Siempre Tuyo ¿Se lo dices tú? Carol #2
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¿Se lo dices tú? Carol #2

—Que me atraes mucho, desde la primera vez que te vi, de la misma manera que me exasperas —me confiesa riendo por la nariz.

—Tengo que irme.

Me aparto de él, despacio, como si no quisiera irme en realidad, y es que no quiero irme, pero esto es una locura, y un gran error. No puedo continuar aquí más tiempo, o mi corazón de hielo corre el riesgo de derretirse.

Salgo casi corriendo de allí, me monto en mi coche, y tengo que respirar un poco y procesar lo que acaba de pasar antes de arrancar.

¿Lo evidente? Parece que acabo de tener casi la misma conversación que tuve con mi hermana.

¿Y ese roce en la mejilla? ¿Me lo ha hecho alguna vez?

Porque juro que lo he sentido ya antes. Igual me lo hizo cuando fui a aquella fiesta con él y no lo recuerdo.

Da igual. Gabriel Dubois me acaba de confesar que le atraigo. Estoy jodida. Muy jodida.

Entro con mis llaves en casa de mis padres, con la botella de vino que sé que le encanta a mi padre en la mano y casi me caigo de boca al tropezar con algo.

—¿Estáis de broma? —digo observando muy sorprendida con lo que me acabo de tropezar—. ¿Desde cuándo está aquí?

—¿Te gusta? —me pregunta Asia con una sonrisa de oreja a oreja—. Lo hemos adoptado hace cuatro días.

—¿Que si me gusta? —digo mientras se me dibuja también otra sonrisa—. ¡Me encanta!

Le paso el vino a mi madre, me agacho y cojo a una bolita peluda y pequeñita. Siempre he querido tener un gato, pero entendía que no quisieran tener uno en casa porque siempre estaba fuera y no iba a poder hacerme cargo de él.

—Voy a cuidarlo muy bien —me dice Asia rascándole detrás de la orejita.

—Ya le hemos dicho a tu hermana la responsabilidad que conlleva tener un animal en casa, y ha estado de acuerdo —dice mi madre—. Y en el momento que el gato esté descuidado, el gato sale de la casa.

—No serás capaz —le reprendo a mi madre enfadada.

—Claro que no lo voy a echar a la calle —me dice sonriendo—. Te lo llevarás tú.

—¿Yo? Pero ¿alguien me ha preguntado si podría hacerme cargo de él si eso pasara?

—No hace falta —dice mi madre muy convencida—. Sabemos que estás ocupada con el trabajo, pero no vas a salir fuera de la ciudad. Y no podrías resistirte a algo que siempre has deseado tener.

—Odio que me conozcáis tan bien —le digo entrecerrando los ojos.

—Muchos mimos al gato, ¿y a papá? ¿nada? —dice mi padre alzando la voz desde la cocina.

Él como no… siempre quiere todos los cariños para él solito.

Pero no puedo negárselos ni aunque tenga en brazos al ser más bonito que jamás he visto, además que es el gato de mis sueños, de color negro con los ojos amarillos.

Voy corriendo hasta mi padre, sin soltar al gato, lo rodeo solo con un brazo y empiezo a darle besitos por toda la cara.

—¿En serio no vas a soltar al dichoso gato?

—Lo siento, papá, te quiero mucho, pero esto… —le confieso mientras escucho a mi madre y a mi hermana reírse por detrás.

—Venga, anda, vamos a terminar de poner la mesa —dice mi madre—. Y suelta ya al gato.

Sonrío, le doy un beso en la cabecita y lo dejo en el suelo. Creo que acabo de enamorarme.

—¿Sabéis que me vais a tener mucho por aquí, no? —les advierto sin dejar de mirar al pequeño de la familia.

—Tengo que confesarte algo —me dice mi padre susurrando—. Creo que tu madre lo ha hecho por eso mismo.

Me tengo que reír. No puedo con sus ocurrencias.

Voy cogiendo los platos que me da mi padre y los voy poniendo en la mesa, mientras mi madre y Asia ponen los cubiertos y la vajilla buena. No sé si es que vendrá el Rey a comer para que la hayan sacado ahora sin ser navidad, ni un cumpleaños, ni una celebración. ¿Será por el gato?

Terminamos de ponerlo todo en la mesa y nos sentamos, por fin.

Me muero de hambre, para no variar. Mi madre siempre se ha preguntado que dónde echo tanta comida.

No se explica cómo puedo comer tanto y tener un cuerpo tan perfecto.

Dice que tiene que ser la genética, porque mamá Tania era perfecta.

Me encanta que hable así de bien de ella.

Me echo unos filetes que suele hacer mi padre, y que están de muerte, un poco de puré de patatas y empiezo con el interrogatorio sobre el gato. Me van diciendo que tiene solo dos meses, que es un macho y que todavía no tienen claro el nombre.

—A mi me gusta Nilo —dice mi madre.

—Ese es un nombre muy común en gatos —interrumpe Asia arrugando la nariz—. Yo prefiero Loki.

—¿Cómo el hermano de Thor? —pregunta mi padre que se sabe a la perfección todo lo relacionado con el mundo de Marvel . A todos nos gusta ese tema.

—Claro —le contesta mi hermana con una sonrisa malévola—. Es mi favorito.

—¿Y tú? —le pregunto a mi padre—. ¿Alguna idea?

—Hulk.

—¡Venga ya, papá! —grita Asia.

—Todos sabemos que es el vengador más fuerte —explica mi padre—. Y este gato tiene madera de superhéroe.

¿En serio? No me puedo creer lo que acaba de decir.

—No te equivoques —le corrige mi hermana—. La vengadora más fuerte es Wanda Maximoff, aunque mi favorito sea Loki.

Ya empezamos con la guerra de cuál es el vengador más fuerte. Mejor, así no me preguntan por la reunión de hoy con Gabriel.

—¿Das tú alguna idea, querida? —intenta interrumpir mi madre antes de que empiece a volar comida por la mesa—. ¿Cómo te gustaría que se llamara?

—Watson —le contesto sin pensármelo dos veces.

—No sé porqué, pero me imaginaba que la cosa iría por ahí —dice mi padre sonriendo.

Todos saben de mi obsesión por la lectura, y sobre todo por los casos del famoso detective, Sherlock Holmes, y el doctor Watson es mi personaje favorito.

—Pues no se diga más, querido Watson —dice mi hermana mirando al gato, que está sentado junto a sus pies.

Todos sonreímos por el comentario, y yo ya puedo dormir tranquila esta noche. Tienen al gato de mis sueños, con el nombre que quería ponerle. Definitivamente, voy a venir por aquí muy a menudo.

—¿Qué tal la reunión de hoy con Gabriel? —ya tuvo que poner fin mi padre al buen rollo. Mierda.

—Bien —digo intentando ignorar lo que mi cuerpo siente cada vez que escucha su nombre—, pero tenía prisa y le tuve que dejar allí los documentos para que los firmara cuando pudiera.

—Ese hombre siempre tiene prisa —dice mi padre negando la cabeza—. La próxima vez no te vayas de allí hasta que los firme en tu cara y te los de en mano ¿vale?

—Vale, papá —cómo le voy a decir que fui yo la que se los revoleó, y que se fue corriendo de allí porque no quería continuar besándolo—. Pero me los va a mandar por correo, y él siempre cumple lo que dice.

—¿Y tú cómo lo sabes? Si apenas lo conoces.

Mierda. Miro a mi hermana de reojo, y la veo que está intentando aguantar la risa, y sin apartar la mirada de su plato. Capulla…

—Bueno, es lo que suele decir él —me excuso—. Aparte de que lo he investigado un poco, y es lo que suele decir la gente de él: que la palabra de Gabriel Dubois vale oro.

—La gente puede decir misa. Tú no te fíes mucho de él ¿me oyes?

—Claudio, cariño —mi madre llama su atención acariciándole la mano—, no creo que Gabriel sea una mala persona, ni un mal jefe. De puertas para fuera podrá hacer lo que quiera, pero para los negocios siempre ha sido muy bueno. Y se te olvida que tu hija sabe muy bien lo que hace.

—Gracias, mamá —pero creo que a tu hija le falta un tornillo últimamente—. Tiene razón, y ella es la que más tiene que saber de él al haber sido su abogada todo este tiempo.

—Y de esto queríamos hablarte, cariño —me dice mi madre, y se vuelve para mirar a mi padre—. ¿Se lo dices tú?

—A partir de ahora vas a ser tú la abogada de Gabriel —dice mi padre a regañadientes y resoplando.

No puede ser… esto tiene que ser una broma.

—¿Por qué?

—Yo tengo demasiado lío últimamente, y necesito que me ayudes con algunas cosas.

—¿Y no podría ayudarte con cualquier otro cliente? —interrumpe mi padre antes de que yo lo haga.

—Claro que sí, pero creo que este es un buen comienzo para dar un gran salto —empieza a explicar mi madre—.

No es un cliente difícil, ya verás que tratar con Gabriel es pan comido, y te lo puedes llevar a tu terreno con facilidad, si sabes escoger bien tus palabras y la forma en que le digas las cosas.

Y una de las cosas más importantes es que los Dubois son muy conocidos, y esto te va a ayudar para que te conozcan.

Y qué decir del enorme patrimonio con el que cuentan, lo que quiere decir que no te va a faltar nunca el trabajo, y encima te van a pagar muy bien.

—Pero me puedo dar a conocer por mi trabajo, no por lo famoso que sea mi cliente —le interrumpo algo irritada.

—Por desgracia, en este trabajo miran mucho los clientes que hayas tenido anteriormente, o incluso los que tienes en este momento.

Resoplo, y me apoyo el respaldo de la silla.

—¿No quieres trabajar con Gabriel? —me pregunta muy serio mi padre.

—No, no es eso —creo que mi reacción no ha sido la idónea—. Es que no pensaba que mi reputación tendría que ver con los clientes.

—Pues lo siento, pero sí —me confirma mi madre.

—En ese caso, gracias, mamá —le digo sonriendo y dándole la mano por encima de la mesa.

—Es lo menos que puedo hacer por mi hija —me devuelve la sonrisa—. Y si tienes alguna duda sobre Gabriel, me puedes preguntar lo que quieras y te digo cómo puedes tratarlo.

—Gracias, de nuevo, pero creo que me las puedo apañar bastante bien.

Estás bien jodida, Carolina.