concluye Héctor—, pero ten cuidado con lo que haces, y mantén a ralla tu negocio. No te puedes permitir ahora ningún fallo estando a punto de abrir el nuevo local.
¿Un nuevo local?
—No tienes de que preocuparte, papá. Está todo controlado, y el nuevo local será un éxito, al igual que el resto.
¿Por qué me estoy enterando ahora de este nuevo local?
—Eso espero.
Todos empiezan a guardar documentos y cerrar carpetas, menos yo.
—¿Comemos luego juntos? —me pregunta mi padre.
—Vale. Luego te llamo —mira hacia mis papeles, y vuelve a mirarme—. Voy a quedarme un poco más revisando el fallo que hubo en 2016 en el Furia .
—Intenta no darle muchas vueltas, hazme caso —me susurra para que nadie más se entere, y me da un beso en la cabeza.
Se empiezan a ir todos.
—Te espero abajo —le dice Dante a Gabriel.
—No tardo —le contesta él.
—Ya nos veremos, Carolina —me dice Dante volviendo a tocarme el hombro.
—No me cabe duda —le contesto con una sonrisa falsa, y cuando vuelvo la mirada hacia Gabriel, tiene el ceño fruncido, de nuevo.
Espero a que Dante salga de la sala.
—¿Qué te pasa? —le pregunto, pero sin apartar la mirada de mis documentos.
—Nada.