Nunca molestas Carol
Nunca molestas
Carol
Presente
Me pongo el vestido azul marino de brillo que mi hermana me eligió esta mañana, y en vez de recogerme el pelo como suelo hacer en los eventos, prefiero dejármelo suelto.
Quiero estar perfecta, no por Gabriel, sino porque me encanta ir de punta en blanco a estos sitios.
Tengo una reputación que mantener, y también tengo ganas de jugar esta noche, para que engañarnos.
Cuando salga de allí, voy a ir directa al Inferno para buscar al moreno.
Hoy tiene que estar allí, seguro, y voy a dar con él, ya se ponga delante Diego, o el mismísimo Papa.
Seguro que me encuentro con algún asistente del evento en el local, no sería la primera vez.
Menos mal que todo lo que pasa en esos locales, no sale de ahí.
Todos tenemos suficiente dinero como para meter una demanda a quien se vaya de la lengua, y algunos tienen contactos para cosas peores.
Si no fuera porque luego tengo “planes”, me llevaría a Berta al evento.
Le prometí que algún día la llevaría conmigo a alguno, pero hoy no es el día.
Si se entera que luego voy sola al Inferno , me mata…
Espero poder llevarla pronto y que se deleite con los tíos que van.
Son eventos muy aburridos, pero te entretienes bastante viendo un continuo pase de modelos, tanto de tíos como de tías.
A mi hermana le encanta ir para ver los modelitos que llevan, y a mí para ver a los modelos que los llevan puestos.
Me pongo mi perfume afrutado favorito, me miro una última vez en el espejo de mi habitación, cojo el bolso y no me da tiempo de abrir la puerta cuando mi hermana ya lo ha hecho por mí. La paciencia tampoco es una de sus virtudes.
—¡Di-os! —exclama con la boca tan abierta que casi le roza el suelo.
Me doy una vuelta y le guiño un ojo.
—Te odio, ¿lo sabías?
—Sé que me quieres con locura —le afirmo dándole un beso en la cabeza.
Ella resopla porque sabe que lo que he dicho es cierto.
Salgo de la habitación, cierro la puerta y le cojo de la mano para ir agarrada de ella hasta el salón, donde seguro que nos están esperando nuestros padres.
Bueno, me estarán esperando. Sí, cuando se trata de un evento, soy la más tardona de la familia. No puedo remediarlo.
La verdad es que el vestido es impresionante.
Tiene un gran escote en la espalda y una raja en un lateral que llega un poco más arriba de medio muslo.
Son mis preferidos, y no es que yo tenga el cuerpo de una súper modelo, pero no tengo nada que envidiarles, y a Asia le encanta tenerme como su modelo particular.
Es imposible negarme, uno porque es mi hermana, y otro porque también me gusta la moda, aunque no a su nivel.
Cuando llegamos al salón, vemos a mi padre con un elegante traje de chaqueta azul marino. Siempre intentamos ir, más o menos, de los mismo tonos. Es una pequeña tradición que nos impusimos para sentirnos unidos dentro del amasijo de gente. Pero lo veo solo a él.
—¿Y mamá? —le pregunto con ceño fruncido.
—Está con un caso de los gordos, y hoy se queda hasta tarde en la oficina —dice mi padre apenado.
Casi siempre suelen ir juntos, si no lo hacen es por, como ha dicho él, algo muy gordo.
Sabía que mi madre llevaba un caso importante, pero no pensaba que lo fuera tanto.
En el bufete, cada uno tiene sus casos, y ninguno nos metemos en el caso de otro, a no ser que pidamos ayuda, pero es muy, muy raro que eso pase.
—Con las ganas que tenía de que viniera —le digo haciendo un puchero.
—La próxima vez será —dice mi padre con una sonrisa de consolación—. Hoy me toca ir acompañado de mis dos pequeñas preciosidades.
—Vas a ser la envidia de todo el palacio de congresos —le digo agarrándome a su brazo, y le doy un beso en la mejilla.
—Apuesto que sí —me guiña un ojo, y coge a mi hermana con el otro brazo—. ¿Listas?
—Cuando tú quieras, pero voy en mi coche ¿vale?
—¿Vas luego a una de esas fiestas? —me pregunta Asia ilusionada.
—Sí, me han invitado a una.
—¿Puedo ir contigo?
—Rotundamente, no —interrumpe mi padre con tono severo.
—Nunca puedo ir contigo… —se queja.
—Tu hermana tiene treinta y dos años, ya es mayor para ir a donde quiera. Tú solo tienes dieciséis —le reprende—. Ya tendrás edad para ir a las fiestas que quieras, cuando cumplas dieciochos años.
—Pero…
—Asia —la interrumpe él con una mirada gélida, y mi hermana se queda en silencio al momento.
Vamos cada uno hacia nuestros respectivos coches, y Asia me sigue con cara de cabreo hasta el asiento del copiloto.
Se monta y cierra la puerta con delicadeza, a pesar del enfado que lleva.
Sabe lo cuidadosa que soy con mi coche y que tiene que tratarlo mejor que a sus vestidos.
Tiene un carácter muy fuerte, pero no es tonta.
—Sabes que luego te tienes que volver a casa con papá ¿verdad? —le digo mientras conduzco.
—Lo sé… no hace falta que me lo recuerdes —me contesta enfurruñada.
—Te quiero, y eres mi hermana favorita.
—Soy tu única hermana, idiota —me interrumpe con media sonrisa dibujada en los labios.
—Pero papá tiene razón.
—¿Te vas a poner de su parte y también me vas a dar un sermón? —se queja y se le desdibuja la sonrisa.
—No te voy a dar ningún sermón, Asia, pero yo no salí de fiesta hasta que cumplí los dieciocho. Así que es normal que no te dejen a ti tampoco, hasta entonces.
—Pero mis amigas ya van a fiestas, y yo soy la única pringada que no voy a ninguna.
—Hazme caso, te vas a aburrir de ir a fiestas… todo a su debido tiempo, hermanita.
No me contesta, solo suspira con los brazos cruzados y mirando por la ventanilla.
Le doy las llaves de mi Audi al aparcacoches, y antes de decirle que tenga cuidado con él, se me adelanta Asia.
—Ojito con el coche —le dice mirándolo fijamente, y entrecerrando los ojos—. Cómo vea un solo rasguño…
—Ya sabe cuál es su trabajo, Asia —le interrumpo antes de que continúe la frase.
El aparcacoches me dedica una sonrisa y me hace un gesto con la cabeza a modo de agradecimiento. Lo conozco, y él a mí también. Aunque haga mucho tiempo que no venga por aquí, no me olvido de las caras con facilidad, y él lleva muchos años trabajando en este sitio.
—¿Entramos ya, o esperamos al lento de papá? —me pregunta Asia con desgana. Mi padre conduce muy lento, a diferencia de mí, que me pesa bastante el pie.
—Lo esperamos aquí.
Siempre entramos todos juntos, y hoy no va a ser diferente porque mi hermana esté enfada con él. Lo bueno de los enfados de Asia, si es que tienen algo de bueno, es que son una bomba en el momento de la discusión, pero en menos de media hora se le pasa y continúa como si nada hubiera pasado.
A los cinco minutos llega mi padre, le da las llaves al otro aparcacoches, y se dirige hacia nosotras.
Nos dedica una sonrisa, a las dos, y nos ofrece un brazo a cada una para que entremos agarradas de él.
Le encanta entrar así en los sitios y presumir de mujer y de hijas.
O eso dice él, que no se corta en reconocerlo, e incluso reconocérselo a los demás.
Nada más entrar, mi padre empieza con los saludos, y mi hermana y yo sonreímos con cortesía y educación.
Se para con un compañero, lo saludamos todos, y se pone a hablar con él de algo, no sé de qué porque corto toda comunicación automáticamente cuando hace eso.
Mientras ellos hablan, mi vista pasa de un grupo de gente a otra, como buscando, hasta que mis ojos se topan con los de mi hermana, que me está mirando con una sonrisa malévola y con un brillo en los ojos que no sé cómo descifrarlo.
Le hago un gesto con la cabeza como preguntándole que por qué tiene esa cara, y ella me contesta con otro gesto, pero este es con las cejas, levantándolas y bajándolas con rapidez.
Vale, piensa que estoy buscando a Gabriel, y puede que tenga razón.
Mierda, estoy buscándolo inconscientemente.
No, hoy he venido a pasar el rato con mi familia, y sobre todo con mi hermana.
Me disculpo con mi padre y con el señor con el que habla, que no me acuerdo cómo se llama, con la excusa de llevarme a Asia a buscar algún aperitivo.
Mi padre asiente, y me da el brazo de mi hermana para que la agarre yo.
—¡Gracias! —me grita Asia en susurros
—Tienes a la persona que mejor sabe escaquearse del mundo a tu lado —le digo guiñándole un ojo.
Ella sonríe con malicia, y nos ponemos a buscar las mesas donde está la comida.
Sé que Asia no va a comer nada, pero yo estoy muerta de hambre, y en estos sitios me entran más ganas aún.
No sé si será por los nervios, o por no hablar con nadie.
Cuando te ven comiendo, solo pasan por tu lado y te saludan, no se paran a hablar contigo.
El plan perfecto para no hablar con nadie.
—Me da igual que me digas que no tienes hambre —le digo a mi hermana cuando llegamos a una de las mesas—, tienes que probar mi aperitivo preferido, si es que lo encuentro…
Las mesas son kilométricas, y tengo que llevarme un rato buscando, aunque no mucho.
La gente no viene por la comida, viene a socializar y a por la bebida gratis.
Yo vengo por mi padre, para lucirme y por la comida.
Estoy tan absorta buscando que no me he dado cuenta que me he alejado de Asia, y estoy notando una presencia a mis espaldas, muy cerca.
—¿Buscabas esto? —me pregunta una voz que jamás podría olvidar, ni aunque pasaran cien años, asomando una mano con el trocito de salchicha envuelto en un panecillo.
—Vaya, tú siempre tan oportuno —le digo girándome, y agarrándole el aperitivo, pero no lo suelta.
—Cuánto tiempo, Carolina —me dice con su cara a escasos centímetros de la mía. Tengo que tragar saliva y contener la respiración para que no note lo nerviosa que me acabo de poner, pero no retrocedo, ni tan si quiera un milímetro.