Siempre Tuyo Eso espero Carol #2
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Eso espero Carol #2

Me quedo en silencio. Lo que me está diciendo me confunde. Se muestra protector, pero hace cosas que no me gustan

—Gabriel, sé que haces estas cosas por mí y por mi bien, pero no son las maneras correctas de hacerlo.

—Lo sé, pero cuando se trata de ti, no me controlo. Es superior a mí.

—No puedo hacerlo… —le digo mirando al suelo.

—¿Qué es lo que no puedes hacer?

—Esto, Gabriel, lo que tenemos. No puedo seguir con esto…

—Sí puedes, Carol, mírame —me coge de la barbilla y me aupa la cara—. Soy yo.

—Lo siento… no puedo estar con una persona que acude a la violencia a la primera de cambio y que me oculta cosas —aparto la vista.

—Te juro que voy a controlarme, Carolina, por favor, y no volveré a ocultarte nada más —me dice con un tono tan suplicante que hasta me duele—, no puedes dejarme.

—Lo siento, Gabriel, pero tienes que entenderme —lo miro a los ojos, y continúo hablándole, dolida—.

Con diez años me dieron la noticia de que mi madre había muerto.

Mi padre desaparece y me quedo en un orfanato durante cuatro años y, a los dieciocho, me entero que mi padre fue el que asesinó a mi madre.

Como tu comprenderás, la violencia la quiero muy lejos de mi vida y, por lo que veo, tu vida está rodeada de violencia.

Y las mentiras las quiero aún más lejos.

—Carol, todo eso se acabó, te lo prometo —me coge de las manos y sigue suplicándome.

—Las promesas ya no me valen de nada —le suelto las manos, me doy la vuelta y me voy sin mirarlo.

—Carol… —me grita, pero no me giro. Si me vuelvo para mirarlo, no voy a poder alejarme de él, y lo quiero lejos de mí.

Estoy tirada en el sofá de casa de mis padres, con Wilson encima mía.

Hoy no puedo quedarme en mi casa sola. Necesito a mi familia.

Estoy destrozada, por tercera vez en mi vida, y no tengo fuerzas para afrontarlo sola.

Voy a contárselo todo a mi madre. Espero tumbada hasta que escucho la puerta de la entrada abrirse.

Ya le había mandado un WhatsApp a mi madre para decirle que me iba del evento y para preguntarle si podía quedarme a dormir en casa, a lo que me dijo que por supuesto, que ya hablaríamos cuando llegasen.

No han tardado ni dos horas en llegar. Menos mal.

Mi padre viene, me da un beso en la frente, me da las buenas noches y sube a su cuarto.

Asia viene después, me da un abrazo y me susurra que mañana se lo tengo que contar todo.

Le sonrío, le revuelvo el pelo y se va también a su cuarto.

Mi madre se sienta en un extremo del sofá y espera a que sea yo la que me acerque.

Me levanto con cuidado para no espantar a Wilson , pero él se va corriendo hasta el sillón de mi padre.

Aprovecho que se ha ido, pongo la cabeza encima de la falda de mi madre y empiezo a llorar.

Mi madre no me dice nada, solo me acaricia el pelo, hasta que se me va pasando y le cuento todo lo que me ha pasado, con pelos y señales, hasta la parte en la que visito los locales swingers desde hace varios años.

Mi madre me escucha atenta, sin interrumpirme apenas, solo para preguntarme algunas dudas, y yo se las voy resolviendo.

—Entiendo porqué no quieres estar con él —me dice cuando termino de contárselo todo—, pero ¿y si le das una oportunidad?

—No quiero esa clase de personas en mi vida, mamá —le digo secándome las lágrimas.

—Lo sé, y me parece perfecto que tengas claro a quiénes quieres en tu vida, y a quiénes no, pero creo que Gabriel siente algo de verdad por ti.

—No digo lo contrario —suspiro—. Sé que siente algo por mí, y muy fuerte, pero no puedo permitirme volver a pasar por lo mismo.

—Sea cual sea la decisión que tomes, la voy a respetar, lo sabes ¿verdad?

A no ser que sea una autentica locura —sonríe—, pero sé que no tomarías malas decisiones, aunque algunas cosas que hayas hecho yo no las haría en la vida, pero eres mayorcita, y si te gusta llevar tu vida así, me parece perfecto. Si eres feliz, claro.

—Gracias —le sonrío—. Y creo que ya he tomado una decisión.

—Y no me la vas a decir ahora ¿no?

—No —me río—. Vas a tener que esperar hasta el lunes para enterarte.

—¿Cuánto tiempo te vas? —me pregunta Berta. Hemos quedado para comer porque quería darle la noticia cuánto antes.

—Solo serán tres meses.

—Sigo sin entender por qué te tienes que ir a Londres. Podrías haber elegido un destino más, no sé, ¿paradisíaco?

—Porque es el único sitio donde tenemos socios y que tienen un caso que se les ha complicado —le explico—, y quiero aprovecharlo para irme de aquí una temporada.

—¿Has vuelto a saber algo de él? —no le digo nada, solo niego—. ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres?

—No, pero tengo que aclararme las ideas, y para eso tengo que poner distancia. Si sé que estoy a una llamada de él, no voy a poder pensarme las cosas bien.

—¿Ya se lo has dicho?

—Aún no —suspiro—. Esta tarde tengo una reunión con él para decírselo.

—Suerte…

—Gracias. La voy a necesitar.

Respiro hondo antes de entrar en su oficina, y me da su olor en la nariz. Joder. Mal empezamos. Céntrate, Carolina. Puedes hacer esto. Abro la puerta, y está sentado en su escritorio, concentrado en el ordenador. Ni si quiera me mira cuando entro.

—Hola.

—Siéntate —me dice señalándome la silla frente a él. Lo hago, y espero a que me diga algo. Nos llevamos unos segundos callados, que se me hacen eternos, y no puedo más. La paciencia no es lo mío.

—Tenemos que hablar.

—Es la segunda vez que me lo dices en menos de una semana —se ríe por la nariz.

—Me voy —deja todo lo que está haciendo, y me mira con cara de horror—. He cogido el caso de unos socios en Londres que les está llevando de cabeza.

—¿Te vas a Londres? —me pregunta con ambas cejas levantadas.

—Sí, lo necesito.

—¿Cuánto tiempo? —ahora me lo pregunta frunciendo el ceño.

—Tres meses.

Se echa las manos a la cara y se la frota, supongo que intentando procesar lo que acabo de decirle.

—Eres mi abogada, no puedes irte.

—Eso ya está solucionado —suspiro, y continúo—. Puedo ser tu abogada desde Londres, y si hay alguna reunión a la que yo no pueda asistir, mi madre ha accedido a sustituirme hasta que yo vuelva.

—No puedes irte, Carol, por favor —me suplica. Mucho estaba tardando.

—Tengo que hacerlo, y tú tienes que dejar que lo haga.

Se levanta, se pone a mi lado, me coge de las manos, me levanta de la silla y me pone frente a él.

—No me dejes —me pide con los ojos vidriosos.

—No hagas esto más difícil de lo que ya es, Gabriel.

—Si creo que sientes por mí lo mismo que yo por ti, no te puedes ir.

—Si puedo, y es lo que voy a hacer —suspiro y le aparto la mirada—. No he venido a pedirte permiso. Ya he tomado una decisión, y te pido que la respetes, Gabriel.

—De acuerdo —suspira, y me coge de la barbilla para que vuelva a mirarlo—, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que no me dejes en el olvido y que pienses en todo los momentos buenos que hemos tenido.

—También hemos tenido muchos momentos malos —le interrumpo.

—Pero los buenos han sido lo mejor que me ha pasado en la vida, no sé si a ti te ha pasado lo mismo —asiento—. Te prometo que estoy cambiando y que, cuando vuelvas, no quedará nada del Gabriel capullo.

—Eso espero —le sonrío—, porque sino me tendrías que decir adiós para siempre.

—Entonces ¿te lo vas a pensar? —vuelvo a asentirle, y me da un pequeño beso en los labios—. En realidad me hubiera dado igual si me hubieras dicho que no te lo ibas a pensar. Siempre te voy a esperar. Siempre voy a ser tuyo, Carol.