Vaya, vaya… Carol
Vaya, vaya…
Carol
Presente
—Después de haber desayunado todo lo que has desayunado ¿sigues teniendo hambre? —me pregunta Berta sorprendida, como si no me conociera.
—De eso hace ya tres horas.
—Vale, pero vamos a un japonés, por favor —me suplica poniéndome ojitos.
—Me da igual, mientras comamos ya.
Vamos a un restaurante asiático que hay cerca de la tienda donde acabamos de estar mirando ropa nueva para el trabajo.
Ahora que soy la abogada del diablo, no quiero ir demasiado provocativa.
Mejor no tentar a la suerte. También hemos ido a una tienda de trajes de baño.
No es la temporada, pero Berta a insistido mucho en que nos compráramos algo allí.
Nos dan una mesa, y empiezo a pedir comida como si fuera la última vez que fuese a comer en la vida.
—¿Tanto te afecta ser la abogada de Gabriel? —me pregunta arrugando la nariz.
—No te haces una idea… —le respondo metiéndome un trozo de sushi en la boca—. Es creído, chulo, un sabiondo de narices, exasperante, irritante, odioso…
—Te olvidas de lo más importante —me interrumpe—. Está tremendamente bueno, y estás loquita por él.
—No empieces otra vez, por favor te lo pido.
—¿No lo vas a reconocer nunca?
—Eres igual de pesada que Asia.
—Por algo será que tu hermana tiene la misma opinión que tu mejor amiga —me dice guiñándome un ojo.
—Sois insoportables, las dos.
—Ahora en serio ¿qué es lo que tanto te molesta de él? Aparte del gran listado que has mencionado —me dice poniendo los ojos en blanco—. Además, tu madre tiene razón.
—¿También te vas a poner de su parte?
—Carol, sabes tan bien como todos que te conviene, y mucho, ser la abogada de Gabriel y así darte a conocer.
—Bueno, puede que eso me ayude un poco a dar el salto —digo con un suspiro—. Espero que eso llegue pronto y poder dejar de trabajar para él.
—Cuando eso pase, lo echarás de menos —me dice con un movimiento repetitivo de las cejas.
—Créeme que no.
Ella sonríe, se encoge de hombros y sigue comiendo sin contestarme. Y después soy yo la que siempre tiene hambre…
Salimos del restaurante y nos montamos en su coche. Se pone en marcha y conduce unos quince minutos hasta que llegamos a una zona de la ciudad a la que apenas he ido. Aparca el coche y me dice que me baje.
—Como te noto algo estresada, me ha parecido buena idea traerte a un spa para que te relajes un poco.
—Mmm… ¿gracias? —le digo cuando estamos apostadas frente a un local, mirando a un lado y a otro de la calle. Está desierta. Si no fuera mi amiga, pensaría que me ha traído para secuestrarme, o algo peor.
Pasamos dentro, y nos recibe una mujer de origen asiático.
—Quédate aquí un momento —me dice señalándome el asiento que hay en la entrada. Le hago caso y ella se pone a hablar con la mujer en un tono tan bajo que no consigo oír nada. Veo que le da un par de tarjetas, le da las gracias (lo único que he podido escuchar) y viene hacia mí.
—Listo —me dice entregándome una de esas tarjetas—. Es tu habitación. Está al lado de la mía. Vamos a coger del coche los bikinis que nos hemos comprado, y subimos a cambiarnos.
—Berta, es la primera vez que veo que un spa tiene habitaciones —le digo levantando una ceja.
—Supongo que sí… te va a encantar —me dice guiñando un ojo, y ya me estoy temiendo lo peor.
No me fio ni un pelo, aun así voy tras ella para coger las cosas y cambiarnos en la habitación. Está una al lado de la otra. Paso la tarjeta por la puerta y se abre con un click. Berta me dice que tengo diez minutos para cambiarme, como mucho.
La habitación es de lo más… ¿sensual? Es bonita, y está bien decorada.
Ha tenido que costar una pasta. Ahora le tengo que preguntar cuánto ha pagado para poder darle mi parte.
Saco mi bikini negro de la bolsa, le quito las etiquetas como puedo y me lo pongo.
No es por nada, pero me queda súper bien.
Y ahora ¿qué ropa me pongo? Solo tengo la que llevaba puesta.
Sé que en los spas normales vas en toalla por ahí, pero en este no tengo ni idea.
Salgo envuelta en la toalla un momento, y llamo a la puerta de Berta.
—¿Ya estás lista? —me pregunta con la puerta a medio abrir.
—Casi, pero es que tengo una duda.
—¿Qué te pasa?
—¿Me pongo encima del bikini mi ropa, la que he traído puesta?
—No, idiota —me dice riéndose—. Vas a ir así, tal y como vas ahora.
—¿Con la toalla? ¿Por ahí?
—Vale, creo que va siendo hora de contarte donde estamos… —me dice con una sonrisa.
—Berta…
—Escúchame primero ¿vale?
—¿Dónde me has traído?
—A una spa, te lo he dicho, pero…
—¡Sabía que había un pero!
—Shh… no grites, ordinaria.
—Berta, el tiempo corre, y no es a tu favor.
—Vale, vale —me dice con las manos en alto—. Estamos en un spa un poco especial.
—¿Cómo de especial? —le pregunto levantando una ceja.
—Es un spa swinger .
—¡¿Cómo?!
—Calla, que al final nos echan por tu culpa —me dice para que baje el tono de voz y mirando hacia el pasillo.
—No va a hacer falta que nos echen, me voy yo solita —le digo dándome la vuelta.
—No, no —me agarra de la muñeca—. No te vayas, por fi.
Espero a que siga intentando darme una buena razón para que me quede y que no me “divorcie” de amiga.
—Me ha costado una pasta… por favor —y empieza a hacerme pucheros.
—¿Cuánto? Yo te pago lo que te haya costado.
—Ni de coña. Esto es un regalo que te he querido hacer —me dice cruzándose de brazos—. ¿Quieres rechazar el regalo de una amiga, perdona, de tu mejor amiga, a la que has ignorado durante muchos días?
Mierda. La capulla sabe como tocarme la fibra sensible.
—Espero que sea la última vez que juegues esa baza.
—Te lo prometo —me dice contenta—. Ahora, vayamos a ver qué se cuece.
Cerramos las habitaciones y la sigo, con las toallas puestas alrededor del cuerpo, como recién salidas de la ducha.
Me gustan los locales swingers, pero llevo un tiempo en que no me apetece saber nada de estos.
No sé si será una mezcla de todo lo que me esta pasando.
Entre el “Señor X” (que, por cierto, no he vuelto a saber nada de él), y ser la abogada de Gabriel, que igual tengo que frecuentar sus locales. Espero que no.
Llegamos a una zona con cuatro piscinas pequeñas, cada una con chorros que salen de las paredes, dos jacuzzis, y bastante gente para mi gusto.
Algunos solo charlan, otros se besan y otros están directamente follando.
Respiro hondo, dejamos las toallas en un banco y nos metemos en una de las piscinas.
Berta se va directa a donde más gente hay, y la cojo disimuladamente de la mano.
Me mira, y le niego con la cabeza de forma sutil.
Ella me ha entendido a la perfección, y continúa andando hasta otra de las piscinas, la que más vacía está.
Quitando las locuras en las que me mete, es mi mejor amiga, y me encanta que me entienda con tan solo una mirada, o un gesto.
Nos metemos en el agua. Menos mal que está climatizada, aun así la noto fresquita.
Nos quedamos quietas, mirando a todo el mundo, y me entra un calor sofocante al ver a dos tías follando con un tío.
Sí, ahí en medio. Lo más fuerte de todo es que no están dentro del agua.
Él está sentado en el borde de la piscina, tiene a una de ellas encima, cabalgándolo, y la otra está al lado sentada, besándolo mientras le frota las tetas a la que está encima.
—Se supone que me has traído aquí para relajarme, pero me va a dar algo… —le digo quitándome una patina de sudor de la frente.
—Te dije que te iba a gustar — me dice con una sonrisa maliciosa.
De repente, mira por detrás de mí, se le borra la sonrisa del rostro y se le ponen los ojos como platos.
Frunzo el celo, voy a girar la cabeza para ver la causa de su cambio de actitud, pero antes de que lo haga, me coge la cara con ambas manos y me hace que la mire.
—Vale, escúchame atentamente, y no apartes la mirada de mí ahora mismo —me dice con un tono de voz muy bajo.
—¿Qué pasa, Berta? —le pregunto asustada.
—Ahora vas a ver lo que pasa, pero quiero que mantengas la calma —me dice suspirando—. Y sobre todo, que te quede muy claro que yo no sabía nada de esto.
—Berta, déjame mirar.
—Carol, te juro que yo no he tenido nada que ver.
—Vaya, vaya… —escucho una voz muy varonil, y que me resulta demasiado familiar—. ¿A quién tenemos por aquí?
No puede ser. De todos los lugares de la tierra, y de todas las personas que habitan en ella, tenía que encontrarme aquí con él.
—¿No tengo bastante con tener que trabajar contigo, que también te tengo que encontrar en sitios de ocio? —le digo alzando la vista, mirando a Gabriel desde la piscina.
Se agacha para acercarse un poco a mí, y me dice en un tono muy suave, y demasiado sensual:
—Perdona, pero no trabajamos juntos. Trabajas para mí.
—Espero que eso dure poco —le digo dedicándole una sonrisa falsa—. Como también espero que esto no salga de aquí.
—No te preocupes —me dice guiñándome un ojo—. Tu secreto está a salvo conmigo.
—Hola, Carolina —me saluda Dante que está a su lado, y justo en frente de Berta—. Siempre es un placer volver a verte, y en tan buena compañía.
Gabriel se ríe por la nariz, niega con la cabeza y lo mira. Dante aguanta la sonrisa.
—¿No me vas a presentar a tu amiga? —insiste Dante.
—La conociste hace ocho años, en una de tus fiestas —le digo poniendo los ojos en blanco—. Gabriel nos llevó a Berta y a mí.
—Un placer volver a verte, Berta —le ofrece la mano, ella se la da, y él se la besa.
Anda, igualito que su amigo. Igual de exasperante.
—Lo mismo digo, Dante —le contesta Berta con coquetería—, aunque no te acuerdes en absoluto de mí.
Toma corte. Punto para mi amiga, sí señora.
—Siento decirte que conozco a mucha gente, casi todos los días, pero te puedo asegurar que no me voy a volver a olvidar de ti.
—Eso espero —le contesta Berta levantando una ceja y con una sonrisa.
Mierda. Se lo folla, fijo. Cualquiera la aguanta después, y también a Gabriel. Creo que va a ser mejor que me vaya. No me gusta nada esta situación.
—¿Te importa? —le digo a Gabriel para que se aparte.
Me hace caso, hago fuerzas con los brazos y salgo de la piscina con un impulso.
—¿A dónde vas? —me pregunta Berta sorprendida.
—Creo que será mejor que me vaya.
—Pero ¿qué dices? Espera… —me dice intentando salir como yo de la piscina, pero Dante se lo impide sentándose frente a ella.
—¿Te vas por mí? —me pregunta Gabriel agarrándome de la muñeca.
—No es que sea muy ético que esté en un sitio así con un cliente —le digo mirándole la mano con la que me agarra—. ¿Podrías soltarme? No quiero que nos vea nadie aquí, juntos.
—Te puedo garantizar que lo que pasa en estos sitios, no sale a la luz.
—Ah, claro, que tú sabes bien de lo que hablas —le digo intentando zafarme de él, pero no lo consigo.
—Sabes que sí.
—Suéltame —le ordeno.
—Te suelto solo si no te vas —me dice con una ceja levantada.
Miro a mi alrededor, y parece que cada uno está a lo suyo. Ni si quiera se han percatado que estamos aquí discutiendo. Respiro hondo, me calmo, miro hacia Berta, y está hablando con Dante, pero sin apartar la vista de nosotros.
—Tienes bien entrenado a tu socio —le digo señalando con la cabeza hacia Dante.
—¿Por qué lo dices?
—Porque se ha puesto delante de mi amiga, impidiéndole que fuera detrás de mí, y me da que lo ha hecho para que tú pudieras hablar conmigo.
—Pues entonces, sí, lo tengo bien entrenado —me dice con su sonrisa ladeada, y me suelta la muñeca.
—Si me quedo, no voy a poder convencerte de que tu amigo mantenga sus zarpas fuera del alcance de mi amiga ¿verdad?
—Podrías intentarlo…
—Vale —le digo suspirando—, ¿y qué quieres a cambio?
—¿Estarías dispuesta a darme algo a cambio de salvar a tu amiga de las feroces mandíbulas de Dante? —me dice con una sonrisa más ancha.
—Sí… —le contesto a regañadientes—. Y ya me estoy arrepintiendo por la cara que estás poniendo.
—Sus deseos son órdenes para mí, señorita Hidalgo —me dice cogiéndome la mano, y besándomela.
Joder. ¿Cómo puede ponerme tantísimo este imbécil? No me lo explico. Bueno, sí. Está tremendo, tiene una mirada de infarto, el tacto de sus manos es incomparable, besa como un puto dios… y lo odio.
Se da media vuelta, se agacha hasta su amigo y le susurra algo en el oído.
—Lo siento mucho, Berta, pero tengo que irme —le dice Dante acariciándole la mejilla con la parte exterior de la mano—. Espero que nos volvamos a ver muy pronto.
Se levanta y se va con Gabriel a su lado. No quiero ni imaginar a dónde va, o qué van a hacer. No es de mi incumbencia.
—Me voy de aquí, ya —le digo fulminándola con la mirada.
—Espera, doña ligera —me dice saliendo de la piscina—. Este spa también tiene una parte normal.
—¿Y por qué cojones no me has llevado allí?
—Porque pensaba que esto te vendría bien —me dice encogiéndose de hombros—. Y hacía tiempo que no nos divertíamos en un sitio de estos.
—Te mato.
—No podrías vivir sin mí —me dice agarrándome de la mano—. Vamos, anda. A ver si te relajas antes del evento de esta noche.
Mierda. El evento.
—Joder…
—Sí, vamos a tener que ver a Gabriel esta noche, otra vez.
—Necesito un masaje.
—Pues vamos a dárnoslo, porque yo también necesito uno después de haber vuelto a ver al amiguito de tu jefe.
—No vuelvas a llamarlo así.
—¿No es tu jefe?
Mierda doble. Gabriel es mi jefe, y le he dicho que le debo algo por haberle quitado al cerdo de Dante de encima a Berta. ¿Qué he hecho?
—Por cierto, ¿Dante estaba tan bueno cuando lo conocimos? Ha mejorado bastante ¿no crees? ¿Y suele ir a los eventos de Gabriel?
—Berta, no —le digo tajante.
—Me encanta que me pongas esa cara de amiga mega protectora —me dice agarrándome del moflete como si fuera una abuelita—, pero sabes que voy a hacer lo que me de la gana ¿verdad?
—Te aconsejo que no te folles a ese tío.
—Es que me he quedado con un poco de ganas.
—Eres mayorcita… tú sabrás lo que haces.
—Pero me quieres de todas formas ¿a qué sí? —me dice poniéndome ojitos.
—No puedo dejar de quererte, por mucho que lo intente.