Siempre Tuyo Olvida que existo Carol #2
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Olvida que existo Carol #2

—Lo están, él y su padre. Solo hay que ver el edificio que tienen, que es donde llevamos a cabo las reuniones.

—¿Tienen un edificio solo de ellos?

—Sí… —suspiro—. Es irritante, aunque Héctor no tiene nada que ver con el hijo. Es una persona más seria, formal, educada y nada pretencioso.

—Vaya, veo que solo tienes buenos ojos para el padre —la escucho reírse detrás del probador—. Sabemos que es dueño del Furia , el Elíseo , el Paraíso y el Inferno , me falta el nombre de uno más y del que están a punto de abrir que, por cierto, ¿sabes que vamos a ir, no?

—Ni en sueños —le digo tajante—. El otro es el Euforia , y el nuevo que van a abrir no lo sé aún, pero se lo sonsacaré la siguiente vez que lo vea.

—Sí, por favor. Tenemos que tenerlos todos controlados. No se nos puede escapar ninguno.

Sonrío por los pensamientos locos de mi amiga, y me suena el móvil. Mierda, un WhatsApp, y no me gusta que sea él en estos momentos.

En el Inferno, en 45 min. «Señor X».

Lo que me faltaba. A ver cómo le digo yo ahora a Berta que tengo que irme. Bueno, es jueves, es creíble que tenga trabajo, aunque cabe la posibilidad de que me vaya a asesinar.

—Oye, me vas a matar, pero…

—¿Te tienes que ir? —me interrumpe desde dentro del probador.

—Sí —le digo suspirando—. Perdóname, por favor. Mi madre me reclama en el bufete.

—Vale, no te preocupes —me dice muy calmada, más de lo que yo pensaba—. Ahora pillo un taxi.

—No, no. Te espero y te llevo a la oficina.

—No, en serio, vete —me insiste.

—¿Seguro? —le pregunto extrañada.

—Yo todavía no he terminado —me dice asomando solo la cabecita por un lado del probador—, nos falta la ropa interior.

—Pero tengo que irme ya.

—Lo sé, por eso voy a encargarme de la tuya —me dice con cara pícara—. Sé tu talla, tus colores favoritos, cuales te pegan más, y cuáles menos… cariño, te conozco mejor que tú misma.

—Miedo me das —le digo levantado una ceja.

—Vete tranquila —me dice volviendo a meter la cabeza.

—Bueno, pero luego te hago una videollamada para ver qué es lo que me has comprado.

—Ni se te ocurra —me advierte—. Es una sorpresa.

—Vale, me rindo —suspiro—. Te quiero mil, idiota.

—Y yo a ti, zorra.

Tras despedirme de ella, voy hacia la caja, pago mi vestido y salgo de la tienda en busca de mi coche para ponerme en camino hacia el Inferno .

Voy conduciendo muy cabreada porque no me puedo creer que me avise a las cinco de la tarde, un jueves.

Esto debería ser cosa de los fines de semana y que ahora me venga con estas… no me lo explico.

Llego a la parte trasera, y aparco mi coche allí. El seguridad me abre la puerta, le saludo y entro. Ya me había avisado que cada vez que fuera, dejara mi coche en esta parte, y entrara por esta puerta.

Subo hasta el tercer piso, y llamo a la habitación número 63. Se escucha un click, y se abre sola. Sigo flipando con la tecnología que hay en este sitio. Entro y cierro enseguida, y lo veo sentado detrás del escritorio, con todo a oscuras (como no).

—¿En serio? —le pregunto sin esperar un segundo más—. ¿Un jueves?

—En el acuerdo no pone ningún día en concreto, solo que tienes que venir cuando yo te lo diga —me dice calmado.

—Vale, pero estaba con una amiga y…

—¿Y? —me interrumpe—. Cuando yo quiera ¿lo recuerdas?

—Estás siendo un capullo.

—Y te encanta.

Me quedo callada porque en parte tiene razón.

Ya solo con la adrenalina que he sentido al leer su mensaje y tener que venir corriendo porque me necesita, tengo el tanga mojado.

Se levanta y se acerca a mí. Me acaricia la mejilla con el dorso de la mano y me desliza un mechón de pelo detrás de la oreja.

Este gesto me lo ha hecho ya alguna que otra vez y, por cierto, no es el único hombre que me lo ha hecho.

—He tenido un mal día, y llevo una semana jodida —me confiesa en voz baja.

—Y ahora quieres joderme tú a mí ¿verdad?

—Me encanta que seas tan borde y tan directa —me dice pasándome el dedo pulgar por el labio inferior.

—No te gustara tanto cuando me canse de esta situación y te mande a la mierda —le digo apartándole la mano.

Nada más hacerle eso, me agarra con una mano del pelo, y la otra me la pone en el cuello.

—Dime que lo que acabas de decirme es un arrebato, y que no me vas a mandar a la mierda —me dice apretándome cada vez un poco más el cuello.

No puedo contestarle, me está dejando casi sin oxígeno, y no me salen las palabras no solo por eso, sino por la cachonda que me tiene.

Le cojo la muñeca de la mano que me tiene agarrando el cuello, se la aparto, le beso y él no se opone.

Lo escucho que gime de placer. Me suelta el pelo y me coge con ambas manos del culo para auparme y colocarme sobre su cintura a horcajadas.

Me lleva en peso hasta la cama, sin dejar de besarme, y me tira bocarriba en ella.

Me quita el pantalón, y luego se quita el suyo.

Se pone encima mía y vuelve a besarme mientras se busca el miembro y me lo coloca en la entrada de mi sexo.

—Dime que no me vas a mandar a la mierda —me dice parando de besarme un momento.

—Primero confiésame que me necesitas, y que por eso no quieres que te mande a la mierda —le desafío.

No me contesta, asesta contra mí y me lo mete de un solo empellón.

No puedo evitar soltar un grito porque me ha dolido y, a la vez, me ha gustado.

Menos mal que estoy empapada y ha entrado con facilidad, sino le hubiera dado un puñetazo por habérmela metido así.

Empieza a arremeter contra mí, fuerte, con ganas y yo diría que hasta con desesperación.

Los dos gemimos al unísono, y nuestros cuerpo empiezan a sudar.

No me he quitado la parte de arriba, ni él tampoco, pero me da igual, y a él parece que tampoco le importa mucho.

Las estocadas van aumentando de velocidad y sus gemidos son más intensos.

¿Va a correrse ya? Pues sí… En menos de cinco minutos, se ha corrido.

Se queda un momento recobrando el aliento, y enseguida sale de mí.

Se agacha, coge sus pantalones y se los pone. ¿Perdona?

—¿Te acabas de desahogar conmigo, y me dejas a mí a medias? —le pregunto perpleja, y cabreada. Muy cabreada.

—La próxima vez, no cuestiones nada de lo que hago —me dice mientras se abrocha el pantalón—, y ten un poco de educación. No contestes a mis preguntas con otra pregunta.

—¡Que te jodan! —le grito mientras me agacho para coger mis pantalones, y aguantando las ganas de llorar. No quiero llorar por pena o porque me duela lo que me ha hecho, quiero llorar de impotencia.

—Lo acabas de hacer tú —me dice tan tranquilo, dirigiéndose de nuevo hacia el escritorio.

—Maldito el momento en que puse un pie en este puto sitio.

—Maldice las veces que quieras, pero recuerda que tenemos un acuerdo, y que no lo puedes romper.

—¿Y si lo rompo? —le pregunto con tono severo, mientras termino de coger mis cosas y me voy hace la puerta.

—Atente a las consecuencias.

—¿Vuelves a amenazarme?

—Yo no…

—Sí, ya, tú no amenazas, solo adviertes —le interrumpo de mala gana.

—Ves, ya me vas conociendo un poco.

—Que te jodan, puto “Señor X”, y que no sea yo —le digo abriendo la puerta—. No vuelvas a llamarme en tu puta vida. Borra mi número, y olvida que existo.

No le dejo que me conteste, y salgo de allí dando un portazo.

Bajo las escaleras corriendo y aguantando las ganas de llorar, por lo menos hasta llegar a mi coche.

Paso por al lado del seguridad sin decirle adiós, me subo a mi coche y me da igual en estos momentos los neumáticos.

Arranco, doy marcha atrás y salgo quemando ruedas.

Ya no puedo aguantar más, y las lágrimas se me van derramando, una por una, por las mejillas mientras conduzco. Ese imbécil no tiene ni idea de con quién ha dado.