Siempre Tuyo Es una pena… Carol #3
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Es una pena… Carol #3

Nos ponemos todos en línea, uno al lado del otro, y nos preparamos.

—Preparados… —anuncia mi madre—, listos… ¡Ya!

Antes de dar la voz de salida, Asia ya ha salido.

Mierda. Tramposilla… ya está descalificada por no haber cumplido las normas, pero ella sigue pendiente abajo, sin parar y sin mirar atrás.

La sigo yo, luego mi madre, y detrás de ella, mi padre, que va pisándole los talones y va a adelantarla de un momento a otro.

Siempre es el más rápido de los cuatro, pero esta vez yo no vengo tan relajada como otras veces.

Mientras el frío me corta la cara, mi mente vuelve al fin de semana pasado, exactamente al momento en que estuve con Gabriel a solas en la habitación.

Mierda. ¿Por qué cojones me tiene que venir ahora este tío a la cabeza?

No tengo ni idea, pero voy a aprovecharlo en mi favor.

Cuando estoy cabreada, parece que hago mejor las cosas, y hoy no va a ser diferente.

Conduzco mejor cabreada, trabajo mejor cabreada, follo mejor cabreada y esquío mejor cabreada.

Me agacho más para coger velocidad, y tardo poco en alcanzar a mi hermana y ponerme a su altura.

La miro un momento, me impulso con los bastones y me pongo en cabeza.

Gracias, Gabriel, por hacerme cabrear el otro día.

No quiero mirar atrás para ver donde está mi padre.

Espero mejor a verlo por mi flanco izquierdo, que es por donde siempre adelanta.

Sigo bajando a toda velocidad y no aparece.

Tengo que saber dónde está, la intriga me puede.

Giro un momento la cabeza, y lo veo adelantando a Asia.

Cómo no haga algo, lo voy a tener a mi lado en menos que canta un gallo.

Vuelvo a impulsarme con los bastones, pero tengo que esquivar a alguien que se me pone delante de repente.

—¡Joder! —grito furiosa.

Mi padre consigue adelantarme, pero no voy a rendirme tan fácilmente.

Arriba no había mucha gente. Normal. Está todo el mundo en la pista.

Nos vamos acercando a un grupo de unos seis, que van bajando todos juntos, y esto jode mucho a los que bajamos de verdad.

Me voy hacia la derecha para rodearlos por ese lado, mientras mi padre coge por la izquierda (como no), pero he sido más lista que él esta vez y he mirado más allá de este grupo, y hay otro más de cuatro justo por donde mi padre está adelantando.

Para una persona que solo sepa defenderse esquiando, se los habría comido en un abrir y cerrar de ojos, pero mi padre no lleva dos días esquiando, y los esquiva con facilidad, aunque tiene que aminorar el ritmo, y esto hace que yo vuelva a estar en cabeza de carrera.

¡Sí! Esta vez no pierdo tiempo mirando hacia atrás para ver dónde está, solo vuelvo a darme un buen impulso, me agacho a más no poder, y ahí está la meta.

No me lo creo… voy a ganarle a mi padre.

No me adelanta en ningún otro momento, llego a la meta y freno haciendo un derrape.

No me da tiempo de girarme cuando veo llegar a mi padre, seguido de Asia, que queda tercera, y por último, mi madre, aunque venía muy pegada a mi hermana.

Me pongo a hacer el bailecito de la victoria, y los tres se sientan en la nieve.

Esto lo hacemos siempre: el que gana, baila, y los que pierden, se tiran en la nieve.

No, no nos da vergüenza bailar en medio de la gente, ni hacernos los tontos.

Cuando estamos los cuatro juntos, solo estamos los cuatro.

Es como si nadie más existiera a nuestro alrededor.

Es lo que más me ha gustado de esta familia desde que me adoptaron.

No dejaron que me viniese abajo. No dejaron que me asustase la idea de haber perdido a mis padres biológicos, y de tener una familia nueva.

Es cierto que, cuando nos enteramos del embarazo de mi madre, me asusté un poco.

Muchas veces han sido las que he escuchado en el centro de menores que cuando tienen hijos biológicos, a los adoptados les dan de lado.

Pero con Iria y Claudio no pasó eso, sino todo lo contrario.

Me llevaban a todas las ecografías, me pedían ayuda para elegir la ropa del bebé, los muebles y la decoración, y me dijeron que pensara un nombre de niño, y uno de niña, y que si estábamos los tres de acuerdo, se lo pondrían a mi hermano o hermana (aún no sabíamos si era niño o niña).

Y así fue. Siempre me ha llamado mucho la atención el continente asiático, y me gustaba el nombre de Asia, y por lo visto también les gustó a ellos.

Cuando Asia nació, seguían incluyéndome en todo. Me dejaban cuidarla, dormirla, darle de comer. Cuando mi padre tenía un evento, algunas veces me iba yo sola con él, y otras, mi madre dejaba a Asia a cargo de alguna canguro y se venía con nosotros dos.

No puedo quejarme de mi nueva familia. Para mí, son perfectos. Hasta yo, que parece que vengo del Polo Norte, les doy cariños y mimos (lo justo, todo hay que decirlo).