Siempre Tuyo ¿Quién es? Gabriel
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¿Quién es? Gabriel

¿Quién es?

Gabriel

Presente

Lo que menos ganas tengo de hacer hoy es reunirme con mi padre, el abogado de su empresa, y con Claudio y su mujer, que es la abogada de la suya, y de la mía.

Mi padre no quiere que mi abogado sea el mismo que el suyo, aunque sí que fue mi inversor cuando abrí mi primer local, y desde entonces, es él quien lleva las cuentas junto con Dante.

Mi socio está de acuerdo con eso, y de todas formas, no puede poner pegas porque nos conocemos desde niños, y se quedaría sin trabajo al instante.

Así que mi amigo y yo estamos asociados con mi padre, y como él y Claudio son socios también, Iria se ofreció para ser mi abogada, y yo acepté encantado.

Es una de las mejores abogadas de la ciudad, y casi del país, y una bellísima persona.

¿Qué quiere decir con esto? Que los padres de Carolina conocen mi empresa, y de ahí a que su padre le advirtiera sobre mí, y que quiera mantenerla alejada, y lo entiendo.

Aunque me hace gracia lo escondida que tiene Carolina su vida real, y que nadie sepa nada de ello.

Hay que reconocerlo, es muy buena ocultando cosas y engañando.

Por fin me levanto de la cama, me doy una ducha y me preparo un café solo para terminar de espabilarme.

Vamos a revisar las cuentas, y cada vez que hacemos esto, me entran ganas de pegarme un tiro mientras ellos hablan y hablan.

Hasta el momento en el que dicen que algo no va bien, y entonces tengo que intervenir, aunque ellos no saben cuál es nuestra manera de “intervención”.

Dante también viene a estas reuniones, pero a diferencia de mí, él sí se involucra más en sus conversaciones.

Él es más de papeleos. Yo soy más de acción, y todo el que nos conoce, lo sabe a la perfección.

Para estas reuniones no me suelo vestir tan formal. Me pongo unos vaqueros, una camisa negra con el botón del cuello desabrochado, y me peino la media melena hacia atrás. Tengo una barba de tres días, y no me apetece rasurármela. Distinto sería si fuera a un evento. Para esto, voy perfecto.

Me echo un poco del único perfume que tengo, y me miro al espejo de mi vestidor un momento antes de elegir el reloj que voy a ponerme.

Hoy tengo ganas de llevar el Rolex dorado con la correa negra, a conjunto con la camisa.

Salgo del vestidor, bajo las escaleras hasta el recibidor, cojo la cartera, el móvil y las llaves del Mercedes, y me mentalizo por el camino para aguantar la chapa que me espera.

Llego al edificio de mi padre y aparco en el reservado que tengo. No soy el único con un aparcamiento para mí. Cada uno tenemos uno, y ya están todos los coches allí, menos el de Claudio. Qué raro. Siempre soy el último en llegar.

—Increíble, pero cierto —me halaga Dante—. No has llegado el último.

Cuando se pone así de pedante, lo mataría con mis propias manos. Luego recuerdo que es mi mejor amigo, y se me pasa.

—Lo bueno siempre se hace esperar —le digo mientras voy hacia mi asiento.

—Pues hoy no eres tú —me contesta mi padre—. Claudio me ha llamado, que empecemos sin él porque le ha surgido un improvisto de última hora.

—¿No va a venir? —pregunta Dante.

—Sí, sí —confirma mi padre—, pero va a tardar un poco.

Dicho eso, abrimos todos los portafolios que tenemos en la mesa, enfrente de cada uno, y el abogado de mi padre comienza con su verborrea habitual, y yo, inmediatamente, desconecto.

Me pongo a mirar por la ventana, hasta que escucho la puerta de la sala de reuniones abrirse, pero no me vuelvo porque intuyo que son Claudio e Iria los que acaban de llegar.

—Perdonad la tardanza —escucho decir a Claudio—, mi mujer ha tenido un caso importante de última hora y no ha podido venir. En su lugar, ha venido mi hija, no os importa ¿verdad?

Al escucharlo, no puedo evitar girar la cara de inmediato, y me quedo mirando a Carolina con los ojos como platos.

—En absoluto —contesta mi padre—. Es un placer tenerte aquí, Carolina. Tu reputación te precede.

—Muchas gracias, Héctor —le responde ella con una sonrisa perfecta.

Escucho como Dante carraspea, y me saca de mi embobamiento. Lo miro con los ojos entrecerrados, y él me mira, aguantado la risa y negando disimuladamente con la cabeza.

—Ni una palabra —le susurro, ya que lo tengo a mi derecha, a lo que me contesta cerrándose la boca con una cremallera imaginaria.

—Bueno, ¿empezamos? —dice el abogado de mi padre.

Todos se ponen a hablar, pero yo no consigo coger el hilo de la conversación, aunque parezca que me estoy enterando de todo.

Solo tengo ojos y pensamientos para una persona en la sala.

¿Cómo puede estar tan sexi con ese vestido?

Joder. Echaba ahora mismo a todos los presentes, y me la follaba aquí mismo, encima de la mesa de juntas.

—¿Os importa que habrá un poco la ventana? —interrumpo de repente.

—¿Tienes calor, Gabriel? —me pregunta Dante con sorna.

—Por mí puedes abrirla —dice Claudio mirando al resto, que asienten extrañados por mi repentina interrupción.

Mi padre me clava la mirada porque sabe que no estoy atendiendo en absoluto, y eso le quema por dentro.

No entiende como he conseguido todo lo que tengo siendo tan pasota, y lo que no tiene ni idea es que no solo se consiguen las cosas con inteligencia, sino con fuerza y miedo.

Dante es la inteligencia, y yo la fuerza.

Con esto no quiero decir que no sea inteligente, pero sí que me da pereza todo el rollo de hablar y de papeleos.

Me siento de nuevo después de abrir la ventana y, sorpresa, sorpresa…

pillo a Carolina apartando la vista enseguida.

¿Me estaba mirando el culo? ¿La princesita quiere jugar?

Hasta entonces estaba intentando no mirarla, o hacerlo con disimulo, pero ahora no pienso cortarme hasta que se de cuenta.

Quiero hacerla sentir incómoda. La miro fijamente, no sin echar un vistazo de vez en cuando al resto, sobre todo a su padre, y asentir en algún que otro momento haciendo como el que me interesa toda la mierda de la que hablan.

Segunda vez que la pillo. Cuando se da cuenta que la estoy mirando, aparta enseguida la mirada y noto que se le ruborizan las mejillas.

Tengo que aguantar las ganas de sonreír, más que nada porque tengo a mi lado al mayor cotilla que conozco.

Siguen hablando, ella incluida, y al poco…

tercera pillada. Se mueve incómoda en su asiento y se frota el cuello con la mano.

Con ese simple gesto, me la acaba de poner dura.

Maldita niñata mimada. Necesito bajar la inflamación que va creciendo en mi entrepierna, e intento parar un poco el juego y concentrarme en lo que hablan.

Para una vez que estoy atento, me entero que la seguridad del Paraíso está flaqueando, o eso le ha llegado a los oídos al abogado de mi padre, y veo que Dante asiente.

—Un momento —interrumpo, y todos me miran—. Me estoy enterando de esto ahora mismo, no se me ha informado antes y ¿tú ya lo sabías?

Miro a Dante, y él intenta aguantarme la mirada, pero no dura ni dos segundos cuando se pone a buscar algo en sus papeles. Cuando da con lo que estaba buscando, me lo pone por delante.

—Te lo dije hace una semana, pero me dijiste que tenías otros asuntos que resolver —me dice con una ceja levantada.

Sí, seguro que se está refiriendo a que tenía que follarme a alguien, que es por lo que normalmente lo suelo ignorar. Mierda. Tengo que prestarle más atención a partir de ahora.

—Deberías preocuparte un poco más por lo que pasa en tus locales, hijo —me reprende con buen tacto mi padre. Conoce al dedillo mi carácter, y sabe que no tiene que hacerme enfadar.

—Lo sé, no hace falta que vengas tú a decirme cómo llevar mis locales —le contesto de mala gana—. ¿Quién es?

—No te preocupes, Gabriel —me dice el abogado de mi padre—. Nos ocuparemos de todo.

—Dime el nombre —le exijo, clavándole la mirada, y apretando la mandíbula del cabreo que llevo.

Dante me señala con el dedo una parte del papel que me ha pasado hace un momento y leo el nombre.

—Me ocuparé yo —digo tajante.

—Gabriel… —me advierte mi padre.

—Ni Gabriel, ni hostias —digo alzando un poco la voz—. ¿Quién es el dueño?

—Tú, y Dante es tu socio, que no se te olvide —me contesta mi padre.

—Lo sé, y él está de acuerdo en casi todo lo que llevo a cabo —lo miro con una ceja levantada—, ¿o no?

Dante asiente sin decir ni mu.

—Perfecto —doblo el papel y me lo meto en el bolsillo trasero de mi pantalón—. ¿Algo más que aclarar?

Todos se miran unos a otros sin saber qué decir.

—Pues queda concluida la reunión —les digo señalando la puerta.

Todos se van levantando y recogiendo sus papeles, menos Carolina, que sigue sentada y escribiendo algo.

—¿Nos vemos luego en el Paraíso ? —me susurra Dante.

—Sí. Y cuando llegue, quiero a ese tío esperándome en el despacho.

—Hecho —me dice poniéndome una mano en el hombro. Mira a Carolina, y vuelve a mirarme con media sonrisa—. A por ella, tigre.

Niego con la cabeza a la vez que le sonrío.

El hijo de puta me conoce mejor que yo mismo.

Sabe que Carolina me desconcierta y me gusta a partes iguales, y que nunca me había pasado con ninguna otra tía.

Todos empiezan a salir, y veo que Claudio se agacha para decirle algo a su hija en el oído, le da un beso en la cabeza, ella le dedica una sonrisa, y él se va, no sin antes dedicarme una mirada que nunca antes me había echado.

Yo diría que entre desafiante, y de: te corto las pelotas, cabrón, como le hagas algo a mi hija.

Ella sigue con la mirada puesta en sus papeles y escribiendo, y yo no puedo dejar de mirarla.

—He dicho que la reunión ha terminado —le digo sin levantarme de mi asiento.

—Te he escuchado y, si no te importa, quiero terminar una cosa, y ya me voy —me dice sin levantar la vista—. No te preocupes, no te robaré más de cinco minutos de tu valiosa vida.

Me encanta cuando me desafía. Me levanto y me pongo de pie junto a ella.

—¿Vas a quedarte ahí hasta que termine?

—Puede…