Siempre Tuyo Es una pena… Carol
20%

Es una pena… Carol

Es una pena…

Carol

La noche de hoy no puede ser más rara de lo que esta siendo.

Estoy en casa de un extraño, con gente que no conozco, he perdido de vista a mi amiga y me ha invitado el tío que más odio de la Tierra.

Y para rematar, aquí lo tengo, pegado a mi espalda, susurrándome cosas al oído y ¿se me está insinuando?

—¿Por qué me has invitado, Gabriel? —le pregunto sin rodeos, mientras me giro para mirarlo de nuevo.

—Porque me intrigas —me dice poniéndome un mechón de pelo detrás de la oreja—. No sé que tienes, Carolina, pero tienes cierto misterio y un carácter fuerte, y eso me pone, muchísimo.

Me quedo petrificada. Bueno, mi mente está en lo cierto al pensar que se me estaba insinuando aunque, esta vez, no me gusta llevar la razón. No me siento nada cómoda con esta situación. Hasta hace una hora estaba criticándolo a más no poder y echándole maldiciones mentalmente. Y ahora…

—Aparte de lo evidente —me dice mirándome de arriba abajo.

—¿Y qué es lo evidente? —consigo decir.

—Que estás buenísima, y que seguro que disfrutas mucho del sexo —me susurra mientras empieza a deshacerme el recogido que llevo en el pelo.

¿Cómo cojones puede saber este imbécil eso de mí solo habiéndome visto dos veces en su vida? Se está quedando conmigo, está claro, y quiere jugar. Pero yo sé jugar mejor, por mucho que me haya advertido que no lo intente con él.

—Vuelvo a repetirte la pregunta —le cojo de la corbata y lo acerco a mi cara—, ¿para qué me has invitado, Gabriel?

Me agarra la nuca con una mano, y con la otra me atrae hacia él agarrándome por la cintura.

Sin poder hacer nada, me planta un beso en la boca, voraz y, a la vez, muy sensual.

Joder con Gabriel… se me acaban de mojar las bragas, más de lo que ya lo estaban.

Lo agarro por el pelo y le sigo el juego, respondiendo a su beso con el mismo ímpetu.

Se separa un momento, me mira a los ojos, casi suplicando, y sé qué es lo que quiere.

Miro de reojo a la cama, le devuelvo la mirada y, sin decirnos nada, me levanta del suelo con las manos en mi culo y me coge en brazos.

Le rodeo la cintura con mis piernas, y entrelazo mis tobillos por detrás, volviendo a enredar mis dedos en su melena morena, y hundiendo mi boca en la suya con ganas.

Muchas ganas. No sabía las ganas que tenía de él hasta este momento.

Qué bien besa, qué mirada tiene, cómo me toca…

es increíble. La respiración se nos acelera cada vez más, y llegamos al filo de la cama.

Se para y me mira con lujuria cinco segundos antes de tumbarme con él encima mía.

Empieza a rozarme su abultado paquete por la entrepierna y suelto un pequeño gemido al notar lo duro que lo tiene.

Esta erección se la he provocado yo, y me siento como una diosa, con poder.

Se lo agarro por fuera de los pantalones, y gime.

—Tengo muchas ganas de ti, Carolina —me susurra con una voz grave y sensual, y me muerde el labio inferior—, y por lo que veo, tú también tenías ganas de que esto pasara.

En otro momento, o con otro tío, me hubiera molestado lo que me acaba de decir, pero me acaba de poner más cachonda con este comentario de mierda.

¿Por qué? ¿Qué me pasa con él? No parezco ser yo misma.

Es como si hubieran poseído mi cuerpo y mi mente, y me hayan puesto a merced de Gabriel, al completo.

No puedo hablar, solo quiero más de él y empiezo a desabrocharle el pantalón.

Cuando nota mi mano abriéndose paso a través de los calzoncillos, Gabriel suelta un gemido grave y me agarra fuerte del pelo, echándome la cabeza hacia atrás y dejándome al descubierto el cuello para él.

Me lo lame, me lo besa, me lo muerde, y yo solo puedo gemir, y sin apartar la mano del interior de sus pantalones.

Me concentro en lo que iba a hacer hace un momento, y continuo mi recorrido hasta rodearle el miembro con la mano, y me muerde más fuerte de lo normal.

—¡Ah! Joder… —digo en un pequeño susurro, y empiezo a masajearle con movimientos lentos al principio.

Tiene el miembro perfecta al tacto. Grueso, buen tamaño y duro como una piedra.

Noto mi clítoris palpitar, y creo que me va a estallar de un momento a otro cuando noto su mano metiéndose por la raja de mi vestido, y subiendo por mi muslo.

Qué tacto tan suave, tan sensual, tan… ufff…

Cuando creo no poder estar más cachonda de lo que ya estoy, noto que me echa a un lado la braguita con un dedo, y empieza a frotarme el clítoris haciendo círculos y me metiéndome un dedo a la vez.

¡Jo-der! No voy a tardar mucho en correrme como siga así.

—¿Te gusta esto, Carolina? —me pregunta rozándome los labios con la lengua.

—Sí… —consigo decir en apenas un hilo de voz, casi imperceptible.

—¿Quieres que haga que te corras?

No puedo hablar, las palabras se me están quedando atragantadas. No sé cómo es posible que en dos minutos esté llegando al éxtasis.

—Respóndeme, Carolina —me suplica bajando el ritmo de los dedos—. ¿Quieres correrte?

—Sí… por favor, no pares —le respondo entre gemidos y agarrándole del pelo.

Se ríe por la nariz, satisfecho, y empieza a acelerar los movimientos de la mano. Voy a explotar, no puedo más, me voy a correr ya y él lo nota.

—Eso es, córrete para mí, princesita —me susurra en el oído.

El roce de sus labios en mi oreja, su aliento recorriéndome la piel y la forma en la que me está tocando, terminan en una enorme explosión en mi vientre, llegando al orgasmo más increíble que he tenido nunca.

—Buena chica —me da besos en la mejilla y en el cuello, despacio.

Intento recobrar el aliento, pero no he terminado de saciarme. Quiero sentirlo dentro de mí, así que me incorporo un poco, y voy a bajarle los pantalones, pero me detengo de inmediato al ver una sombra en la puerta. ¿Qué cojones? Me asusto y paro en seco.

—¿Qué haces ahí? —le pregunto seria—. ¿No ves que la habitación está ocupada?

—Ya, lo llevo viendo desde hace un rato —dice la figura de un hombre, con los brazos cruzados y apoyado en el marco de la puerta, tan tranquilo.

¿Cuánto tiempo lleva ahí parado, mirando? Estaba tan absorta en Gabriel y en lo que me estaba haciendo, que no me he fijado si había alguien más. Qué vergüenza…

—Pero ¿qué dices? —le digo tapándome las piernas con el vestido. Miro a Gabriel, y veo que tiene una sutil sonrisa dibujada en los labios. ¿Él sabía que estaba ahí, y no le ha dicho que se fuera? ¿Qué me estoy perdiendo? Me quedo mirándolos a ambos, pasando la mirada de uno a otro, extrañada.

—A mi amigo le gusta mucho mirar —me aclara Gabriel cuando ve que no entiendo lo que está pasando.

—¿Cómo? —exclamo con los ojos como platos.

—Te dije que si intentabas jugar conmigo, saldrías perdiendo, o ganando, dependiendo de a lo que te guste jugar —repite lo que me dijo hace un rato.

—Ya sé lo que me dijiste, pero no pensaba que te referías a esto —le digo señalando a la persona que sigue oculta en la sombra.

—No me conoces en absoluto, Carolina —ríe por la nariz—, es normal que no tengas ni idea de lo que me gusta, y de lo que no.

—Mira, esto creo que ha sido un error —le digo poniendo un pie en el suelo para levantarme de la cama, pero él me agarra del brazo.

—¿No te gustaría probar algo nuevo? —me pregunta con una mirada llena de lujuria—. Porque a mi amigo Dante le encantaría pasar un buen rato.

No me jodas. Dante, el dueño de la casa. ¿Yo no lo había dejado charlando con Berta? Eso significa que mi amiga está sola y me estará buscando. Mierda.

—Lo siento, pero no —doy un tirón de mi brazo para quitarme su mano de encima—. Voy a buscar a mi amiga, y nos vamos ya. No debería haber venido.

—Carolina —me llama antes de salir por la puerta—, me debes una.

Claro, yo me he corrido y él no. Doble mierda. Ahora tendré a Gabriel merodeándome en cada evento para recordarme que le debo una. Qué bien…

—Gabriel… que esto no salga de aquí —le exijo.

—No tienes de qué preocuparte, ratita presumida.

Me doy la vuelta y paso por al lado de Dante, que sigue de pie en la entrada de la habitación. Este me agarra del brazo antes de irme, y me fulmina con la mirada. Qué manía con agarrar del puto brazo.

—Es una pena… —me susurra.

—No es por ti —le aclaro, y carraspeo un poco para aclararme la voz—. Es que no me van los tríos.

Se me acerca al oído, y me susurra:

—Ya te gustarán —me suelta del brazo y sale de la habitación antes que yo.

Qué gente más rara. Ya no vuelvo a ir más a una fiesta de estas, en mi vida.

Me giro y miro un momento a Gabriel, que está sentado en el borde de la cama, mirándome con los ojos entrecerrados, y con media sonrisa. Me recorre un escalofrío de pies a cabeza, pero me reprimo las ganas, me doy la vuelta y salgo de la habitación.

Bajo las escaleras, como alma que lleva el diablo, en busca de mi amiga. La encuentro hablando con un par de chicos, apoyada en la isla de la cocina, la cojo por el brazo, disculpándome con los chicos, y me la llevo de allí.

—¿Qué haces, loca? —me grita Berta, intentando no dar un traspiés. La llevo casi en volandas hasta la puerta de la entrada.

—No preguntes. Nos vamos, ya.

—¿Qué ha pasado? —me pregunta cambiando el tono de su voz a uno más serio y preocupado.

—Te he dicho que no preguntes.

Le doy al mando de mi coche para abrirlo de lejos, abro la puerta del copiloto y la lanzo en el asiento.

Lo rodeo y me meto por mi lado, no sin antes alzar la vista hasta las terrazas de la casa, y ahí está, apoyado con los brazos en la barandilla del balcón.

«Hijo de puta, has conseguido dejarme descuadrada, pero hoy he ganado yo; me he corrido, y tú no».

Aunque me da que él piensa que este asalto no he sido yo quien lo ha ganado, y por un lado yo también lo pienso.

Me ha hecho que lo siguiera como una perra hasta aquí, me ha llevado al éxtasis en un santiamén y ha conseguido acojonarme con la entradita de su amigo en la habitación.

Muy bien, Carolina… a ver cómo superas eso…