Cuando yo quiera Carol #2
He hecho muchas cosas, y con muchos tíos, pero nunca me habían pedido que me tocase delante de ellos.
Berta me había contado que sí lo había hecho, y que daba mucho morbo, y ahora me doy cuenta de que llevaba razón.
Obedezco todas las órdenes que me da, y empiezo a tocarme como lo hago cuando estoy sola en casa y, por lo poco que puedo apreciar, veo que él se está tocando también.
Jo-der. Es increíble como un acto tan sencillo puede ponerte tantísimo.
Después de un par de minutos así, me agarra la mano para que pare, y me la pone en su miembro. Sigo pensando que es perfecto.
Se lo masajeo, y él empieza a emitir pequeños gemidos que van en aumento cuando voy acelerando el ritmo, poco a poco.
Me coge la mano para pararme, y con la otra me coge del pelo para ponerme cara a cara con él, aunque no se la pueda ver, lo noto.
Noto su aliento, sus ganas de tenerme aquí, de follarme.
Se tira encima de mí en la cama, y roza su miembro con mi sexo.
Tengo unas ganas tremendas de sentirlo dentro de mí, y cuando creo que me lo va a meter, se para y va bajando por mi cuerpo, con besos, y rozándome con la lengua, sin dejar de acariciarme con las manos.
Llega hasta mi palpitante clítoris, le escupe, siento un escalofrío y chillo de placer.
Le da un primer lengüetazo, y continua jugando con él con su boca, su lengua, y entran en acción los dedos.
Me los va metiendo suavemente, hasta que empieza a acelerar el ritmo.
Estoy extasiada. Si existe el cielo, creo que estoy en él.
Y si voy a ir al infierno por esto, que me lleven los demonios en este mismo momento.
Va jugando, metiéndome los dedos y la lengua, es increíble la manera que tiene de hacerlo.
—No puedo más —le confieso entre jadeos y agarrándole el pelo.
—Córrete para mí, Carolina —me susurra con la boca pegada a mi sexo.
Dicho, y hecho. No tardo ni dos segundos en llegar al orgasmo, y vaya orgasmo. Creo que voy a desmayarme del placer.
—Deliciosa… —susurra mientras se va colocando encima mía, y cuando llega a la altura de mi cara, me besa—. ¿Te gusta cómo sabes?
No me salen las palabras en este momento, solo puedo asentir.
—Perfecto —se agarra el miembro y lo coloca en la entrada de mi sexo.
Me lo mete de un empellón, y creo haber visto las estrellas.
En otro momento las hubiera visto de dolor, pero esta vez ha sido de auténtico placer.
Estoy tan mojada que no ha hecho falta que me lo metiera poco a poco.
Emite un fuerte gemido al metérmelo, y no tarda en darme fuertes estocadas.
—Me encanta que estés tan mojada —me dice jadeando—. Así te quiero siempre, preparada para mí.
Cada frase que dice me pone aún más cachonda. Sigue envistiéndome, sin parar, y estoy a punto de llegar de nuevo al clímax.
—Voy a correrme otra vez —susurro con la voz entrecortada.
—Córrete conmigo, Carolina.
Nada más decirme eso, me llega el orgasmo, y a él conmigo. ¡Jo-der!
Es la primera vez que me corro a la vez con un tío, y esto es impresionante. Vaya puto dios del sexo.
Se queda un momento encima mía, recobrando el aliento, y cuando lo noto algo más sereno, se levanta.
Me levanto yo también de la cama, cojo mi ropa y me meto en el baño. Me aseo, me visto, me retoco un poco el maquillaje y salgo del baño. Cuando salgo, ya está vestido y sentado donde me lo encontré al entrar.
—Ha sido un placer —le digo sin más, me doy la vuelta y me voy hacia la puerta.
—Mañana vuelve a la misma hora.
—Mañana es domingo y me acuesto temprano. Los lunes trabajo —le explico.
—Lo sé. Solo quiero que vengas para firmar el acuerdo.
—¿Nada de sexo? —le pregunto extrañada.
—Ya te he dicho para qué quiero que vengas —me dice con tono cortante.
—¿Y si no vengo? —digo desafiante. No me gusta que me digan lo que tengo que hacer, a excepción de cuando practico sexo.
—Recuerda que sé muchas cosas de tu vida.
—Vuelves a amenazarme.
—Es una pequeña advertencia —me corrige.
—Una advertencia no es más que una amenaza disfrazada —le corrijo ahora yo a él.
—¿Sabes qué? —dice levantándose del sillón—. Toma.
Coge un papel que tiene en la mesita a su lado, y me lo tiende. Lo miro, y me quedó helada al ver que es un contrato.
—¿Lo tenías ya preparado? —le pregunto con el ceño fruncido. Esto cada vez me resulta más raro.
—Fírmalo ahora, y ya no tendrás que venir mañana.
—Primero tendré que leerlo.
—Cierto, me he olvidado por un segundo que eres abogada —me dice sonriendo por la nariz—. Llévatelo, léelo, y cuando sepas lo que quieres hacer, me lo haces saber por correo electrónico.
—No sé tu correo.
—Al final del documento lo tienes —me dice de forma despectiva.
—¿Y si al final decido no firmarlo? —le pregunto seria—. ¿Me harás algo a mí, o mi familia?
—No haría nada que te perjudicara —me confiesa con un tono más calmado.
—Entonces ¿por qué me has hecho creer lo contrario?
—ya empiezo a cabrearme de verdad—. ¿Qué quieres de mí?
Mejor dicho ¿por qué me quieres a mí? ¿Por qué tengo que firmar este contrato?
Yo solo he venido para decirte que mi amiga no iba a venir más a ver a tu amiguito, y que no os he puesto una demanda de milagro. Debería ser yo quien te amenazara.
—Primero, no puedes ponernos una demanda porque en estos locales se puede hacer casi de todo —continúa acercándose a mí—. Segundo, has venido a hablar de lo de tu amiga, y has terminado follando conmigo. Y tercero, terminarás firmando ese contrato, ¿y sabes por qué?
—Ilumíname —le digo levantando los brazos, muy cabreada.
—Porque quieres que te folle más veces como te he follado hoy, y como te follé la semana pasada.
—¡Que te jodan! —le tiro el papel al suelo, me doy la vuelta y salgo de allí echa una furia.