Nunca molestas Carol #2
—Gabriel… —le digo a modo de saludo e intentado quitarle el puto aperitivo de la mano, pero parece que cada vez lo tiene cogido con más fuerza—. Cuando le ofreces algo a alguien, lo normal es que, cuando la otra persona lo coge, lo sueltes.
—Es que me gusta tener las cosas bien agarradas, y aseguradas —me susurra en el oído, y me estremezco al notar su aliento rozándome la piel.
¿Cómo puedes odiar a una persona, y a la vez que te ponga tanto?
Es algo frustrante, exasperante, irritante.
No poder controlar tus propios sentimientos y que estén a merced de otra persona y que, para colmo, apenas conozcas.
Me odio a mi misma por lo que esta persona, que tengo delante, me hace sentir.
—¿Necesitas algo más, o solo pasabas por aquí para darme por culo? —le susurro yo a él en el oído.
—Pensaba que después de tantos años, me recibirías de otra forma —me contesta apartándose de mí, y soltando por fin el aperitivo.
Me quedo inmóvil durante unos segundos, con la comida en la mano y paseando la vista de esos ojos brillantes y negros, a esos labios carnosos y que, recuerdo, besaban tan bien. Me acabo de mojar las bragas al acordarme de todo lo que me hizo aquella noche, y me paso la lengua por el labio superior.
—O igual me he confundido y sí que quieres recibirme cómo me merezco —me dice con una sonrisa ladeada, y una ceja levantada.
Carolina, espabila. Este tío no puede manejarte a su antojo, y que tú te derritas cada vez que estés delante suya. Pon fin a esto ¡ya! Le dedico una sonrisa inocente, le cojo de la corbata y lo acerco a mí, despacio.
—Ni en tus mejores sueños, Gabriel Dubois —le susurro pegado a su oreja.
Noto que se ríe por la nariz, y me recorre un escalofrío de pies a cabeza al escucharlo. Me pone un mechón de pelo detrás de la oreja, y me la acaricia con el dedo pulgar.
—Sé que lo que dices no coincide con lo que piensas —me susurra—, pero no te preocupes. Ya vendrás a buscarme.
Me guiña un ojo, se da media vuelta y se va. Y allí me quedo yo, plantada como un pasmarote, y casi con la boca abierta.
—Y ahora dime que no hay nada entre vosotros —me devuelve a la realidad mi hermana, que aparece por sorpresa por detrás mía.
—¡Joder, Asia! —grito en susurros, y me llevo una mano al pecho, con la mala suerte que es la mano con la que sujeto el maldito aperitivo—. ¡Mierda!
—Joder, lo siento, Carol —me dice mi hermana preocupada—. Vamos al baño y te lo intento limpiar.
—No te preocupes, no se nota mucho.
Me doy con una servilleta. Por suerte el vestido es de un tono muy oscuro, y apenas se ve la mancha, aunque yo sí que la veo, y eso me saca de mis casillas. Intento seguir comiendo y no pensar en lo que acaba de pasar con Gabriel, y en la mancha de mi vestido, pero no lo consigo.
—Ahora vengo —le dijo tajante a mi hermana—. Busca a papá y quédate con él mientras voy al baño.
Mi hermana asiente y la dejo sola con la esperanza que haga lo que le he dicho.
Voy directa al baño de señoras, me doy con un poco de agua sobre la mancha, y parece que ya no se aprecia tanto como antes.
Respiro de alivio porque el dichoso vestido me costó una pasta, y salgo del baño rezando para no encontrarme de nuevo con Gabriel.
Bien, no está por los alrededores. Me pongo a buscar con la vista a mi hermana y a mi padre, hasta que doy con él, pero mi hermana no está.
—¿No está Asia contigo? —le pregunto a mi padre cuando llego hasta él, sin importarme en este momento con quien esté hablando.
—Creía que estaba contigo —me dice mirando por mi alrededor.
—Sí, sí. Perdona. Es que he ido un momento al baño, y la he perdido un segundo, pero acabo de verla —y vaya con quién la acabo de ver.
Mi padre asiente, le doy un beso en la mejilla y me alejo de él en dirección a mi hermana que está ni más ni menos que con Gabriel.
—¡Carol! —exclama mi hermana muy contenta al verme—. Iba a buscar a papá, pero por el camino me he tropezado con Gabriel y ya me he quedado charlando con él.
—Tu hermana tiene un encanto especial —me dice el capullo, y a mí me entran los siete demonios por dentro. Primero porque está hablando de mi hermana, y segundo, de la que está hablando no es de mí. ¡Joder! Cada vez lo odio más.
—Sí —le confirmo con una sonrisa falsa—. Creo que es la más sociable de la familia, aparte de mi padre.
—No le hagas caso, Gabriel —interrumpe mi hermana—, lo dice para alagarnos a mi padre y a mí, pero Carol es un verdadero encanto.
—Claro, cuando y con quien quiero —digo sin apartar la sonrisa falsa de mi boca.
—Carolina… —me reprende mi hermana con educación.
—Bueno, no entretengamos más al señor Dubois, Asia —agarro a mi hermana por el brazo para llevármela de allí cuanto antes, y echarle un buen rapapolvo.
—No tengo otra cosa mejor que hacer —dice él con todo su encanto—. Qué mejor compañía que las hermanas Hidalgo.
—Pues no será por la escasez de compañía hoy —le digo haciéndole una seña hacia un grupo de veinteañeras que no le quitan los ojos de encima.
—Nada se puede comparar con dos bellezas como vosotras —nos dice acercándose a nosotras y bajando la voz.
—Que zalamero eres —le apremia Asia.
—No es zalamería, es la verdad —contesta él con una seguridad que hasta me hace dudar que sea cierto lo que dice—, y Asia tiene a quien parecerse.
—Pues no será a su hermana mayor —le corrijo poniendo el semblante serio—, porque soy adoptada.
Silencio. Se le cambia la cara con mi comentario, y mi hermana me mira con cara de… ¿qué cojones acabas de decir?
—Lo siento —me disculpo, pero sin sentirlo de verdad—. Papá nos está buscando. Tenemos que irnos.
Me doy la vuelta con Asia aún cogida del brazo, sin esperar a que nos despida, y esperando a la que me va a liar mi hermana por el comentario que acabo de hacerle a Gabriel.
—¿Por qué has dicho eso, Carol? —me dice cuando nos separamos unos metros de él, y apartándose lo suficiente de mí para que deje de agarrarla—. Nunca has mencionado lo de la adopción en público, ni si quiera en casa, ¿y ahora lo sueltas, así? Y delante de un desconocido.