¿Se lo dices tú? Carol
¿Se lo dices tú?
Carol
Presente
Lo que menos me apetece hoy es tener una reunión con Gabriel, a solas.
Después de lo que me pasó ayer con el capullo del “Señor X”, solo tengo ganas de sumergirme en el trabajo.
Es cierto que para lo que voy a ver a Gabriel es para eso, trabajo, pero gasto mucha energía cada vez que estoy un rato con él.
Es la segunda persona que más me saca de mis casillas en el mundo, y que me pone tanto…
qué bien me conocen Asia y Berta. Las dos no paran de decirme que me gusta.
Jamás confesaré tal locura. ¿Está bueno?
Sí. ¿Es atractivo? Por supuesto. ¿Le echaría un buen polvo?
Es obvio que sí. Pero de ahí a que me guste, hay un mundo, o mejor dicho, un universo.
Es una persona odiosa. Y lo peor no es eso, sino que Asia dice que yo también le gusto a él.
Pobrecita… cuánto tiene que aprender de la vida.
Si ella supiera que lo único en lo que piensa cuando mira a una mujer es en sexo, se llevaría un chasco.
Ya lo aprenderá, y espero que no sea por las malas.
No tengo ganas de ir provocativa y que se me ponga en plan baboso, así que descarto ponerme un vestido para la reunión, y opto por un traje pantalón. Formal y sexi. Tampoco soy una monja de clausura, y a una le gusta gustar, las cosas como son.
Me maquillo lo justo, para quitarme las ojeras que tengo por haber dormido como una mierda (por culpa de cierto capullo). Me hago un recogido, cojo mi maletín y salgo a coger mi coche.
Llegó a las oficinas de los Dubois, aparco y entro al edificio.
Es la segunda vez que estoy aquí, y creo que no voy a dejar de impresionarme con tanto lujo, como si no viviera rodeada de esto desde que fui adoptada.
Para mi sorpresa, veo a Gabriel apoyado en uno de los mostradores de recepción hablando con la chica que esta detrás.
Ella le sonríe, coquetea, y me entra un hormigueo por el estómago.
No puede ser. Contrólate, Carolina. No seas otra imbécil más que cae en sus redes, por favor.
Me acerco con paso firme, y cuando llego a su lado, carraspeo para que se de cuenta de mi presencia.
—Buenos días, Carolina —me dice al verme.
—Buenos días, Gabriel.
—Te estaba esperando.
—Sí, ya veo… —le digo con ironía mirando a la chica que acaba de agachar la cabeza algo avergonzada.
Él la mira, me vuelve a mirar, niega con la cabeza y muestra una pequeña sonrisa ladeada.
—Vamos a mi oficina —me dice señalando a hacia la zona donde están los ascensores.
—Tú primero.
—Si insistes… ya terminaremos la conversación, Sheila —le dice a la chica guiñándole un ojo, se vuelve y empieza a caminar sin mirarme si quiera.
Lo sigo, aprieta el botón del ascensor y cuando llega, entramos solos, sin nadie más. Qué bien…
—¿No tienes bastante con tener locales swingers , que también tienes que ligar en el trabajo? —le pregunto sin mirarlo.
—¿Algún problema con eso? —me pregunta acercándose un poco a mí.
—Ninguno, mientras no afecte a mi trabajo, puedes hacer lo que te de la gana.
—¿Celosa? —me pregunta de nuevo con esa sonrisa odiosa, ladeada a la izquierda.
—Para eso tendrías que gustarme, y estás muy muy lejos de eso.
Se ríe por la nariz, y se queda callado.
Llegamos por fin a la planta donde tiene su oficina. Sale él primero del ascensor, yo le sigo los talones, y voy mirando de un lado a otro, extrañada.
—¿No hay más gente trabajando aquí?
—Esta planta es solo mía. Solo trabajan mi secretaria y un par de ayudantes más, pero están en la otra punta de la planta —me confirma—. ¿Por qué? ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo?
—En absoluto —le respondo tragando saliva.
—Eso espero, porque no deberías de tenerlo mientras estés a mi lado —me dice abriéndome la puerta hacia lo que supongo que será su oficina.
No se porqué, pero me ha entrado un escalofrío con lo que acaba de decirme. No es la única persona que parece que quiera que esté protegida, pero sí el primer tío, y me resulta muy rara esa sensación.
La oficina es muy austera en comparación con la decoración de los eventos que organizan él y su padre, o como la que tiene en sus locales.
Casi todo es de cristal, con unos ventanales enormes que dan a la calle.
Menos mal que la silla donde creo que voy a sentarme está alejada de esas ventanas, porque me da algo si tengo que estar cerca de eso.
Si mezclas miedo a las alturas, y que estamos en el piso número veintiuno, no sale un buen resultado.
Espero que Gabriel nunca se entere de mi fobia, sino voy a tener bromas para la eternidad.
Voy directa a la silla que hay frente al escritorio y me para cogiéndome de la muñeca. Me arde el cuerpo con ese mínimo contacto. Respira, Carolina. Céntrate.
—Mejor aquí —me dice señalando hacia un sofá y un par de sillones que hay en el otro lado de la oficina, rodeando una mesa baja de cristal—. Tampoco somos tan desconocidos como para ponernos a hablar en el escritorio.
Él se sienta en el sillón, y yo en el sofá. Saco los papeles de mi maletín, un bolígrafo azul y lo pongo todo sobre la mesita.
—Estamos más cómodos aquí ¿no?
—La verdad es que sí —le respondo sin apenas mirarlo.
Tengo el presentimiento de que si lo miro más de diez segundos seguidos, se me va a tirar a la yugular, y yo no voy a poder resistirme. Joder. ¿Por qué tiene que estar tan bueno? Y cómo huele… así no puedo ni concentrarme.
—Esta reunión va a durar poco —me dice devolviéndome a la realidad.
—¿Por qué dices eso?
—Porque ya arreglé el asunto del que vienes a hablar.
—¿Lo de la seguridad del Paraíso ? —le pregunto mirándolo a los ojos, por fin.
Mierda. ¿Para qué lo miro? ¿Cómo puede tener esos ojos tan bonitos?
Negros y brillantes.Y esa mirada tan penetrante…
Joder, si parece que te desnuda con solo mirarte.
¿Y qué decir de esas pestañas tan largas?
Me dan hasta envidia. Ojalá tuviera yo unas pestañas así y no tener que ponerme el rímel para hacerlas más largas y voluminosas.
—Claro, para eso era esta reunión ¿no?
—Sí, claro —joder, estoy quedando como una imbécil con tanto embobamiento. Vale. Ya está bien. Tengo que coger el toro por los cuernos y llevar a mi terreno esta situación, o reunión, o lo que coño sea esto.
—A ver ¿y cómo has arreglado esto? —le pregunto poniéndome todo lo seria que puedo.
—Tú solo limítate a darme papeles para que firme, y listo.
—Gabriel, tengo que saber cómo haces las cosas, tus procedimientos, cuál es la manera en que lo llevas todo. Ahora trabajamos juntos, nos guste o no.
—¿Te gusta que trabajemos juntos? —me pregunta con un tono de voz más suave de lo normal, y se inclina hacia mí.
—No es que sea el trabajo de mis sueños, pero de algo tengo que comer, y mis padres me lo han pedido.
—Vamos, que no tienes más cojones.
—Gabriel… sabes que no nos llevamos precisamente bien.
—Porque tú no quieres —me dice quitándome el bolígrafo de la mano, y rozándome con el pulgar.
—Estamos trabajando —le digo poniendo los ojos en blanco.
—¿Sabes? Me gusta como suena mi nombre cuando lo dices tú —deja el boli en la mesa, se levanta y se sienta a mi lado, en el sofá.
—Gabriel, mantengamos las distancias, por favor.
—Dime que quieres guardar las distancias conmigo. Dime que no me quieres aquí, a tu lado, y me aparto —me coge de la barbilla, y me levanta la cabeza para que lo mire—. Pero dímelo de verdad, que me lo crea.
No me salen las palabras. No puedo contestarle porque, joder, tiene razón. No quiero que se vaya. Quiero tenerlo así, e incluso más cerca. Siento tanto odio como atracción por este hombre.
—Como no me digas nada, voy a besarte, Carolina.
No hace falta que le diga nada, ni que él me diga nada más, porque soy yo la idiota que se acerca a su boca, y lo besa.
Él no se aparta, sino todo lo contrario.
Acoge mi beso con ganas, mientras me agarra de la nuca con la otra mano, y me va enredando los dedos en el pelo.
Los dos empezamos a emitir unos suaves sonidos de placer.
No puedo separarme de él, es como un imán.
A veces me repele, y otras veces, como esta, no puedo despegarme.
Mis manos van directa a su cintura y a su espalda, y vaya espalda…
Seguimos con el beso, hasta que noto que me agarra con fuerza el pelo, y empieza a hacerme daño.
No. Esto no puede estar pasando. Esto me esta gustando, demasiado, y no puedo llegar más lejos con Gabriel. Entro en razón, y me aparto de golpe.
—¿Qué pasa? —me pregunta deseoso de más.
—Esto es un error —le digo levantándome del sofá y recogiendo mis cosas.
—Espera, Carol —me dice agorándome de la muñeca—, no te vayas, por favor.
—Gabriel, nuestros padres son socios, nosotros trabajamos juntos —le digo soltándome—, esto no puede ser.
Cojo mi maletín y voy hacia la puerta para irme de aquí cuánto antes.
—Carolina… —me vuelvo para mirarlo un momento, antes de salir—. No he firmado los documentos.
¿En serio? Después de lo que acaba de pasar, y de lo que acabo de decirle, ¿me llama solo par decirme eso? Perfecto. Saco los papeles de mi maletín y se los lanzo a la mesita.
—Ahí tienes los putos papeles —le digo de mala gana—. Cuando los tengas firmados, me los mandas al correo.
Me doy la vuelta y salgo con todo mi autoestima tirado por los suelos. Otra vez no, Carolina. No te vuelvas a dejar pisotear. Eres mejor que él. Me paro en seco, me doy media vuelta, y voy de nuevo hacia su oficina.
—Esto nunca ha pasado ¿entendido? —le digo nada más abrir la puerta.
—Lo que tú quieras, pero…
—¿Pero qué? —le interrumpo.
Se levanta de la silla de detrás de su escritorio, viene directo a mí, y me vuelve a poner su cara a escasos centímetros de la mía.
—Ninguno de los dos podemos negar la atracción que existe entre nosotros, Carolina.
—¿Y tú qué sabrás?
—Te conozco mejor de lo que crees —me dice acariciándome la mejilla con el dorso de la mano—. Tú puedes negarlo tantas veces como quieras, pero yo no te voy a negar lo evidente.
—¿Y qué es lo evidente?