Ojos verdes Gabriel
Ojos verdes
Gabriel
Presente
Creo que no podría describir lo que me hace sentir Carolina Hidalgo.
Esa niña mimada, que ha tenido lo que ha querido por el simple hecho de haber sido adoptada.
No soporto a la gente así. A mí tampoco me ha faltado nunca de nada, pero mi empresa la he levantado yo solo, desde cero.
Ella solo ha tenido que estudiar, y ya tenía el bufete de abogados de su madre esperándola.
No se lo ha currado tanto como yo, que he construido un imperio desde los cimientos.
Y es lo que más me frustra. Cómo una niñata como ella no puede salir de mi mente.
Han pasado muchos años desde la noche que me la llevé a casa de Dante, pero la recuerdo como si fuera ayer, y nunca voy a poder olvidarla.
Esos labios, esa piel tan suave, su dulce sabor.
He estado con muchas mujeres después de Carolina, pero no he sentido lo mismo como lo que sentí con ella.
O el remolino de sentimientos que me hace sentir cada vez que la veo y que la tengo cerca.
La he estado observando en cada evento, y como se escabullía de mí para refugiarse en su hermana, en su madre o incluso en su padre, aunque no le guste estar presente en sus conversaciones.
Sé esto de ella, no porque me lo haya dicho, no hace falta.
Soy buen observador, sino no podría haber salido adelante en mi trabajo, o en la vida, y a ella la he observado mucho.
Más de lo que me gustaría admitir. La pose que pone cuando empieza a aburrirse, la sonrisa tan falsa que le sale, o los bostezos disimulados, que son más bien por hambre que por aburrimiento.
Sí, soy un observador de primera, aunque reconozco que también he investigado todo lo que he podido acerca de Carolina.
Lo único que no he podido averiguar es el porqué fue dada en adopción y, en cierto modo, me intriga, y sin pensarlo si quiera, me sale la vena protectora con ella.
Me encantaría meterla en una burbuja, en mi burbuja, y que nadie la tocase, ni la mirase, ni si quiera que respiraran cerca de ella.
Cuanto más tiempo pasa, más la necesito, y debería ser al revés.
Tuvimos un único encuentro hace ocho años, y las veces que la he visto luego, solo ha sido de refilón, o solo me ha saludado por educación.
A excepción de hace tres años, que pude cogerla desprevenida, pero me dio esquinazo antes de lo que yo esperaba.
Y hoy, por fin, me ha dedicado más de dos frases en una sola noche, y vaya frases…
Sé que la pongo nerviosa. Tengo ese efecto en la mayoría de féminas, pero Carolina se intenta resistir, a diferencia del resto, que hacen lo imposible por llamar mi atención.
Por mucho que quiera intentar disimular el efecto que provoco en ella, conmigo no funciona.
Se lo noto cada vez que la tengo cerca. Le cambia el ritmo en la respiración, intenta no mirarme la boca, y la he pillado un par de veces sin que ella se diera cuenta.
Lo he notado también en el tono de voz con el que me ha hablado, y la forma que tiene de rizarse un mechón de pelo con los dedos.
Lo hace como un automatismo cuando está nerviosa.
Creo que ni ella misma lo sabe. Te tengo calada, Carolina, y soy uno de los mejores calando a la gente, por eso tengo tantos clientes fijos.
Hoy necesito acción por culpa de la niña caprichosa, y voy a buscarla.
Me despido de mi padre y de Claudio, con el que, por cierto, me llevo muy bien (aunque sé que me quiere lejos de sus hijas), y me voy afuera para pedirle al aparcacoches que me traiga el Lamborghini.
El mismo aparcacoches que tontea con Carolina, y que ella no le hace ascos. Otro al que tengo fichado.
Mientras espero fuera, veo que sale seguida de su hermana y de Claudio.
No me han visto, pero yo a ellos sí, y observo como su padre se le acerca y le dice algo.
Ella hace un gesto como para tranquilizarlo y le da un abrazo.
Siguen hablando un poco más y ya llega mi coche.
Tengo que apartar la mirada enseguida porque soy el centro de atención ahora mismo.
Le doy una generosa propina al muchacho que me abre la puerta, me monto y antes de arrancar, la miro de soslayo, y la pillo devolviéndome la mirada.
Interesante. Le dedico una sonrisa ladeada, piso el acelerador y me voy de allí cuánto antes, o no me haré responsable de mis actos.
Cuando llego al Inferno , aparco el coche en la puerta trasera y le doy mis llaves al gorila que esta en esa puerta.
El hombre me asiente con la cabeza, y me voy hacia la puerta de entrada principal.
Todos me saludan con ímpetu, y yo solo les dedico un leve movimiento de cabeza.
Los de seguridad, que están apostados uno a cada lado de la puerta, me la abren nada más verme.
Me voy directo a la zona VIP, y allí está sentado Dante con dos rubias impresionantes, una a cada lado.
No tengo preferencia por el color de pelo de las mujeres, mientras follen bien y me satisfagan, me la sopla como tengan el pelo.
Aunque últimamente tengo una pequeña preferencia por cierta morena, de ojos verdes como el jade.
Sacudo la cabeza para apartarla de mis pensamientos, pero sigue ahí metida.
Me siento al lado de una de las rubias y le paso un brazo por encima del hombro.
—Mucho has tardado hoy ¿no? —me pregunta Dante.
—He tenido cosas que hacer —le respondo mientras le aparto el pelo del cuello a la rubia.
—¿Cosas que no me incluían?
—Un evento de mi padre —le confirmo con un suspiro—. ¿Eres mi novio para tener que contarte todo lo que hago?
—No, pero sí tu socio.
—Eso implica que solo tengo que contarte todo lo que hago referente al negocio, y no el resto.
—También soy tu amigo —me reprende con una ceja levantada, y apoyando los codos en las rodillas. Me echo a reír porque sé que me va a atiborrar a preguntas, y antes de que lo haga, ya le contesto yo.
—Sí, estaba allí —le digo haciendo referencia a Carolina.
—¿Sigue estando igual de buena? —me pregunta con una sonrisa asquerosa.
—No te pienso contestar a eso, cerdo.
—Eso quiere decir que sí —se deja caer en el respaldo del sofá, y pone el tobillo de una pierna encima de la rodilla de la otra, poniéndose las manos sobre la nuca.
—Eso quiere decir que no hables más de ella —le advierto con voz severa.
—Vale, vale. Perdona.
—¿Qué tenemos por aquí? —le digo señalando a las rubias con la cabeza.
Él se frota las manos, me dice el nombre de cada una, pero yo ya no estoy prestándole atención.
Me da igual cómo se llamen, de dónde son o en qué trabajen.
Solo las quiero para pasar un buen rato.
Punto. Cuando está en mitad de su monólogo, empiezo a pasear la vista por el local.
La pista de baile, los rincones más oscuros y donde apenas da la luz, la barra con los camareros vestidos de etiqueta, y las camareras con vestidos muy sexis, sí, muy injusto, pero si no quisieran trabajar así, no estarían aquí, con una sonrisa de oreja a oreja y sirviendo copas.
Cuando voy a volver la vista hacia mi amigo, me detengo al ver un pelo largo, liso, moreno, que cae por encima de una espalda que está al descubierto por un vestido azul, brillante.
Sonrío, y me lamo los labios al ver a Carolina sentada en uno de los taburetes de la barra pidiendo una copa.
—Disculpadme —interrumpo a Dante y me levanto.
Mi socio no me dice nada porque ha seguido la dirección de mi mirada.
Ya sabe hacia donde voy y no le importa porque se va a quedar con dos tías impresionantes esta noche.
Voy rodeando la pista de baile, y no tengo que hacer mucho esfuerzo por apartar a la gente a mi alrededor porque ellos mismos se apartan cuando me ven.
—¿Qué hace una princesita como tú en un local como este? —le pregunto cuando llego hasta ella por detrás. Espero a su reacción, y no llega. Se da la vuelta, despacio, y me mira desde abajo hasta llegar a mis ojos, no sin antes pararse un par de segundos en mi boca.
—No sé porqué, pero no me sorprende verte aquí —me dice con una ceja levantada.
—Soy el dueño ¿por qué no iba a pasarme por uno de mis locales?
—No lo decía por eso… da igual, y ahora, si no te importa… —me dice rodando los ojos e invitándome a irme de allí con la mano.
—Admiro el valor que tienes al echarme de aquí, como si todo esto no fuera mío.
—Sí, vale Gabriel, tienes muchos locales geniales, tienes mucha pasta y eres súper famoso. Enhorabuena.
Odio que me hable así, con tanto desprecio, pero me pone mucho.
—¿Quieres acompañarme? —se gira para mirarme con cara de asco, y se vuelve para mirar su copa—. Como veo que estás sola…
—¿Quién te dice que no esté esperando a alguien? —me dice sin dirigirme la mirada. Miente.
—¿Esperas a alguien?
—No es de tu incumbencia.
—Por supuesto que no, pero ver aquí a la hija del socio de mi padre es, como poco, intrigante —le digo sentándome en el taburete que ha quedado libre a su lado, después de haber echado al tío que estaba sentado con un solo movimiento de cabeza.
Menos mal que ella no se ha dado cuenta, sino ya me la habría liado o se habría ido directamente de aquí—.
Carolina Hidalgo, eres una caja de sorpresas.
Llamo al camarero con la mano y enseguida viene a prepararme mi bebida.
—Por cierto ¿qué te ha dicho tu padre cuando salías del evento?
—Que tuviera cuidado contigo —me suelta sin más.
—Vaya… ¿puedo saber por qué?
—Porque eres el dueño de este local, y de otros muchos como este —dice señalando con las manos alrededor.
—Y supongo que él no tendrá ni idea de cómo es en realidad su hija.
—No te la des de que me conoces, porque no tienes ni idea de cómo soy.
—Creo que me hago una idea —le susurro en el oído y, para mi sorpresa, se echa a reír—. ¿Qué te hace tanta gracia?
—¿Sinceramente? —se gira y pega su cara a la mía—. Tú.
—¿Y por qué te hago gracia?
—Porque te la das de súper interesante, conquistador, con tus trajes tan elegantes, tu pedazo de coche…
—¿Eso es lo que te hace gracia? —la interrumpo—. Porque lo que saco yo de todo esto es que te has fijado muy bien en el coche que tengo, en cómo visto y hasta en las tías que me rodean.
—Mira, Gabriel, tu coche es como para no fijarse, imbécil —me dice alterada mientras se baja del taburete y se queda de pie entre mis piernas—. No hay que ser muy lista para fijarse en que siempre vas con un puto traje, y las tías…
—¿Qué pasa con las tías? —vuelvo a interrumpirla, y acerco mi cara hasta dejarla a escasos centímetros de la suya.
—Que te jodan, Gabriel —me susurra, se queda un segundo ahí, pegada, y noto su aliento en mi boca. Estoy apunto de cogerla del cuello para besarla, pero me controlo.
—Eso pretendo esta misma noche —le digo con una sonrisa ladeada, y sin apartar la mirada de sus ojos.
—Pues que te aproveche —me da una palmadita en el pecho, coge su copa, se da media vuelta y se va.
Niñata asquerosa. Me la acaba de poner así de dura con solo una conversación, una cercanía y un roce que no ha sido ni si quiera sensual.
Creo que voy a perder la cabeza de un momento a otro por su culpa.
Necesito desahogo, pero ahora mismo el sexo con cualquier mujer no me va a proporcionar el placer que necesito.
No quiero follarme a otra. Solo quiero follármela a ella.
Quiero tener bajo mi poder a Carolina Hidalgo.