¿Qué has hecho conmigo? Gabriel
¿Qué has hecho conmigo?
Gabriel
—Pero si la conoces ¿desde hace cuánto? ¿Tres semanas? —me pregunta Dante echándose a reír.
—Hace un mes, gilipollas.
—A ver, que yo sé que alguna que otra vez te ha dado más por una tía que por otra, pero ¿esto?
—Por eso te estoy diciendo que esto es diferente. A ver si escuchas…
—Te estoy escuchando, Gabriel —me dice frotándose el puente de la nariz—. A diferencia de ti, yo te escucho, y creo que estás exagerando con Carolina.
—Puede ser, pero no es normal que esté pensando en ella las veinticuatro horas del día —le confieso exasperado—. Mientras trabajo, mientras desato mi ira con otros, mientras conduzco, mientras me ducho…
—Para, para. No hace falta que me especifiques más.
—Te lo digo muy en serio Dante, se ha apoderado de mi mente la maldita bruja. ¿Y si me ha echado un hechizo, o una maldición?
—¿Cuánto hace que no duermes?
—Solo dos días. Lo de Ibai en el Furia me tiene desvelado. Y encima sabiendo que es el primo del mejor amigo de Carolina.
—Ex mejor amigo —me corrige Dante—. Y por lo que veo, no es lo único que te tiene tiene en vilo.
—No sé qué me pasa con ella, si es una niñata mimada. Solo hay que verla cómo se comporta con su “papaito” en los eventos.
—Aclárate, amigo —me dice sonriendo—. O te gusta, o no la tragas.
—Te repito que no sé qué es lo que me pasa con ella. Es diferente a lo que haya sentido con cualquier otra tía. Y si no hubieras aparecido la noche que la traje a la fiesta…
—No me dijiste que fuera algo privado.
—Pues ya lo sabes. Con Carolina, todo es privado.
—Tomo nota —me dice levantándose del sillón de cuero que tiene tras su escritorio.
He venido a su casa para terminar de hablar de lo que pasó en el Furia , pero al final no he podido reprimir lo que me hace sentir Carolina Hidalgo, y he terminado confesándole a mi amigo mis contradicciones.
Aunque ya me estoy arrepintiendo de habérselo contado.
Esto va a ser una tortura de aquí en adelante. Lo sé. Pero necesitaba soltarlo.
—Sí que te ha tenido que dar fuerte la niña mimada. Nunca me habías pedido exclusividad con ninguna tía.
—¡Si te lo estoy diciendo! Pero te estás riendo de mí —le digo con desesperación.
—Vale, vale. Perdóname. No me hagas pucheros.
—Me estoy pensando seriamente si cambiar de socio en la empresa, y de amigo.
—Sabes que no podrías tener otro mejor amigo que yo, y cómo socio, ya ni hablemos… no puedes vivir sin mí, Dubois.
—Que te follen —le digo levantándome del sofá y yendo hacia la puerta. Paso de escuchar más tonterías por hoy. Bastante tengo ya con mis pensamientos.
—Gabriel —me llama Dante antes de que salga del despacho, y me vuelvo un momento para mirarlo—. ¿Me dejas darte un consejo?
—No será de amor ¿no? —sonrío.
—Ten cuidado con Carolina —me dice suspirando—. Sabes que ha tenido problemas en su infancia y adolescencia, supongo que lo que menos le apetecerá es que un capullo como tú le rompa el corazón también.
—¿En serio me estás diciendo eso? —le pregunto arrugando la nariz.
—Y es la hija del futuro socio de tu padre…
—Ya decía yo que esto tenía trampa —le digo negando con la cabeza—. No te preocupes, amigo. Carolina dudo que quiera saber nada más de mí, así que no, no voy a romperle el corazón.
—¿Y si es ella la que te busca?
—Haré lo que mejor se me da, y lo que todos esperan de mí —hago una pausa antes de continuar—. Apartarla de mi vida.
Y sin dejar que me diga más nada, me voy.
Parece que han sido unas palabras un poco duras y algo exagerado, pero no he dicho más que la verdad.
Me monto en el coche, y pienso si ir al Furia a ver a Marga, una de mis camareras favoritas y predilectas, pero no me apetece. Solo me apetece follarme a una única persona.
Llego a casa, tiro las llaves en el mueble de la entrada, me descalzo (una manía que tengo desde que tengo uso de razón) y voy a hacerme una infusión a ver si me relaja y duermo un poco.
Aunque me cueste reconocerlo, Dante tiene razón, y necesito descansar.
¿Una infusión? Paso. Prefiero fumarme un porro.
Tengo la mejor marihuana de la ciudad, ¿por qué no aprovecharlo?
Me siento en el porche de la cocina, mirando hacia la piscina y pensando en que tengo que avisar para que me la limpien.
Aún quedan días calurosos, y como de un momento a otro voy a olvidar a Carolina, la necesito bien limpia para hacer alguna fiestecita privada.
Igual me traigo a Marga, aunque no me gusta mezclar trabajo con placer, pero es que me da tanto placer esa mujer…
aunque Carolina… ¡Basta! Se acabó Carolina.
Esta tontería tiene que acabarse cuánto antes.
¿Y si viene ella en mi busca? Nada, nada. La espantaré. Es lo que mejor se me da.
Poco años después de nacer, aparté a mi madre de mi lado y del de mi padre.
Por lo que me han contado, tuvo una depresión después de haberme tenido, y terminó acabando con su vida.
Creo que por eso mi padre me tiene tanta manía.
Recuerdo cuando era pequeño que apenas pasaba tiempo con él.
Siempre andaba de una niñera a otra, porque a estas también las espantaba.
Antes de que mi madre muriera, yo era un niño feliz, risueño, cariñoso, o eso me decía la primera niñera que tuve.
Marie. Nunca la olvidaré. Fue la que cuidó de mí mientras mi madre pasaba los días metida en su habitación, y mi padre trabajando.
A veces me escaqueaba y me metía en la habitación de mi madre, pero no me daba tiempo si quiera a llegar hasta ella cuando empezaba a gritar y venía Marie a sacarme corriendo de allí.
Muchas eran las veces que me quedaba por horas delante del espejo pensando en si lo que veía mi madre en mí era como una especie de monstruo que la asustaba, porque cada vez que me veía, tenía esa reacción.
Gritar el nombre de mi niñera para que me sacase de allí cuánto antes.
Le preguntaba a Marie que porqué mi madre no me quería.
Ella me decía que sí me quería, pero que estaba muy malita y necesitaba descansar mucho, y un niño era mucho cansancio que, por su enfermedad, no podía soportar.
Yo, al ser tan pequeño e inocente, me lo creía.
Nunca me atreví a preguntarle a mi padre, no porque no quisiera, sino porque solo lo veía dos o tres veces al año.
Mi porro se ha consumido, y no me ha hecho el efecto deseado.
Me levanto, voy hacia la entrada, me pongo los zapatos.
Cojo las llaves de mi Lamborghini y me voy directo al Furia .
Ya es la hora en la que empiezan a entrar los trabajadores, porque ellos lo preparan todo antes de que los locales abran sus puertas.
Llego, dejo aparcado el coche en mi plaza de aparcamiento y entro por la puerta trasera.
Le pregunto a Toni (otro camarero) que dónde está Marga, y me dice que está en el almacén haciendo recuento.
Es la encargada de todo el personal de servicio.
La ascendí porque es muy buena haciendo su trabajo, y haciéndome los trabajos a mí también.
Se merecía una recompensa, y ella no puso impedimento alguno.
Alguno de sus compañeros, sobre todo compañeras, se quejaron porque ella llevaba menos tiempo trabajando.
Pero cuando los reuní un día para preguntarles quien tenía quejas por mi decisión, no hubo ningún valiente que confesara.
Aun así, les advertí que no quería escuchar ningún otro comentario acerca del tema, y que si escuchaba algo, o si alguien intentaba hacerle la vida imposible a Marga, lo echaría sin miramiento alguno.
Todos estuvieron de acuerdo, sobre todo porque me conocen.
Mi reputación me precede. Dante se quejó por lo que hice, pero no tuvo más remedio que aceptar.
Soy el dueño, él solo es mi socio. Es cierto que es mi mejor amigo, pero no tiene nada que ver una cosa con la otra.
Aunque estoy muy contento con Dante por ser mi socio, sino no le hubiera propuesto en su día que lo fuese.
También viene de una familia bien posicionada, así que no le costó trabajo desembolsar una gran suma de dinero para poder ser mi socio.
Aun así, aquí el que manda soy yo, aconsejado la mayoría de las veces por él, pero el que tiene la última palabra, soy yo.
Me dirijo al almacén en busca de Marga, y la encuentro riéndose con otro compañero.
—¿Te importa dejarnos un momento a solas?
—le digo al tipo que debe de ser nuevo porque desconozco su nombre.
Lo habrá contratado Dante. Luego hablaré con él sobre este asunto y por qué no ha pasado por mí antes de ser aceptado en la empresa.
Pero este tío ya está en la calle. No me gusta que tonteen con lo que es mío.
—Claro, señor —me dice agachando la cabeza, y se va.
—Solo le estaba explicando las cosas. Es nuevo —me dice Marga al ver mi cara.
—¿Y tienes que explicarle las cosas riéndote? —le pregunto con una ceja levantada.
—Soy la encargada, Gabriel, mi deber es ser agradable —solo le dejo que me llame por mi nombre cuando no hay nadie delante. Sino, para ella y para todos, soy señor, o señor Dubois.
—Te voy a recordar cuál es tu deber —le digo cogiéndola del brazo.
—Estoy trabajando —me dice parándose en seco.
—No te preocupes, vas a seguir trabajando, pero de otra manera.
—No —se impone, y se suelta de mi brazo—. No voy a estar para cuando tú quieras, o para cuando estés cabreado.
—¿Me acabas de decir que no?
—Ya lo has oído.
—¿Te gusta desafiarme, Marga?
—Te desafío porque puedo —suelto una carcajada de maldad al escuchar su respuesta.
—Estás muy equivocada.
—No me das miedo, Gabriel.
—Pues deberías tenerlo, preciosa —le amenazo mientras me acerco a ella, y le pongo un mechón de pelo, que se le ha soltado de la coleta, por detrás de la oreja—. ¿Todavía no sabes quién soy, o lo que soy capaz de hacer?
No me dice nada, solo veo como su nuez se mueve al tragar. La he asustado. Bien. La tengo justo donde quería.
—¿Y bien? ¿Vas a venir conmigo, o no?
Ella no me responde, solo me agarra de la mano y agacha la cabeza. Perfecto.
—Así me gusta.
Después de tener unos diez minutos de sexo cabreado en el despacho, que esto quiere decir que me vuelvo un bruto y un salvaje, salgo de ella y me subo los pantalones.
—¿Y yo qué? —me pregunta sorprendida porque no he hecho que se corriera, solo lo he hecho yo.
—Tú ahora te puedes ir a seguir haciendo lo que estabas haciendo —le digo sin si quiera mirarla y haciéndole un gesto con la mano hacia la puerta para que se vaya.
Ella no me contesta, se viste y se va hacia la puerta.
—Marga —la llamo antes de que salga—. La próxima vez que me desafíes, estás en la calle. Esto solo ha sido un pequeño aviso.
—Entendido.
—¡Ah! Y que sepas que esto no se va a volver a repetir más —le digo riendo por la nariz—. Tómatelo como una despedida de lo que había entre tú y yo, si es que había algo.
No le da tiempo de responderme porque llega Alexéi, mi seguridad de confianza, pero sé que me hubiera mandado a la mierda, o me hubiera llamado cerdo, como poco.
Hoy he hecho esto porque estoy muy cabreado con mis pensamientos, pero sobre todo por mis sentimientos.
No puedo repetir esto más con Marga porque solo tengo a una mujer en mi mente, y solo quiero que mi polla esté dentro de ella. Carolina Hidalgo ¿qué has hecho conmigo?