Cállate, y vete Gabriel
Cállate, y vete
Gabriel
Como he salido temprano de uno de mis locales, voy a pasarme un rato por casa de Dante.
Todos los fines de semanas hace una fiesta privada, y a todo el mundo le encanta sus fiestas.
Son famosas por la libertad que hay en ellas, cosa que Carolina no pudo apreciar la semana pasada, pero tengo el presentimiento de que algún día lo apreciará.
Aparco mi Lamborghini frente a su puerta. Ese sitio ya tiene mi nombre desde el primer día que vine aquí.
Nada más entrar (sí, tengo las llaves de su casa), se me acercan dos rubias increíblemente sexis, pero las despacho rápido, aunque con encanto, para ir a ver a mi amigo que sé con certeza que a estas horas estará en su despacho. Toco dos veces en la puerta, y entro sin previo aviso.
—¿Hoy no traes a tu amiguita? —me pregunta nada más entrar, sin si quiera mirarme.
Soy el único con permiso para entrar cuando quiera.
Está sentado detrás de su escritorio de madera de roble, pluma en mano y firmando documentos (como no).
Dante no es de los que escatiman en gastos, hace alarde de su fortuna y está obsesionado con el trabajo.
—Que te gusta hacer esperar a los invitados… —le digo cerrando la puerta tras de mí, y apoyándome en ella con los brazos cruzados—. ¿Te queda mucho?
—Solo un par de estos, y ya soy todo tuyo —me dice sin levantar la vista de los papeles— ¿Hay buen material hoy?
Las fiestas empiezan a las nueve de la noche, pero él no aparece por ellas hasta casi las once, e incluso hay noches que no sale de su despacho hasta cerca de las doce.
Dimitri, un ruso al que contrató para ser su asistente (su mayordomo, pero a Dante no le gusta esa calificativo) es el que va dando paso a todos los invitados hasta que él se incorpora, y luego Dimitri solo se queda vigilando en la puerta.
También hace de “guardaespaldas”, aunque a Dante no le hace falta con las clases que da de defensa personal, a las que yo asisto con él.
—Hay dos rubias que tienen buena pinta —le digo mientras voy hacia él y me siento en el asiento frente al escritorio.
—Ahora les echaré un ojo, pero antes quiero que tú le eches un ojo a esto —me dice pasándome el papel que tiene entre las manos—, ¿qué ves?
Lo ojeo rápido, y enseguida veo el problema.
—Que el Furia está cayendo en picado —no me gusta nada lo que veo en los números.
Dante y yo, aparte de ser amigos del instituto, somos socios desde hace siete años.
Tenemos cuatro locales swingers en Madrid, y estamos en proceso de abrir el quinto.
Pero uno de ellos, el Furia en concreto, lleva dándonos problemas unos meses.
Uno de los chicos de los recados (este chico es uno de los que llevan y traen a muchas de las chicas que más frecuentan nuestros locales), sospechamos que está colaborando con un camello de poca monta y que nos va a traer problemas a la larga.
Nosotros tenemos nuestro propio suministro, y tenemos a otros trabajadores que se encargan de eso, pero este chico, por lo que se ve, quiere sacarse un dinerillo extra.
Contratamos a una persona para que lo vigilase, y teníamos razón.
Aparte de ser nuestro chico de los recados, trae droga a nuestro local.
Hemos hecho la vista gorda durante un tiempo porque la mayoría de nuestros clientes prefieren la calidad de la mercancía al dinero, y el chico no estaba dando mucho el cante.
Pero ya se está pasando. Le está ofreciendo droga a muchos de nuestros clientes y clientas, a los que sí les importa el dinero y no la calidad, y ya hay que poner tierra de por medio.
—Deberíamos hacer algo ya —me dice Dante acercándose el vaso de Whisky a la boca y dando un sorbo.
—Acabo de salir de allí, y no lo he visto por ningún lado —confirmo frotándome los ojos con los dedos—, pero voy a volver.
—Acabas de llegar —me dice recostándose en el sillón—, ¿no te vas a dar un pequeño homenaje primero?
—Lo sé, tú eres el del trabajo, yo el de los placeres —le digo levantándome del asiento y apoyando las manos en el escritorio—, pero esto ya no es una tontería.
—Por fin antepones los negocios a las fiestas.
—No te pases —le amenazo arqueando una ceja y señalándole con el dedo.
—Vámonos, anda —dice sonriendo mientras deja el vaso encima del escritorio y se levanta del sillón—. Voy a dejar a Dimitri a cargo de la fiesta, y que en dos horas los eche a todos.
Dante es el rey de las fiestas, a la gente le encanta asistir, y muchos son los que hacen lo que sea necesario para que los inviten, pero también saben que en cualquier momento puede haber una urgencia, que todos se tiene que marchar y nadie rechista.
Están acostumbrados a eso. Algunas veces son urgencias como estas.
Otras son simplemente que se quiere pegar una buena fiesta privada, vamos, una orgía. A veces yo participo. Otras no.
Una vez que le deja dicho todo a Dimitri, nos montamos en mi coche y ponemos rumbo al Furia .
—¿Siempre tenemos que ir en mi coche?
—Es que el tuyo es más rápido, más… de urgencias —me dice encogiéndose de hombros.
—Si en vez de un todoterreno, tuvieras un deportivo, también sería más rápido —le digo suspirando.
—Ya, pero no podría echar polvos espontáneos. Aquí no tienes cojones de echar uno —me dice señalando a todo el interior de mi coche.
—Tengo muchos sitios en los que puedo follar, no sé para qué querría hacerlo en un coche —le digo sin importancia.
—Pues no sabes el morbo que da… sobre todo cuando lo haces en alguna sitio donde sabes que te pueden mirar.
—Después soy yo el que prefiere el placer… —le digo con ironía.
—Y llevo razón. Pero a mí me gusta más experimentar.
—¿Y tú qué coño sabes qué es lo que hago yo?
—Gabriel… hemos coincidido en alguna que otra orgía, y te he visto.
—Pues no deberías de fijarte tanto en mí y fijarte más en las tías que traes.
—Me fijo en todo. No sabes cuánto puedes aprender del que tienes al lado.
—Definitivamente, estás más enfermo que yo —le digo sonriendo y negando con la cabeza—, y eso ya es mucho decir.
Continuamos callados hasta llegar a mi aparcamiento en el Furia, en la parte trasera del local. Nos bajamos del coche y todos los empleados se abren paso para dejarnos entrar. Que lleguemos los dos juntos, en un coche, no trae nada bueno.
Le digo al gorila de la puerta que busquen al susodicho, y que nos lo traigan al despacho.
Este asiente y se mueve enseguida de su sitio.
Dante y yo entramos, y subimos hasta nuestro despacho.
Mi amigo enseguida ocupa el asiento detrás del escritorio, y yo lo dejo porque sé que le encanta.
No es que él trabaje más que yo, solo que el papeleo le gusta más que a mí.
Yo soy el que capta socios, y el que tiene y pone “firme” a todo el personal a nuestro cargo.
Vamos, que él sería como el poli bueno, y yo el poli malo.
A los diez minutos pican a la puerta y doy permiso para que entre.
—Aquí lo tiene, señor —me dice el gorila al que he mandado a buscar al chico de los recados que nos está dando problemas.
—Gracias —le digo solo asintiendo porque no recuerdo su nombre. Tenemos muchos empleados y no puedo acordarme de todos y cada uno de ellos. Eso también se lo dejo a Dante. Yo solo me acuerdo de los nombre importantes, o de los chicos que “se portan mal”, como en este caso.
—¡Ibai! —le digo agarrándole del hombro—. Teníamos ganas de charlar un rato contigo, a solas.
A estas alturas ya se imaginará porqué está aquí. Hago un poco más de fuerza en su hombro, y lo siento frente a Dante.
—A ver, Ibai, voy a empezar yo ¿vale? —le dice Dante.
El chico solo asiente y me mira de reojo, ni si quiera me mira fijamente, ni más de un segundo.
—¿Sabes por qué estás aquí? —le pregunta con un tono tranquilo.
—La verdad es que no —le miente, a pesar de saber que estoy a su lado. Será mejor que me aparte y me siente en el sofá.
Dante y yo somos dos tíos muy grandes, pero todos sabemos que yo intimido más que él, incluido mi propio amigo. Por eso ha querido empezar primero, porque sabe que yo no tengo mucha paciencia y que no puedo con las mentiras. Y como ya sabíamos, y era de esperar, Ibai ha empezado mal.
—Ibai, es mejor que nos lo confieses tú —vuelve a hablar Dante.
—¿Que confiese qué? —dice tan sosegado que hasta me hierve la sangre.
—Estoy intentando hacerlo por las buenas —le dice Dante apoyando los codos en el escritorio y llevándose las manos a la barbilla—. Si conoces un poco a tus jefes, sabes cuál de los dos es el que tiene la paciencia, y cuál es el que no la tiene.
—Y se me está agotando —susurro sin moverme de donde estoy.
El chico traga saliva y se escucha hasta donde yo estoy.
El despacho no es que sea muy grande, pero tampoco es pequeño.
Lo justo para que quepa un buen escritorio, un sillón, dos asientos más, un par de muebles y el sofá donde estoy sentado, a la izquierda de Ibai, y solo me hace falta carraspear un poco para que se ponga tan tieso que pareciera que le hubiesen metido un palo por el culo.
Pone los ojos como platos e intenta decir algo, pero no le salen las palabras.
Ya se ha cagado encima al escuchar esa frase, y sabe que lleva razón.
La reputación se gana, y yo me he encargado de hacerlo muy bien.
—Supongo que se referirán a lo de la droga —dice el chico con apenas un hilo de voz. Espera a ver si le decimos algo. Como ve que los dos nos quedamos callados, continua hablando—. Me ofrecieron el trabajo, sin más, y me hace falta el dinero.
—¿Sin más? —pregunto riendo por la nariz y levantándome del sofá.
—Si te hacía falta el dinero ¿por qué no nos lo dijiste a nosotros? Podríamos haber barajado muchas opciones. Si nos conoces un poco, o si te han hablado lo suficiente de nosotros, sabes que somos bastante comprensivos, e intentamos siempre tener satisfechos a nuestros empleados —le dice Dante.
—Pero mejor ir a por lo fácil ¿no? —le interrumpo acercándome al escritorio para sentarme en el borde, justo en frente de Ibai—.
Para qué pedir una audiencia con mis jefes, tener que esperar a que se piensen lo que hacer conmigo y que luego me guste, o no, la decisión que tomen, si tengo la posibilidad de ganar dinero fácil, y rápido ¿no? ¿Me estoy equivocando en algo, Ibai?
El chico solo niega levemente con la cabeza, y ahora es cuando por fin me mira, cuando me tiene justo enfrente.
—Tenías más opciones, Ibai, antes de haber cogido el camino fácil, como dice Gabriel —aclara Dante señalándome—. Además, tu primo fue quien te consiguió este trabajo, y él lo tenemos en buena estima. Si no querías hablar directamente con nosotros, se lo podrías haber comentado a él.
—¿Sabes qué? —interrumpo a Dante, me incorporo y me voy hacia la puerta—. Se me ha acabado la paciencia.
Ibai se gira en el mismo asiento para mirarme, asustado.
—Estás despedido, y no quiero volver a verte por ninguno de nuestros locales ¿entendido? —le digo con un tono serio y una mirada furiosa.
—¿Solo eso? —pregunta Ibai extrañado.
Me vuelvo a reír por la nariz y no hace falta que diga nada, porque ya lo va a hacer Dante por mi.
—Muchacho… cállate, y vete —le dice mi socio señalándole la puerta.
El chico se levanta de inmediato y viene hacia la puerta, no sin antes mirarme de manera extraña.
—Cuando salgas por esta puerta, no vuelvas a tocarme los cojones. No quiero saber ni que existes —le susurro, cortándole el paso, con el brazo en la puerta antes de que se vaya—. Y dale las gracias a Diego. Si no hubieras sido su primo, no correrías con la misma suerte.
—Sí, señor —me responde sin achicarse, y sale enseguida del despacho.
—Estoy cansado y se me han quitado las ganas de fiesta.
—Anda, vámonos. Mañana por la mañana me pongo con el papeleo de Ibai —dice Dante levantándose del sillón y dirigiéndose hacia mí—. Por cierto, no me has respondido a la pregunta que te hice antes en mi casa —me dice cerrando la puerta del despacho.
Lo miro extrañado porque no sé de qué está hablando.
—Tu amiguita… —me aclara.
—¿Todavía sigues con eso? —resoplo mientras empezamos a bajar por las escaleras.
—Joder, es que está muy buena, y me jodió no haber podido participar.
Me paro en seco y me pongo delante de él.
—Primero, no es mi amiga, solo es una conocida —le digo serio—. Y segundo, ni se te ocurra acercarte a ella.
—¿Gabriel Dubois, prohibiéndome que me acerque a una tía? —pregunta con las cejas levantadas y la mano en el pecho haciéndose el impresionado.
Me doy la vuelta, dándole la espalda, obviando lo que acaba de decir y sigo bajando las escalera.
—Espera, espera. No te vas a librar de esto —me dice con un tono gracioso y agarrándome del brazo—. ¿Qué pasa con esa tía?
Me vuelvo a parar, me miro el brazo por donde me está agarrando y me lo suelta enseguida.
—No pasa nada con esa tía —le digo rozando el cabreo—, pero es muy joven para meterla en este mundo. Y es la hija del socio de mi padre.
—Pues no parecía quejarse la otra noche —me dice en apenas un susurro.
—Dante, no te acerques a ella ¿me has entendido?
—Alto y claro, soldado —me dice con sorna, pero me lo dice en serio. Cuando le hablo así, sabe que no tiene que llevarme la contraria. Aparte de que nos respetamos el uno al otro, y lo que decimos, va a misa.
Carolina solo tiene veinticuatro años, y es cierto que es joven para llevarla por este camino, pero lo de la otra noche…
me dio a entender que no tiene nada de niña inocente como quiere aparentar delante de todos.
Desde el primer día que la conocí, me sacó de mis casillas como la que más.
La vi arrogante, creída, la típica niñita de papá y de mamá, y muy consentida por el hecho de ser adoptada.
Pero en sus ojos vi algo diferente. Vi calma, seguridad, pasión, y cuando su mirada me atravesó, supe que escondía algo más.
Algo oscuro. Creo que es una joven fácil de corromper.
Quiero tenerla para mí. Quiero que me suplique.
Voy a tener a Carolina Hidalgo a mis pies, y comiendo de mi mano, porque es la única persona, mejor dicho, la única mujer que ha conseguido que afloren sentimientos opuestos en mí.
No sé porqué, me irrita, me intriga y me pone cachondo a partes iguales, y a esto, como a todo problema, hay que ponerle solución.
Lo voy a conseguir, y siempre consigo lo que quiero, tarde o temprano, y cueste lo que cueste. Ya tenga que esperar una eternidad.