Siempre Tuyo La niña más fuerte Carol
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La niña más fuerte Carol

La niña más fuerte

Carol

Me encantan las tortitas que me hace mamá, y hoy me las va a hacer especiales por ser el día de Todos los Santos. Nos encantan las fiestas, sobre todo esta. Es la favorita de los tres.

—¿Papá ya se ha ido? —le pregunto mientras me sirvo un vaso de leche.

—Sí, cariño. Tenía que terminar hoy un cuadro.

—Siempre tiene prisa.

—Lo sé —me contesta suspirando—. Pero lo bueno es que hay mucha gente que quiere comprar las cosas que hace.

Le sonrío, y me voy hacia la mesa, tarareando. Me siento, y mamá me acerca las tortitas con sirope de fresa. Me deja el plato en la mesa y me da un beso en la cabeza. Le doy un abrazo, y empiezo a zamparme el desayuno.

—Vas tarde, cariño —me advierte con mi mochila del cole, esperando en la entrada de la cocina.

Me meto el último trocito de tortita en la boca, me limpió con la servilleta, me levanto y voy corriendo hacia mi madre. Me cuelga la mochila y le doy un abrazo. Me suelta, y se agacha para ponerse a mi altura.

—Sabes que te quiero ¿verdad? —me dice poniéndome un mechón de pelo detrás de la oreja—, y que te voy a querer siempre.

—Claro —le digo sonriendo—. Y yo a ti, mamá.

—¿Sabes también que eres la niña más fuerte que he conocido nunca, y que, pase lo que pase, siempre vas a seguir siendo así de fuerte, verdad?

—¿Soy como Hulk? —le digo intentando enseñar algún músculo.

—Sí, pero no por su fuerza, sino por su inteligencia.

Me río porque Hulk es uno de mis personajes favoritos de Marvel, pero cuando se pone a hacer cosas en el laboratorio.

—Y sabes que haría lo que fuera por ti ¿a qué sí? —se me va borrando un poco la sonrisa, y asiento con la cabeza—. Venga, que al final vas llegar tarde de verdad.

Le vuelvo a dar un abrazo mientras sigue agachada, y me da un montón de besitos por toda la cara. Me encanta el ataque de los besos. Siempre me hace reír con eso. Y, por último, me da un beso muy grande, y con ganas, en el cachete.

—Pásalo bien, mi vida.

—Sí, mamá —le digo saliendo por la puerta de casa.

El autobús del cole ya está fuera esperando, y salgo corriendo para no perderlo.

Me siento donde siempre, miro por la ventanilla, y le digo adiós con la mano.

Ella me devuelve el adiós, me tira un beso con la mano, y yo hago como la que lo coge al vuelo, y me lo llevo al corazón.

El autobús se pone en marcha, veo como se tapa la boca con la mano, y creo que empieza a llorar.

¿Qué le pasa? Es muy raro que mamá esté triste.

Siempre está riendo, o haciéndome reír, cantando, bailando…

Cuando vuelva del cole, le preguntaré. No me gusta verla así.

Solo es tercera hora, y ahora nos toca matemáticas. No me gustan nada. Menos mal que a última hora tenemos lengua, que esa sí me gusta.

Estamos a mitad de clase, y entra la directora del cole acompañada de una mujer, pero esta se queda en la puerta. Todo el mundo se queda en silencio cuando esa señora entra. Se acerca a la profe, le dice algo al oído, la profe se pone la mano en el pecho, asiente y las dos me miran.

—Carolina —me llama la profe.

Todos los niños se giran para mirarme. ¿Qué he hecho? No he hecho nada malo, aún así, me asusta que la directora venga a por mí.

—Carolina, sal un momento con la directora, por favor —vuelve a insistir la profe al ver que no me muevo de mi sitio.

Por fin reacciono y me levanto.

—Recoge tus cosas, y sal con la mochila, Carolina —me dice la directora.

Le hago caso, recojo lo que tengo encima de la mesa, lo meto todo en la mochila, me la cuelgo al hombro y voy hacia ella.

Me pone la mano en el hombro, y sale junto a mí de la clase.

Seguimos andando hasta su despacho, con la mujer que no conozco detrás nuestra, y cuando entramos, hay dos policías allí.

Mi cara tiene que ser un poema cuando la directora me dice que no me asuste, y que me siente en el sillón porque me tienen que contar algo.

Tarde… ya estoy muy asustada, pero vuelvo a hacer caso y me siento, como me han dicho.

Los miro a todos, y están muy serios. La mujer que ha venido con la directora, y que no conozco, se acerca a mí.

Se agacha, se pone a mi altura, como hizo también mamá esta mañana, y me pone las manos en las rodillas. Suspira antes de hablar.

—Carolina, me llamo Susana —hace una pausa, y durante ese momento, miro a los policías, miro a la directora, y vuelvo a mirar a la mujer—. Tengo que contarte una cosa sobre tu madre…

—¿Qué le pasa? —le pregunto, cada vez más asustada.

—Tu madre… ya no está, Carolina.

—¿Cómo que no está? ¿A dónde se ha ido?

—Lo siento mucho, Carolina… tu madre ha fallecido.

Vuelvo a mirarlos a todos, uno por uno. Ninguno dice nada.

Bajo la vista hasta sus manos que, se despegan de mis rodillas, y me coge las mías. Escucho voces de fondo, aunque no consigo oír nada. Empiezo a ver borroso, noto como si todo se volviera negro, y escucho un zumbido.

***

Abro los ojos, y no sé donde estoy. La mujer de hace un momento está al lado mía, sentada en un sillón.

—Carolina, ¿te encuentras mejor? —me pregunta al verme abrir los ojos.

No me salen las palabras. ¿Qué ha pasado? Creo recordar que esta mujer me ha dicho que mi madre ha fallecido.

—Estás en el hospital —me dice cuando me ve mirando para todos lados—. Te desmayaste en el colegio y llamamos a la ambulancia. Ellos te han traído aquí, y yo he venido contigo.

¿Mi madre está muerta?

—¿Te acuerdas de lo que te he dicho en el colegio? —sigue insistiendo, pero siguen sin salirme las palabras. Asiento levemente con la cabeza.

Quiero preguntarle si es verdad lo que me ha dicho. No puedo hablar. ¿Habré olvidado cómo se habla?

¿Mi madre está muerta? No puede ser. Esta mañana estaba bien, me ha hecho las tortitas. Hoy es el día de Todos los Santos, y va a hacer una comida especial. Esto no es verdad.

¿Mi madre está muerta?

—Sé que ahora no querrás hablar, pero voy a estar a tu lado en todo momento. Puedes confiar en mí —me asegura cogiéndome la mano.

No es que no quiera hablar, es que no puedo. Miro como su mano agarra la mía, y me da un vuelco el corazón, tan grande, que la aparto enseguida. La miro a la cara, se me abren los ojos, mucho, y creo que por fin puedo hablar.

—¿Mi madre está muerta?

—Sí, Carolina —me dice con un tono triste—. Lo siento mucho.

—¿Y mi padre?

—Ya lo sabe, también.

—Quiero irme con mi padre —le digo, seria.

—Ahora mismo no puedes irte con tu padre, pero ya te he dicho que yo voy a estar aquí contigo, en todo momento.

—Pero yo quiero irme con mi padre —le digo alzando la voz un poco.

—No puedes irte con él.

—Pero ¿por qué no puedo irme con él? —le pregunto, poniéndome cada vez más nerviosa—. ¡Quiero irme con mi padre!

—Cálmate, por favor —me dice mientras coge un cable que cuelga al lado de mi cama, y aprieta un botoncito rojo.

—¡Quiero estar con mi padre! —comienzo a gritar, una y otra vez.

Aparecen dos médicos, uno me agarra y el otro me pincha algo. Sigo chillando hasta que me voy quedando sin fuerzas y me va entrando sueño.

***

Abro los ojos, y estoy en otra habitación diferente a la de antes. La mujer sigue ahí, a mi lado, tal y como me dijo. Verla ahí sentada me consuela un poco. Por lo menos ella no me ha dejado sola. No como mi padre, que todavía no lo he visto desde que me han dicho lo de mamá.

Mi madre está muerta.

—¿Te encuentras mejor? —me pregunta la mujer cuando ve que me he despertado.

Asiento con la cabeza, pero no me encuentro bien.

—¿Te acuerdas de cómo me llamo? —vuelvo a mover la cabeza. Esta vez para decirle que no—. Me llamo Susana, y no te voy a dejar sola.

Eso espero. No la conozco, pero es la única que ha estado conmigo todo el tiempo desde que me dijo eso en el colegio.

Mi madre está muerta.

—¿Cuándo me voy a ir a casa? —consigo preguntarle.

—De eso tenemos que hablar también.

Creo que no me va a gustar lo que me va a decir. Ha puesto casi la misma cara que puso cuando me dijo “eso”.

Mi madre está muerta… en mi cabeza solo resuena esa frase. Y… ¿dónde está mi padre?

—Cuando ya estés mejor y salgamos de aquí, te tengo que llevar a un sitio que no es tu casa.

—¿A dónde? —le pregunto con pena—. Yo quiero irme a casa con mi padre.

—Carolina, tu padre no está en la ciudad, así que no te puedes quedar en tu casa sola.

—¿No ha venido cuando se ha enterado de… “eso”? —le pregunto frunciendo el ceño, extrañada.

—No. Se fue esta mañana en avión, y no ha podido volver todavía.

—Pero vendrá ¿no?

—Claro que sí —me miente. Sé cuando alguien miente, como cuando lo hacía mamá al decirme que mi padre vendría pronto a casa.

—¿Y a dónde me vas a llevar?

—Te voy a llevar a una casa donde hay más niños de tu edad —me contesta con media sonrisa—. También los hay más grandes, y más pequeños.

—¿A un orfanato? —le pregunto algo enfadada.

—Por ahora, sí.

—Pero tengo a mi padre. Me puedo ir con él a casa cuando vuelva —le digo, asustada.

—Pero hasta que él no venga tienes que quedarte en ese sitio.

—¿No me puedo quedar contigo?

—Lo siento, Carolina, no puedes —me dice agarrándome la mano, otra vez.

—Entonces ¿me vas a dejar allí, y te vas?

No me dice nada. Se queda callada, y yo le suelto la mano enseguida.

—Carolina…

Me doy la vuelta, dándole la espalda, y aguanto las ganas de llorar.

—Carolina —vuelve a llamarme—. Puedes llorar todo lo que quieras. No has llorado desde que te he dicho…

—No lo digas —le interrumpo—, por favor.

Ya no puedo más, y rompo a llorar. Lloro tanto que me duele hasta el pecho y la garganta.

—Eso es, llora —escucho que me dice Susana de fondo. Mi llanto no me deja escuchar demasiado.

***

Me despiertan unas voces. Abro los ojos y veo a Susana hablando con un médico.

—Hola, Carolina —me dice el hombre con la bata blanca—, soy el doctor García, ¿cómo te encuentras?

—Cansada.

—Es normal después de lo que ha pasado —me afirma él—, pero te hemos hecho unas pruebas, y estás estupenda. Así que podrás irte.

—¿A mi casa?

—Ya sabes que eso no puede ser ahora mismo —me dice Susana.

—Aquí tiene el alta —le dice el doctor a Susana dándole un papel—. Me lo firma, y ya se pueden ir.

—Gracias, doctor, por todo.

Susana coge el papel, lo firma y se lo devuelve al hombre.

—Estamos aquí para lo que necesiten —le dice el doctor cuando coge el papel, y me mira—. Espero que te recuperes pronto, Carolina. Y siento mucho lo que te ha pasado.

No tengo ninguna herida, no me tienen que curar, aun así, noto un dolor en el pecho. Se lo digo al doctor antes de que se vaya, y me dice que eso es normal, y que tardará un tiempo en irse ese dolor, pero que tengo a Susana para ayudarme con eso.

No voy a tener a Susana. Ella me va a dejar en un orfanato.

***

Llegamos a un edificio muy grande y que parece muy antiguo. Es bonito, y también me da miedo. No sé con quiénes voy a estar, quiénes serán los niños, dónde voy a dormir…

—Vas a estar bien —me afirma Susana cuando bajo del coche.

—¿Seguro? —le pregunto asustada, sin apartar la vista del edificio.

—Te lo prometo. Las profesoras que hay aquí son muy buenas, y los niños y niñas también. Verás que al final te terminará gustando.

Suspiro, la miro un momento, y vuelvo a mirar al edificio.

—¿Estás preparada? —me pregunta ofreciéndome la mano para que entre con ella.

Se la agarro, echamos a andar, subimos unos cinco o seis escalones grandes, y entramos.

Me da la bienvenida una señora más mayor que Susana (la verdad es que no parece tan mala como se ven en las pelis), y damos un paseo por el edificio para enseñárnoslo.

Nos vamos encontrando a niños por el camino.

Todos me saludan sonriendo, y yo les saludo a ellos también, hasta llegar a sonreír un poco.

Terminamos de dar el paseo y llegamos de nuevo a la entrada.

—Ahora te tengo que dejar aquí ¿vale?, pero voy a estar viniendo todos los días a verte —me dice Susana cogiéndome de las manos.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Me da un fuerte abrazo y un beso en la cabeza. Me recuerda a los que me da mamá… Yo le devuelvo el abrazo, y casi lloro al verla salir por la puerta.

***

Susana no me mintió. Viene todos los días a verme.

Estoy contenta por eso, y porque se ha acordado de mi cumpleaños y me ha traído un libro como regalo.

Mis compañeros son muy buenos conmigo, pero no hemos celebrado mi cumple.

Las profesoras también son buenas, y la directora de aquí no da miedo como la de mi cole.

Ya no he vuelto a ir a ese colegio, estoy dando clases aquí, y me gusta.

Solo han pasado dos semanas después de “eso”, y todavía no he visto a mi padre.

Sigo echando de menos a mamá, todos los días, pero tengo que ser fuerte, como me decía ella.

***

Dos años después de la muerte

Qué pena da crecer y que la inocencia de los niños se convierta en maldad en los adolescentes.

Menos mal que mi madre me enseño muy bien a pasar de comentarios absurdos como los que suelen hacer aquí.

Los chicos no son tan malos, y son con los que paso un poco más de tiempo, cuando no estoy en mi cuarto o en la biblioteca. Pero las chicas… son malas… envidiosas…

***

Cuatro años después de la muerte

Estoy muy nerviosa. La directora ha hablado conmigo para decirme que hay una familia que quiere adoptarme.

Tengo ganas de conocerlos y, a la vez, tengo miedo.

Nunca he vivido en otro sitio que no fuera aquí, y en mi casa.

Aunque después de todo lo que me ha pasado, ya no veo aquel sitio como mi casa.

Me gustaría borrarla de mi memoria, pero solo las partes en las que estaba el capullo de mi padre.

No volví a saber nada de él. Ni si quiera una llamada, ninguna felicitación por los cuatro cumpleaños que he pasado aquí, encerrada.

La única persona que me los ha felicitado todos, y que me ha sacado para celebrarlo, ha sido Susana.

Aunque solo me llevara a tomar un helado, pero ha sido de agradecer.

***

Me despido de todos mis compañeros y de mis profesoras.

Entré aquí con diez años, y salgo con trece, aunque me falta poco para los catorce.

He estado poco tiempo comparado con muchos de los niños que se quedan aquí.

Echaré de menos a los que se portaron bien conmigo cuando llegué, y a los chicos que me han ayudado a sobrellevar todo esto, al resto…

por mí, se pueden ir al infierno. Susana ha venido a despedirse también de mí.

La voy a seguir viendo porque tiene que ver cómo me va con mi nueva familia, y porque me ha prometido que va a seguir llevándome a comer helado en cada cumpleaños, si es lo que yo quiero.

Por supuesto que quiero seguir celebrando así el día en que nací, ya que no lo puedo hacer con mi madre.

Mis padres adoptivos parecen buenos. Espero que lo sean, de verdad, y que no me abandonen, como hizo mi padre.