¡Lo sabía! Carol
¡Lo sabía!
Carol
Presente
Ahí está, sentado en el mismo sillón. Debe de ser su favorito, o es porque la luz no llega hasta ahí y se puede ocultar perfectamente. Esto tiene que acabar. No puedo seguir con esta tontería más tiempo.
—Antes de que digas nada, voy a empezar yo, ¿te parece?
—Adelante —me dice.
—Hoy estoy muy enfadada —respiro hondo, y continúo antes de que me interrumpa—.
He tenido que mentirle a mi familia para poder venir aquí porque a ti se te ha antojado follar ahora.
Le he mentido a mi amiga también, y encima me ha pillado porque la muy cotilla no ha podido conformarse con lo que he dicho en el evento donde estaba, y ha tenido que seguirme hasta aquí.
Esto quiere decir que se ha mosqueado conmigo, y yo me he mosqueado contigo.
A esto le tenemos que sumar que soy la abogada de un gilipollas al que no soporto y al que estoy deseando follarme por cada rincón de este miserable mundo.
Lo siento si te molesta esto último, pero es la verdad.
Y encima no tengo ni puta idea de quién eres, y seguro que tú sabes muchas cosas de mí.
No sé cómo ves tú las cosas, pero yo lo veo muy injusto.
—¿Qué es injusto?
—¡Joder! ¿Es de lo único que te has enterado de todo lo que te acabo de soltar? —como no me contesta, se lo explico, porque encima parece que su cerebro no da para más—. ¿Cuánto sabes de mí?
—Mucho.
—Probaré con otra pregunta, ¿qué es lo que sabes de mí?
—Sé que eres abogada, Carolina Hidalgo, y que eres la hija de otra abogada muy prestigiosa, Iria.
Tu apellido no ha sido siempre este, sino el apellido de tu padre biológico: Enrique Castillo —me va diciendo mientras se levanta del sillón, y va andando hacia mí, despacio—.
Asia tiene dieciséis años y le encanta la moda.
Berta, la decoradora de interiores, es tu mejor amiga, y también tenías un mejor amigo hace unos años y que ahora trabaja para mí: Diego.
Y tu padre es el famoso Claudio Hidalgo, uno de los mayores banqueros del país, y el socio de mi padre: Héctor Dubois.
No. ¿Cómo? No. ¿He oído bien? No. Esto no puede estar pasándome a mí.
El día ya estaba torcido, no puede torcerse más.
Es imposible. Sale de las sombras, y lo veo, por fin.
Gabriel. Viene hacia mí, pero no puedo moverme.
Mi cuerpo no reacciona. Me acabo de quedar inmóvil, y ya lo tengo casi enfrente mía.
—Carol… —me dice con cierto tono de intimidad. Un tono que me gusta. Me acaricia la mejilla con el dorso de la mano. Cierro los ojos cuando noto su tacto, pero la realidad me abruma, y me devuelve al presente.
—Me has mentido —es lo único que mis labios han podido articular.
—Déjame que te lo explique.
—¿Qué tienes que explicarme, Gabriel? ¿Qué me has estado engañando todo este tiempo? ¿Qué has visto en mí a la perfecta gilipollas a la que tomar el pelo? ¿O que te has aprovechado para follarme de esa manera porque si sabía quién eras no te iba a dejar que me tocaras ni con un palo?
—Eso duele…
—¿Que duele? ¿Y lo que me has hecho tú, no duele? —le pregunto intentando aguantar las lágrimas que pugnan por salir.
—Al principio era solo un juego, una forma de, cómo has dicho, poder tenerte sin que me mandaras a la mierda como siempre haces cada vez que nos vemos —empieza a explicarme sin yo haberle pedido explicación alguna—.
Pero no podía seguir más con esto, Carolina.
Necesitaba decirte quien era y que me aceptaras.
—Sigues mintiendo —le interrumpo—. Me has confesado quién eras porque ya estaba cansada de esta situación y te iba a mandar a la mierda.
—Te estoy diciendo la verdad. Podría haber dejado que te enfadaras y te fueras sin saber quién era realmente. Pero he decidido contártelo. Te mereces la verdad, como también mereces saber que me gustas, Carolina, por eso no aguantaba más con esta farsa.
—¡No! —le grito y lo aparto de mí—. Para, Gabriel. No sigas por ahí.
—Sé que no eres de las que se enamoran. En todos los años que hace que te conozco, nunca has tenido novio.
—Gabriel, para.
—No puedo parar —me confiesa acercándose a mí, de nuevo, y cogiéndome de la mano—. Deja que termine de decirte todo lo que llevo guardado desde el día que te conocí.
—Creo que estás confundiendo atracción y morbo, con otros sentimientos que seguro que ni pueden existir en una persona como tú.
—Puede que los confundiera al principio, pero cada vez necesito verte más, necesito tenerte cerca, necesito saber que estás bien, protegerte, tenerte a salvo. Quiero que no te falte nada. No puedo soportar la idea de que otro hombre te desee, te toque. Quiero que seas mía, Carolina.
—¡Te he dicho que pares! —bramo, y le suelto la mano de un tirón—.
Olvida todo esto que ha pasado. Olvida las veces que nos hemos enrollado siendo Gabriel y Carolina.
Y no te puedo decir que te olvides mi existencia porque soy tu abogada, y a partir de ahora, es lo único que vamos a ser.
Vamos a tener un trato únicamente profesional, y de este tema nunca más se hablará.
—Pero…
—No hay peros, Gabriel —le interrumpo con la voz desgarrada—. Me has engañado, y yo he caído como una imbécil. Ya bastante vergüenza siento, como para encima tener que volver a hablar de ello.
Me doy la vuelta y me voy hacia la puerta. Quiero irme cuánto antes de aquí. No puedo ni mirarle a la cara.
—Carolina… —me paro en seco. El tono de su voz me atraviesa el alma, porque si no acabara de pasar esto, pensaría que siente algo por mí de verdad—. ¿Podrás perdonarme?
—No lo sé. Ahora necesito alejarme de aquí, y de ti.
—Lo siento mucho. Siento haberte mentido, y siento no haberte sido sincero con mis sentimientos.
—Gabriel… esto no puede salir de aquí ¿de acuerdo? —le digo con una actitud muy fría.
—Tienes mi palabra.
—Tu palabra no vale nada para mí —le digo en un suspiro, y salgo de la habitación.
Bajo corriendo las escaleras para llegar cuánto antes a mi coche y poder echarme a llorar. No quiero derramar ni una lágrima por este gilipollas, pero no puedo contenerlas.
—¡Joder! —grito cuando me choco con alguien al salir por la puerta trasera del local.
—¿A dónde vas con tanta prisa?
—Ahora no, Diego. Tengo que irme.
—¿Qué te ha pasado? —me pregunta preocupado.
—¡Te he dicho que ahora no! —le grito mientras intento esquivarlo.
Deja que me vaya, pero sé que no se ha quedado conforme. Espero que no vuelva a pararme, o peor aún, que no venga a buscarme a mi casa.
Me monto en mi coche sin dedicarle ni una mísera mirada a mi ex amigo, lo arranco y me voy de allí lo más rápido que puedo.
Miro por el espejo retrovisor y no me sigue nadie.
Bien. Bajo una marcha, y vuelvo a acelerar.
Tengo que despejarme un poco antes de ir a casa de mis padres.
Necesito pedirles perdón por haberme ido de esa forma tan repentina del evento.
Sé que les dije que me iba porque me encontraba mal, pero no puedo con más mentiras en mi vida.
Bueno, no les voy a contar toda la verdad, aunque sí que la voy a disfrazar un poco.
Sentada en el sofá del salón, con la luz de la lamparita encendida y con Watson en mi regazo, escucho la puerta de la entrada abrirse.
—¿Qué haces aquí, cariño? —me pregunta mi madre, que es la primera que me ha visto.
—He venido a pediros perdón —les digo poniéndome en pie y dejando a Watson en el sofá—. Os he dicho que me iba porque me encontraba mal, y no era del todo cierto. Es cierto que ahora mismo no me encuentro muy bien, pero la verdad de porqué me he ido era porque tenía que solucionar una cosa.
—¿Ha pasado algo? —me pregunta mi padre preocupado.
—No, no os tenéis de qué preocupar. Ya está todo solucionado.
—¿Seguro?
—De verdad. Y no ha sido nada grave.
—¿Tú estás bien? —me pregunta mi madre cogiéndome de las manos, y no puedo evitar imaginar la mano de Gabriel hace un rato cogiendo la mía.
—Estaré bien del todo en unos días —le contesto sonriendo.
—Tómate el tiempo que necesites, lucecilla —me dice mi padre—. Como si tienes que quedarte aquí unos días con nosotros para que no estés sola.
—Gracias, papá, pero esto necesito pasarlo sola.
—En ese caso, te respetaremos hasta nuevo aviso.
Agradezco mucho lo compresivos que son, y que siempre han sido conmigo.
—Asia… —mi hermana me mira seria—. ¿Puedo hablar contigo un momento, antes de irme?
—Os dejamos a solas —aclara mi padre.
—Para lo que necesites, ya sabes dónde nos tienes —me dice mi madre dándome un beso en la frente—. ¿Sabes que no tienes que pasar por todo tú sola, verdad?
—Lo sé, mamá. Gracias —le apremio con un beso en la mejilla.
Los dos suben las escaleras, y yo me acerco lo justo a mi hermana, que está en la cocina.
—A ti te tengo que pedir perdón, aparte —empiezo a decirle—. Sé que me he comportado como una gilipollas delante de Gabriel y de tus amigas, pero ya entenderás por qué lo hago.
—¿Puedes dejar de decir que ya lo entenderé? —me interrumpe—. Dime ya de una vez lo que tengas que decirme, porque si no te explicas, te juro que no voy a perdonarte.
No le puedo contar lo que me ha pasado con Gabriel hace un momento, pero sí puedo explicarle la parte en la que creo que siento algo más que atracción por él, que ella tenía razón, pero que lo nuestro nunca podría funcionar.
—¡Lo sabía!
—Shhh… ¡calla! que no quiero que papá y mamá se enteren, por favor.
—Y ¿por qué no puede funcionar, según tú? —me pregunta susurrando.
—Ahora soy su abogada, él es mi jefe…
—¿Y cuál es el problema?
—Eso nunca lleva a buen puerto, Asia.
—Bueno, haz lo que tú veas, pero por lo menos has confesado que sientes algo por Gabriel ¡por fin!
—Y creo que me estoy arrepentido de habértelo dicho —le digo suspirando—. Y ahora… ¿me perdonas?
—Quiero algo a cambio.
—¡Vaya chantajista!
—Shhh… a ver ahora quien es la loca que chilla.
—Cierto —susurro—. A ver… ¿qué es lo que quieres?
—No, querida hermana —me dice con una sonrisa perversa—. Ahora no quiero nada.
—¿Entonces? —le pregunto arrugando la nariz.
—Ya te lo cobraré en su debido momento.
—Eres mala…