Siempre Tuyo Es una pena… Carol #2
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Es una pena… Carol #2

Arranco el coche y salgo de allí quemando ruedas, enfadada.

Sigo conduciendo en silencio hasta llegar a casa de Berta.

Ella tampoco ha querido preguntar más. Me conoce bien, y sabe cuándo tiene que callarse y dejar de hurgar.

Pero cuando paro el coche frente a la entrada de su casa, no puede evitar mirarme con cara de preocupación.

—Me he enrollado con Gabriel —le digo en un suspiro.

—¡¿Que, qué?! —exclama, abriendo la boca y los ojos a más no poder.

—Sí, pero no hemos llegado a mucho. Cuando estábamos a punto de llegar a más, me sorprende su amigo Dante entrando en la habitación —le aclaro.

—Joder, que morbo ¿no?

—¡Berta!

—Vale, vale. Perdona. No recordaba que tú eras la mojigata de las dos —se excusa poniendo las manos arriba.

—No soy la mojigata, y lo sabes —la fulmino con la mirada—. Pero nunca he hecho un trío, y no me parecía un buen momento para hacerlo, ni tampoco las personas idóneas para llevarlo a cabo.

—Tienes razón. No los conoces de nada —dice en un suspiro—. Pero hubiera sido la hostia.

—¡Berta!

—No me digas que no, Carol. ¿Tú has visto cómo están los dos? —me dice haciendo aspavientos con las manos—. Bueno, sabes mejor que yo como está Gabriel, que tonta…

—Berta, esto no ha sucedido nunca ¿entendido? —le exijo.

—Vale.

—Prométemelo —le digo poniéndole delante de su cara mi mano, con el puño cerrado y el dedo meñique levantado.

—Promesa de meñique —me confirma entrelazando su dedo pequeñito con el mío.

Desde que nos conocimos, era la manera de sellar nuestras promesas, y estas eran irrompibles.

Este fin de semana no voy a salir con Berta, me voy con mi familia a esquiar a Navacerrada, en la sierra de Madrid.

Tenemos una casita allí, y nos escapamos cada vez que nuestros trabajos nos lo permiten, o estamos de vacaciones.

Cuando estaba estudiando, íbamos más veces, pero desde que estoy trabajando y Asia está en el colegio, nos cuesta un poquito más ponernos de acuerdo para poder ir.

Algún que otro finde sí que han ido mis padres y mi hermana, pero yo he tenido otros planes, o tenía trabajo que hacer.

Mi madre siempre me dice que no sea tan pesada con el trabajo, pero quiero llegar a ser como ella, o si fuera posible, superarla, y para eso tengo que trabajar a sol y a sombra.

A ella no le regalaron su reputación, pero insiste en que al final no sirve de nada y te pierdes la vida.

No le falta razón, pero desde que tengo diez años, no he parado de distraer mi mente, casi siempre estudiando.

A Tania le encantaba verme tan concentrada.

Algunas veces la pillaba sentada en el sillón marrón que teníamos en el salón, mirando como yo leía.

Llegaba a ser irritante, y muchas eran las veces que me enfadaba por eso y me iba a mi habitación a seguir leyendo sola.

Ahora me doy cuenta que echo de menos ese simple gesto, y que si me llegan a decir que mi madre iba a morir tan pronto, en vez de enfadarme, me hubiera ido corriendo hacia ella, me la hubiera comido a besos y dejado que me aplastara con sus súper abrazos de osa.

Benditos abrazos. Por esto necesito tener mi mente distraída en todo momento, y aprovechar todo lo que la vida me presenta.

El resto de la semana ha concurrido bastante tranquila, y lo más importante, Berta no ha sacado el tema de Gabriel.

Yo he intentado no pensar en él y no darle más vueltas al asunto, y algo ha funcionado, sobre todo porque llevo un caso bastante peliagudo y me mantiene con todos los sentidos puestos en el trabajo.

Esto quiere decir que he estado llegando tarde a casa, y cuando llegaba, solo tenía ganas de ducharme, cenar algo e irme a la cama.

Pero este finde voy a tener mucho tiempo libre para que mi mente pueda jugarme malas pasadas.

Este invierno, Navacerrada tiene la cota de nieve más alta en comparación con años anteriores, y quiero aprovecharlo a tope.

Me encanta esquiar desde que me enseñaron Iria y Claudio (sobre todo Claudio, Iria no tiene madera de profesora).

Es un deporte que mezcla concentración, adrenalina y frío.

Sí, frío. Como dice Berta, yo soy la fría de las dos, y no se equivoca.

No me gustan las tonterías románticas, ni pelis, ni nada que se le parezca.

De ahí a que no vuelva a quedar con un tío más de una vez.

Es como una especie de bloqueo o de coraza que mi corazón ha aprendido a ponerse automáticamente cuando algún tío muestra un poco más de cariño de lo normal.

Ese músculo ya está completo y no cabe nadie más.

Mi madre, Tania, se llevó un trozo muy grande, y el resto está repartido entre mi madre, Iria; mi padre, Claudio; mi hermana, Asia; y la cansina de mi amiga Berta.

A lo mejor puede quedar un rinconcito para algún gatito recogido, pero mi vida no permite que me haga cargo de nadie que no sea yo misma.

Nada más llegar a la casa, hago una carrera con Asia a ver quien llega antes al armario donde tenemos guardados los esquíes.

A ella la enseñé yo, que sí tengo paciencia para eso, y enseñar a mi hermana es muy fácil.

Coge las cosas al vuelo, aprende súper rápido y es muy persistente y muy buena alumna.

¿Lo malo? Es la más competitiva de la familia.

Los cuatro nos llevamos genial, pero cuando se trata de competir…

que se aparte todo el mundo, porque no tenemos miramientos con nadie.

Aflojo un poco el ritmo para que Asia llegue antes a coger los esquíes, y me tumbo al suelo “derrotada” mientras ella pega saltos y grita: ¡victoria!

Me levanto, le doy la enhorabuena por haberme ganado, le revuelvo el pelo (lo odia) y cojo mis esquíes.

Mis padres, que vienen detrás, hacen lo mismo mientras sonríen mirándonos a las dos.

Nos montamos en el telesilla y por el camino empezamos a apostar por quién será el ganador, o ganadora, esta temporada. Cada uno apuesta por sí mismo, menos mi madre, que apuesta por nosotras dos esta vez. Mi padre se queja diciendo que no es justo, que ella siempre está de nuestra parte.

Cuando llegamos arriba, nos bajamos y respiro profundamente, hasta que mis fosas nasales casi se congelan del frío.

El invierno es mi estación preferida del año.

Adoro el frío, las nevadas y la lluvia. Hoy se refleja el sol en la nieve y brilla preciosa.

Menos mal que no nos hemos olvidado esta vez de las gafas, porque sin ellas sería insoportable poder mirar hacia la nieve.

Hay muchísima gente este fin de semana, pero no tanta como otros anteriores.

—¿Preferís tomar algo aquí arriba primero? —pregunta mi padre.

—¿Ya te estás echando atrás? —le pregunto con sorna.

—Ni de coña —me responde con un tono desafiante.

—¡Claudio! —le grita mi madre, que odia los tacos, y mi padre nunca los suele decir, a no ser que la ocasión lo precise, como él dice.

—Ha empezado tu hija picándome.

—Serás… —y cierro la boca enseguida al ver la cara de mi madre.

—Esto se resuelve en la pista —ya tuvo que saltar la que más picona, mi hermana.

—Bien, entonces tomaremos algo cuando lleguemos abajo —dice mi padre acerándose al inicio de la bajada.