¿Quién es? Gabriel #2
—Puedes fiarte de mí. No voy a cometer ningún delito en las instalaciones de tu padre.
—Me fío de ti —le digo mientras me agacho y pongo mis labios pegados a su oreja—, del que no me fio es de mí.
Deja de escribir por un momento, y escucho que la respiración se le acelera.
—¿Y por qué no te fías de ti? —no me equivocaba. Tiene ganas de jugar.
—Porque sé que ahora mismo no hay nadie en esta planta, y podría hacer lo que quisiera contigo —le susurro.
—¿Y qué me harías? —me susurra ella también, gira la cabeza y deja sus labios a centímetros de los míos.
—¿De verdad quieres saberlo, princesita? —le rozo los labios con los míos, levemente.
—Ilumíname.
—Te cogería en peso, te tiraría encima de esta mesa y te follaría hasta reventarte y que quedaras exhausta.
—Interesante… pero ¿sabes qué pasa?
—Ilumíname —le respondo con la misma palabra que ha utilizado ella.
—Que siento decirte que ya tengo un pequeño compromiso con una persona —aleja su cara de la mía, cierra la carpeta y se levanta. Pero antes de que se vaya, la cojo por el brazo y la acerco a mí.
—¿Carolina Hidalgo tiene novio?
—Carolina Hidalgo nunca tiene, ni tendrá novio. ¿Son celos lo que noto, Gabriel?
—Curiosidad —le digo soltándola del brazo y encogiéndome de hombros.
—Tenga cuidado, señor Dubois —me dice dirigiéndose hacia la puerta, y antes de salir, se gira para mirarme—, la curiosidad mató al gato.
Me guiña un ojo, y se va.
Joder. ¿Cómo me puede poner tanto una niñata mimada? ¿Y cómo puede rechazarme alguien, cuando nunca nadie lo había hecho antes?
Y ahora, a aguantar a Dante…
Llego al Paraíso , aparco el Mercedes porque no he querido pasarme por mi casa para cambiarlo por el Lamborghini, y voy directo al despacho.
Como bien le dije a Dante, allí está el mierdecilla que se está aprovechando de la seguridad de mi local para meter a gente que no debería de meter, y llevarse un dinerito extra.
—Con que tú eres el que está haciendo lo que le sale de los cojones en mi local, perdón, me corrijo… en nuestro local —le digo poniéndome a su lado y señalando a Dante.
—No sé de qué me está hablando, señor Dubois —me dice con la voz temblorosa.
—Todos sabemos de lo que estoy hablando, y tú el primero —le pongo una mano en el hombro, y se encoge con ese simple contacto—, así que vamos a ahorrarnos lo típico de: yo no sé nada, no sé de lo que habla, yo no he sido , y blah, blah, blah.
Le quito la mano del hombro, le doy la vuelta al escritorio y abro uno de los cajones. Saco la navaja que tengo ahí guardada, y me pongo a jugar con ella entre los dedos. Al tipo se le cambia el color de la cara a blanco glaciar, abre los ojos como platos y se pone más tieso que un palo.
—Tienes dos opciones: me dices la verdad y no sufres, o la segunda opción, que no creo que te guste tanto como la primera.
Dante se da la vuelta y se sienta en el sofá. Cuando me pongo así, él prefiere no participar, aunque tampoco es que ponga tierra de por medio.
—La decisión es solo tuya —le digo apoyándome en el borde del escritorio.
—La paciencia no es una de sus virtudes —dice Dante de fondo para animarlo a que hable.
—Vale, vale —dice asustado—. Si lo cuento todo…
—Te prometo que no sufrirás —le digo con una mano levantada—, y mi palabra vale oro ¿no es cierto, Dante?
—Así es —contesta él, suspirando.
—Es cierto —dice el seguridad.
—¿Podrías ser más específico, por favor? —le pregunto entrecerrando los ojos.
—Todo es cierto —empieza a explicarse—. Yo he sido quien ha estado metiendo a gente que no estaban en las listas de invitados.
—¿Y por qué has hecho eso? —le pregunto rascándome la barbilla con el filo de la navaja.
—Porque me pagaban bastante dinero por meterlos.
—Es decir, que lo has hecho por dinero ¿no?
—S-sí… —responde tartamudeando.
—Y si tenías problemas de dinero ¿por qué no nos lo hiciste saber, a Dante o a mí?
—él se encoge de hombros, pero no dejo que conteste—.
Todo el mundo sabe, perfectamente, que si algún empleado tiene problemas de dinero, y nosotros corroboramos que es cierto, hacemos todo lo posible por poner remedio ¿o no es así, Dante?
—Correcto —contesta mi amigo.
—Lo siento mucho, señor Dubois —me dice casi con las lágrimas saltadas—. Le juro que no va a volver a ocurrir.
—De eso estoy más que convencido.
—¿Puedo irme ya? —me pregunta con la voz temblorosa y con un haz de esperanza.
—Claro que sí, amigo —le digo sonriente— pero antes, me gustaría que nos acompañases a un sitio.
El seguridad mira a Dante, luego me mira a mí, y asiente temeroso. Lo cojo por el hombro y lo llevo hasta la salida.
—Id vosotros, yo tengo que terminar unos papeleos —me dice mi amigo.
—¿No quieres venir con nosotros? —Dante me mira y me niega con la cabeza—. Bueno, tú te lo pierdes…
Salimos del despacho y bajamos las escaleras hasta llegar a la puerta del sótano.
—¿A dónde vamos, señor? —me pregunta el joven seguridad muerto de miedo.
—¿Nunca has visitado los sótanos del Paraíso ? —le digo haciéndome el asombrado—. Son súper famosos, y se hacen cosas que nunca se verían en otros sitios.
El seguridad traga saliva, y hasta casi me da pena, pero no puedo permitir que se salten las reglas así porque sí, y menos en mi puta cara. Abro la puerta, y le invito a pasar a él primero. En medio hay una silla, y arriba una bombilla encendida que cuelga de un solo cable.
—Señor, por favor —empieza a suplicar cuando ya se huele el porqué está aquí—. Me ha dicho que no sufriría si le contaba todo.
—Y por supuesto que no vas a sufrir —me saco la pistola de la parte trasera del pantalón, y se la pongo pegada a la frente.
Este empieza a llorar y a suplicar de mil maneras posibles.
—Si no me lo hubieras contado, hubiera sido peor —le digo mientras cargo la pistola—, te hubiera cortado cada miembro del cuerpo, despacio, y se lo hubiera dado de comer a los perros delante de tus propias narices, como has hecho tú jugándomela delante de las mías.
No le doy tiempo a decir nada más cuando ya he apretado el gatillo. Su cuerpo cae inerte en el suelo, desparramando sangre alrededor de su cabeza. Me saco un pañuelo del bolsillo y limpio el cañón de la pistola con tranquilidad.
—Algún día aprenderán a acatar mis órdenes —le digo al gorila que tengo esperando en la puerta—. Ya sabes lo que tenéis que hacer.
—Sí, señor —me contesta Alexéi, el encargado de limpiar los desastres que voy dejando en el sótano.