Cuando yo quiera Carol
Cuando yo quiera
Carol
Presente
Puto Gabriel de los cojones. ¿Cómo se puede odiar y desear tanto a una persona, a partes iguales?
Tiene la habilidad de sacarme de mis casillas en menos de dos minutos, y ponerme cachonda en tres.
Si no fuera porque he venido en busca del moreno capullo, creo que me lo hubiera llevado a una habitación y me lo hubiese tirado, solo por cabrearme de esa manera.
Empiezo a dar vueltas por la sala, acercándome a la zona VIP poco a poco.
Veo a muchos tíos allí, pero por mucho que busque, no sé quién es, y creo que voy a necesitar ayuda para encontrarlo.
Me guste o no, tengo que buscar a Diego para que me ponga en contacto con él.
Odio tener que hablar con él después de todo lo que hemos estado hablando.
Bueno, hablar poco, solo ha estado echándome la bronca como si fuera mi padre.
No lo recordaba tan protector cuando íbamos al instituto.
En fin, no me queda otra que ir a buscarlo, y no me hace falta dar muchas vueltas porque está plantado, como un monigote, en la entrada de la zona VIP.
—No te vas a dar por vencida ¿verdad? —me pregunta nada más verme.
—Si me conocieras un poco, sabrías que no.
—Voy a buscarlo —me dice poniendo los ojos en blanco.
—Gracias, de verdad —le digo poniéndole la mano sobre la suya.
Se queda un par de segundos quieto, sin apartar la vista de mi mano, y enseguida la quita de mala gana, como si le hubiera dado un chispazo de repente.
Lo miro con el ceño fruncido, y se da media vuelta para entrar por la puerta roja.
Ha pasado algo raro, y no se qué ha sido.
Aparto el pensamiento, por el momento, para concentrarme en el moreno y en lo que vengo a decirle.
Espero en un lado de la entrada para no estorbar, mientras le voy dando sorbitos pequeños a mi bebida.
Quiero estar en mi cabales cuando hable con él, y si bebo muy ligera, corro el riesgo de que se me suba a la cabeza, y al final en vez de hablar con él, puede que termine follándomelo.
Y no he venido a eso. Aunque estoy muy cabreada, tanto por él como por haberme encontrado con Gabriel, y ahora mismo es lo que más me apetece. Pero no. Mente fría, Carolina.
Se abre la puerta roja y aparece Diego, solo. Seguro que viene a decirme, otra vez, que no está. Qué pesado.
—Acompáñame —me dice con tono serio.
Le hago caso, y lo sigo. Entramos por la dichosa puerta roja, y vamos directo a las escaleras.
—Diego…
—Quiere verte en la habitación —me interrumpe—. Él no habla con nadie en medio del local.
—¿Ni si quiera en la zona VIP?
—Carol —se para en mitad de la escalera, y se vuelve para mirarme—, ¿estás segura de lo que estás haciendo?
—O te sigo, o voy yo sola —le digo enfadada—. Se dónde está.
Suspira, se vuelve y seguimos subiendo hasta la tercera planta. Llegamos a la habitación 63 y, para mi sorpresa, se saca una llave del bolsillo, y abre la puerta con ella. Me quedo mirándolo con ambas cejas levantadas, y él solo se encoge de hombros con indiferencia.
—Cuando entres, cierra la puerta —me dice apenado, y se va.
Sigo procesando el comportamiento de Diego conmigo, y no logro encajarlo.
Prefiero dejarlo a un lado ahora mismo para centrarme en lo que he venido a hacer.
Entro y cierro, tal y como me ha dicho. Está todo apagado (como no), solo se ve una pequeña luz que alumbra a un rincón de la habitación.
Ahí está sentado. Solo se le ven las piernas, que las tiene cruzadas.
Me acerco a él, despacio, y espero a que diga algo, pero nada. Silencio.
—No sé si te acordarás de mí, pero estuve aquí la semana pasada con una amiga, y…
—Me acuerdo de ti, y de tu amiga —me dice con una voz muy grave y ronca, como si la estuviera forzando—. ¿Para qué querías verme?
—Para decirte que no me ha gustado nada lo que tu amigo le hizo a mi amiga, y que no os meto una demanda porque ella quiere dejarlo tal y como está.
—¿Es la primera vez que veníais a un sitio así?
—No, claro que no, pero…
—Entonces sabíais a lo que os exponíais —me interrumpe.
—Sí, pero a tu amigo creo que se le pasó un poco la mano.
—A mi amigo le gustan las cosas un poco más duras. Te pido disculpas de su parte, y házselas llegar a tu amiga también.
—No me sirven de nada tus disculpas. El daño ya está hecho —le digo seria, mientras intento averiguar quién se esconde detrás de las sombras, pero no consigo verlo.
—Tienes razón —me dice con parsimonia—, y esto quiere decir que mi amigo, entonces, acaba de perder a una clienta que le gustaba mucho.
—¿Se refiere a Berta? —le pregunto extrañada.
—Exacto.
—Bueno, tendréis a muchas otras clientas. No se va a quitar la vida por no poder follarse más a mi amiga.
—Por supuesto que no, pero es una pena para él, así que vas a tener que compensarlo.
—¿Cómo? No… ni de coña voy a dejar que tu amigo me folle, y menos después de ver lo que le ha hecho a Berta.
—No he dicho en ningún momento que él sea quien te vaya a follar.
Mi mente va a dos por hora. No consigo descifrar lo que este tío intenta decirme. Y encima su voz me suena de algo, pero no sé de qué. Me estoy asustando un poco, y yo no suelo asustarme con facilidad. Igual le debería de haber hecho caso a Diego y no haber pisado este sitio nunca.
—¿Qué quieres? —le digo envalentonándome.
—A ti.
¿He oido bien? ¿Que me quiere a mí? Esto tiene que ser una broma. ¿Qué pasa aquí? ¿Para qué cojones habré venido?
—No tienes ningún derecho a pedirme nada —consigo hablar por fin.
—No, pero sé dónde vives, sé quién eres, que eres abogada, dónde trabajas… —va diciéndome despacio, mientras voy asustándome cada vez más—. Tienes una hermana de dieciséis años, Asia ¿no?, que está deseando ir a fiestas como las que tú vas.
—¿Cómo sabes todo eso de mí? —le pregunto tragando saliva—. Y ¿me estas amenazando?
—Solo te estoy pidiendo que seas mi clienta predilecta.
—Vamos, que sea tu puta.
—Yo no he dicho eso —me dice con un tono más enfadado—. Disfruté mucho contigo el otro día, Carolina, y sería un placer tenerte a mi entera disposición, cuando quiera.
—¿Cuándo quieras? ¿A tu disposición? —empiezo a preguntar sin dar crédito a lo que me está diciendo—. Y repito ¿cómo sabes tantas cosas sobre mí?
—Yo lo sé todo. Tengo muchos contactos.
Mierda. Me quedo petrificada. Mierda, mierda, mierda. ¿Qué cojones hago? Piensa, Carolina.
—¿Y bien? Mi paciencia y mi tiempo tienen un límite.
—¿Tendría que venir aquí cada fin de semana? —no puedo dejar que mi familia sepa que vengo a estos sitios, ni la prensa.
—Cuando yo te lo diga.
—¿Cualquier día? —No puedo creerme que esté pensando en aceptar.
—Exacto.
—Claro, cualquier día que no tengas a otra a tu disposición —no sé porqué le acabo de soltar esto, pero acabo de sonar a celosa total. Lo escucho reírse por la nariz.
—Si aceptas, vas a ser a la única persona a la que me folle.
—¿Y eso cómo lo se yo?
—Porque vas a tener mi palabra, y lo vamos a firmar.
—¿Qué es lo que vamos a firmar?
—Un contrato —me contesta—. ¿No eres abogada?
—Sí, lo soy.
Apaga la luz, se levanta y se acerca a mí. Saldría corriendo ahora mismo de aquí, pero mi cuerpo es incapaz de reaccionar. Me coge de la cintura con una mano, y con la otra me recoge un mechón de pelo para ponérmelo detrás de la oreja.
—Pero ¿nos podríamos ocupar de ese contrato después de haberte follado? —me susurra en el oído, y se me erizan los bellos de todo el cuerpo—. Solo una vez más, antes de firmar.
No puedo responder si quiera, cuando ya me ha cogido por las piernas y me ha subido a su cintura. Me empieza a besar con suavidad mientras me lleva hasta el borde de la cama.
—Déjame hacerte mía.
Yo solo asiento, sin poder mediar palabra alguna, y me muerde el labio inferior con un pequeño gemido.
Pongo los ojos en blanco porque con solo ese pequeño roce me ha vuelto loca.
Me acaba de amenazar, quiere follarme cuando él quiera, y yo no soy capaz de negarme.
Siento una atracción hacia él que nunca había sentido por ningún otro hombre.
Es como un imán. Me pone de pie frente a él, y me roza la cara con el dorso de la mano.
Sino supiera que solo quiere sexo, pensaría que le gusto.
—Desnúdate —me ordena.
Obedezco. Me voy quitando los tirantes del vestido, despacio, y cae enseguida al suelo.
Por suerte no hay mucho que quitar. Debajo solo llevo un tanga negro y voy sin sujetador.
Hace un pequeño sonido de placer al verme casi desnuda y espera un par de segundos hasta que me dice que me lo quite todo.
Me bajo el tanga y, cuando llega al suelo, hago el amago de quitarme los tacones, pero me para.
—Déjatelos puestos —me dice agarrándome del brazo.
Me empuja para que me siente en la cama, pero de una manera muy sutil.
Se arrodilla frente a mí, me abre las piernas, y empieza a acariciarme los muslos, subiendo poco a poco por mis caderas hasta llegar a mis pechos.
Emito un sonido de placer, y al escucharme, me aprieta ambos pezones con sus dedos y no puedo evitar gemir.
Se acerca, se mete uno de ellos en la boca y juguetea con él.
Le da pequeños mordiscos, lo lame, y yo no puedo evitar poner los ojos en blanco por el placer.
El clítoris me palpita, y me lleva palpitando desde el momento en que me dijo que me quería a mí.
Echo la cabeza hacia atrás, pero él me agarra de la nuca y me hace mirarlo.
—Nunca dejes de mirar lo que te hago —me ordena, y me besa, pero esta vez con pasión.
Mientras me besa, baja su mano hasta mi ya abultado clítoris, y empieza a hacer círculos con un dedo. Cada vez gimo más fuerte, y él me mete un dedo en la vagina. Dos dedos. Tres. Creo que de un momento a otro voy a explotar. Lo agarro por el cuello, pero me quita la mano y me la pone en mi sexo.
—Tócate para mí, preciosa.