Aquella noche Carol
Aquella noche
Carol
Mi padre y Héctor ya son socios, oficialmente y, para celebrarlo, a mis padres se les ha ocurrido la genial idea de invitarlos un fin de semana a nuestra casa de Navacerrada.
He intentado poner la excusa del trabajo, pero esta vez no ha colado, y mi madre dice que tienen que ver más unida que nunca a nuestra familia con la suya.
¿Qué quiere decir esto? Que voy a tener que comerme con patatas a mi archienemigo, porque es obvio que no van a ir solos Héctor y Nuria.
¿Cómo iba a faltar en una reunión así su queridísimo hijo?
Cojo el libro que me estoy leyendo, el caso con el que estoy trabajando y poco más. En la otra casa tengo ropa para el frío, así que no me hace falta llevarme mucho equipaje.
—Pero qué preciosidad de casa —dice Nuria nada más bajarse del coche.
Nosotros hemos llegado antes para adecentar un poco la casa. Siempre está bien, pero mi madre está obsesionada con tenerlo todo perfecto cuando hay invitados.
—Muchas gracias, Nuria —dice mi madre agarrándola del brazo y llevándosela para dentro—. Espero que todo esté a vuestro gusto y que paséis un buen fin de semana.
—Eso dilo por vosotros —digo entre dientes, mientras voy a coger su equipaje.
—¿Decías? —escucho la voz de Gabriel por detrás de mí.
—Nada, que eso espero.
—Creo que no te he entendido eso.
—Puedes entender lo que quieras.
—¿Te has levantado con el pie izquierdo hoy?
—Gabriel, solo te voy a hacer una advertencia.
—Ajá.
—Ni se te ocurra acercarte a mí en todo el fin de semana —le susurro para que nadie más escuche mi amenaza.
—Creo que va a ser complicado estando hospedados en la misma casa —me contesta sentado en el maletero del coche.
—Te recuerdo que estás hospedado en MI casa, así que respeta MI espacio vital —lo fulmino con la mirada.
—¿Sabes que me pones mucho cuando te pones así de mandona?
—¿Y tú sabes que no te soporto?
—No decías lo mismo el día que te lleve a la fiesta priv…
—¡Cállate! —le susurro exasperada—. Ese día nunca ocurrió. No existió. Olvídalo.
—Aunque quisiera, no podría olvidarlo, jamás.
—Vete a la mierda —sentencio dándome la vuelta y yendo hacia el interior de la casa para esconderme en mi cuarto y a ser posible, no salir en todo el fin de semana.
Para mi desgracia, mi madre ha planeado una cena en un restaurante de la ciudad. Qué bien.
—¿Podrías disimular un poco tu cara? —me dice mi madre mientras me hace un recogido en el pelo. Le encanta hacerme peinados, y a mí me encanta que me los haga. También lo tenemos como un ritual de charlas y de confesiones.
—¿Qué dices? Si estoy súper entusiasmada —le digo con la sonrisa más falsa que me ha salido nunca.
—Carolina, por favor.
—No te preocupes, aunque esté deseando salir corriendo, me portaré bien.
—Sé que te vas a portar bien, no es eso lo que me preocupa.
—¿Entonces?
—¿Por qué te disgusta tanto que esté aquí?
—Es que no lo soporto, mamá.
—Hmm.
—No, mamá —le digo seria—. Hmm, no.
—No he dicho nada.
—Ni falta que hace.
—Tú solita te estás delatando, lucecilla.
—¡Mamá! —bien. Salvada por mi hermana.
—Hola, mi amor —le dice mi madre dándole un abrazo, y no puedo evitar derretirme de amor. En momentos así me olvido de todo lo malo que pasa en mi vida.
—¡Ala! Qué guapa estás, Carol —me dice Asia, separándose de mi madre, y corriendo hacia mis brazos.
—Cuidado, cariño, no la vayas a despeinar.
—Perdón…
—Tú me puedes despeinar todo lo que quieras, bichito —le digo haciendo como que me la como.
Asia empieza a carcajearse, y veo por el espejo que mi madre también se está riendo. No puedo estar más agradecida por la familia que me ha elegido, y por estos ratitos.
Me levanto de la silla, la cojo de la mano y me quedo mirándola un momento.
—Pero tú estás más guapa que yo —le digo guiñándole un ojo.
—¿Te gusta este vestido? —me pregunta dando vueltas sobre sí misma—. Me lo ha elegido papá mientras mamá te peinaba.
—Papá tiene un gusto exquisito para vestirte —le afirmo.
—¿A qué sí? —dice emocionada, planchándose el vestido con las manos.
—Sí, y vas a encantarles a nuestros invitados.
—Tú seguro que también les encantas.
—Sobre todo a uno de ellos —susurra mi madre entre dientes.
La fulmino con la mirada, y ella aguanta la risa.
—Venga, vamos. No queremos hacer esperar a nadie ¿verdad? —dice empujándonos a las dos hacia la puerta de mi habitación.
—¡No! —grita Asia feliz, y sale corriendo para encontrarse con la familia Dubois.
La cena resulta de lo más entretenida. Tengo sentada a Asia en un lado, y en el otro a mi padre.
A Gabriel lo tengo justo en frente, y no ha parado de mirarme en toda la noche.
Qué intimidación, por el amor de dios. Espero que nadie más se haya dado cuenta, menos mi madre.
Esa mujer se da cuenta hasta de si mi respiración va diferente.
Me pongo a juguetear con mi hermana y a hacerle la payasa porque sé que le encanta, y porque ya me he aburrido de tanta conversación de negocios.
Ella no para de reírse, y puedo observar de reojo que a Gabriel no se le quita la sonrisa de la cara.
Igual también le gusta verme hacer la payasa.
Quién sabe los fetiches raros que pueda tener.
Me disculpo un momento para ir al servicio.
Me he bebido tres copas de vino blanco, y no aguanto más las ganas de ir al baño.
No puedo evitar notar un poco de mareo al levantarme de la silla.
Suelo beber poco, y me hace efecto enseguida el alcohol.
Y eso que el vino que ha elegido mi madre tiene pocos grados.
Sé que lo ha escogido pensando en mí. Conoce mi poca tolerancia al alcohol, y como beba algo más de la cuenta, se me suelta la lengua.
De ahí a que me haya estado controlando lo que bebía durante toda la cena. Tres son suficientes, me dice siempre.
—No puede ser una casualidad que te encuentre cada vez que salgo del baño —le digo a Gabriel, que me tropiezo con él cuando iba de vuelta a la mesa.
—Yo he bebido algo más que tú, y también necesito ir al baño.
—¿Has estado controlando lo que bebía, o qué? —le pregunto frunciendo el ceño.
—Sabes a la perfección que no te he quitado el ojo de encima en toda la cena —me susurra cuando se acerca a mí—, como también sé que no has podido dejar de mirarme a cada rato.
—Es normal que te mire. Me estabas intimidando.
—Suelo provocar ese efecto.
—Eres imbécil —le digo dándole un empujón en el pecho para apartarlo y seguir mi camino, pero me coge de ambas muñecas, y me pega a él.
—Un imbécil al que estás deseando volver a besar —vuelve a susurrarme, pero esta vez con sus labios a centímetros de los míos. Se me acelera el pulso y la respiración. Mi bajo vientre empieza a sentir un cosquilleo, mi sexo arde y no puedo evitar entreabrir los labios.
—¿Quieres que te bese, Carolina? —me pregunta con una voz que le sale más ronca, y me roza sus labios con los míos.
Este tío puede ser mi perdición, pero Carolina Hidalgo no sucumbirá nunca a los encantos del diablo.
—Que te jodan, Gabriel —le susurro, y le doy una breve pasada con la lengua en sus labios. Me doy la vuelta, y lo dejo allí.
A los diez minutos de haber vuelto del servicio, llega él.
Ha tardado demasiado. Creo que puedo continuar un poco más con este juego antes de mandarlo definitivamente a la mierda.
Creo que el vino me está haciendo efecto, y un efecto no deseado.
Tengo ganas de jugar con Gabriel. Malo. Esto es muy malo.
Por fin nos traen la cuenta, mi padre hace el amago de pagar, pero Héctor se lo impide de inmediato con la excusa de que nosotros los hemos invitado a nuestra casa.
Qué menos que invitarnos ellos a la cena.
Qué caballeroso. Ya podría aprender el hijo un poco del padre.
Nada más llegar a casa, mi padre sube a Asia a su habitación en brazos. La pobre se ha quedado dormida de vuelta en el coche. Yo me descalzo en la entrada, es una manía que tengo desde que tengo uso de razón, y mis padres nunca me lo han negado.
—Voy a cambiarme y ahora bajo —le digo a mi madre alzando la voz para que todos me escuchen, incluido Gabriel—, este vestido me está matando.
Entro en mi habitación y no cierro del todo la puerta. Una de las habitaciones de invitados, la que le han asignados mis padres a Gabriel, está justo al lado de la mía, y sé que va a subir casi detrás mía. Como he dicho antes, tengo ganas de jugar, muchas ganas.
Me voy quitando el peinado despacio, haciendo tiempo, y cuando miro hacia la ranura de mi puerta a través del espejo del tocador, lo veo ahí fuera, observándome.
Me he encontrado con mi padre de camino, así que todos están abajo.
Perfecto. Continúo mirándolo mientras dejo las horquillas que me voy quitando encima del tocador.
Cuando ya termino de soltarme la melena, empiezo a bajarme la cremallera que tengo en la parte trasera de mi vestido, despacio, de la forma más sensual que jamás he hecho.
Sin dejar de mirarlo en ningún momento, empiezo a bajarme los tirantes, uno a uno, y veo que se le asoma su sonrisa ladeada.
Me bajo la parte de arriba, dejando mis pechos al descubierto y que él pueda vérmelos por el espejo.
Paro en seco antes de quitármelo del todo porque lo veo como empuja despacio la puerta, y empieza a venir hacia mí, con parsimonia.
Se pone detrás mía, y me roza el brazo con la punta de los dedos, como hizo en casa de su amigo aquella noche.
Esta vez desde los hombros hasta llegar a mi cintura.
Para la mano ahí, la desliza hasta mi vientre, y se me escapa un pequeño gruñido.
Me mira a los ojos, con una ceja levantada, y me aparta la melena hacia un lado con la otra mano, dejando al descubierto mi cuello.
—¿Tienes ganas de jugar, Carolina? —me susurra con los labios rozándome la piel.
Estoy muy excitada, y muy mojada. Creo que ahora mismo sería capaz de lo que fuera.
Me muerdo el labio inferior, y hago un movimiento leve con la cabeza, asintiendo.