Siempre Tuyo ¡¿Que me relaje?! Carol
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¡¿Que me relaje?! Carol

¡¿Que me relaje?!

Carol

Presente

No puede ser que nada más despertarme, en lo primero que piense sea en el desconocido del Inferno .

Y así llevo toda la semana, aunque no es en el único en quien pienso.

No me esperaba ver a Diego la otra noche, y menos que trabajase allí.

Pero no basta con eso que encima me da un sermón como si fuera mi padre, o como si no hubiera desaparecido de mi vida desde hace más de doce años.

Hoy solo me apetece salir de trabajar, irme a mi casa, ducharme, pedir comida china y tirarme en el sofá para ver una peli de miedo (mis favoritas).

Tengo la certeza de que Berta me va a llamar para que salgamos, pero no tengo el cuerpo para fiestas, aunque tengo un poco de ganas de ver al moreno misterioso.

Me intriga mucho, aparte del buen sexo que tuvimos, aunque se portara como un auténtico capullo.

Antes de ducharme y sentarme para cenar y a ver la peli, quiero recoger la casa un poco que la tengo hecha un desastre. Este caso me está consumiendo más tiempo del que yo pensaba y llego a casa exhausta, solo con ganas de asearme, cenar algo y meterme en la cama.

Lo raro es que aún no me ha llamado Berta. Supongo que tendrá plan para esta noche, aunque siempre me llama los viernes, así que, como amiga pesada y preocupada, la llamo yo.

—¿Estás viva? —le pregunto después de esperar cuatro pitidos.

—Sí, claro ¿por qué?

—No me estás dando la tabarra para salir, y he pensado que a lo mejor te habías resbalado de la ducha y estabas inconsciente, o que te habían secuestrado.

—Joder, tía, deja de ver esas películas raritas —me dice con tono de asco.

—No son raritas, son de miedo —me río por la nariz—, y no soy la única persona en el mundo que ve pelis de miedo. Que tú seas una cagada, no significa que el resto lo seamos y que no podamos verlas.

—Para pasar malos ratos, prefiero irme una noche al Inferno . Gracias —me dice cortante.

—¿Qué te pasa? ¿Y por qué dices eso del Inferno ?

Uno: como ya pensaba, es muy raro que mi amiga no me llame un viernes para salir. Dos: ¿qué Berta hable mal de un local, y después de haber follado con un pedazo de tío? Confirmado. Le pasa algo.

—Nada, nada —escucho que suspira a través del teléfono—. Perdóname, me tiene que venir el periodo y estoy un poco irascible.

—¿Un poco? —pregunto con ironía—. Berta, tú no te sueles poner así, no me vengas ahora con esas. ¿Qué te ha pasado?

Silencio. Cada vez estoy más preocupada.

—¿Berta?

—Sí, sí. Aquí estoy.

—¿Qué está pasando? —le pregunto con mi voz de abogada, una voz muy, pero que muy seria, y que ella conoce a la perfección.

—Si te lo cuento ¿me prometes que no te vas a cabrear?

—Mal empezamos…

—Vale. No te lo cuento —y me cuelga.

¿Qué acaba de pasar? Esto tiene que ser producto de mi imaginación. Miro la pantalla del móvil, y no, no son imaginaciones mías. Mi mejor amiga me acaba de colgar porque no quiere contarme algo. Respiro hondo, cuento hasta diez y vuelvo a llamarla.

—En quince minutos estoy ahí. Ni se te ocurra moverte.

Y ahora soy yo la que le cuelga sin dejar que me conteste. No sé si está en su casa, me lo he supuesto por cómo le he notado la voz, y porque de fondo no se oía nada, estaba todo en silencio. No me regalaron el título de derecho por nada; me suelo fijar en todos los detalles, y casi nunca fallo.

Todavía estoy vestida, así que solo cojo el bolso y salgo de casa directa a mi coche.

Entro, me pongo el cinturón, arranco y salgo quemando ruedas, como lo hago cada vez que estoy cabreada, que tengo prisa o que me pico con alguien.

Menos mal, hay poco tráfico y voy a tardar menos tiempo del que le he dicho.

Llego a su casa en tiempo récord, aparco, me bajo y voy con pasos firmes hacia la puerta, a la que no hace falta que llame.

Está abierta, y ella está allí, apoyada, esperándome de brazos cruzados, con la melena rubia recogida en un moño de estar por casa y esa mirada de color zafiro, penetrante.

La misma mirada que le suele poner a los tíos cuando los conoce y los esta inspeccionando para averiguar si se acuesta con ellos o no.

—Puedes poner la cara que quieras, pero ya puedes estar largando por esa boquita —le digo entrando, sin pararme a saludarla, ni esperar a que me de permiso para entrar.

Me voy directa a la cocina, porque sé que esto va para largo, y tendremos la necesidad de comer. Y porque no he cenado y me puedo comer un ñu entero en estos momentos.

—He tenido clientes y jueces con peores caras que la tuya ahora mismo, y te aseguro que no me intimidas —le digo sentándome en uno de los taburetes que hay alrededor de la isla de mármol—. Si es que esa era tu intención…

Ella me ha seguido hasta la cocina, pero sin mediar palabra. Abre el frigorífico, y se pone a mirar lo que hay en el interior.

—¿Qué quieres cenar? —odio las evasivas, y tengo mucha hambre.

—¿Cómo sabes que quiero cenar? —le pregunto cruzándome de brazos, haciéndome la indignada.

—Igual que tú sabías que me pasaba algo —me mira por fin, pero solo un momento—, y porque has venido flechada hacia la cocina.

—Vale, pero cierra eso —le digo señalándole el frigorífico—, me apetece algo dulce.

Me hace caso, lo cierra y va al mueble donde sé que tiene todas las porquerías de “supervivencia” para cuando tenemos un mal día, o cuando solo queremos comer cosas que no son para nada sanas.

—Cuando quieras, me cuentas lo que te pasa —le digo mientras abro una bolsa de mini chocolatitos negros.

Se pone a mi lado, suspira, y se baja un poco el pantalón, por la parte de la cacha del culo.

—¿Puedes explicarme algo en vez de enseñarme solo un moretón, por favor? —cada vez estoy más confusa, y que no me hable me está matando, con lo directa que es ella.

—Fue del otro día, cuando estuvimos en el Inferno —me dice mientras se sube el pantalón, y ahora se baja una manga y me enseña otro más en el brazo.

—¿Te caíste? —pregunto arrugando la nariz. Sigo sin entender nada, ni porqué me está enseñando los moretones.

—Tan patosa no soy… —suspira, y se coloca bien la manga—. Fue de cuando estuve con el rubio.

—¿Eso te lo hizo él?

—Sí, aunque ahora tienen un color más suave —me explica con la cabeza gacha—. Parece que le gusta ser un poco más bruto de lo normal, y se vino arriba.

—¡¿Un poco más bruto?! —exclamo, levantándome del taburete—. ¿Que se vino arriba?

—Carol, relájate. Tampoco es para tanto. Lo único es que no quiero volver más allí. Solo eso.

—¡¿Que me relaje?! —bramo haciendo aspavientos con las manos.

—Y por esto te dije que me prometieses que no te ibas a cabrear —me dice molesta.

—Berta, no me cabreo contigo, me cabreo con el gilipollas que te ha hecho eso —le explico relajándome un poco—. Una cosa es venirse arriba y que le gusten los juegos, como ya hemos vivido en muchas ocasiones, pero esto nunca te lo habían hecho, ni a ti, ni a mí.

Mi amiga se queda callada, y yo me vuelvo hacia el taburete donde estaba sentada, respiro hondo para intentar tranquilizarme y no ir echa una furia al local y liársela a ese hijo de puta.

—Dime algo, Carolina, por favor —me suplica casi con lágrimas en los ojos.

—No te preocupes —le digo echándole los brazos para que venga y la abrace—, te repito que no estoy cabreada contigo. Tú no tienes la culpa de dar con un gilipollas de ese calibre.

Me abraza, se derrumba y se echa a llorar.

Aunque Berta es muy llorona, y llora por muchas cosas, nunca ha llorado por un tío.

Esta vez es comprensible. No quiero ni imaginarme lo mal que lo tuvo que pasar mientras yo me lo estaba pasando muy bien, y luego me fui de allí sin ella.

Ahora me siento como una mierda. Como la peor amiga del mundo.

—Oye, una duda… ¿por qué no le paraste lo pies? —le pregunto separándola de mí, y mirándola con los ojos entornados.

—Porque al principio estuvimos de puta madre —empieza a explicarme mientras se seca las lágrimas con las mangas de la camiseta y va parando de llorar—.

Estuvo muy atento a mí, me pedía que le dijese todo lo que yo quería para hacérmelo.

Me hizo correrme dos veces, y cuando terminé me dijo que me tocaba a mí satisfacerlo a él.

Yo estaba encantada, ya sabes que no suelo tener pegas con casi nada, así que me agaché y fui a metérmela en la boca, pero antes si quiera de rozársela con la lengua, me cogió del pelo, me apartó de un tirón y me lanzó a la cama de una manera muy brusca.

Ahí empecé a olerme que a ese tío le iban las cosas algo más fuertes, y no me equivoqué.

—¿Y por qué no te fuiste en ese mismo momento?

—Lo intenté, pero me dijo que no sería justo que yo me hubiese corrido dos veces y él solo una.

—Y te dio pena, y te quedaste.

—Exacto —suspira—. Pensé que llevaba razón y que sería muy injusto para él, así que decidí quedarme y aguantar un rato.

—Siento no haberme quedado a esperarte —es lo único que me sale decirle ahora mismo.

—Ya me contaste lo de Diego, y que casi te obligan a irte a casa. No te preocupes porque tú no tienes nada que ver en esto.

—Si piensas que no tengo nada que ver con tu vida, estás muy equivocada —le digo volviendo a ponerme de pie—. Y te recuerdo que soy abogada, y si tú quieres, se le puede caer el pelo.

—Carolina, ni se te ocurra hacer nada —me dice poniendo los ojos como platos—. Por favor, te lo pido.

—Vale, tú misma… pero sería lo más conveniente.

—Lo más conveniente es que no volvamos a ir a ese sitio y dejemos pasar todo esto. Bueno, tú puedes volver si quieres, claro. Menos mal que una de las dos se lo pasó bien —me dice dedicándome la primera sonrisa desde que he llegado.

—No vamos a volver —le agarro las manos, y le sonrío mintiéndole descaradamente.

No puedo decirle que en cuanto salga de aquí voy a ir directa al local para buscar al moreno y cantarle las cuarentas.

Él y el rubio de las manos largas estaban sentados juntos, eso quiere decir que lo conoce, así que le daré un pequeño mensajito a mi agradable desconocido para que se lo pase a su amigo, y me largaré para no volver jamás.

—Gracias, por todo —me sonríe—. ¿Quieres que pidamos algo de comer?

—No, Berta. Me voy a casa que estaba archivando el caso, y quiero terminarlo antes de irme a dormir —le vuelvo a mentir—. Solo he venido porque has sido una capulla al colgarme, y porque tenía que saber qué era lo que te pasaba.

—Perdona por eso —se refiere a lo de haberme colgado—, y a ver si llega el día en que te relajas un poco y dejas de trabajar tanto.

—Ese día será cuando me jubile —le digo sonriendo y dándole un beso en la frente—. Mañana te llamo por si te apetece salir un rato ¿vale?

Le doy otro abrazo antes de irme hacia mi coche, me monto, arranco, le digo adiós con la mano y con una sonrisa, y salgo de allí, esta vez sin quemar de ruedas. No se me tiene que notar lo cabreada que estoy.

Cuando llego al Inferno , busco aparcamiento lo más cerca que puedo.

No voy a quedarme mucho tiempo, y no me apetece pegarme una gran caminata.

El gorila que está apostado en la puerta como una estatua, intimídate (para cualquier otra persona, a mí no me intimida nadie), me pide que le enseñe una identificación, y cuando la estoy sacando, aparece Diego a mi lado.

—Déjala pasar, Alexéi. Es clienta.

El gorila le asiente a Diego y me abre la puerta haciéndose a un lado para dejarnos pasar a los dos.

—Gracias, Alexéi —le apremio con una sonrisa de lo más irónica, y me quedo con su cara grabada, por si me hiciera falta en un futuro.

Entro con Diego agarrándome de la cintura, y me vuelvo a quedar igual de asombrada mirando hacia todas direcciones. Como si no hubiésemos estado Berta y yo aquí hace una semana.

—¿Qué haces aquí otra vez, y sola? —me pregunta Diego llevándome a la barra y mirando para todos lados.

—¿Tengo prohibida la entrada? —le digo con una ceja levantada—. Porque hace unos segundos le acabas de decir a ese tal Alexéi que soy clienta y que me dejara pasar.

—Porque no puedo salir del local para hablar contigo y echarte de aquí.

—Ah, me encanta las cosas tan bonitas que me dices —le digo con sarcasmo.

—Te dije que este no era lugar para ti, Carol, y tú vuelves a venir. De verdad que no te entiendo.

—La que no te entiende soy yo —le digo exasperándome—, pero no he venido para hablar contigo. ¿Dónde está el moreno con el que estuve la semana pasada?

—¿Para qué lo quieres?

—Para jugar al ajedrez…

—Carolina… —me dice con tono serio. Siempre me ha encantado cabrearlo, tengo que reconocerlo. Eso no ha cambiado.

—Tengo que hablar con él.

—No deberías buscarlo —me dice frotándose el puente de la nariz—, pero de todas formas, no está hoy aquí.

—Vaya… pues vendré mañana, entonces.

Me doy media vuelta, y me dirijo a la salida, pero él me coge del brazo y me para antes de irme.

—No vuelvas mañana —me mira con ojos suplicantes—, ni nunca. Por favor, Carolina.

—Dejaste de tener voz y ni voto en mi vida desde el día en que desapareciste de ella —le digo soltándome—. No vuelvas a decirme lo que debo o no debo hacer. Es la última vez que me adviertes de este sitio, o de otro cualquiera ¿me he explicado bien?

—Sí —suspira.

—Espero no verte mañana cuando vuelva.

No dejo que me conteste, me vuelvo a dar la vuelta y me largo de allí, no sin antes pasear la vista por la zona VIP, por si Diego me ha mentido, pero no lo veo.

Suspiro y comienzo a andar más rápido hacia la puerta.

Quiero montarme ya en mi coche y salir de allí cuanto antes.

Estoy muy frustrada, y no quisiera volver a poner un pie en ese sitio, pero tengo que hablar con él y poner los puntos sobre las íes.