Siempre Tuyo Aquella noche Carol #2
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Aquella noche Carol #2

Nada más verme hacer ese gesto, se ríe entre dientes y empieza a bajar la mano que tiene en mi vientre.

Sus dedos se van abriendo camino entre mi tanga negro y mi piel, hasta que llegan a rozarme el clítoris.

Me sale un suspiro, y lo agarro del pelo.

Sigue pegado a mi espalda, los dos mirando hacia el espejo, y noto como su erección aumenta en cuestión de segundos. Dios.Mío.

—Me gusta que estés así de mojada para mí —me dice besándome el cuello, lamiéndolo.

Empieza a frotar su mano contra mi sexo, y luego a meter poco a poco un dedo, luego dos.

Los mete y los saca con ganas y de manera muy sensual, muy suave, y yo intento aguantar los gemidos, que quieren liberarse por mi garganta, para que nadie me escuche y que no interrumpan este momento.

Creo que voy a correrme de un momento a otro, cuando saca los dedos, quita la mano de ahí y me introduce sus dedos en mi boca.

—¿Cómo sabe el placer, Carolina?

Me da la vuelta, me pone de cara a él y me besa. Un beso lento y apasionado. Nuestras lenguas se enzarzan en un guerra cruzada de la que no quiero que gane ninguno.

—¿Esto es lo que querías? —me pregunta cuando separa su boca de la mía.

Le asiento, aparto la única mano con la que estoy agarrando mi vestido para que no se caiga al suelo, y lo abrazo a él por encima del cuello. El vestido cae al suelo, y me quedo vestida solo con el tanga negro. Gabriel me aparta la cabeza un lado y me observa a través del espejo.

—Tienes un culo increíble ¿lo sabías? —pero no le puedo contestar. Solo le dedico una sonrisa de idiota.

—No me has contestado.

Frunzo el ceño, y lo miro a los ojos, seria.

—¿Esto es lo que quieres?

No sé porqué, pero no me salen las palabras, solo puedo asentirle de nuevo.

—Quiero que me lo digas tú —me exige con una ceja levantada.

—Quiero que me beses —consigo decir en apenas un susurro.

—¿Qué más quieres?

—Que me toques.

—¿Cómo lo he hecho ahora?

—Sí.

—¿Y qué más quieres de mí, Carolina? —sigue insistiendo.

—Quiero que me folles, Gabriel —le digo ensimismada, como si estuviera en trance.

—Eso era lo que quería escuchar, ratita —me confirma, dejando ver una minúscula sonrisa triunfante.

Me vuelve a besar, me coge del culo, me aupa en brazos, y yo le rodeo la cintura con mis piernas. Me lleva hasta mi cama, me deja caer en ella y se queda mirándome unos segundos con cara de deseo. Se pone de rodillas encima mía. Vuelve a besarme y para un momento para mirarme a los ojos.

—Y ahora que me has confesado que quieres que te folle, creo que es el momento de dejarte yo a ti con las ganas.

—¡¿Cómo?! —le digo saliendo del ensimismamiento.

—Aquella noche, en casa de mi amigo Dante ¿la recuerdas? —como ve que me quedo callada, él prosigue—. Me dejaste con las ganas, y es hora de devolverte la putada.

—Estás de coña.

—No, querida, estoy hablando muy en serio —dice sonriendo, pero es una sonrisa llena de malicia. Se levanta y se va hacia la puerta.

—Gabriel, como salgas de esta habitación, olvídate de mí, para siempre.

—Nunca digas nunca, ni nunca digas siempre —se da media vuelta, y se va, dejándome allí con cara de imbécil, y más caliente que el palo de un churrero.

¡Será hijo de puta! Y yo he caído como una gilipollas. Si es que no aprendo. Me lo tengo bien merecido por confiar en depravados como este. Se acabó, Gabriel. Para mí, estás muerto y enterrado.

Le pongo un mensaje a mi madre diciéndole que no me encuentro bien, y que me quedo en la cama.

A la mañana siguiente, me levanto temprano, cojo mis cosas, llamo a un taxi porque no me he traído mi coche, y salgo de allí como alma que lleva el diablo.

Llamo a mi madre a una hora a la que ya se que está despierta, y le digo que tengo una urgencia con el caso, y que tengo que volver a Madrid enseguida.

Mi madre se lo traga a medias. Sabe que soy muy responsable y muy dedicada con el trabajo, pero también sabe de mi incomodidad con Gabriel, aun así, no me dice nada, sino todo lo contrario.

Le pido que me disculpe con los invitados, pero que este caso es de alta prioridad.

Y si no les gusta, que se jodan (esto no se lo digo a mi madre, obviamente).

Me encantaría ver la cara de Gabriel cuando mi madre les comunique mi repentina marcha, aunque tampoco creo que se sorprenda mucho.

Seguro que se lo habrá olido, el muy cerdo.

Llego a casa, y no me pongo con el caso.

Es cierto que es un caso de los gordos, aunque no de extrema urgencia.

Cojo el helado de chocolate que tengo en el congelador, a medio comer, me planto en el sofá, me cubro las piernas con una manta, y me pongo a ver una película de asesinos.

Las personas normales, o las chicas, mejor dicho, se podrían a ver una peli ñoña, pero no es mi caso.

Cuando estoy así de frustrada, prefiero entretener mi mente pensando en quién será el asesino.

Y de paso, aprendiendo nuevas técnicas de asesinato, por si acaso me hiciera falta en algún momento, y cómo ocultar pruebas. Muy importante.

No, no voy a asesinar a Gabriel Dubois, aunque ganas no me faltan. Prefiero mantenerlo en la ignorancia y mandarlo a la zona de mi cerebro donde guardo todas las putadas bajo llave. Directo al cofre de las putadas. Así es cómo llamo a esa región de mi cerebro.