Siempre Tuyo Un corazón congelado Carol #2
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Un corazón congelado Carol #2

—Digo que me pensaré lo de no darte la lata —se corrige, echándose a reír—, lo de ayudarte a elegir modelito, ya deberías saber que te lo iba a elegir yo.

—Oh, perdone, su majestad —le digo haciéndole una reverencia—, reina de la moda.

—Avísame cuando termines de ducharte, y vendré a socorrerte de inmediato para que no la cagues esta noche llevando puesto a saber qué barbaridad.

Le vuelvo a hacer una reverencia de conformidad, aguantando la risa, y se da la vuelta para darme un poco de espacio.

Asia es una fanática de la moda, y tiene muy buen gusto.

Siempre le ha gustado verme cómo me vestía para ir a un evento, o para salir de fiesta.

E incluso me ha ayudado en más de una ocasión, además de darme la brasa y pedirme montones de veces que cuando la llevaría conmigo a una de esas fiestas tan elegantes a las que iba con Berta.

Ya no me lo ha vuelto a repetir, y lo agradezco.

Es evidente que si la llevo algún día de fiesta conmigo, no va a ser a un local swinger.

La llevaría a alguna discoteca elegante a la que no pudiera entrar porque necesitara pases.

Cuando Berta y yo conocimos a su amigo Mario y nos fue llevando de fiesta en fiesta, se nos abrieron un montón de puertas, e íbamos a fiestas a las que no podríamos haber ido sin su ayuda.

Aunque a mi amiga no le guste, tiene muchos contactos en la ciudad, y no es mal tipo.

Pero Berta es muy tiquismiquis con los tíos.

Abro el grifo y dejo correr el agua hasta que sale caliente mientras me desvisto.

La regulo hasta dejarla a mi temperatura ideal, me meto y disfruto de un momento de paz.

Esta es mi parte favorita del día. Adoro cuando termina el día y me meto en la ducha.

Es un momento solo para mí. Donde puedo relajarme, adentrarme en mi mundo, pensar en lo que quiera, e incluso darme placer.

Ahora mismo no estoy en el sitio idóneo para hacerlo, ni en la mejor situación, pero mientras me recorro el cuerpo con el agua, se me viene a la mente las palabras de mi hermana.

¿Por qué me habrá dicho eso de Gabriel? A excepción de un par de veces que las dos hemos coincidido con él en un evento, no ha habido otra circunstancia para que pueda llegar a pensar algo así.

Y cuando lo hemos visto, tampoco nos hemos dirigido demasiado la palabra.

Cierto es que, una de las veces, fue cuando me pilló sola y me preguntó que cuando volvería a repetirse lo de aquella fiesta.

Pero no creo recordar que Asia estuviera cerca.

¿O sí? No entiendo cómo se me puede nublar la mente y la vista cada vez que lo tengo cerca.

Tanto me absorbe que no puedo fijarme en lo que pasa alrededor, si hay alguien conocido o no.

Pero también hace mucho tiempo de aquello, y no me acuerdo ni de lo que comí ayer, como para acordarme de algo que pasó hace ¿cuánto?

¿Cuatro o cinco años? No sé. Lo que sí sé es que otra vez lo tengo rondando en mi cabeza, aunque nunca se ha ido por completo de ahí.

No obstante, esto nunca puede salir a la luz.

Si lo verbalizo, significa que es cierto, y no quiero pensar, ni por un momento, que pueda llegar a gustarme un tío, y menos un tío como Gabriel.

Termino de ducharme lo más rápido que puedo porque mi momento de paz se ha acabado. Si tener un rato para mí significa que este hombre se cuele en mis pensamientos, se acabó ese tiempo hasta nueva orden, y hasta que no lo saque de mi cabeza con cincel y martillo si hace falta.

Cierro el grifo, cojo la toalla, me rodeo el cuerpo con ella y me doy un susto de muerte al encontrarme a Asia sentada en mi cama.

—¡Joder, Asia!

—Menos mal que no está mamá aquí… sino te iba a caer una buena por ser tan mal hablada —me dice mirándose las uñas.

—¿No me dijiste que te avisara?

—Cierto, pero he escuchado que has cerrado el grifo muy pronto, y he querido venir a ver si estabas bien o si, por el contrario, me habían dado el cambiazo los extraterrestres y habían colocado a otra persona en tu lugar.

—A veces te echo de menos —le confieso agarrándola de la barbilla y haciendo que me mire a los ojos—, a ti, y a tu ironía.

—Lo sé. Sé que no puedes vivir sin mí, y por eso tienes que venir cada dos por tres a esta casa —dice con un suspiro—. Pero tienes que volar, mi amada hermana. Haz tu vida, para que yo pueda hacer la mía.

No le dejo apenas terminar la frase, y me lanzo encima de ella para hacerle cosquillas. Me encanta su ironía, su naturalidad para desarrollarla, y me encanta todo de ella. La amo.

—¡Maldita traviesilla! —le grito sin dejar de hacerle cosquillas.

—¡Para, Carol! —exclama si poder parar de reírse—. Como no pares ¡voy a terminar haciéndome pipí en tu cama!

—¡Noooo! —me quito de golpe de encima suya—. Vale, vale. Todo menos eso, asquerosa.

—Así me gusta, que me obedezcas como me merezco —dice dejando de reírse poco a poco, y sacudiéndose con las manos el vestido celeste que lleva puesto—, y ahora, muéstrame tus ropajes, mi querida plebeya.

—Enseguida, majestad —le digo haciéndole una reverencia.

Siempre hemos tenido esa coña cuando hablamos de ropa y accesorios.

Para mí, ella es la reina de la moda, y se lo dije nada más ver el talento que tiene, así que yo la llamo majestad, y ella a mí, plebeya.

Son nuestros apelativos cariñosos, aparte de muchos otros.

Los míos hacía ella, aparte del que acabo de mencionar, son: querida hermanita, enana, mi pequeño continente, maldita traviesilla.

Este último solo se lo digo cuando estamos las dos solas, sin que nadie me oiga, y es su favorito.

Los suyos hacía mí son: plebeya, mi amada hermana, Carolina (cuando está enfadada) y “la tiesa”.

Este también me lo dice cuando estamos a solas, y me lo dice porque soy muy fría con las personas que no son mi familia.

Aunque soy muy cordial y educada, ella es más abierta que yo, y suele caer más en gracia, cosa que agradezco sobremanera, y ella no tanto porque, cuando estamos en sociedad, con ella quiere hablar todo el mundo, y llega a agobiarse un poco.

Y a mí solo me hablan para tratar temas de negocios.

Punto a mi favor por tener un corazón congelado por el paso del tiempo.

O mejor dicho, por el gran tropezón que me dio la vida, como es que tu madre, esa persona ideal, maravillosa y cariñosa, muera a una semana de celebrar tu décimo cumpleaños.

Y que, cuando cumples la mayoría de edad, te enteres que no murió por causas naturales, sino que fue asesinada por tu padre porque un día se le fue la olla.

Así, sin más. Creo que en estos casos, es normal que una persona se vuelva tan fría y calculadora como me volví yo.

Lo que todavía me sorprende, y al resto de los que me conocen, es cómo me integré con tanta facilidad en la familia Hidalgo, después de estar cuatro años en el centro de menores, porque mi abuelos maternos ya estaban muertos, mi madre era hija única, y la familia de mi padre se desentendió de él cuando decidió dedicarse al arte.

Por lo poco que yo sabía, eran una familia muy adinerada de Barcelona, y el hijo de puta de mi padre manchaba el buen nombre de su familia.

Así que, cuando mi madre murió, no quisieron saber nada de su nieta, cosa que no me afectó en absoluto porque nunca llegué a conocerlos, ni si quiera en fotos.

Otro punto a mi favor para no sufrir más.

Ya lo pasé muy mal al enterarme de la muerte repentina de mi madre cuando la directora de mi colegio me sacó de la clase de matemáticas para contármelo, junto con otra persona que no conocía, y que instantes después de la noticia, supe que era la persona encargada de llevarme al centro de menores.

Pregunté muchas veces por mi padre. No es que fuera el padre del año porque siempre estaba fuera, pero cada vez que estaba en casa se mostraba muy atento con mi madre y conmigo, y era bastante cariñoso.

Por eso me resultó raro no saber nada de él al principio.

Luego me contaron que estaba fuera de la ciudad por un trabajo, y que no podía hacerse cargo de mí en esos momentos, y que por eso me tenían que llevar a un centro.

Años más tarde, después de seguir insistiendo y preguntando que cuando iba a volver, me dijeron que había desaparecido y que no iba a volver más.

Al poco tiempo, fui adoptada por Iria y Claudio, y cuando cumplí los dieciocho, me contaron toda la verdad.

Mi padre había muerto también. Lo metieron en la cárcel por asesinato, obviamente, y al poco tiempo de estar encerrado, se suicidó.

Algo me suponía, no era tonta, y que mi padre desapareciera así como así, era muy raro, y sospechoso de narices.

Lo que no me imaginaba era la parte en que fue él quien la asesinó, pero aun así, no me lo tomé mal, aparentemente, y ellos pensaron que tendría que explotar en algún momento.

Pero nunca lo hice, en público. Y fue cuando empecé liarme con tíos con el único propósito de sentir placer por un rato, para luego sentir el dolor de la desaparición.

Me auto flagelaba por lo que mi madre pudo haber sufrido y que yo no me hubiera dado cuenta de nada, y lo sigo haciendo.

De ahí a que nunca vaya a querer a un tío para algo más que no sea el sexo.

Y por eso me preocupa que mi mente no se haya desecho ya de Gabriel Dubois, y me preocupa más aún por todos los años que han pasado desde aquella maldita noche que decidí irme a esa fiesta con él.