Cuando yo quiera Carol #3
¿Pero este tío quién cojones se cree que es?
Va de culo si piensa que puede hacer lo que le de la gana con la gente, y menos conmigo.
A Carolina Hidalgo no la torea nadie. Y menos un tío que ni conozco, que ni si quiera sé como se llama.
¿Un contrato para que solo me lo folle a él?
¿Para que solo me folle él a mí? Solo he podido leer un poco, y ponía algo de exclusividad.
Yo no quiero eso. Mi vida está perfecta tal y como es.
Hago lo que quiero, cuando quiero, y me follo a quien me de la gana.
Cierto es que el imbécil me ha follado como ningún otro, pero tampoco es para que pase a ser el único tío al que me folle.
Y a saber hasta cuando quiere tenerme para él, o si puedo fiarme si quiera de que voy a ser la única a la que se tire.
Pero no sé qué hago pensando en esto, sino voy a aceptar.
No he conocido a un tío más prepotente. Bueno, pensándolo bien, sí que conozco a otro igual de gilipollas.
Gabriel Dubois. Pero no creo que folle tan bien como este.
Aunque lo poco que pude probar, y lo que recuerdo, estuvo muy bien.
¡Para ya, Carolina! ¡Joder! Dos putos hombres, totalmente gilipollas, y que no puedo quitarme de la cabeza.
Estoy enferma, ya es oficial. De aquí, al psiquiátrico, porque por muy imbécil que haya sido, me ha follado como nadie, y pensar que se folla así a otras tías, me quema por dentro.
Ahora que lo he probado… ¡no! No puede ser que me lo esté pensando, y menos aún que lleve razón.
« Porque quieres que te folle más veces como te he follado hoy, y como te follé la semana pasada».
Como odio que los demás lleven razón, y encima habiéndome dicho esas palabras.
Por mucho que me cueste admitirlo, estoy muy intrigada, y tengo la necesidad de saber qué pasaría si firmo ese contrato de exclusividad.
Así que, como buena persona cotilla, y con cierto gusto por la adrenalina, me doy la vuelta, y llamo a la puerta.
Se abre con un clic (no me puedo creer que ni si quiera se tenga que levantar para abrirla), entro, y cierro.
—Dame el papel, y no digas nada que haga que me arrepienta —le digo mientras voy hacia él, que vuelve a estar sentado en el sillón, con el papel en la mesita. Lo coge y me lo da.
—En aquel escritorio tienes una pluma — me señala con la mano hacia la otra esquina de la habitación.
No recuero haber visto esa parte, aunque es normal porque las dos veces que he estado aquí, mi mente ha estado nublada por el sexo.
Me acerco al enorme escritorio de madera, color caoba y con pinta de costar una pasta.
Apoyo mi trasero en él, cruzo un pie con el otro y me pongo a leerlo.
No pone nada extraño. Veo donde pone que solo puedo mantener sexo con él, y él solo tendrá sexo conmigo. Aunque algo raro sí que hay.
—Veo mi nombre completo, pero ¿dónde está el tuyo? —le digo dándole la vuelta al documento—. No lo veo por ningún lado.
—Ni lo verás —me afirma—. Confórmate con que ponga: “Señor X”.
—Esto es ilegal, lo sabes ¿verdad?
—Soy consciente —admite—, como también soy consciente de que puedes rechazarlo si es lo que quieres, y si no estás de acuerdo.
—¿Y cómo voy a poder confiar en que el “Señor X” no se follará a otra tía? —le pregunto cruzándome de brazos—, o de que me estés mintiendo.
—Te dije antes que te daba mi palabra, y mi palabra vale oro —me dice levantándose del sillón y acercándose a mí—. Y si no me crees, pregúntale a tu amigo Diego.
—¿Cómo sabes que es, bueno, que era mi amigo?
—Ya te he dicho que yo lo sé todo.
—Claro, perdone “señor Dios” —le digo haciéndole una reverencia.
Lo escucho reírse por la nariz. Cada vez lo tengo más cerca y puedo notar el poder que le brota de cada uno de los poros de su piel.
En estos momentos creo de verdad que es un Dios.
Me entra un escalofrío al notarlo tan cerca, y más aún sin saber quién es, cómo se llama y sin verle la cara.
¿Y si es un ogro? A lo mejor no quiere enseñar su cara porque es muy feo, y cuando las mujeres lo ven, salen corriendo.
—¿Vas a firmar, o no? —me saca de mis pensamientos con esa voz tan sensual, tan ronca, varonil y que intenta disimularla.
Me doy la vuelta, dándole la espalda, cojo la pluma que está en el centro del escritorio, me agacho y firmo el documento.
Antes de poder ponerme recta, se agacha encima de mí, poniendo su pecho pegado a mi espalda, y noto en mi culo su notable erección.
No entiendo como puede estar así otra vez habiéndome follado hace menos de quince minutos.
Me agarra del pelo con una mano, con la otra aparta todo lo que hay en el escritorio, y luego me la pone en el cuello.
—¿Sabes que te follaría aquí mismo, otra vez? —me susurra en el oído.
—Pues hazlo —le digo con la voz entrecortada.
—Eres insaciable, Carolina —me lame el cuello—, pero creo que te mereces un pequeño castigo por haberte ido antes de esa manera, y por haberme desafiado.
Acto seguido, me suelta, se separa de mí y se va hacia su sillón. Hijo de puta. Lo odio. Es a la persona que más odio y más deseo en este momento, y creo que le está cogiendo ventaja a Gabriel. Me incorporo y me voy hacia la puerta.
—Atenta al móvil, Carolina —me dice antes de irme—. Recuerda: cuando yo quiera.
¡Es desesperante! Quiero gritarle y mandarlo a la mierda, pero en vez de eso, me mantengo callada, abro la puerta y me voy de allí dando un portazo.
¿Quieres jugar “Señor X”? Pues vamos a jugar.