Siempre Tuyo ¡Lo sabía! Carol #2
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¡Lo sabía! Carol #2

—Tengo a quien salir —me confirma guiándome un ojo.

—Pero ¿me has perdonado, o no?

—¿Cómo no te voy a perdonar, idiota? —me dice dándome un abrazo—. Y más habiéndome confesado tu amor por tu jefe.

—Te mato… —la amenazo haciéndole cosquillas.

Las dos nos llevamos un rato persiguiéndonos, como dos crías, por toda la cocina hasta que llegamos al salón y nos tiramos en el sofá.

—Gracias —le digo con una sonrisa.

—¿Por qué? —me pregunta arrugando la nariz, igual que hago yo.

—Por ser tú.

—Eres tonta ¿lo sabías? —me dice dándome otro abrazo, pero este es para que no vea como aguanta el llanto de emoción. Mamá y ella son iguales, unas lloronas sin solución.

Me acabo de despertar como si tuviera una resaca de narices.

Siempre me pasa lo mismo. Cuando he tenido un momento emocionante el día anterior, o ha sucedido algo donde entran a jugar mis emociones, al día siguiente me despierto con “resaca emocional”.

No sé si esta es peor que la resaca por haber bebido alcohol.

Ruedo por mi cama hasta llegar a la mesita de noche para coger mi móvil.

Lo enciendo con la intención de ver algún mensaje de Berta.

Pero en vez de eso, me encuentro con cuatro llamadas perdidas de ¿Diego?

Mierda. Se me había olvidado que me lo encontré después de la confesión de Gabriel.

Anoche, cuando llegué a casa, apagué el móvil y no quise saber nada de nadie.

Quería dormir tranquila. Lo vuelvo a dejar en la mesita, y me quedo mirando al techo.

¿Cómo se me ha podido liar tanto la vida en unas horas?

Gabriel resulta ser el misterioso “Señor X”.

Berta está enfada conmigo porque le mentí, y verás lo que va a flipar cuando le cuente lo que ha pasado…

bueno, si es que me perdona y me vuelve a hablar algún día.

Menos mal que las cosas con mis padres están perfectamente, y con Asia lo pude solucionar a tiempo.

Voy a esperar un par de días para dejar que Berta se aclare las ideas, y luego la llamaré, o le mandaré un WhatsApp.

Cierro los ojos, sumergida en mis pensamientos, tanto que creo que me voy a quedar dormida de nuevo, hasta que me sobresalto por el sonido de mi móvil.

Lo cojo corriendo (a ver si es Berta), y veo el nombre de Diego en la pantalla.

Doble mierda. ¿Qué hago? En algún momento tengo que hablar con él, aunque no tengo porqué.

Después de todos los años que se ha llevado sin ponerse en contacto conmigo ¿ahora se las quiere dar de amigo preocupado?

Pues va a ser que no. Dejo el móvil en la mesita, sin descolgar la llamada y decido que ya es hora de levantarme.

¿Ya te has martirizado lo suficiente con todo lo que te está pasando, Carolina?

Pues ¡ala! A tener una mañana productiva.

Tengo que poner una lavadora, llevar mi vestido de anoche a la tintorería, hacer la compra…

mi móvil suena otra vez. Diego. ¡Joder! Qué insistente se ha vuelto ¿no?

¿Y si me tiene que decir algo de Gabriel?

Al fin y al cabo es su jefe, y Diego es su mano derecha.

No. Paso. No quiero saber nada de Gabriel que no tenga que ver con lo estrictamente profesional.

Para mí, está en el infierno. Muerto. Bien enterrado. Mierda. La intriga me puede.

—Hola.

—¿Por qué no me has cogido el móvil? —escucho la voz de Diego algo molesta.

—Si te has levantado de malhumor, no lo pagues conmigo.

—Perdóname —suspira—. Es que anoche me quedé muy preocupado al ver que te fuiste así.

—Así ¿cómo?

—Cabreada, triste…

—Han pasado muchos años, y he cambiado mucho.

—Sí, pero sigues poniendo la misma cara cuando estás mal por algo.

Mierda. ¿Cómo se puede seguir acordando de esa cara? No sé ni yo misma cuál es la cara que pongo…

—Perdona por no habértelo cogido antes. Anoche apagué el móvil —suspiro, y continúo—, y perdona por haberte dejado ayer preocupado.

—Disculpas aceptadas —lo escucho que se ríe por la nariz—. ¿Te ha pasado algo con mi jefe?

—Hablando de él… si sabías que me estaba tirando a tu jefe ¿por qué no me lo dijiste?

—¿Cómo? ¿No sabías que te estabas tirando a mi jefe?

—¿Pensabas que sí lo sabía?

Esto es surrealista total. Es de locos.

—Carolina, te creía más lista…

—Oye, si me has llamado para burlarte de mí, te cuelgo —le digo intentando sonar seria.

—Sé que no me vas a colgar —lo vuelvo a escuchar reírse—. Pero ahora en serio. ¿Quién te pensabas esa era? Tiene una habitación privada para él, me tiene a mí de chofer… ¿o por qué te creías que me mandaba a llevarte a tu casa?

—Ahora que lo dices… —le digo pensativa.

Tiene razón. He sido yo la imbécil que no lo ha visto. Lo he tenido delante de mis propias narices todo este tiempo, y no me he dado cuenta. Su habitación está en la última planta, donde solo hay tres. Una es la suya, y las otras dos… no…

—Diego.

—¿Sí?

—La habitación número 62 ¿es la de Dante?

—Sí, Dante Ortiz. Los dos son socios.

Joder, joder, joder. No puedo esperar dos días para llamar a Berta. Tengo que contarle esto. Esto es de extrema urgencia.

—Tengo que colgarte.

—Espera…

—Dime. Aligera.

—Sé que estás viéndote con mi jefe, pero…

—Ya no. Lo de tu jefe (que también es el mío, por cierto), se acabó.

—Entonces te lo digo con más tranquilidad —suspira—. ¿Podemos vernos en algún sitio que no sea mi trabajo, por favor?

Enmudezco. No me esperaba que quisiera verme después de tanto tiempo pero, a decir verdad, tengo ganas de charlar y pasar un rato con él.

—Por mí, bien.

—¿En serio?

—Sí, claro —le contesto extrañada por su reacción. ¿Qué pasa? ¿Pensaría que le iba a decir que no? Tampoco soy tan rencorosa. (Anótate esto la próxima vez que veas a Gabriel, listilla)—. Luego te llamo y vemos cuando quedamos ¿vale?

—Perfecto.

—Ahora tengo que dejarte. Tengo algo urgente que hacer.

—Me alegra que estés bien, Carol.

—Lo mismo digo, Diego.