Siempre Tuyo A partir de ahora Gabriel
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A partir de ahora Gabriel

A partir de ahora

Gabriel

Presente

Me encantan las vistas que me ofrece mi oficina, aunque tengo que reconocer que ayer eran mejores.

Me está volviendo loco esa pequeña abogada del demonio.

Por un lado me gustaría que pasara ya esto y volver a tener a Iria como mi abogada, por otro lado, no podría ver tanto a Carolina, y me gusta tenerla cerca, muy, muy cerca.

El sonido de un correo entrante en mi ordenador me saca de mis pensamientos.

Me siento a leerlo, y no me sorprende en absoluto ver el nombre de Carolina Hidalgo.

Buenos días, señor Dubois.

Me gustaría saber cuándo podría mandarme los documentos firmados. Los necesito cuanto antes, gracias.

Un cordial saludo.

Carolina Hidalgo.

No puedo aguantar sonreír al leer este mensaje tan formal, y tampoco puedo aguantar las ganas de contestarle.

Buenos días, señorita Hidalgo.

He estado muy ocupado, pero no se preocupe por los documentos. En cuanto los tenga, se los mando.

Un bonito saludo.

Gabriel Dubois.

P.D.: si le es más cómodo contactar conmigo por teléfono que por correo electrónico, le facilito mi número personal.

Le escribo mi número y le doy a enviar. Me encantaría ver la cara que pone al leerlo.

Por supuesto que firmé los documentos nada más irse de aquí ayer, pero tenía ganas de hacerle sufrir un poco, como lo hizo ella conmigo.

No sé qué cojones me pasa con ella, pero tengo que admitir que me jodió que se fuera de esa manera.

Todavía no sé si es un simple capricho. Lo que sí sé es que cada vez tengo más ganas de verla, aunque solo sea para ver lo nerviosa que se pone cuando está conmigo.

Por mucho que quiera hacerse la dura, y esto me pone aún más cachondo.

Apago el ordenador. Basta de oficina por hoy. Sigue sin gustarme esta parte del trabajo, para eso tengo a Dante, y a mi abogada.

Cojo mi móvil y las llaves del coche, que es lo único que siempre llevo encima, y me voy directo a coger el ascensor.

Cuando llego a la planta baja, no me sorprendo cuando escucho un adiós muy sensual que proviene de uno de los puestos de recepción.

Sheila. Le devuelvo el saludo con un simple movimiento de cabeza, y salgo del edificio con paso ligero.

Solo quería utilizarla para fastidiar un poco a Carolina, y surtió efecto.

A ver cómo me la quito ahora de encima. Dante se va a partir el culo cuando se lo cuente.

Nota mental: dejar del contarle estas cosas a mi mejor amigo y socio.

Necesito conducir para desfogarme un poco.

Siempre me traigo el Mercedes para trabajar, así que voy a mi casa para cambiarlo por el Lamborghini.

Hoy lo necesito. Solo lo cojo para ocasiones especiales, algún evento más multitudinario, fiestas de lujo o cuando necesito pisar el pedal del acelerador hasta el fondo.

Entro en casa con la intención solo de cambiar una llave por la otra, pero no me apetece ir por ahí trajeado, así que subo un momento para cambiarme de ropa.

Una camisa negra y un pantalón vaquero me valen.

Bajo las escaleras corriendo, como un niño pequeño que sabe que va a disfrutar jugando un rato con su juguetito preferido.

Cojo la llave y voy al garaje a por mi precioso juguete. Qué belleza.

—Solo hay una belleza en este mundo a la que puedo comparar contigo —le digo a mi coche mientras le acaricio con mimo hasta llegar a la puerta—. Pero no te enfades… será nuestro secreto.

Me monto, lo arranco y disfruto de su sonido hasta que el motor baja de revoluciones.

Abro la puerta del garaje, voy saliendo poco a poco y abro la cancela de fuera.

Nada más abrirse del todo, piso a fondo, me responde enseguida y sale quemando ruedas.

Lo sé, cuestan una pasta, pero el dinero no es un problema para mí.

Casi me empalmo al escuchar el rugido del motor y al oler a goma quemada.

Me voy directo a la sierra para disfrutar un rato de las curvas, hasta que mi estómago empieza a rugir incluso más fuerte que el motor de mi coche.

Voy a mi restaurante favorito del centro de la ciudad, no porque tenga buena comida, sino porque tiene aparcamiento privado, y no voy a dejar el coche en cualquier sitio aparcado. Aunque no es la peor comida que he probado.

Mientras disfruto de mi chuletón, pienso en la cena de esta noche con mi padre.

Cuando me pide cenar con él es porque tiene algo importante que decirme.

Suelen ser cosas buenas, aunque a veces me sorprende con alguna mala noticia.

Espero que esta sea de las buenas, porque no tengo ganas de aguantar nada malo.

Ya tengo bastante con lo del Paraíso . Veo a lo lejos a una mujer que se sienta sola, bastante atractiva, y me intriga un poco.

Si estuviera en otro momento de mi vida, me levantaría y le haría compañía.

Pero últimamente no quiero estar con ninguna mujer.

Hay una, en concreto, que está haciendo estragos en mi cabeza.

Tengo que poner remedio antes que afecte a mi trabajo.

Le pago al camarero, le dejo una buena propina, me levanto y paso cerca de la mujer que no me ha quitado el ojo de encima desde que se sentó en su mesa.

Una cosa es que no quiera hacer nada, y otra muy distinta es que me haya vuelto un santurrón.

La miro al pasar por su lado y me devuelve la mirada.

Me sonríe y la saludo con un leve movimiento de cabeza.

Llego al coche, entro y necesito un momento para procesar lo que me está pasando.

Introduzco la llave, pero no lo arranco aún.

Cierro los ojos y me echo hacia atrás, dejándome caer en el reposacabezas.

Segundos después, escucho unos golpecitos en la ventanilla.

Vaya, vaya. Bajo la ventanilla y espero a que ella hable primero.

—¿Estás solo? —me pregunta la mujer del restaurante.

—Compruébalo tú misma —le digo señalando el asiento del copiloto.

—Eso se puede solucionar —me sonríe, le da la vuelta al coche, abre la puerta, se sienta y la cierra—. Vaya cochecito…

—Gracias.

—Nunca lo he hecho en un Lamborghini —me dice mientras toca con delicadeza el volante—. ¿Y tú?

—Tampoco.

—Eso también tiene solución —baja la mano del volante, la apoya en mi pierna y empieza a subirla poco a poco hasta que llega al bulto que está empezando a crecer en mi entrepierna.

Con la otra mano que tiene libre, me agarra de la camisa y me acerca a ella, hasta que sus labios tocan los míos. Le sigo el juego, pero mi cerebro empieza a hacer cortocircuito.

—Lo siento, no puedo —le digo apartándome de ella, y parándole la mano.

—Tu polla no dice lo mismo —me dice agarrándomela con más fuerza. No puedo evitar soltar un pequeño quejido y maldecir por dentro. Pero estoy siendo sincero, con ella y conmigo. No puedo hacerlo. No quiero hacerlo.

—En otra ocasión te follaría encantado, pero me has cogido en un momento raro de mi vida —le digo muy a mi pesar, quitándole la mano de mi paquete.

—Bueno, tú te lo pierdas —me dice pasándome una mano por la mejilla, mientras que con la otra abre la puerta del coche.

—No lo dudo —le digo sonriendo por la nariz.

Cierra la puerta cuando baja y, antes de irse, vuelve a ponerse al lado de mi ventanilla.

—Si algún día cambias de opinión, frecuento mucho este restaurante —me guiña un ojo, y se va, contoneándose.

Mierda. Podría haber echado un buen polvo, y haberme desahogado. Pero parece que mi mente manda sobre mi polla. Quien lo diría…

—¿Dónde has dejado tu traje? —me pregunta mi padre nada más llegar.

—Hola a ti también, papá.

A él le encantan los trajes, y en eso he salido a él, pero no me apetecía volver a mi casa para cambiarme otra vez de ropa.

—¿Qué vamos a cenar hoy? Tengo hambre.

—Tú, y tu obsesión por la comida —dice mi padre poniendo los ojos en blanco—. Después del sexo, es lo que más que te importa.

—Hombre, sin comida no podemos sobrevivir ¿lo sabías? —le pregunto con sarcasmo—. ¿O es que tu cerebro robótico te ha bloqueado esa información de vital importancia?

—Tengamos la fiesta en paz.

Paso de lo que me ha dicho y voy a coger la comida para llevarla a la mesa. Hoy no tengo ganas de pelearme con él. Hace muchos años que dejamos de llevarnos tan bien como cuando era pequeño. Simplemente nos soportamos, por el bien de la humanidad y de nuestros negocios.

—Bueno ¿a qué esperas? —le pregunto sin rodeos mientras empiezo a devorar el pollo al horno que ha preparado su cocinera.

Tengo que decirle que me de la receta porque está tremendamente bueno—.

¿Qué pasa ahora? No me digas que es por lo del Paraíso, porque ya estoy cansado de ese tema, y está solucionado.

—No, no es por eso, y espero que lo hayas solucionado de buenas maneras —me dice frotándose el puente de la nariz con los dedos.

—Entonces, tú dirás…

—Es sobre Carolina Hidalgo.

Mierda. ¿Se ha enterado de algo? No puede ser. Es imposible. No hay cámaras en mi oficina, y no había nadie en mi planta cuando ella vino, les di una hora libre a las únicas tres personas que tengo allí trabajando.

—¿Qué pasa con la hija de Claudio? —le pregunto intentando aparentar que no me importa en absoluto oír tan si quiera su nombre.

—La hija de Claudio, y tu abogada.

—Mi abogada hasta que Iria resuelva sus asuntos —le corrijo.

—Y para esto te he hecho venir —suspira antes de seguir—. Iria no va a volver a ser tu abogada, Carolina la va a sustituir.

—¿Cómo que la va a sustituir?

—A partir de ahora, Carolina será tu nueva abogada.

Mierda, mierda, mierda. Hubiera preferido que me dijera que el Paraíso ha salido ardiendo. ¿Pero esto? No…

—¿Y por qué no puede seguir siéndolo Iria? —le pregunto intentando asimilarlo.

—Porque a Iria le han salido nuevos casos, y quiere que Carolina empiece a crecer —empieza a explicarme mi padre—, o eso me ha dicho Claudio.

Y qué mejor que crecer a tu lado. Aunque al principio no me gustó la idea de los locales swingers , tengo que reconocer que han tenido mucho éxito, y te doy la enhorabuena por ello.

—Vaya —esto sí que no me lo esperaba—. ¿Gracias?

—De nada —me dice riéndose por la nariz—. ¿Algún problema porque Carolina sea tu nueva abogada?

—No, ninguno —solo que quiero tirármela cada vez que estoy a su lado, que mi corazón da un vuelvo cada vez que la veo, que me pongo cachondo con solo oler ese perfume afrutado que siempre lleva, y que me está volviendo loco. Pero es solo eso.

—Vale, porque me ha dado la impresión de que no te ha gustado mucho la idea.

—Solo es eso, tu impresión —le digo sonriendo—, pero de verdad que me gusta el cambio.

—Ten paciencia con ella, y no seas un imbécil. Aunque ya lleva tiempo ejerciendo la abogacía, estoy seguro que nunca se ha topado con un capullo como tú —me dice negando con la cabeza y sonriendo. Hacía tiempo que no lo veía sonreír de esa manera, y conmigo.

—Vaya, ya decía yo que tantos halagos hacia mi persona eran una trampa.

Nos reímos un poco más los dos, y continuamos cenando hasta que la cocinera viene a retirarnos los platos para servirnos los postres.

Nunca me acostumbraré a su presencia. Siempre era mi madre la que hacía la comida, aunque cada vez los recuerdos son más borrosos.

Supongo que lo normal después de veintinueve años.

—También quería advertirte de otra cosa —me dice mi padre señalándome con la cucharilla.

—Todo no podía ser buenas noticias.

—Ten cuidado con Carolina.

—¿Por qué me lo dices? —le pregunto extrañado.

—Esa niña, bueno, esa mujer ha sufrido mucho en toda su vida para que vengas tú y también le hagas sufrir.

—Papá, somos mayorcitos, los dos, y…

—Gabriel —me interrumpe con un tono seco—, te lo estoy diciendo muy en serio. Te conozco, y sé que te pierden las faldas.

—No te preocupes. No la voy a cagar.

—Eso espero —me dice suspirando—. Por el bien de esa chica, y por el de tus huevos.

—Me encanta que te preocupes por mis testículos —le digo haciéndole ojitos.

—Te lo digo en serio, mantén la polla bien guardada —me dice señalándomela—. Claudio y yo somos socios desde hace muchos años, no quiero que lo jodas por tus caprichos.

—Vamos, que lo que no quieres es perder el negocio con Claudio, y que Carolina te importa una mierda, básicamente —le digo algo confuso y cabreado—. ¿Y desde cuándo la he cagado yo por uno de “mis caprichos”?

—Muchas veces, hijo. Pero yo he estado ahí para cubrirte las espaldas y para solucionarlo.

—No entiendo cómo sigues soportándome como hijo —le digo tirando la servilleta de mala gana a la mesa—. Se te nota que me quieres un montón, papá.

—Espera, Gabriel —me dice arrastrando las palabras.

—No, papá, no me espero —me levanto de la silla y la coloco en su sitio—. ¿Cómo has sido capaz de elogiarme hace un momento? Te ha tenido que costar un gran esfuerzo hacerlo ¿verdad? No sé como no estás sudando y todo.

—Gabriel…

—Gracias por la cena —le interrumpo—. Y no te preocupes por Carolina, perdón, mejor dicho: no te preocupes por Claudio.

Me doy la vuelta para irme, sin que mi padre se levante si quiera para impedírmelo. Pero no estoy conforme con como ha terminado la conversación, y tengo ganas de tocarle un poco los cojones.

—Aunque pensándolo bien, el que tiene el negocio con Claudio eres tú —le digo con media sonrisa dibujada—. Hay muchas abogadas buenas en la ciudad.

—¡Gabriel! —grita mi nombre en ese tono grave con el que me solía reñir cuando era adolescente.

—Eso quiere decir que me la puedo tirar cuando me de la gana —me río por la nariz, y le hago una señal con la cabeza a modo de despedida—. Ya nos veremos, papá.

Cierro la puerta, y me voy muy cabreado a mi coche.

Tengo muchas ganas de deshacerme del enfado, y solo hay dos maneras. O conduzco como alma que lleva el diablo, o follo. Lo segundo no puedo ahora mismo, así que opto por lo primero. Espero que no me pille la policía, porque voy a cometer muchas infracciones esta noche.