Siempre Tuyo Olvida que existo Carol
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Olvida que existo Carol

Olvida que existo

Carol

Presente

Le pido al camarero un vaso de agua con hielo y una rodajita de limón mientras espero a que llegue Berta. Llega tarde, como no, pero no puedo echarle la bronca esta vez porque he estado muy desaparecida, y sé que esta comida la ha organizado para echármelo en cara, y atiborrarme a preguntas.

Cuando me llega el vaso de agua, entra ella por la puerta, tan bien vestida como siempre.

Lleva un vestido con tonos marrones oscuros, un color que se asemeja a esta época del año, con las hojas de los árboles caídas en el suelo.

Aunque ya va haciendo frío y lleva en el brazo colgado un jersey beige.

Llega a la mesa, deja el bolso en la silla de al lado, y se sienta enfrente mía con cara de pocos amigos.

—¿Cómo te ha ido la semana? —prefiero empezar yo.

—De maravilla —me contesta con una sonrisa falsa—. Gracias por preocuparte por mí después de dos putas semanas sin preguntarme y sin vernos.

—Vale, lo siento —ya empieza—, pero he tenido un montón de trabajo.

—Siempre la misma excusa, Carol —me dice algo menos cabreada—, pero estos días te estás pasando.

—Es que con esto de que mi madre me pasa el marrón de la empresa de…

—Cinco minutos, Carolina… ¿no has tenido cinco putos minutos para llamarme? —me interrumpe con el ceño fruncido—. Ya no te pido que me preguntes por mí, sino para saber de ti, joder.

—Lo sé, no tengo perdón —le digo suspirando y buscando al camarero para pedirle ya algo de comer. Entre la bronca que me estoy llevando, y el hambre, soy una bomba de relojería en estos momentos.

—¿Qué te pasa, Carol? —me pregunta preocupada.

—No me pasa nada, Berta; solo es eso, de verdad —no puedo creerme que le esté mintiendo en la puta cara a mi mejor amiga, pero no puedo contarle nada de lo del Inferno y el “señor X”.

—Pero es que no lo entiendo —sigue insistiendo—, es cierto que hay momentos en los que tienes mucho trabajo y que no nos hemos visto en dos o tres semanas, pero por lo menos estábamos en contacto.

—Sí, lo sé, pero esta vez ha sido diferente. Todo el lío de ser la abogada sustituta de Gabriel, la reunión que tuvimos, y todo lo que conlleva, me está trayendo de cabeza.

—Espera un momento, ¿cómo que eres la abogada sustituta de Gabriel?

—Te lo he intentado decir al principio de la conversación y no me has dejado terminar.

—Abogada de Gabriel… ¿Cuándo ha sido eso? —me pregunta con los ojos como platos—. Joder, Carolina, estas cosas me las tienes que contar justo después de que pasen.

—Hace tres días, y no fue nada agradable —le digo intentado restarle importancia.

—No te creo. Todo lo que tenga que ver con Gabriel Dubois, y contigo, tiene mucha importancia, y toda mi atención —me dice cruzándose las manos y poniéndoselas en la barbilla—. Cuéntame todos los detalles, tengo que analizarlos uno por uno.

—La abogada soy yo y, por consiguiente, quien analiza los datos.

—Déjate de rollos y cuéntame lo interesante de verdad.

—No hay nada que contar —hago una pausa para pedirle al camarero una ensalada para Berta, y un chuletón de ternera para mí. Como veo que sigue sin apartar la vista de mí, y callada, me siento en la obligación de contarle la reunión.

—Solo estuvimos hablando de las cuentas de uno de sus locales.

—¿Cuál? —me interrumpe.

—El Paraíso .

—¡No me jodas! —brama alucinada.

—Baja la voz, idiota —le digo mirando alrededor—, nos acaba de mirar medio el restaurante.

—¿Qué ha pasado en el Paraíso ? —me pregunta con un tono de voz algo más bajo.

—Un fallo con la seguridad.

—¿Qué fallo?

—Berta, soy abogada, no detective.

—Y como su abogada tendrás que estar al tanto de todo ¿no?

—Por lo que pude leer en los papeles, uno de los que trabajan como seguridad del local, ha estado metiendo gente sin que estuvieran en las listas.

—¿En serio?

—Sí, pero Gabriel no nos dejó decir, ni hacer nada. Dijo que él se encargaría.

Se queda un momento en silencio, pensativa. Me da miedo lo que se le puede estar pasando por esa cabecita. Nada bueno, seguro.

—Todavía no entiendo una cosa —me dice entrecerrando los ojos.

—¿El qué?

—¿Por qué te resistes tanto en admitir que te gusta?

—No empieces con esa tontería otra vez.

—Vale, niégatelo las veces que quieras, pero las dos sabemos que estás loquita por sus huesos.

—Calla, y come —le digo señalando el plato que nos ha traído hace un momento el camarero.

Se encoge de hombros, y se pone a devorar la ensalada. Quiere hacernos creer a todos que lleva una vida saludable y que se cuida, pero le encanta comer, y sé que ahora mismo me quitaría el plato y se lo comería en dos bocados.

Continuamos comiendo y charlando de cosas más normales y tranquilas.

Me cuenta que esta semana empieza un nuevo proyecto, y que a lo mejor, esta vez, va a ser ella la desaparecida, porque el trabajo que le han encargado es el de una casa muy grande, y de alguien importante, por lo que le han dicho, aunque no sabe quién es.

Dice que eso la tiene muy intrigada, y me lo imagino, con lo cotilla que es…

—Entonces, si vas a estar tan ocupada, no vas a poder acompañarme este sábado a un evento ¿no? —le digo mientras me limpio la boca con la servilleta.

—¡Noooooo! —brama otra vez.

—¿Podrías dejar de gritar, por favor? —le digo tapeándome la cara de vergüenza.

—Carolina Hidalgo ¿podrías pedírmelo formalmente, por favor? —me dice haciéndose la interesante.

—Berta DeCastro ¿tendría usted la amabilidad, y el placer, de acompañarme a un puto evento de lo más aburrido?

—¡Síííííí! —exclama dando saltitos en la silla.

Esta mujer no es ni medio normal, pero la tengo que querer.

—Esto se merece una celebración —me dice mientras avisa al camarero para que nos traiga la cuenta.

—No me apetece ir de fiesta, te aviso.

—No es eso. Me refería a otra cosa —me dice moviendo las cejas.

Me río y no le pregunto qué es lo que quiere hacer, prefiero dejarme guiar, y que haga conmigo lo que quiera.

Se lo debo a modo de disculpa por haber desaparecido, y porque me siento la peor amiga del mundo por ocultarle una parte de lo que está sucediendo en mi vida.

Me he tenido que morder la lengua un par de veces para no contárselo.

Ardo en deseos por soltarle todo, pero no puedo.

La conozco, y sé que no va a estar conforme con lo que estoy haciendo, aunque es mi vida y puedo hacer lo que quiera, pero respeto mucho su opinión, y a ella.

Además, se echaría toda la culpa al haberme visto “obligada” al acceder al trato con el “Señor X” para que su amigo no se liara más con ella.

Pago yo la comida como parte de mi disculpa, cogemos las cosas y salimos del restaurante.

Ella tiene su oficina cerca, así que no le ha hecho falta coger el coche para venir al restaurante.

Siempre solemos venir al mismo porque le pilla cerca, y a mí no me importa desplazarme a donde sea.

Llegamos a mi amado y preciado Audi, y se pone a esperar en mi puerta.

Mierda. Ya viene el chantaje. Le tiro las llaves, y las coge al vuelo con una sonrisa de oreja a oreja.

Otra parte de mi disculpa. La última que queda es la celebración que ha dicho.

Arranca y le pido que no salga quemando ruedas.

Menos mal que me hace caso, tengo los neumáticos un poco gastados y tengo que cambiarlos, pero con todo el lío que tengo, no me da tiempo de ir a llevarlo al taller.

Pone la música a tope, baja las ventanillas, y cuando empieza a conducir, voy calculando hacia donde vamos.

Llegamos a una de las calles de la ciudad donde está abarrotada de tiendas de ropa, y aparca mi coche en el primer sitio que ve, con una dulzura que no pensaba que tendría (para lo bruta que siempre suele ser).

—Digo yo que para un buen evento, se necesita una buena indumentaria —me dice sonriendo.

—Tengo muchos vestidos, ya lo sabes.

—Sí, y no hace falta que me lo restriegues por la cara, zorra —me dice con cariño, y entrecerrando los ojos—, pero quiero que esta vez llevemos algo nuevo, las dos.

—Me parece perfecto —le digo sonriendo mientras salimos del coche.

Empezamos a entrar en las tiendas, una por una, y mirando todos los vestidos de fiesta posibles, zapatos, bolsos y todo lo necesario. Quiere que lo estrenemos todo, hasta la ropa interior.

—¿Qué te parece este? —me dice mirándose al espejo del probador, y con la cara llena de ilusión.

—Me parece que te lo tienes que llevar, de inmediato —es un vestido largo, verde, con un escote por la espalda, ceñido y que le pega con su melena rubia—, y con un recogido que te haga mi madre o Asia, vas a estar impresionante.

—Aún no te he perdonado, pero estás cerca, idiota—me dice con los ojos vidriosos, y me da un abrazo. Al verla y sentirla, me da una punzada en el estómago cuando me vuelve a la mente lo que le estoy ocultando.

—Siempre voy a poder confiar en ti ¿verdad? —le digo apartándome un poco y mirándola a los ojos.

—¿A qué viene esa pregunta? —me dice arrugando la nariz—. Claro que sí, y no vuelvas a preguntarlo.

Le sonrío, y vuelvo a abrazarla. He estado a punto de contárselo, pero no es el momento. Primero necesito tiempo para terminar de asimilarlo yo misma, y prepararme mentalmente para contárselo.

—¿Seguro que estás bien? —vuelve a preguntarme algo preocupada.

—Sí, sí. Es que este momento me ha hecho aflorar un poco los sentimientos.

—¿Carolina? —pregunta mirando alrededor mía—. Por favor ¿podría alguien buscar a mi mejor amiga?

—No seas gilipollas —le digo dándole un empujón.

Nos echamos a reír, y cierra el probador para quitarse el vestido.

Yo ya me he decidido por uno antes que ella, suelo ser de las que llegan, y pegan.

No me gusta desperdiciar tanto tiempo en buscar ropa, pero como me tiene que perdonar, no me ha quedado de otra que esperar a que se decidiera por uno.

Me siento fuera a esperarla mientras ella empieza con el interrogatorio que estaba esperando.

—Oye ¿y cuántos locales tiene Gabriel?

—En total, cinco, y están ahora con la apertura de uno nuevo.

—Joder, tiene que estar forrado.