Un corazón congelado Carol
Un corazón congelado
Carol
Presente
Me despierto sobresaltada cuando me suena la alarma.
¿Por qué cojones puse ayer una alarma para hoy, sábado?
Cojo el móvil y me meto en mi agenda. ¡Mierda!
El evento… Hoy toca evento con mi padre, y a este ya no puedo decirle que no.
Llevo mucho tiempo posponiéndolos, poniendo de excusa el trabajo, viajes, y millones de cosas más, sobre todo cuando los hace en conjunto con Héctor Dubois, y que sé que asistirá Gabriel.
Desde lo de aquella fiesta en casa de Dante hace ya años, no he querido encontrármelo demasiado.
Siempre intento evitarlo, y hasta ahora me ha salido muy bien la jugada.
Las pocas veces que he coincidido con él, solo he tenido que dedicarle un cordial saludo, y si te he visto, no me acuerdo.
Me quedaba pegada a mi madre, a mi hermana o a mi padre, y así evitaba poder tropezarme con él a solas por algún lado.
Cuando tenía que ir al baño, me llevaba a mi hermana, o le decía a mi madre que me acompañase.
Solo fui descuidada una sola vez, y fue suficiente para que me preguntase que cuando iba a volver a acompañarlo a una fiesta, a lo que le contesté que nunca.
Eso bastó como llamada de atención para no volver a quedarme sola en un evento en el que Gabriel Dubois estuviera.
O para no ir directamente. No coincidimos en todos.
A veces yo he ido y no me lo he encontrado.
La excusa que su padre daba era que estaba muy ocupado con su empresa.
Imbécil. Él, su padre no. Héctor es encantador, ya podría haber salido su hijo un poco a él.
Hago el amago de levantarme, pero me he despertado perezosa.
No tengo ganas de hacerme el desayuno, así que me visto, me recojo el pelo con un moño y me bajo a la cafetería que tengo cerquita de casa.
A estas horas no hay mucha gente y no tengo que esperar para pedir una tostada con aguacate, y un buen café para espabilarme y despejar la mente.
Hoy tengo que estar alerta, aunque hace mucho que no lo veo, prefiero no correr riesgos innecesarios.
No sé porqué me afecta tanto cada vez que sé que voy a verlo, pero me entra un dolor en la tripa inexplicable.
Berta dice que es porque me gusta. Parece mentira que no me conozca.
Desde que somos amiga, nunca ha habido nadie que me atraiga, ni nadie especial.
No sé lo que es estar enamorada de un hombre, o que me guste alguien.
Me he sentido atraída por muchos, pero siempre ha sido solo eso.
Atracción. Placer y sexo. Punto y final.
Ella intenta ser como yo, y la mayoría del tiempo lo es, pero las dos sabemos que, a diferencia de mí, se muere por tener una historia de amor como las que lee en sus novelas románticas, o como las que ve en las películas cursis.
No sé porqué lo esconde y porqué quiere imitarme e intentar tener un corazón de hielo como el mío.
La respeto, y la adoro tal y cómo es, así le gusten los tíos solo para el sexo, o porque quiere tener una relación.
Cada uno es como es, y todo es respetable.
Termino el desayuno en menos de veinte minutos, me despido del camarero y me vuelvo a casa.
Estoy tan acostumbrada a ir corriendo de acá para allá, que no sé ni cómo es disfrutar de un desayuno.
Nota mental: disfrutar de un rato desayunando, tranquila y sin prisas.
Tengo que disfrutar más de cada momento.
Llego a casa y no me apetece estar sola, así que cojo las llaves del coche y conduzco hasta casa de mis padres.
—¡Carol! —me grita Asia cuando abro la puerta, y viene corriendo hacia mí para echarse en mis brazos. Aún tengo las llaves de esta casa y no quieren que se las devuelva, para que me acuerde que tengo que venir a visitarlos y no me olvide de ellos. Como si eso fuera tan fácil.
—Hola, enana —le digo sonriendo y sabiendo que le da coraje que le llame así.
—Tú no cambias ¿no? —me dice arrugando el ceño—, ni aunque te hayas ido de casa.
—Sino me estarías echando de menos a cada minuto que pasa —le digo revolviéndole el pelo—, de esta manera, seguro que no tienes ganas de verme.
—Te equivocas, listilla —me dice dándome un empujón y guiñándome un ojo.
Maldita traviesilla de ojos castaños. Desde el primer momento que la vi, me enamoré de ella.
La única personita que me robó el corazón.
Lo normal después de algo más de cuatro años de aguantar niñatas en el centro donde estuve esperando a ser adoptada.
Siempre me habían dicho que a esa edad casi nunca adoptaban, pero por suerte para mí, todas mis compañeras se equivocaron.
Cuando llegué al centro, con diez años, después de la muerte de mi madre, no tenía ni idea de lo crueles que podían llegar a ser las personas.
Incluso las personas a las que tenías en un pedestal, y a las que querías tanto.
Y estoy hablando de mi padre biológico, Enrique, y al que me encantaría olvidar para el resto de mis días, pero no puedo y, por un lado, tampoco quiero.
Necesito tenerlo presente, que me duela lo que hizo, como recordatorio de cómo te puede cambiar la vida por culpa de una persona a la que apreciabas tanto, por si mi barrera de hielo quisiera descongelarse en algún momento.
—¿Dónde están papá y mamá?
—Mamá ha salido a correr —me dice mientras vamos agarradas de la mano hacia la cocina—, y papá ha ido a preparar no sé qué del evento.
—Cómo no… —le digo poniendo los ojos en blanco, y ella se ríe—. Asia, ¿por qué me traes a la cocina?
—Mi amada hermana, todos conocemos tu lado hambriento, y te prefiero con el estómago lleno —chica lista—. Dime que vas a venir al evento ¡por favor!
—Hoy no puedo escaquearme —le digo encogiéndome de hombros mientras abro el frigorífico. Sigo teniendo hambre aunque haya desayunado hace poco más de media hora.
—Menos mal… —me dice suspirando y pasándose la mano por la frente.
—¿Por qué?
—Porque no soportaría otro evento más sin poder escaparme contigo. ¿Sabes lo que es que, cada vez que voy, papá me presenta a miles de personas?
—Lo sé muy bien, y de primera mano —me río por el comentario y por la manera en que lo ha dicho. Asia es muy expresiva, tanto con la cara como con las manos.
—No sé cómo podía pediros que me llevarais cuando era más pequeña —se sienta en una de las sillas que tenemos en la cocina, alrededor de la mesa donde solemos desayunar—. ¿Y para qué? ¿Para qué tantas presentaciones? Y no se lo digas, pero es un pesado con el tal Héctor y su hijo.
Me entra un escalofrío al escuchar eso. Ni si quiera ha mencionado su nombre y casi me atraganto con el yogur de macedonia que me estoy comiendo.
—A papá le encanta alardear de sus hijas, deberías conocerlo un poquito —le digo tosiendo.
—¿Por qué te has puesto así, de repente? —me pregunta entrecerrando los ojos y levantando una ceja.
—¿Así, cómo?
—No te hagas la tonta conmigo, porque no cuela —me dice levantándose de la silla y viniendo hacia mí. Se apoya con los codos en la isla de la cocina, y me inspecciona cada una de las facciones de la cara.
—¿Me he manchado? —le digo pasándome la mano por las comisuras de los labios.
—Gabriel…
Maldita traviesilla. Me conoce demasiado bien y aparto la mirada enseguida antes de que pueda leerme la mente a través de los ojos.
—¡Lo sabía! —grita, dando saltitos y bailando.
—Deja de saltar como una loca, y no digas más tonterías.
—A mí no me puedes mentir —me señala con el dedo y con una sonrisa de oreja a oreja—. Te conozco, y sé que ese tío te gusta.
—Pero ¿qué dices?
—Lo que oyes, y lo que sabes y no quieres reconocer. Pero no te preocupes, ya vendrás algún día y me dirás: “ querida hermana, tenías razón. Estoy locamente enamorada de Gabriel Dubois”.
—¿Sabes que a veces no te soporto? —tiro el yogur a la papelera, suelto la cuchara en el fregadero y me voy de la cocina.
Ella no se queda satisfecha y me persigue en silencio.
Un silencio que será interrumpido en breves momentos.
Subo las escaleras que llevan hasta el segundo piso, donde están las habitaciones, llego a la que era la mía, abro la puerta, y me emociono un poco al ver que todo está tal y como yo la tenía antes de irme, y tengo el presentimiento de que no la van a cambiar nunca.
Entro ligera para poder cerrar la puerta antes de que Asia pueda entrar, pero es tarde… me la ha parado con un un pie.
—Voy a darme un ducha y a ver qué modelitos tengo aquí. Si no vas a darme la lata, te dejo que me ayudes a elegir uno para esta noche
Mi habitación tiene un cuarto de baño que compartía con mi hermana.
Este baño tiene dos puertas, una que da a mi habitación, y la otra a la habitación de Asia.
Muchas han sido las veces que la he echado porque estaba duchándome, arreglándome o simplemente haciendo pipí.
Y creo que es culpa mía, porque siempre he estado pendiente de ella, y se acostumbró tanto a tenerme cerca que, cuando quería un poco de intimidad, me costaba tenerla.
Cuando me fui de casa, lo pasó muy mal, quería venirse a vivir conmigo, y hasta llegó a estar enfadada conmigo durante un par de meses.
Pero hice todo lo posible por no desaparecer de su vida con demasiada brusquedad.
Venía todos los días a cenar, o me la llevaba a pasear, a merendar y hacía muchas cosas con ella, hasta que empezó la adolescencia y se fue despegando de mí y a salir más con sus amigas.
Ahora estoy más tranquila, pero en cierto modo la echo de menos, por eso sigo viniendo mucho por aquí.
Incluso me quedo alguna que otra vez a dormir para hacer una noche de cine en casa, por ejemplo.
—Me lo pensaré… —me contesta pasándose la mano por la barbilla, pensativa.
—¿Asia? ¿Dónde está mi hermana? ¿Qué ha sido de ella? —pregunto con ironía, mirando de un lado a otro, y por detrás de ella.