Siempre Tuyo Siento decirte Carol
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Siento decirte Carol

Siento decirte

Carol

Presente

Tengo muchos vestidos del mismo color, pero es que me encanta cómo me queda el azul marino.

Este lo ha elegido esta mañana Berta, y es una preciosidad.

Es de satén, ceñido al cuerpo, con unos tirantes muy finos, apenas imperceptibles.

Por delante no tiene escote, solo un poco de tela caída, lo justo para que se insinúen los pechos.

El escote lo tiene en la espalda. Los adoro.

Hacen una figura perfecta, y lo voy a combinar con un collar de caída.

Es muy simple, y un accesorio imprescindible para llevar con un vestido con este tipo de escotes.

Me recojo el pelo para poder lucir mejor todo el atuendo, y me maquillo, aunque siempre de manera sutil.

No me gusta pintarme como una puerta. Cojo el mini bolso, bajo casi corriendo, con cuidado de no caerme por las escaleras con los tacones, y ya están los tres esperándome impacientes.

Sí, Asia también se viene. Últimamente viene a casi todos.

Mi padre dice que es para que vaya entrando poco a poco en sociedad, y sobre todo si quiere meterse en el mundo de la moda, estos eventos son perfectos para que la vayan conociendo.

—No me matéis, pero id tirando vosotros —les digo intentando poner mi mejor cara angelical.

—¿Por qué? —pregunta Asia asustada.

—Ahora voy yo. Primero tengo que ir a por Berta.

—¿Berta no tiene coche? —pregunta mi padre con una ceja levantada, y algo serio. Normal. después de hacerlos esperar, ahora les vengo con esto…

—Sí, pero le hacía falta a su madre, así que tengo que ir a recogerla —no veo una buena reacción, así que es hora de pedir perdón—. Lo siento, sé que debería de habéroslo dicho antes, pero como he llegado bastante justa de tiempo…

—No te preocupes, cariño —me dice mi madre con una sonrisa, por fin —. Te esperamos allí.

—Gracias —le digo devolviéndole la sonrisa.

Todos se marchan, y yo corro también hacia mi coche para ir a toda leche a casa de mi amiga.

—¿Quieres provocar algún infarto esta noche? —me pregunta Berta nada más montarse en mi coche.

—No es mi idea, pero si puedo dejar alguna boca abierta, no estaría nada mal.

—¡Eres una zorra!

—¿Qué he dicho?

—¡Quieres provocar a Gabriel! —me da un grito que casi me deja sorda del oído derecho.

—Joder, Berta, me estás cansando con la misma cantaleta.

—Pero ¡es que no lo entiendo! —me grita otra vez, llevándose las manos a la cabeza—. ¿No te estás dando cuenta que quieres llamar su atención? Sé que te encanta vestir de punta en blanco cuando vas a estos eventos, y que te encanta que te admiren, pero esto es otro nivel, bonita.

—Tengo más vestido de satén, con escotes en la espalda, e incluso más provocativos que este.

—Carol, no es eso, es que desprendes sensualidad por todos los poros de tu piel, en serio, y sabes que me gustan muchos los hombres.

No puedo aguantarme una carcajada con la que casi estampo mi Audi.

—Carolina, me encanta verte reír de esa manera, pero la próxima vez hazlo cuando no estés conduciendo ¿vale? —dice agarrándose a la puerta—. Aprecio mucho mi vida, gracias.

—Pues deja de decir chorradas como la que acabas de soltar —le digo aún sonriendo.

El resto del camino seguimos hablando, de su trabajo y del día a día.

Menos mal. Si tengo que escuchar alguna tontería más sobre Gabriel, la echo del coche de una patada.

Ya bastante tengo con tenerlo que ver esta noche, y que sea mi jefe.

Mi jefe… todavía no me hago a la idea. Aunque tengo que reconocer que tiene su morbo…

¡Carolina! ¡Basta! Céntrate, por favor. Pero tengo que reconocerme a mí misma que me he puesto así de sexi pensando un poco en él.

Pero solo un poco. Y jamás lo reconoceré en voz alta.

Llegamos al palacio de congresos, le doy la llave al aparcacoches, le advierto como siempre que tenga cuidado con mi pequeño, y él me asiente con una bonita sonrisa.

La verdad es que es muy guapo, y Berta se ha dado cuenta, ya que casi se parte el cuello mirándole el culo.

Le tengo que pegar un codazo para que se corte un poco.

Pobre aparcacoches. La que le espera como mi amiga lo pille…

Entramos, empiezo a saludar a algunos clientes de mi padre mientras busco a mi familia, y no puedo evitar sonreír al ver la cara que Berta tiene desde que hemos entrado.

—¿Estás bien? —le pregunto sonriendo.

—¿Pero tú estás viendo esto? —me dice boquiabierta.

—Sí, lo veo muy a menudo. Solo es lujo, y tener que aguantar a gente con dinero.

—Pero ¿por qué cojones no me has invitado más veces, zorra?

—Calla, idiota —le digo bajando la voz—. Aquí no están acostumbrados a las palabras malsonantes, así que compórtate, por favor.

—¿Te avergüenzas de mí? —me pregunta con una mano en el pecho, haciéndose la víctima, y con las cejas levantadas.

—No, idiota, pero controla tu lengua viperina.

—Vale. Pues, para tu información, sí que deberías avergonzarte de mí —me dice poniendo cara de mala—. Te vas a cagar esta noche…

—Berta ¿qué estás pensando?

—Nada que vaya a destruir tu carrera, o la de tus padre. No te preocupes.

Miedo me da. Sé que no es capaz de liarla a tanta escala, pero esa cabeza loca no puede traer nada bueno, nunca.

A veces me pregunto cómo pude llegar a ser su amiga, si somos como la noche y el día.

Luego pienso que los polos opuestos se atraen, y que a las dos nos encanta pasarlo bien con los tíos.

—Hola, mamá —la saludo cuando por fin los encontramos.

—Hola, cariño —me dice feliz—. Hola, Berta. Espero que no te aburras mucho.

—No creo que eso ocurra, Iria.

Mi madre se ríe, al igual que yo, porque las dos sabemos que Berta y la palabra aburrimiento, no casan.

—¡Asia! —le grita Berta a mi hermana, y las dos salen corriendo para abrazarse, como si hiciera años que no se ven, y se vieron hace dos días.

—¿Has visto cómo viene mi hermana hoy? —le dice Asia a Berta en voz baja, lo justo para que mi madre no se entere, pero yo sí.

—No vayáis a empezar a conspirar contra mí —les advierto entornando los ojos.

—Que mal pensada eres —dice Berta—. Ni que fuéramos a decir que te has puesto así para que a Gabriel se le caiga la baba nada más verte.

—Vale, ahí os quedáis —me doy la vuelta, y las dejo a las dos allí riéndose. Yo me voy a buscar mi querida mesa de los aperitivos.

Logro llegar hasta ella y empiezo a probarlos de uno en uno. Miro hacia donde está mi familia, y puedo respirar tranquila al ver que no me han seguido las dos harpías. Bien. Puedo comer tranquila.

—No sé por qué te veo siempre al lado de la mesa de los aperitivos —me dice una voz muy masculina, y que es la última que quiero escuchar en este momento.

—Porque me encanta comer, pero eso ya lo sabías, ¿o no, Gabriel?

Me sonríe sin contestar, y cuando lo miro, casi me atraganto.

Jo-der. ¿Por qué tiene que estar tan guapo?

Así no me lo está poniendo nada fácil para que piense que solo es mi jefe.

Pero el calor que me ha entrado al mirarlo no sabría decir si es por cómo viene vestido, o por cómo me ha mirado de arriba abajo.

—Señorita Hidalgo —me dice acercándose a mi oído para susurrarme—, debería estar prohibido venir a estos sitios así vestida.

—¿Algún problema con mi atuendo? —le pregunto también en un susurro, y me aparto un poco para mirarlo a los ojos.

—El problema es que hay mucha gente en la sala —me dice ladeando su sonrisa—, porque te tumbaría ahora mismo en esa mesa, y te follaría hasta que me suplicaras que parase.

—Señor Dubois, ¿sabe que es usted mi jefe, verdad? —le digo intentando aguantar la compostura y no desmayarme por lo acaba de decirme.

—¿Y eso no te da aún más morbo?

—¿Tengo que ser sincera?

—Por favor…

—Solo un poco —le confieso, y le doy un pequeño beso en la mejilla, lo justo para que nadie nos vea, y escucho que emite un pequeño gemido.

Me alejo de él, sin apartar la vista de sus ojos y con una sonrisa idéntica a la suya.

Me siento triunfante y eufórica, y necesito aire para calmar este calor, y un momento para procesar lo que acaba de pasar y lo que acabo de sentir.

Me voy afuera y me encuentro con el aparcacoches guapo al que siempre le doy las llaves de mi coche.

El mismo que siempre tiene una sonrisa preciosa para dedicarme cada vez que me ve.

Ya me había dado cuenta de lo guapo que es, pero hasta hoy no me había fijado en él de una manera más sexual.

Será por lo que me esta pasando últimamente con Gabriel, todo el morbo que lo rodea y las ganas que tengo de follármelo a todas horas.

—¿Sabes que eres mi aparcacoches favorito? —le digo poniéndome a su lado.

—Y tú eres la mejor persona a la que le he aparcado el coche —me contesta con esa sonrisa.

—Soy Carolina Hidalgo.

—Lo sé —sigue sonriendo—. Yo soy Hugo.

—Un placer, Hugo.

—El placer es mío, señorita Hidalgo.

—Llámame Carolina.

—Encantado, Carolina.

—Después de trabajar aquí ¿vas a a algún sitio? —me envalentono preguntándole.

—Depende. Hay días que salgo de fiesta con mis amigos, y otros en los que me voy directo a casa.

—¿Conoces un local llamado: Paraíso ?

—Sí —me contesta carraspeando, algo incómodo—. He oído hablar de él.

—¿Te apetece venir a tomarte algo allí, luego, conmigo y con mi amiga? —Berta me lo agradecería, y si me encuentro con Gabriel por allí, mato a dos pájaros de un tiro.

—La verdad es que no voy a esos tipos de locales.

—¿No te gustan?

—No soy de esos…

—¿Lo has probado alguna vez? —le pregunto levantado una ceja.

—No —me contesta sin dejar de sonreír, y agachando la cabeza.

—Pues no sabrás si te gustan esas cosas, o no, hasta que vayas —se ríe por la nariz, y niega con la cabeza.

—Creo que nos gustan cosas diferentes, señorita Hidalgo.

—Es una pena, Hugo —le digo encogiéndome de hombros. Ya vuelvo a ser la señorita Hidalgo.