Nunca molestas Carol #3
—Lo siento, Asia —me disculpo de corazón—. No lo he dicho con mala intención. Ya sabes que tú y nuestros padres sois mi única familia, y os quiero y adoro, y jamás os cambiaría por nada en el mundo, pero ese tío…
—¿Qué le pasa a ese tío? —me interrumpe—. Mejor dicho ¿qué te pasa a ti con ese tío, Carol?
—Que me irrita… me saca de mis casillas… ¡no lo soporto, Asia! —le digo entrando en cólera, e intentando no elevar el tono mucho para no llamar la atención.
—Y con esto, querida hermana, me estás dando la razón —me confirma mi hermana, seria, y cruzándose de brazos.
—Asia, no empieces, por favor te lo pido —le digo mientras echo a andar en busca de mi padre.
—Espera —me agarra del brazo y me para—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te cuesta tanto reconocer lo evidente?
—No voy a reconocer nada, Asia, porque no hay nada que reconocer.
—Pero si se ve a leguas, Carol —me dice desesperada—. Pero no solo se te nota a ti, también se le nota a él.
—Ya sí que te has vuelto loca del todo, y paso de escuchar más tonterías y conspiraciones de las tuyas —le digo emprendiendo el camino.
—Me da igual lo que tú o tu amiguito digáis o creáis que sentís —me vuelve a agarrar del brazo, y esta vez me habla más seria—.
Pero si eres tan tonta como para pensar que solo imagino cosas, ya llegará el día que me darás la razón y tendrás que aceptar que no es ninguna tontería lo que estoy diciendo. Sino…
—Sino ¿qué? —la interrumpo.
—Sino, tiempo al tiempo —me dice con una parsimonia mayor a lo habitual en ella, se da media vuelta y se va.
No sé qué es lo que más me jode de todo lo que me acaba de decir.
Que puede que tenga razón, o que no la tenga.
Esto me supera y necesito un desfogue de inmediato.
A decir verdad, me he portado como una imbécil hace un momento con Gabriel y con Asia.
Respiro hondo, cuento hasta diez, me doy la vuelta con la intención de pedirle disculpas, pero lo veo rodeado de tres mujeres despampanantes.
¡A tomar por culo! Ya tiene entretenimiento, y no voy a ir detrás de él como una gilipollas.
Mejor voy a por mi hermana y le pido disculpas a ella, pero a simple vista no la veo.
Paseo la vista hasta donde me alcanza, buscándola, a ella y a mi padre, pero no veo a ninguno.
Joder. Con las ganas que tengo de irme de aquí y calmar mi enfado con un buen polvo.
—Creo que la he visto ir hacia el baño.
—¿No tienes otra cosa mejor que hacer? —le pregunto a Gabriel sin si quiera mirarlo, porque sé que es él—. ¿No estabas con tres tías hace un momento?
—Para no querer tenerme cerca, me tienes muy controlado.
—Iba a ir a pedirte perdón por mi comportamiento de antes —le digo mirándolo a los ojos por fin—, pero te he visto ocupado y no he querido molestar.
—Tú nunca molestas, Carolina —me susurra acercándose por detrás, y pasándome la mano por la cintura.
—La mano, donde pueda verla —le advierto.
—Esta mano puede estar dónde tú me digas.
Me cago en todo. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo controlar mi cuerpo y mi mente cuando lo tengo así de cerca, y cuando me dice estas cosas? Respira hondo. Cuenta hasta diez. Eres Carolina Hidalgo, y nadie puede contigo.
—Esa mano hace mucho que perdió el derecho a estar cerca de alguna parte de mi cuerpo.
—Ah, pero ¿tenía algún derecho?
Mierda, mierda, mierda. ¿Qué le contesto ahora? ¿Cómo salgo de esta? Ahora no está mi madre para salvarme, y no encuentro ni a mi hermana ni a mi padre. Piensa rápido.
—Puede que alguna vez tuvieras algún derecho, pero se esfumo en el momento en que me expusiste ante ese amigo tuyo como un plato de comida.
—Y ahora dime que no te gusta eso —me vuelve a susurrar, apretándome más la cintura con la mano—.
Dime, Carolina, que no te gusta disfrutar follándote a quien te place.
Dime que no te gusta que te observen mientras te follan, e incluso que puedan participar.
Dime que no estoy en lo cierto, y que estoy mintiendo.
¿Qué? ¿Cómo puede saber todo eso de mí? ¿Cómo puede conocerme tan bien? No puede ser, va de farol, fijo. Pero no me a amedrentar. Me giro, me pongo de puntillas y me acerco a su oído.
—Me encanta que me follen —le susurro—. Me encanta que me miren mientras me follan. Pero ¿sabes qué?
Espero a ver si contesta, pero solo noto su aliento en mi cuello, deseando que le siga diciendo cosas.
—Sorpréndeme —me dice con tono sensual.
—Que tú no vas a presenciar nada de eso, ni vas a ser participe —y le doy un beso en la mejilla.
Lo miro a lo ojos, aguantándole la mirada de depravado con la que me observa, mientras se relame los labios, y le guiño un ojo y, ahora sí, me doy la vuelta para irme de allí, pavoneándome.
¡Victoria! Hoy he ganado yo porque lo he puesto a cien con solo decirle dos cosillas de nada.
¿Y cómo se que lo he puesto cachondo? Porque antes de irme le he rozado el paquete abultado con la muñeca, y la tenía como una piedra.
Me encanta producir ese efecto en los hombres, y más aún en hombres como Gabriel, que se la dan de seductores.